Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Un yo infernal: el niño imposible*
Mi-Kyung Yi

 

 

El hierro y el fuego

 «Lo que la medicación no cura, lo cura el hierro. Lo que el hierro no cura, lo cura el fuego. Lo que el fuego no cura, debe de ser visto como incurable». Freud concluye sus consideraciones sobre el amor de transferencia mediante la alusión a este aforismo de Hipócrates[1]. ¡Siempre que la práctica médica reserve junto a los métodos de tratamiento “inofensivos”, un lugar para el hierro y el fuego, el psicoanálisis se asegura el porvenir de su derecho de ciudadanía! El artesano de la desligazón no deberá temer manipular fuerzas altamente explosivas ni tratar peligrosas mociones psíquicas más de lo que lo haría el químico prudente y escrupuloso.

«El hierro y el fuego» o la regla y lo sexual. La regla fundamental de la cura analítica – asociar libremente, decirlo todo – impone tanto al pensamiento como a la palabra un régimen de libertad totalitaria: todo lo que está permitido es obligatorio. Libertad obligada de la que sabemos hasta qué punto puede convertirse en las delicias y/o el suplicio del neurótico obsesivo. Hablar libremente es desatar la lengua hasta perder el hilo: libre de sus amarras e incitada a partir a la deriva, la palabra ya no sabe lo que dice; lleva y transporta lo que ignora,  lo que le es desconocido, hacia un destino indeterminado; ciega y sin meta, como el empuje de lo sexual que interviene en todo. Decirlo todo es, por lo tanto, permitir que surja el incidente por excelencia que es lo sexual -como una idea que cae, no sabemos de dónde-, hasta dejar que lo sexual se apodere incidentalmente de todo. Encendido por la palabra desligada, el fuego de lo sexual infantil inflama los pensamientos y las palabras, sacudiendo el orden establecido hasta consumir la barrera entre decir y hacer, desencadenando emociones violentas y conexiones peligrosas, poniendo en riesgo a veces todo el dispositivo analítico.

Alarma de incendio, interrupción de la representación, confusión entre el escenario y la sala en el caos del sálvese quien pueda: la famosa metáfora freudiana del incendio en el teatro ilustra la crisis causada por la irrupción de lo sexual bajo su forma pasional, masiva y actuada, conocida como “amor de transferencia”. El inconveniente es que induce a creer que el fuego surge del exterior, como un accidente, cuando la regla misma contribuye a su desencadenamiento. La regla, excitante y provocadora, es al mismo tiempo fundante, como la “vara enrojecida por el fuego” del fantasma del “hombre de las ratas”. Es, por tanto, la propia pieza la que enciende el fuego[2], aun cuando la “fidelidad indeseada” no es la forma más frecuente de manifestación de lo sexual infantil provocado.

Regla a la vez fundadora y agitadora, método asociativo y disociativo, así como lo sexual es a la vez fuente y remedio del mal, objeto y motor del tratamiento analítico. En el fondo, si el método analítico desencadena y mantiene el fuego sexual es poniéndose en contacto con el movimiento de su objeto, sometiéndose al movimiento de lo que busca entender: descomponer y disolver, como vía de acceso real al imperio de la desligazón. Cuando, en el paroxismo de su confusión entre puesta en palabra y puesta en acto, entre relatar y realizar, el Hombre de las ratas ruega a Freud que no le exija contar los detalles del suplicio de las ratas, éste le responde: la regla es la regla, no tengo más derecho que usted a incumplirla. Que intente tranquilizar a su paciente añadiendo que él no es el capitán cruel no cambia nada respecto de la fuerza excitante y causante de efracción de lo que impone y exige.  Las palabras freudianas al estilo de “no es mi madre” (¡por lo tanto es su madre!), no hacen más que reconocer la intimidad entre estas dos exigencias, la de “decirlo todo” y la de la irrupción pulsional; imperativas y traumáticas tanto la una como la otra.

¿Cómo sostener la figura del analista como artesano de la desligazón, como guardián del fuego sexual? Freud[3] recuerda que la tarea impone al analista un combate que debe llevarse a cabo en varios frentes: al exterior del análisis, contra los adversarios siempre tentados a rebatir la importancia de las pulsiones sexuales; al interior del análisis, contra sus pacientes divididos entre el rechazo y la sobre-estimación de la vida sexual, capaces de emplear las disposiciones pasionales liberadas como un medio de resistencia hasta colocar al analista en un callejón sin salida; y, para terminar (o para comenzar), dentro de sí mismo, contra las fuerzas que intentan hacerlo salir de la posición analítica. Lo que Freud pone aquí como condiciones necesarias para el trabajo analítico “no edulcorado” dibuja el contorno de los límites constitutivos del espacio analítico. Los límites externo e interno del análisis y la disposición interna del analista (rechazo a responder, neutralidad). Proceso y espacio analíticos son creados, fundados, por los mismos gestos: el movimiento del proceso analítico delimita el espacio del análisis e, inversamente, el trabajo de desligazón solo puede empezar con la condición de asegurarse una capacidad de contención, de estar “encuadrado”, así como el sueño solo puede producirse enlazado al dormir.

El modelo metapsicológico del espacio analítico lleva la impronta del yo durmiente al servicio del sueño. Para dormir no basta con tener los ojos cerrados, con cerrar la puerta a los ruidos del exterior y cortar el acceso a las reacciones motrices. Hace falta que nuestro “yo oficial” se retire discretamente de su función de vigilante organizador y que el mundo interno oscuro, susceptible de ser despertado, no sea demasiado perturbador. Durante el sueño, el yo se retira del espacio psíquico o, más precisamente, se mantiene “al margen”[4]. Al concentrar todos sus deseos narcisistas en un único deseo de dormir, al trasladar todas sus investiduras a los límites de su envoltura, el yo permite el advenimiento de “la otra escena”, la escena del sueño, en el corazón del espacio liberado. El yo durmiente se entrega a la escena onírica en la medida en que la bordea, como el encuadre a sus límites. Mientras haya un yo seguro de sus límites, el sueño se produce y el dormir continúa. Mientras el sueño se desarrolle, su escenario –el yo- puede no verse.

En el fondo, el yo durmiente es un yo dotado de una cierta movilidad. Según la necesidad de sus intereses es capaz de desplazar sus investiduras, al punto de replegarse en un punto neurálgico o de dilatarse hasta sus límites. El despliegue energético, móvil y flexible, de sus investiduras evidencia/indica la existencia de un yo como forma investida de un reservorio libidinal relativamente estable, un lugar psíquico constituido, un continente interno. Freud decía que el yo no era solamente un ser de superficie sino la proyección de una superficie. El yo como cuerpo, como cuerpo interno, el “yo-cuerpo” se sabe metáfora. En la medida en que el espacio analítico puede construirse a su imagen, la invitación a “soltar amarras” no se confunde con la orden de naufragar. El análisis puede ponerse en movimiento, a hierro y fuego [tout fer et tout feu][5], mientras la envoltura del análisis no se vuelva ella misma una cuestión “ardiente”.

Encuadre y contra-transferencia

Salomé, de diez años, me fue descrita como una niña frecuentemente desbordada por un estado de sobre-excitación que obstaculizaba la integración y el aprendizaje escolar, y que a los tres años fue víctima de tocamientos sexuales cometidos por un pariente cercano. En nuestro primer encuentro descubro a una chiquilla sorprendentemente tranquila, acompañada por su educadora. Me sigue al consultorio sin manifestar inquietud. Pero en cuanto la puerta se cierra tras nosotras, se arroja sobre mí y me arrincona contra la pared con una fuerza insospechada para una niña de su edad. Clavando su mirada feroz en mis ojos sorprendidos y frotando su bajo vientre contra el mío, me dice de sopetón: «No tengas miedo, relájate, verás que todo va a estar bien…». Estupefacta y asustada al mismo tiempo, busco devolverle la impresión de que me inflige algo que ella ha sufrido antaño. Pero más que mis palabras – de las que después me percataría que, al margen de su sentido eventualmente percibido, su realidad sonora misma le era insoportable -, lo que Salomé nota con rabia son mis manos firmemente apoyadas en sus brazos para sujetarla. Me da patadas mientras grita: «Suéltame, no te me acerques, yo no soy una puta». Cuando finalmente sale del consultorio no sé si es para escaparse o para encerrarme, así de confusa está mi mente: ¿Qué ocurrió? O más bien, ¿qué es lo que no ocurrió?

El reconocimiento de la fuente identificatoria de las palabras de Salomé parece aportar un sentimiento de restablecimiento del orden. ¿No son acaso las palabras terribles salidas de la boca de su agresor? Pero inmediatamente surge otra pregunta: ¿No es también lo que podría haberle sugerido a mi paciente niña para acogerla y situar nuestro encuentro? Incluso podría haber agravado mi situación añadiendo: nada de lo que pase entre nosotras saldrá de esta habitación. Así se habría realizado la colusión fantasmática entre su agresor y la analista que yo esperaba ser para ella. ¿Cómo puede el analista arriesgar los gestos inaugurales del movimiento analítico cuando se ve confrontado a un  impase tal que, llevando al extremo la confusión de lenguas, desde el inicio lo descalifica, o más bien lo sobre-califica? Aunque solo fuera el gesto que consiste en cerrar la puerta para que el análisis pueda tener lugar, en el doble sentido de la expresión: topos y proceso. La cuestión del lugar analítico resulta eminentemente pulsional frente a la psique desprotegida, “sin domicilio fijo”.

El análisis de Raquel también se asemeja a la lucha por el “derecho de alojamiento”. Para ella la expresión “casa de la infancia” es un pleonasmo, algo desconocido. Si Raquel dice haber sido privada de infancia no es porque siendo niña le faltaran sueños o ensoñaciones, sino porque no podía dormir. Vigilia atribuida [assignée] a la locura materna, como se diría de alguien con arresto domiciliario [“assigné à résidence]. Raquel es una niña despierta de forma precoz y perpetua. Permanentemente “en alerta, convierte el análisis en el eco de su desesperación, tumultuosa o silenciosa, de no poder adormecer sus sentidos, siempre en estado de sitio. ¿En dónde encontrar una fortaleza para la noche profunda?  La pregunta se apodera de mí tanto como de Raquel. Es cierto que a veces me daban ganas de dejarlo, pero al mismo tiempo se imponía una intuición, muy bien resumida en estas palabras del poeta: «Es terrorífico caer en las manos del Dios viviente, pero más terrorífico aún es caer de sus brazos»[6]. Así encontraría el sueño Raquel, aterrorizada por la idea de “quedarse allí”. Cuando el sentimiento de vacío la encierra entre cuatro paredes sin horizonte, la idea del suicidio se dibuja en ella como una ventana; en trampantojo, por así decir. Nada se lo impide, puede atravesarla. A lo largo de una de esas sesiones apagadas o más bien tensas, extensas como una noche en vela, en la que me parece necesario incluso respirar con cuidado, como si cualquier pequeño gesto fuera demasiado, un pensamiento me embarga: hablarle con palabras que suenen precisas, las palabras justas, las palabras de los niños.

“Ataque contra el encuadre”, por un lado; “juicio el encuadre”[7], por otro. Uno designa una de las principales dificultades del psicoanálisis frente a los pacientes límites; el otro, un intento de orden y hasta una tentación de respuesta regularmente provocada por esas dificultades. Como indica la abundancia de literatura analítica relativa a este tema, la historia del encuentro (¿?) entre el psicoanálisis y los estados límite ya es muy larga. Sin embargo, recomienza cada vez que el psicoanálisis se pregunta por aquello que lo constituye: su objeto, su motor, su espacio, sus condiciones o sus límites. Por cierto, ¿podríamos situar su inicio con exactitud? ¿Alrededor de la década de 1950, cuando el problema límite se impone en el debate analítico con todas sus letras? Pero sabemos que la cosa comenzó mucho tiempo antes. Evoquemos entonces el diario de Ferenczi (1932), especialista en casos difíciles, testimonio clínico cuyos cuestionamientos resuenan algunos años más tarde en un texto freudiano: «Análisis terminable e interminable». Encontramos las premisas de estas dos referencias en el giro de 1920: el descubrimiento del masoquismo primario como problema económico, pura y mortalmente como un “más allá del principio de placer” al que el propio yo se encuentra sometido. El enigma se remonta así, en los años 1910 -1914, a la introducción del narcisismo, al descubrimiento del origen libidinal del yo y de sus “incertidumbres”, hasta las fuentes constitutivas del espacio interno. Por lo tanto, se trata de una historia de los orígenes.

“Narcisismo de vida, narcisismo de muerte”: solo por su referencia al dualismo pulsional de la segunda tópica freudiana, la fórmula consagrada de André Green[8] expresa la constatación impuesta por la clínica de los estados límite: el narcisismo se apodera del campo pulsional en toda su amplitud y el yo se instala en el centro del análisis, con todas sus incertidumbres y sus heridas. El yo reorganiza, o más bien desorganiza, la escena analítica a su imagen; mal establecido y menoscabado. Como recuerda Pontalis[9], uno de los grandes méritos de Ferenczi es mostrar que los límites del análisis no se encuentran en la periferia sino en el centro. Al partir de un centro pobremente asegurado es obligatorio reconsiderar la experiencia analítica, pues aquí encontramos que de entrada se tambalean todos los hitos formales y contractuales del dispositivo: el número y la duración de las sesiones, su regularidad y fijeza, el pago, la organización del espacio y de los sitios, etc. Sin la seguridad del soporte espacio-temporal y material del dispositivo, la escucha analítica pierde una buena parte de lo que constituye su rol estructuralmente continente. De ahí la importancia de la disposición interna del analista para el mantenimiento constante del encuadre analítico. Más que nunca, la presencia del analista está llamada a ser paciencia y permanencia. Tarea compleja que lleva a Fédida a hablar del “psicoanálisis complicado”.

Las particularidades paradójicas que caracterizan los movimientos transferenciales de los pacientes límites vuelven aún más compleja la situación. La transferencia límite solicita de forma paradójica la presencia del analista. Ésta es unas veces reivindicada en su materialidad bruta como punto de asidero de una psique que de otra manera se encuentra bajo amenaza de desmoronamiento y, otras veces, es vivida como un elemento disruptivo intolerable que hay que destruir. El analista es confusamente el único hilo que mantiene en suspenso la caída que ya se precipita al abismo sin fondo, un “menos que nada” indiferente, un “cuerpo extraño” tóxico a consumir sin moderación. Este control transferencial al modo de “todo o nada”, inseparablemente unido a la inmovilidad psíquica del paciente, mantiene a raya el juego de presencia/ausencia constitutivo de la capacidad de recepción del analista. La escucha analítica sobre el fondo del silencio implica un modo de estar presente, una extraña conjugación de constancia y ausencia, de solicitud y neutralidad; una presencia que permite dar cuerpo y forma a lo ausente, a lo desconocido, actualizar los fragmentos de recuerdos, animar a las figuras que creíamos congeladas. En una palabra, presencia indeterminada y siempre otra, al servicio de los transportes, las transferencias, los movimientos.

Esto supone, tanto en el analista como en el paciente, la capacidad de utilizar la ausencia, de desafiar la presencia, de jugar a la ausencia. Es decir que la experiencia de la ausencia constituye el fondo y el horizonte de la práctica del análisis. Él (ella) está / ausente: ¿cómo salir indemne de la paradoja impensable de estar sobre el fondo del no-estar?[10] Esta paradoja, esta brecha inherente a la presencia misma – no hay presencia plena- puede transformarse en un terreno para el juego, un espacio lúdico, como el niño del juego del carretel que transforma el dolor de la pérdida en placer de desafiar la ausencia. Una paciente evoca su deseo de que luego de su desaparición podamos pensar en ella como en un sueño, cuyo recuerdo sería persistente por borroso. Expresado a quien no ve (bien), el ensueño le parece maliciosamente placentero. Desaparecer, ¿un juego de niños? Como el juego de las escondidas: borrarse mentalmente mirándose en el espejo como para utilizar el reflejo de un lugar lejano que nublaba los ojos-espejo maternos, o el velo de las lágrimas que los cubrían. Aún hace falta tener la seguridad de que uno va a encontrarse en ese espejo. Como dice Winnicott, si para el niño es un placer esconderse, es una catástrofe no ser encontrado. Al no ver (se), la ausencia equivale a “desaparecer sin dejar rastro”. Si amenaza una catástrofe de ese estilo, el analista se encuentra frente a una demanda paradójica muy señalada por Fédida: directamente interpelado en su persona, el analista debe asegurarse de instaurar la situación analítica y de recrearla constantemente a partir de sí mismo[11].

A partir de sí mismo… Vienen a mi mente las palabras de Pontalis. Un “encuadre desgastado” siempre puede contar con su asistente. El analista solo puede contar con su propio yo, o más bien con su propio-otrose yo que deja de ser yo, ese otro que no está identificado»[12]. Pero cuando el yo del analista sufre, por asalto o por erosión, la acción transferencial desintegradora que ataca su actividad de pensar, es decir su sentimiento de identidad estable, él también se busca, a veces para descubrirse y a menudo para construirse. En esos momentos difíciles, la contratransferencia está llamada a convertirse en el objeto analítico por excelencia. Siempre que mantenga su naturaleza compuesta de dos caras que, por cierto, nunca podrían llegar a separarse: la parte de la pregunta y la parte de la respuesta (auto) teorizante que ella moviliza, a la vez que se mantiene hasta cierto punto oscura. Indudablemente, la contratransferencia solo puede usarse como apertura y ocupar el lugar de lo que se analiza al precio de esta paradoja.

La contratransferencia se opone a cualquier categorización porque implica la “parte oscura” de la psique del analista. Sin embargo, ha experimentado una extensión conceptual criticable hasta incluir todas las disposiciones subjetivas y singulares del analista, más o menos inducidas por el paciente. Más problemático aún es que, de reacción-pregunta, tiende a convertirse en respuesta, incluso en una repuesta técnica y teórica[13]. Sea que esta tendencia tome o no la forma caricaturesca del juego combinado de la transferencia y la contratransferencia, de todos modos plantea el problema de lo que Fédida llama la “profesionalización de la contratransferencia”: la referencia sistemática a la contratransferencia se vuelve un instrumento profesional y viene a constituir la base misma de la técnica analítica, la pieza central de la elaboración teórica y práctica.

Pero el interés principal de las críticas desarrolladas por Fédida sobre el tema es la concepción de la contratransferencia subyacente a dicha instrumentalización, que ésta a su vez contribuye a corroborar: la contratransferencia concebida como subjetividad reflejante y refractante, sobre la base de una posible reciprocidad entre los dos protagonistas de la cura.  De esta concepción especular e intersubjetiva de la contratransferencia surge el modelo imaginario dominante en la práctica analítica de los estados límites: el de la relación madre-infante.

En psicoanálisis hablamos mucho de regresión a lo infantil, pero nosotros no nos creemos hasta qué punto tenemos razón […]. El paciente sin conocimiento es efectivamente, en este trance, como un niño que ya no es sensible al razonamiento sino, a lo sumo, a la benevolencia (Freundlichkeit) materna[14].

El pasaje citado pudo haber sido tomado del autor de “la madre suficientemente buena”, pero es del autor del “bebé sabio”. Sabemos en qué medida la clínica de los estados límite solicita una identificación tanto con el infante, invadido por un entorno primario que falla, como con la madre reparadora: ocupar el lugar de columna vertebral faltante o hacer el trabajo de brazos que sostienen, reanimar al niño sofocado en el huevo o, incluso, hacer nacer al niño tan precozmente herido.

Percibir la valencia materna en su movimiento contra-transferencial es una cosa; mientras mantenga su fuerza interrogativa, nada cuestiona la virtud analítica de la identificación materna solicitada. Otra cosa es responder a esa solicitud, extrayendo directamente sus consecuencias prácticas y teóricas hasta “jugar a las madres”[15]. Esta forma de contra-transferencia, que podemos calificar como maternal, no deja de ser heterogénea: condensa simultáneamente en el analista el deseo de sanar, de construir, de teorizar; todos esos deseos que el análisis, seguro de su centro, podía creer que mantenía entre paréntesis, en sus fronteras.  Al transformar la práctica analítica en holding destinado a reconstruir el espacio de la ilusión perturbada o destruida, nos arriesgamos a anular la fuente generadora de la parte teorizante de la contratransferencia.  Reducir al analista a una figura materna continente, receptiva y metabolizante es olvidar que la figura de esa madre, tentada de responder a todas las necesidades del paciente, es ella misma hija de la contratransferencia. Una hija de la contratransferencia minada por un influjo transferencial que la cuestiona.

La intensidad de la transferencia límite es la grieta abierta del narcisismo herido: el objeto imposible. Cuando el objeto deja ser transportador de elementos migratorios, cuando el soporte del transporte acapara e inmoviliza todo el movimiento, cuando la transferencia sobre el objeto obstaculiza la transferencia de representaciones, la contratransferencia es convocada e interrogada en la propia fuente de la experiencia psicoanalítica. No es extraño que, en ese camino de retorno a las fuentes, encontremos el pasaje ferencziano.

El Pasaje ferencziano

Nietzsche decía que la ventaja de una mala memoria es la alegría de aprender las cosas siempre por primera vez. La alegría de la primera vez o, para algunos, la desesperación de la primera vez que no comienza. Pierre constata (no se trata de una queja) que recomienza en cada sesión. Al igual que sus conexiones afectivas, las conexiones entre sesiones no se construyen o, en todo caso, se agotan. No queda nada, salvo esa constatación siempre presente. Lo intento: «Por lo menos eso no se agota». Después de un silencio, dice: «Ah, iba a decirle que usted tampoco». Insisto: «¿De hacer la conexión… de nada?». Entonces vuelve un recuerdo doloroso de su infancia, el de su padre que no (le) decía nada, que parecía bastarse a sí mismo. Le queda la imagen idealizada de la persona que habla poco. Y Pierre se da cuenta de que si aceptó hacer un análisis no fue porque le pareció la mejor solución, o la menos mala, sino la más familiar y, sobre todo, ¡la peor! El análisis como una nada inagotable, una nada interminable.

Ferenczi dice que el parecido entre la situación analítica y la situación infantil incita a la repetición, mientras que el contraste entre ambas favorece el recuerdo. Conocemos las tentativas terapéuticas de Ferenczi, animado por el furor sanandi.  De la “técnica activa” que mezcla requerimientos frustraciones, a la relajación y la neo catarsis, pasando por la técnica del beso, lo que el analista húngaro busca es provocar y movilizar, a modo de “tratamiento de shock” o de “agente provocador”, el narcisismo estático, inmóvil, que opone una resistencia inevitable al análisis. Para Freud, el objetivo del análisis es transformar la miseria neurótica en desgracia banal, inevitable en toda existencia. Para Ferenczi, analizar/curar es como dar a luz un niño. El “especialista en casos difíciles” se inspira de buen grado en el trabajo del ginecólogo-obstetra: compara su técnica activa con los “fórceps”. Ferenczi busca instaurar las condiciones de un nacimiento psíquico, tanto por medio de la reproducción actuada de los traumas como por la reactivación del estado infantil (dejar al paciente comportarse como un niño difícil, desatado, que disfruta de la irresponsabilidad y la beatitud.

Hacer nacer al niño más allá el traumatismo. La fórmula, que tomo prestada de Pontalis[16], tiene el mérito de señalar lo que podría llamarse la “paradoja la de pasión ferencziana por lo originario”. Mejor que nadie, el autor del “bebé sabio” saca a la luz la figura del niño consagrado a introyectar el amor pasional y culpable del adulto, a sufrir ese “injerto prematuro”, a madurar precozmente como un fruto agusanado por el ataque del pico de un pájaro[17].  Más que nadie, el “niño terrible” del psicoanálisis está guiado por la búsqueda de un renacimiento psíquico exento de todo “trauma del nacimiento”. El proyecto de Ferenczi se basa más en la revisión de la relación analítica que en la elasticidad de la técnica. Primero la relación, plena de confianza y sinceridad. Luego el método, si es posible utilizado con tacto: se trata de instaurar una relación terapéutica desprovista de todo lo que la relación entre el adulto y el niño tiene de poder de captación, de hipnosis, de hipocresía, miedo y culpabilidad; en resumen, de todo lo que transmite confusión de sentimientos y de lenguas.

La tentativa de “análisis mutuo” es muestra de ese deseo de poder entender el lenguaje del niño sin ponerle trabas y, por lo tanto, de la necesidad de hablar su lenguaje. En el fondo, el ideal del análisis mutuo sería “un análisis de dos niños”[18], que Ferenczi describe de la forma siguiente: como resultado del mismo destino, dos niños igualmente asustados intercambian su experiencia, se comprenden perfectamente y buscan instintivamente calmarse; la conciencia de su destino común hace que uno aparezca ante el otro como totalmente inofensivo y esa confianza mutua los libera de cualquier miedo paralizante.  El modelo de la relación madre / hijo, invocado implícitamente en el “análisis de niños con adultos”, es en el fondo otra versión del análisis mutuo. La figura materna en busca del lenguaje perfectamente adaptado a la inteligencia del niño es heredera directa del “bebé sabio”, la encarnación misma del sueño del wise baby. Uno y otro deben mucho al niño que, a falta de algo peor, debió contentarse con la madre idealizada y omnisciente, como señala Florence Guignard con humor[19]. Digamos que nadie es perfecto. Los futuros bebés sabios nunca salen de su asombro.

Narciso roto está en busca de espejo, de ilusión de simetría: es la tentación narcisista a la que el analista se ve empujado por la exigencia transferencial de los estados límite. Así, cuando la identificación materna del analista responde en eco, el niño vuelve a ocupar ambos lados de la escena analítica. Hijo de Narciso, llevado por el sueño de borrar, de agotar su fuente infantil, sexual. Comenzando por el objeto.

La transferencia límite se realiza como la negación de aquello que la define: el analista ya no es una base útil para el transporte, es más un punto de fijación inamovible que el punto de pasaje de un sitio a otro. La transferencia sobre el objeto se consigue sacrificando totalmente la transferencia de las representaciones, como si el vínculo masivo impidiera cualquier actividad de ligazón y desligazón. De esa «transferencia paradójica», Jacques André deduce lo que está en juego a nivel objetal: exigir del objeto que sea inmutable e irremplazable, que sea el “único objeto”, lo que equivale a su eliminación. Es exigir que esté presente de manera continua, fuera del alcance de cualquier interferencia del fantasma y de la sexualidad infantil[20]. La madre que sabe, el “objeto todo en uno”, cuyo paradójico precio a pagar conocemos: estar radicalmente clivado.  «Oh Hamlet, has partido mi corazón en dos», responde la madre a la acusación del hijo. De éste último se escapa un grito desde el corazón: « ¡Oh! Rechace la parte mala y viva mucho más pura con la otra mitad».

El “bebé sabio” sueña con un saber asombroso, espantoso: sueña que revela a los adultos las verdades más profundas y más escondidas, aquéllas que ellos mismos ignoran. Una especie de versión psicoanalítica del “niño divino”. Falta saber qué lengua hablaría: ¿la de la ternura o la de la pasión? A menos que él mismo no sepa lo que dice. Así, el “bebé sabio” no solo ilustra el fruto sino también la fuente de la confusión de lenguas. Lleva y transporta un saber que se ignora. Ferenczi decía que el psicoanalista es aquél que practica el análisis con pacientes porque tiene restos transferenciales no resueltos en su propio análisis. No basta con introducir la mutualidad o con invertir la asimetría para que el analista se reconcilie con su “parte de sombra” y para que la situación analítica pueda librarse de ella, ése es el meollo de la enseñanza que podemos retener del pasaje ferencziano.

Objeto imposible, “objeto-fuente”

El analista es como los “restos diurnos permanentes y privilegiados”: esta formulación freudiana data de los primeros tiempos del psicoanálisis, cuando se descubre la transferencia como falso enlace[21].  Pero incluso admitiendo que la regresión y el actuar transferenciales participan plenamente de la propia situación analítica, la idea permanece intacta, creo yo, respecto al papel del analista en la transferencia. El analista se ofrece principalmente como soporte de los escenarios fantasmáticos actualizados, como contrabandista del movimiento migratorio de los elementos reprimidos liberados. Como resto diurno privilegiado a la vez que permanente, el analista puede ser reinvestido por lo sexual infantil despertado por la palabra des-ligada, que ha experimentado una regresión. Esta figura del analista se basa en la teoría freudiana de la pulsión que sostiene que el objeto es fundamentalmente contingente y variable. Según Freud, no está originalmente conectado a la pulsión[22]. Ahí donde predominan la variabilidad del objeto y la capacidad de desplazamiento de lo sexual infantil, la transferencia de objeto y la transferencia de representaciones caminan juntas.

Pero la forma en que la transferencia límite reintroduce la cuestión del objeto para, en el fondo, alimentar la ilusión de simetría, obliga a reconsiderar la teoría de la pulsión. Como sabemos, la transferencia límite ha dado lugar a toda una teoría post-freudiana de la relación de objeto y a la idea de la pulsión como object-seeking, antes de ser pleasure-seeking. Siendo el momento de concluir, mi propósito no es entrar en ese debate, sino considerar esta problemática del objeto continuando con mis reflexiones críticas sobre la cuestión de la contratransferencia.

Por el desafío que implica para la instauración de la situación analítica, el objeto en cuestión en la contratransferencia límite incita a reexaminar lo que constituye y mantiene la asimetría instauradora de la situación analítica. La cuestión de la contratransferencia, impuesta primero por las dificultades técnicas, y abordada en términos de reacción inducida por el paciente, exige ser considerada e interrogada como lo que se encuentra en la fuente de la transferencia y de la experiencia analítica misma. Se trataría de una “contratransferencia originaria”[23]. Por supuesto, no podemos más que suscribir el sentido que Pontalis le otorga: una pre-contra-transferencia que motiva y nutre la práctica del analista.

Pero más allá de esta fuente viva y singular de cada analista, la cuestión del objeto imposible, tal como se inmoviliza en la figura transferencial límite, ¿no interroga la “contra-transferencia originaria” en su dimensión estructural, en su relación esencial con la transferencia, en su dimensión fundadora de transferencias? Cuando la figura del analista como portador del movimiento cede lugar a la figura estancada de objeto de fijación, cuando la transferencia de representaciones se encuentra inmovilizada por la transferencia sobre el objeto, ¿no debemos considerar al analista-objeto en su dimensión inhibidora o provocadora de transferencias? No solo como base del transporte sino como fuente de transferencias. La oferta crea la demanda, señala Laplanche[24] para resaltar la actitud interna del analista, productora de la transferencia. Al señalar la presencia de la “contra-transferencia originaria” en la fuente y en el corazón mismo del proyecto analítico, lo que se pone en evidencia es el poder seductor de la asimetría constitutiva de la situación analítica. Y lo que también se convoca es la figura del objeto incitador del cual proviene su atracción, el “objeto fuente”[25] de la pulsión.

La confrontación del psicoanálisis con las configuraciones psíquicas límites suscita la cuestión de sus fronteras que, durante los debates, se desplaza hacia el corazón de la experiencia analítica: de la transferencia límite a la contratransferencia, el hilo del objeto lleva a la interrogación sobre la situación analítica, sobre lo que la funda, sobre sus fuentes. En ese sentido podemos decir, siguiendo a Fedida, que el paciente límite busca hablar con el infans. El psicoanálisis preserva una oportunidad de entender eso infantil, al niño imposible, a condición de que no sea el niño quien responda.

 

Notas

* «Un moi d’enfer : l’enfant impossible», en Mi-Kiung Yi, L’enfant impossible, PUF, 2016. Traducción : Inés María Haya de la Torre.

[1] Sigmund Freud, «Remarques sur l´amour de transfert» (1914) en complètes, Psychanalyse, vol. XII, op.cit., p.211. [«Puntualizaciones sobre el amor de transferencia», OC. V. XII. Buenos Aires, Amorrortu]

[2] Jacques André, «La règle», en L´Imprévu en séance. Paris, Gallimard, 2004, p. 145.

[3] Sigmund Freud, «Remarques sur l´amour de transfert» (1914) en complètes, Psychanalyse, vol. XII, op.cit., p.211. [«Puntualizaciones sobre el amor de transferencia», OC. V. XII. Buenos Aires, Amorrortu]

[4] Véase Jean Laplanche, La cubeta. Trascendencia de la transferencia. Problemáticas V, Buenos Aires, Amorrortu.

[5] [En francés existe la expresión «Tout feu et tout flamme», que puede traducirse por: «con entusiasmo». N. de T.]

[6] Los versos de David H. Lawrence, citados en J.B. Pontalis, «Sur la douleur (psychique)», in Entre le rêve et la douleur, Paris, Gallimard, coll. « Tel », 1977, p. 268.

[7] Raymond Cahn, «Le procés du cadre ou la passion de Ferenczi», en Revue française de psychanalyse, 1983, nº 47, p. 1107-1133.

[8] André Green, Narcissime de vie, narcisissme de mort, Paris, Minuit, 1983.

[9] Jean-Bertrand Pontalis, «Bornes ou confins», in Nouvelle revue de psychanalsyse, Paris, Gallimard, 1974, nº 9; reeditado en Entre le rêve et la douleur, op.cit. p. 201-215.

[10] Ver Jacques André, L´imprévu en séance, op.cit., p. 99.

[11] Pierre Fédida, «Sur le rapport mère/enfant dans le contre-transfert», en Crise et contre-transfert, Paris, PUF, p. 145-147.

[12] Jean-Bertrand Pontalis, Fenêtres. Paris, Gallimard, 2000, p.130.

[13] Al mismo tiempo que la contra-transferencia otorga una especial importancia a la teoría, la propia teoría se convierte en un asunto contra-transferencial. Prueba notable de ello son algunos partidarios de la hermeneutización del psicoanáisis. Véase Mi-Kyung Yi, Herméneutique et psychanalyse, si prochessi étrangères, Paris, PUF, Coll. “Voix nouvelles en psychanalyse”, 200, p. 153-174.

[14] Sandor Ferenczi, “Confusion de langue entre les adultes et l´enfant. Le langage de la tendresse et de la passion” (1932), Œuvres complètes, vol. IV, Paris, Payot, 1982, p. 128-129.

[15] Ver Adams Philips, Nouvelle revue de psychanalyse, Paris, Gallimard, 1992, nº 45; Jacques André, “Borderline transfert”, en Jacques André et al., Transfert et états limites, Paris, PUF, coll. “Petite bibliothèque de psychanalyse”, 2002.

[16] Jean-Bertrand Pontalis, «Entre le savoir et le fantasme», en Entre le rêve et la douleur”, op.cit., p. 126.

[17] Voir François Gantheret, «Le nourrissons savants», en Incertitude d´Éros, Paris, Gallimard, 1984.

[18] Sándor Ferenczi, Journal clinique (janvier-octobre 1932), Paris, Payot, 1985, p. 106-108.

[19] Florence Guignard, «On demande “mère suffisamment bonne” pour “nourrisson savant”», en Dominique Arnoux, Thierry Bokanowski (dir.), Le Nourrisson savant. Une figure de l´infantile, Paris, In Press, 2001.

[20] Jacques André, «L´unique objet», en Jacques André et al. Les États limites, Pris, PUF, coll. “Petite bibliothèque de psychanalyse”, 1999.

[21] Sigmund Freud, “Psychothérapie de l´hystérie”, en Études sur l´hysté rie (1895), Paris, PUF, 1956, p. 244-246.

[22] Sigmund Freud, “Pulsions et destins de pulsions” en Œuvres complètes. Psychanalyse, vol. XIII, op.cit., p. 170.

[23] Jean-Bertrand Pontalis, «À partir du contre-transfert: le mort et le vif entrelacés», en Entre le rêve et la douleur, op. Cit., p. 238.

[24] Jean Laplanche, «Du transfert: sa provocation par l´analyste», en La Révolution copernicienne inachevée (Travaux 1967-1992), Paris, Aubier, 1992.

[25] Jean Laplanche, «La pulsión et son objet-source. Son destin dans le transfert», ibid., p. 227-242.

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