Madrid, 21 del 01 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Verdad de un texto*
Reflexiones sobre lo que conviene esperar de un informe de nuestra práctica psicoanalítica
Dominique Scarfone

 

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Se plantea un serio problema cuando pedimos que un texto sea un informe fiel de lo que pasa en una cura analítica ¿A qué podría ser fiel ese texto? ¿A lo que se dijo realmente en la sesión? Incluso en ese caso, suponiendo que  se intente (en el límite, grabando la sesión), no solucionamos nada: lo que se escucha aún tendrá que escucharse analíticamente y traducirse en texto; cuando llegue el momento de dar cuenta de lo que hemos oído, nuestros lectores podrán interrogarse sobre la exactitud de nuestro informe, sobre las elecciones que realizamos en ese material que no deja de ser exacto…

¿Se trataría más bien de dar cuenta fielmente de lo que nuestra escucha suscitó en nosotros, del acceso al material inconsciente que habríamos encontrado  en el curso de las sesiones evocadas por nuestro relato? Aquí también nuestro informe estará empañado de olvidos, inexactitudes,  desplazamientos, condensaciones, represiones.

Sin embargo, no podríamos pretender dedicarnos al análisis sin presentar ningún informe sobre nuestra práctica. Además, el caso es que los analistas escriben  sobre su práctica, y escriben mucho. Pero ya sea que nos basemos en un registro palabra a palabra -incluso grabando la sesión- o que solo pretendamos informar de nuestra propia experiencia, lo cierto es que la fidelidad de un informe clínico no está donde se espera.  

Entonces, ¿a qué puede ser fiel un texto que surge de lo vivido en el curso de un análisis? Propongo, y no se trata de una salida ocurrente, que un  texto tal debe ser ante todo fiel a sí mismo.

Sería como mínimo raro que los analistas se imaginen que a través de un texto, por más detallado que sea, puede «verse» el análisis del que se pretende informar. Lo que tenemos en la mano es un texto, no el análisis. La teoría literaria nos enseña a distinguir entre el autor de una novela, aun si está escrita en primera persona, y su narrador; o a no confundir a los personajes de la novela con los personajes reales que éstos parecen «representar». De modo que seríamos lectores muy ingenuos si confundiésemos al narrador del informe de un análisis con el analista que lo firma, y a los personajes de la narración con el analizando y los seres que pueblan su mundo. Brevemente, si tomáramos el informe por el análisis mismo.

De hecho, todo analista  tendría que estar doblemente prevenido contra esa confusión, habiendo admitido ya -en curso de su propia práctica- que el discurso del analizando debe entenderse como informado/deformado por la realidad psíquica, con los desplazamientos, condensaciones, transferencias y otros procesos que la distinguen de la realidad que llamamos material. Por lo tanto, la distinción entre la representación y la «cosa» debería ser conocida. Freud insistió en ella lo suficiente como para apartarnos de una vez por todas -al menos es lo que cabría esperar-  de la tentación de considerar el contenido manifiesto como la última palabra. Si al leer el relato de un sueño, por ejemplo, nos aseguramos de recordarnos que se trata del contenido manifiesto y que nos faltan las asociaciones del soñante para poder esperar obtener algo de las ideas latentes, ¿cómo podríamos esperar que un texto que relata una cura sea transparente, que nos deje ver otra cosa que a sí mismo? Las pequeñas frases que figuran en las pinturas bien conocidas de Magritte deberían encontrarse en la primera página de los informes de análisis. Algo como: «La persona de la que hablo en este texto no es el analizando que he tratado», a lo que podría añadirse: «Por lo demás, yo mismo, el que firma, no soy el analista que aparece ahí».

Se objetara que, de ser así, se inicia una deriva infinita de la interpretación: el analista deforma el discurso del analizando al registrarlo en su texto; el lector del texto deforma, a su vez, el texto, y así sucesivamente… Pero la objeción será superada si el lector del informe de una cura acepta, como analista que es, escuchar el texto mismo, en vez de tratarlo como la «descripción » (visual, imaginable) de lo que «verdaderamente» ocurrió. Así como en el análisis el objeto es el propio discurso, y no los referentes externos al encuadre de la sesión, así también un texto analítico es verdaderamente todo lo que tenemos, y no su supuesto referente, incluso si lo que el autor-analista pretende presentarnos es su referente. En otras palabras, al igual que el analista en sesión, el lector debe resistirse a la atracción visual, a la familiaridad que adquieren las palabras del informe. Debe escuchar más allá de la coherencia narrativa, que a fin de cuenta es necesariamente una puesta en escena; no apresurarse a comprender, recordarse a sí mismo que comprensión es también aprehensión, captura, control, como lo señala Emmanuel Lévinas.

Esta disposición hacia un informe de análisis se ve facilitada por el hecho de que un texto no es una persona que nos habla: podemos retomarlo, comenzarlo a la mitad, fraccionarlo, triturarlo… hasta alcanzar su punto límite de resistencia, ahí donde habita un «resto». Ese resto es lo que ni el discurso del analizando ni la intención  consciente del analista pudieron contener, dominar. Es lo que se sale del texto, lo que lo traiciona de algún modo, dejando ver que es otra cosa que la «forma correcta» que adopta la escritura, señalando la presencia del «otro de la narración». Es lo que ocurre también con un texto literario, pero en literatura se aprecia por sí mismo el arte de la escritura, la puesta en forma de lo manifiesto. Ello porque, en los escritores importantes, esa forma consigue, por sí misma,  dar acceso a su resto, a su otro. Freud y Winnicott lo repitieron: desde siempre los artistas, los poetas, se han anticipado a los psicoanalistas.

Dicho esto, no se pretende que los psicoanalistas sean también escritores. Si lo son, tanto mejor, pero se les perdonará no serlo si de algún modo su texto consigue vehiculizar el resto en cuestión. Es en ese resto, en ese excedente, donde reposa la verdad del texto analítico. Una verdad que no es del orden de la representación; una verdad que está hecha de movimiento, de excitación, de energía si se quiere. Es lo que no pudo ser traducido en discurso y que migra de un ser a otro hasta dar con el lector. Cuando un texto consigue transmitirnos un tal resto, yo lo califico como fiel a sí mismo.

 «Fiel a sí mismo» por no pretender ser el reflejo de una realidad distinta y distante, por ofrecerse a sí mismo como el objeto de la experiencia analítica del lector, por retomar algo de la experiencia analítica de su autor. Al momento de escribir, el autor retoma en sí y por sí mismo el movimiento iniciado por el encuentro analítico; escribe para responder al exceso de ese encuentro, dejándose trabajar por ese excedente que es, sin embargo, inagotable.  Esto lo sabemos porque el texto nos alcanza y nos habla, lo que prueba que aún conserva al menos una parte de su energía inicial. Ese texto incluso puede producir una nueva energía en el lector: hay neogénesis libidinal, tal como la concibe Laplanche en el volumen de sus Problemáticas sobre la sublimación. Si la escritura agotara el exceso de excitación producido en el curso del encuentro, el autor ya no sentiría la necesidad de publicar. Si publicamos es porque el texto, por sí solo, no logra contenerlo todo.  Por supuesto que un texto no publicado también puede contener una carga de ese tipo, pero es una carga para el lector que, al toparse con el texto inédito quedará conmovido, pillado ( es nuevamente un caso de neogénesis).  

Ocurre algo parecido  en el caso de los sueños. Es verdad que los sueños son  realizaciones de deseo… pero si sentimos ganas de contarlos hay que suponer que es porque no han alcanzado completamente su meta. Alguien (creo que Guillaumin) habló de «restos nocturnos», expresión que retomo con gusto. Por la dirección que le impone la situación analítica, un sueño que no pensábamos contar puede verse como reanimado, rescatado. Parecía una chatarra psíquica pero ahora navega a toda vela hacia destinos imprevistos. El analista no sólo escucha; el solo hecho de su escucha aporta al sueño, rescatado así del olvido, una nueva energía. Por lo demás, no sirve de nada preguntarse si esa carga es verdaderamente nueva o si ya estaba ahí, escondida. El caso es que el único sueño que conocemos es aquél cuyo relato producimos o escuchamos. No es el sueño soñado. Desde el momento en que el propio soñante intenta impedir que su sueño se desvanezca, se ve obligado ponerlo en relato. Eso es todo lo que finalmente va a quedarle de la experiencia vivida. «¡Words, words,words ! », exclama Hamlet, pero nada ganamos con lamentarnos : ése es nuestro material principal. Las palabras de ese relato pueden ser huecas o, por el contrario, hacerse carne. Todo depende de lo que seamos capaces de «brindarles».

 Preguntas:

 ¿Quiere decir que hay que renunciar a relatar lo que comúnmente llamamos «material clínico» para hablar tan solo de la experiencia vivida del analista?

-De ninguna manera. Toda forma de escritura es admisible. No se espera del analista-autor que busque expresamente un efecto. Es posible que, al contrario, en el caso de un determinado análisis el «resto» en cuestión pueda surgir con más fuerza si el analista-autor se mantiene lo más cerca posible del material. No se trata de prescribir una forma de escritura que sería preferible a otra. Se trata de la manera en que se recibe un informe de análisis cualquiera que sea su forma, y de los presupuestos que guían su recepción.  

-¿No caemos, entonces, en el subjetivismo? ¿El texto no terminará por plegarse al sentido que quiera brindarle su lector, aunque sea analista?

 Justamente no. Si ese lector lee o, mejor, «escucha» el texto analíticamente, podrá tener en cuenta elementos que en el texto mismo vehiculizarán la «carga» inconsciente.  Lectura o escucha que sin embargo será sensible al hecho de que, en ese caso, el lector es quien transfiere sobre el texto, de modo que esa dimensión transferencial debe ponerse en la balanza. Ello significa admitir que si el texto «me» conmueve, lo que despierta en mí me hará hablar ante todo de mí y que, a su vez, mi discurso se ofrecerá a la escucha de un tercero. El subjetivismo no es automáticamente impugnado, pero un discurso que tenga en cuenta su dimensión transferencial es más susceptible de producir una forma que torne «presentable», al menos provisionalmente, la «carga» que circula. Tenemos así nuevamente un proceso potencialmente infinito, pero que esta vez se va desplegando como la imagen en hueco de lo que yace en la carne de las palabras. Es para desesperar a los defensores de los «datos concluyentes», pero estará mucho más cerca de la experiencia que cualquier informe que se reciba como un retrato fiel de lo que ocurrió «realmente» (1).

-Pero, nuevamente, ¿el informe de un análisis no nos habla a fin de cuentas de la experiencia del analista?

Sí y no. Sí porque, como hemos visto, es imposible pretender hablar de la experiencia «objetiva» del analizando.  Y no porque, al estar entregado  a la presentación de ese paciente y no de otro, en la medida en que se compromete sinceramente en su escritura, el analista que escribe no es exactamente ése que hubiera sido si escribiera sobre otro analizando. Algo del analizando «informa» la escritura del analista y ello termina por aportar al texto esa fragancia de verdad que hará que otros analistas reconozcan algo de su propia experiencia.

-¿Cómo es que ello demuestra la validez psicoanalítica de lo que es relatado?

No creo que un texto de este tipo pueda alguna vez «demostrar» o «probar» algo. Como máximo puede mostrar, hacer sentir a quien haya pasado por la experiencia del análisis, que estamos en los parajes del inconsciente y de sus efectos

 ***

Un texto clínico, al igual que el relato de un sueño, no es a fin de cuentas un verdadero informe [compte-rendu]: es más bien el «producto» [rendu] mismo, como hablamos del acabado [rendu] en pintura… Es lo que se ofrece a destinación, encuentra su destinatario o hasta lo crea a la medida de su necesidad. Llama a su lector como un cuadro en un museo que consigue resaltar sobre los otros y atraernos hacia él inexplicablemente. La dirección que así le aportamos le permite continuar su vida de obra de arte, vida que se extinguiría si nadie más lo mirara o no hablara de él con palabras capaces de encender a su vez el deseo de algún otro… Es a lo largo de esa cadena potencialmente infinita que se sitúa nuestro trabajo y lo que podamos escribir de él.  Es la transmisión de la levadura, el contagio, el grito que desde los orígenes de la humanidad llega hasta nosotros a través de la literatura, la filosofía, las artes plásticas, la música, la danza… todas formas destinadas a contener, así como a transmitir, ese grito  inagotable.

 

Notas

* «Vérité d’un texte : réflexions sur ce qu’il convient d’attendre d’un compte rendu de notre pratique psychanalytique»,  en Bulletin de la Société Psychanalytique de Montréal, vol. 21, n° 3 (2009). Traducción : Deborah Golergant.

 (1) Por lo demás, nada impide mostrar de manera concluyente que la experiencia analítica tiene efectos terapéuticos reales y durables. Ciertos estudios recientes comienzan a demostrarlo. Pero esa demostración no puede hacerse mediante el informe de un análisis.

 

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