Madrid, 11 del 12 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Sexualidad y pulsión: ¿conceptos indisociables en psicoanálisis?*
Ney Klier Padilha Netto y Marta Rezende Cardoso

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Resumen

Uno de los operadores centrales del psicoanálisis es su comprensión innovadora de la sexualidad humana. El concepto de pulsión, y en particular el de pulsión sexual, posee un lugar prominente. Las determinaciones e implicaciones de los reordenamientos que sufre este concepto en la obra de Freud conllevan dificultades teóricas relativas a la cuestión de lo sexual y su relación con la alteridad. En el primer dualismo pulsional, la pulsión sexual es fuerza disruptiva, opuesta a la autoconservación por su carácter desestabilizador para el yo. Con la emergencia del concepto de “narcisismo”, la constitución yoica adquiere un carácter eminentemente sexual y la oposición entre “yo” y “sexualidad” se vuelve problemática. En la segunda teoría de las pulsiones, basada en la oposición entre Eros y Pulsión de Muerte, ésta última constituye una fuerza destructiva cuya naturaleza, según Freud, no sería sexual. Basándonos en Jean Laplanche, discutimos cómo conciliar los aspectos violentos y perturbadores de la sexualidad humana con la dimensión de ligazón  inherente a Eros.

Palabras calve: Pulsión, sexualidad, alteridad

La idea de sexualidad, presente en la obra freudiana desde la década de 1890, se consolida con el establecimiento de la noción de pulsión en los «Tres ensayos de teoría sexual», publicados en 1905 (Freud, 1905). A través de los conceptos de disposición perverso-polimorfa, zona erógena, pulsión parcial y libido, la sexualidad se configura como puerta de entrada para la comprensión de la vida psíquica. En el presente artículo pretendemos abordar la siguiente cuestión: ¿cuál es el alcance y la significación del concepto de pulsión, y cuáles son los problemas teóricos que trae?

A diferencia del instinto sexual, la pulsión sexual no se limita a las actividades inventariadas de la sexualidad biológica, sino que constituye el factor primordial que impulsa toda la serie de manifestaciones psíquicas, encontrándose, por lo tanto, en el fundamento del aparato psíquico y de su funcionamiento. Así, Freud inaugura una nueva y revolucionaria comprensión de la sexualidad humana.

Ya al inicio de su recorrido, en la primera mitad de la década de 1890, Freud postuló la noción de defensa, según la cual el yo se defiende de representaciones ligadas a la vida sexual del sujeto. Esta noción, precursora de la teoría de la represión, marca su punto de ruptura con las concepciones de Jean Martín Charcot y Joseph Breuer, que lo inspiran al comienzo de su trayectoria. Más significativamente, la noción de defensa expresa la singularidad y originalidad del pensamiento freudiano  al introducir la lógica del inconsciente.

Para fundamentar su teoría de la represión, Freud recurrirá en primer lugar a la hipótesis de la seducción, creyendo que la represión se aplicaba a los recuerdos de atentados sexuales perversos sufridos de forma pasiva por el sujeto en su infancia. Puesto que el inconsciente era concebido como el resultado de la represión de escenas de seducción en el psiquismo, la teoría de la seducción no sobrevivió al impacto de los nuevos descubrimientos freudianos: el papel de la sexualidad infantil y de la fantasía en la vida psíquica. Según esta nueva perspectiva, el niño no estaría desprovisto de actividad sexual, ya que se acepta que es capaz de construir, en un plano inconsciente, múltiples fantasías sexuales, a pesar de su inmadurez biológica.

Freud terminará por resignificar profundamente la noción de perversión, situando la sexualidad infantil y perversa en el fundamento de la sexualidad humana. Es justamente en ese contexto que aparecerá la noción de pulsión sexual. Definida en términos clásicos como representante psíquico de las excitaciones provenientes del cuerpo, la pulsión sexual constituye la herramienta teórica que posibilita la construcción de la teoría freudiana de la sexualidad,   teoría que se revelará fundamental para la comprensión de todas las otras formulaciones que componen el conjunto de su pensamiento.

Una de las preocupaciones fundamentales de Freud fue encontrar la pulsión que se opondría a las pulsiones sexuales. Inicialmente postuló la oposición entre pulsión sexual y pulsión de autoconservación, intentando tematizar el conflicto entre la sexualidad desbordante y el yo, que inicialmente era entendido como instancia psíquica desexualizada. El carácter disruptivo de la sexualidad es un hecho evidente en sus primeras formulaciones. Según esta lógica inicial, la pulsión sexual es entendida como fuerza desestabilizadora para el yo, suscitando medidas de control y moderación. La defensa psíquica, o represión, actuaría justamente contra la agresión de la pulsión sexual a la esfera yoica.

Posteriormente, con la consideración de otras psicopatologías como la esquizofrenia y la paranoia, Freud se vio desafiado a reevaluar su teoría de la sexualidad. Llegó a la conclusión de que el yo también era objeto de investidura libidinal y, cuando estaba bien estructurado,  esa investidura servía como factor organizador de las pulsiones sexuales en el ámbito psíquico. El cuerpo infantil, inicialmente  invadido por pulsiones parciales autoeróticas – es decir, pulsiones sexuales fragmentadas, aún no investidas en un objeto externo- necesitaría de un agente organizador para frenar su dispersión pulsional. El descubrimiento de una investidura de la libido en el yo, objeto interno por excelencia, terminó por delimitar lo que sería ese agente organizador de la fragmentación pulsional: el propio yo.

Así, con la conceptualización del narcisismo (Freud, 1914),  en la primera mitad de la década de 1910 comienza a instaurarse un gran giro en su teoría. La constitución del yo pasa a estar profundamente integrada en una problemática sexual.  Para que se constituya el yo es necesaria la investidura libidinal de esa instancia. Si antes la pulsión sexual amenazaba constantemente la estabilidad del yo, ahora es la propia materia prima para su constitución.

Sin embargo, una de las preocupaciones fundamentales de Freud fue tematizar el factor que se opondría a la sexualidad. «La argumentación es en principio clínica: el conflicto psíquico exige que algo se oponga a la sexualidad, que sea puesto en peligro por ella» (Laplanche, 1993; 1998, p. 117). Al no ser el yo ese factor antisexual esperado, la teoría de las pulsiones corre el riesgo de perder la dualidad esencial entre fuerzas opuestas.

De modo que el texto sobre la introducción del narcisismo suscitó una serie de dificultades en la teoría de las pulsiones. Ésta comienza a centrarse en la oposición entre libido del yo y libido de objeto, dos formas de investidura de una misma pulsión: la pulsión sexual. Así, la propuesta original de establecer una oposición entre dos pulsiones distintas se ve comprometida. A ello se suma la observación de los fenómenos relativos a la compulsión de repetición, elementos que llevarán a Freud a formular una segunda teoría pulsional con la que recuperará  la dualidad perdida con el descubrimiento del narcisismo.

El último dualismo pulsional propuesto por Freud (1920), entre Eros y pulsión de muerte, trajo múltiples interrogantes, convirtiéndose en uno de los puntos más controvertidos de todo su recorrido. La libido, energía de la pulsión sexual, incorporada al conjunto de las pulsiones de vida (Eros), tendría la función de volver inofensiva a la pulsión de muerte (Freud 1924). Desde esta perspectiva, al final de la teoría freudiana la sexualidad deja de ser esa fuerza desbordante y eminentemente perturbadora (Laplanche y Pontalis, 1967; 1983), que había sido atribuida a la pulsión sexual en los primeros esbozos de la teoría de las pulsiones.

Al ser confinada dentro del conjunto de las pulsiones de vida, la pulsión sexual también pierde su carácter hostil a la estabilidad del yo, convirtiéndose en una fuerza que tiende exclusivamente a la ligazón y a la conservación de los lazos vitales. Entonces, el problema teórico que surge a partir de la formulación de la segunda teoría de las pulsiones se refiere, en buena parte, a la dificultad de conciliar los aspectos no ligados de la sexualidad con esa restricción de la pulsión al dominio de Eros-principio de ligazón.

Si Freud recurre al término pulsión para describir la sexualidad humana, podemos cuestionar hasta qué punto es posible disociar los conceptos de pulsión y sexualidad. Las reubicaciones operadas en su teoría no dejarán de suscitar una serie de dificultades en la comprensión del concepto de pulsión sexual. ¿Todo el registro pulsional estaría incluido en el campo de la sexualidad, o habría algo del orden pulsional que escaparía a ese campo? ¿Sexualidad y pulsión serían o no conceptos indisociables en psicoanálisis?

En este contexto, las contribuciones de Jean Laplanche se muestran especialmente valiosas. En sus abordajes, este autor prioriza la cuestión de la pulsión sexual, reafirmando la importancia de la magistral ampliación de la sexualidad que Freud inaugura. Exploraremos las contribuciones de este autor con el fin de elaborar la siguiente cuestión: ¿la sexualidad estaría restringida al campo de la ligazón en el ámbito psíquico?

 

La teoría de la seducción generalizada

La teoría de la seducción generalizada, propuesta por Jean Laplanche, rescata elementos de todas las etapas del recorrido freudiano –desde la teoría de la seducción en 1895 hasta el último dualismo pulsional entre Eros y pulsión de muerte en 1920-, reestructurando profundamente esos elementos. El autor fundamentará la estructura del aparato psíquico justamente a partir de la experiencia inconsciente y originaria de la  seducción.

Mientras que en la teoría de la seducción de Freud, la seducción perversa ejercida por el adulto sobre niño correspondía a una situación contingente, episódica, en la teoría de la seducción generalizada la seducción  corresponde, ante todo, a una situación antropológica fundamental: la relación entre el adulto y el niño en términos generales. Por un lado, el adulto, con su inconsciente sexual esencialmente perverso – habitado por la fantasía, por residuos de su sexualidad infantil- y, por otro lado, el niño, sin un inconsciente sexual a priori, que solo cuenta con  montajes biológicos situados predominantemente en el plano de la necesidad, y no del deseo (Laplanche 1987; 1989).

Uno de los puntos fundamentales de la teoría de Laplanche es la distinción que establece entre la génesis de la sexualidad infantil y el desarrollo de la facultad perceptivo-motora del niño. La emergencia de la sexualidad en el ser humano no se confunde con las primeras adaptaciones psicofisiológicas del bebé. «En primer lugar, hablar del niño es (…) hablar de un individuo biopsíquico, y sería aberrante la idea de un lactante puro organismo, pura máquina, sobre el cual vendría a injertarse no sé qué, un alma, un psiquismo» (Laplanche, 1987; 1989, p. 97).

El autor explora la situación originaria, que se establece en un doble registro: en el primero hay una relación interactiva; en el segundo no hay interacción posible por el hecho de que existe un desfase extremo entre el psiquismo adulto –fundamentalmente marcado por contenidos sexuales inconscientes – y el cuerpo-psiquismo infantil, extremadamente elemental. La balanza es profundamente desigual.

Como afirma Jacques André (2008), «igual que una “infección”, lo sexual contamina un cuerpo psíquico desprovisto de la respuesta inmunizadora adaptada» (p. 549). Por el lado del niño, al comienzo solo existe un organismo con sus montajes biológicos preformados; por el lado del adulto hay una implantación de mensajes en ese organismo infantil: «…mensajes ante todo somáticos, inseparables de los significantes gestuales, mímicos o sonoros que los portan» (Laplanche, 1993; 1998, p. 19-20).

El adulto propone al niño significantes impregnados de significaciones sexuales inconscientes, significantes verbales, no verbales, e incluso comportamentales. Se trata de elementos inconscientes que impregnan los gestos, las expresiones y los comportamientos del  adulto. Este mundo sexual adulto no se caracteriza por ser un mundo objetivo que el niño tendría que descubrir o aprehender. Se caracteriza por mensajes que van incluso más allá del registro lingüístico, pudiendo ser pre o paralingüísticos, que interrogan al niño  antes de que éste sea capaz de metabolizar eficazmente lo que lo alcanza y excita. En este contexto de disparidad, de desigualdad entre dos polos, Laplanche  (1987; 1989) identifica el origen de la pulsión sexual en el ser humano.

Al crear un vínculo de ternura y apego con el niño, el adulto introduce en él los elementos que hacen surgir a la pulsión. «Es en la interacción de la ternura donde se desliza, donde viene a insinuarse la acción inconsciente del otro, la cara sexual inconsciente del mensaje del otro» (Laplanche, 1993; 1998, p. 85). La apertura perceptiva y motora del niño a la autoconservación permite la introducción de esos elementos sexuales. Ése es el sentido que la noción de apuntalamiento va a adquirir en la teoría de Laplanche.

Para ejemplificar este proceso de implantación –o, en su variante más violenta, de intromisión-  de significantes enigmáticos en el cuerpo-psiquismo infantil, Laplanche (1993; 1998) recurre a la situación de lactancia: la madre que ofrece su pecho para alimentar al niño. Ese pecho imprescindible para la autoconservación, que alimenta y hace posible la supervivencia del niño, es el mismo pecho que transmite significaciones sexuales inconscientes para la mujer que lo ofrece. La madre, que se dirige al niño de manera tierna y protectora, no puede evitar los efectos de su inconsciente sexual en su comunicación con el bebé. Al recibir mensajes que impactan su cuerpo, el niño necesitará de una defensa, de una protección contra esa invasión de estímulos inevitable e imprescindible que tiene lugar en la relación primordial.

Las zonas erógenas son lugares privilegiados de intercambio con el exterior, lugares de cuidados, de polarización de algo externo. A través de los cuidados ofrecidos por el adulto al niño, algo externo viene a implantarse en el funcionamiento endógeno. La fuente de la pulsión correspondería, por lo tanto, a la implantación de un cuerpo extraño. Como consecuencia de ese fenómeno, la excitación endógena no está exenta del impacto de un elemento exógeno, implantado en el cuerpo. De modo que, desde el punto de vista de Laplanche,  la erogenidad del cuerpo infantil no es atribuida a factores hereditarios sino al contacto con el otro, que erogeniza ese cuerpo suscitando la alteración orgánica del mismo, implantando una sexualidad que no se encuentra ahí a priori: una sexualidad infantil. «Nada permite afirmar que la erogenidad de las zonas erógenas esté ligada a una tensión endógena innata» (Laplanche, 2000; 2005, p.8). 

En otras palabras, la sexualidad infantil no tendría un mecanismo endógeno innato. En este contexto, los términos implantación e injerto no pueden ser más precisos, puesto que se refieren a una sexualidad que advendría por vía exógena antes de la maduración de la sexualidad biológica. Según André (2012), en ese hecho reside la especificidad del ser humano, articulada justamente en la descualificación que sufre el campo del instinto. El organismo del pequeño ser humano es totalmente subvertido por la acción seductora e inconsciente del otro, punto de partida para la emergencia de lo sexual y de lo pulsional. Como vimos, Laplanche (2000; 2005 / 2007a) recurre a los «Tres ensayos de teoría sexual» (Freud, 1905) –más específicamente a las nociones de sexualidad perversa y de placeres preliminares- para definir con mayor precisión la pulsión sexual en el ser humano:

«Lo sexual infantil es el gran descubrimiento de Freud. Es lo «sexual-pulsional», ampliado más allá de los límites de la  diferencia de los sexos, más allá de lo sexuado. Es lo sexual parcial, ligado a zonas erógenas, que funciona según el modelo del Vorlust, donde ustedes reencuentran la palabra Lust que significa a la vez placer y deseo». (Laplanche, 2000; 2005, p. 8).

El término alemán Vorlust designa el placer-deseo preliminar. Para Laplanche (2000; 2005), la pulsión se diferencia del instinto justamente en esa cuestión, manifestándose en la búsqueda de más excitación, en un placer de aumento de la tensión y no de su apaciguamiento, de manera análoga a las actividades sexuales preliminares. La pulsión sexual infantil, teniendo su origen en el inconsciente, expresa una búsqueda sin fin que no conoce el apaciguamiento. Lo pulsional está siempre falto de ligazón, es siempre ambivalente. El clímax de cualquier actividad sexual no apaciguaría a la pulsión sexual. Lo pulsional sexual, independientemente del orgasmo fisiológico, continúa ejerciendo presión sobre el cuerpo porque su origen no se encuentra en lo somático sino en el inconsciente.

En el hombre existe el instinto de autoconservación, la pulsión sexual y el instinto sexual. El primero, el instinto de autoconservación, es rápidamente recubierto por los fenómenos propiamente humanos y sexuales de la seducción. La pulsión sexual, consecuencia de las alteraciones sufridas por el cuerpo-psiquismo infantil a partir del contacto con el otro, ocupa el lugar principal y decisivo en el hombre desde el nacimiento hasta la pubertad. Oculta en el inconsciente, ella constituye el objeto del psicoanálisis. Por su parte, el instinto sexual surge en la pubertad pero encuentra su lugar ocupado por la pulsión sexual infantil, quedando subordinado a su universo fantasmatico.

Así, lo pulsional sexual infantil, campo de fuerza rigurosamente distinto del que corresponde al instinto, « no se confunde en nada con lo sexuado, lo genital, lo genésico ni, menos aún, con el género» (Dejours & Martens, 2012; 2012, p.2). La pulsión sexual, tal como es concebida en la teoría de la seducción generalizada, está a la búsqueda irrefrenable de más tensión placentera, siendo irreductible a la satisfacción de  cualquier necesidad.

Finalmente, la analogía que Laplanche (2000; 2005) establece entre los placeres preliminares (placeres de aumento de la tensión) y la pulsión sexual infantil es particularmente significativa para la comprensión de lo pulsional, pues expresa claramente el hecho de que las excitaciones sexuales en la infancia –que perduran hasta el final de la vida del hombre- son fruto de una erogenidad que no existiría a priori en el cuerpo humano. Esas excitaciones, absolutamente indisociables de los objetos fantasmáticos, expresan el carácter subjetivo de la sexualidad. Desde que aparece, el instinto sexual – éste sí predeterminado y constitucional en el hombre-  se ve siempre confrontado por la pulsión sexual, irremediablemente infantil, fantasmática e inagotable.

La fuente de la pulsión sexual

En «Pulsiones y destinos de pulsión», Freud (1915) define la pulsión como «concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan al alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal» (p. 117).  En la teoría de la seducción generalizada, esa medida de la exigencia de trabajo no es ejercida directamente por fuentes somáticas del cuerpo, sino por prototipos inconscientes. Los mensajes enigmáticos emitidos por el adulto, cargados de sentido y de deseo, impactan el cuerpo-psiquismo infantil.

La pulsión tiene su origen en el desfase entre el universo sexual adulto y las posibilidades que tiene el niño de integrar ese universo. Se trata de un origen traumático que resulta de una fuerte disparidad entre dos polos,  lo adulto y lo infantil. En la confrontación entre el adulto y el niño habría una relación de actividad-pasividad: relación totalmente asimétrica por el hecho de que el psiquismo del adulto es infinitamente más rico que el del niño. Esa asimetría constituye el punto de partida de la represión originaria, recurso defensivo que divide el psiquismo infantil originando las instancias psíquicas.

Mediante el mecanismo de la represión se da «la constitución y la permanencia de un inconsciente, así como el efecto “pulsión”, que le es indisociable» (Laplanche, 1987; 1989, p. 131). El modelo de la represión entendida como fracaso de traducción, presente en la carta 52 de Freud (1896) a Wilhelm Fliess, es fundamental para la comprensión de los elementos-clave de la teoría de la seducción generalizada. Según Laplanche (1987; 1989), la fuente de la pulsión es el residuo inconsciente producto de la represión originaria, es decir, la excitación  no inhibida por el proceso de traducción.

La concepción de Laplanche «no es la del advenir de lo psíquico en lo vital, sino la del advenir de lo sexual bio-psíquico en la cría humana igualmente bio-psíquica» (1993; 1998, p. 20). En otras palabras, el pequeño ser humano no estaría desprovisto de un psiquismo sino desprovisto de un psiquismo sexual pulsional, es decir que ese pequeño ser no contaría a priori con una instancia psíquica análoga al ello. Lo pulsional en el ser humano es producto de una situación traumática y constitutiva del psiquismo elemental del niño.

Si existe una exigencia de trabajo,  debe ser  concebida como aquélla ejercida por el ello: por el conjunto de objetos-fuente de la pulsión que resultan de la represión originaria, es decir, de la separación entre preconsciente-consciente e inconsciente en el espacio intrapsíquico. En relación a la definición del término objeto-fuente, Laplanche escribe: «se trata del (…) impacto sobre el individuo y sobre el yo de la estimulación constante ejercida, desde el interior, por las representaciones-cosa reprimidas» (1988, p. 80). 

La imposibilidad del niño de metabolizar completamente los contenidos que le llegan, favorece la separación entre lo que consigue simbolizar y lo que no. En este último caso, la excitación provocada por el mensaje no es controlada o inhibida. La problemática de la represión originaria se inserta en esa imposibilidad de metabolización interna de todo lo que viene del exterior. Se trata de un proceso en dos tiempos.

El primer tiempo es aquél en el cual el cuerpo-psiquismo infantil recibe los mensajes enigmáticos. El mensaje está simplemente implantado o inscrito. En el segundo tiempo, aquello que fue implantado en el cuerpo-psiquismo infantil pasa a actuar violentamente en el mundo interno. El mensaje reactivado – que actúa como un cuerpo extraño interno (objeto-fuente de la pulsión)- exige medidas de control y de integración de la excitación que desencadena (Laplanche, 2007a / Cardoso, 2002).

Los códigos innatos o adquiridos con los que el niño cuenta son insuficientes para hacer frente al mensaje enigmático. «El niño debe echar mano de un nuevo código, a la vez improvisado por él y recurriendo a esquemas proporcionados por el ambiente cultural» (Laplanche, 2007a; 2009 p. 4). Esa exigencia de traducción corresponde a la fundación del aparato psíquico en el nivel preconsciente, es decir, a la fundación del yo.

Sin embargo, la traducción que hace el niño es siempre imperfecta, por lo que deja restos. Es imposible traducirlo todo, inhibir íntegramente la excitación provocada por el mensaje. De modo que los restos de traducción se constituyen en oposición al yo preconsciente, formando el inconsciente en el sentido freudiano y literal del término. Cabe resaltar que la constitución del inconsciente en el niño de ningún modo es análoga a una copia del inconsciente sexual del adulto. La teoría de la seducción generalizada no postula una transmisión exógena del inconsciente o de la sexualidad.

El trabajo de traducción modifica totalmente el mensaje, ahí reside la esencia de la idea de metabolización. Los contenidos excitantes implantados en el niño deben ser metabolizados, siendo el inconsciente el resultado de ese proceso de metabolización.

Según Laplanche (1993; 1999), el inconsciente sexual presenta las características que ya fueron descritas en la teoría freudiana: ausencia de temporalidad, de coordinación y de negación.  Por resultar de aquello que escapó a la traducción, el inconsciente no es el dominio del sentido sino de los significantes privados de su sentido original, que no están coordinados entre sí. En otras palabras, el inconsciente es el dominio de los significantes designificados, los cuales, a su vez,  se refieren a lo que no pudo ser metabolizado por el psiquismo infantil.  Estos significantes inconscientes son los grandes impulsores de la actividad psíquica que, subvirtiendo el cuerpo somático, constituyen los objetos-fuente de la pulsión: pulsión sexual de vida y pulsión sexual de muerte, como veremos enseguida.

 

Pulsión sexual de vida y pulsión sexual de muerte

Al situar a la seducción originaria en el fundamento de la pulsión sexual, Laplanche nos remite a la siguiente cuestión: ¿cómo situar la pulsión de muerte –pulsión no sexual en la teoría freudiana- en esa nueva formulación teórica? De un modo más general, la conceptualización de la pulsión de muerte en la teoría freudiana constituye la culminación de un movimiento que, según Laplanche (1993; 2007a),  tiende a privilegiar la referencia a los factores hereditarios y constitucionales del ser humano, dejando de lado factores ampliamente explorados al inicio del  recorrido teórico de Freud: la constitución del inconsciente como directamente vinculada a la seducción ejercida por el adulto sobre el niño; la teoría del trauma en dos tiempos; el punto de vista tópico, según  el cual el yo sufre el ataque  de un elemento surgido del espacio intrapsíquico; y el punto de vista traductivo, según el cual la represión es concebida como una falla de traducción. En la historia del pensamiento freudiano  se distinguen dos teorías de las pulsiones. La primera marcada por la dualidad entre pulsión sexual y pulsión de autoconservación, y la segunda marcada por la dualidad entre pulsión de vida y pulsión de muerte. La pulsión sexual es el elemento común de esas dos formulaciones. Si en la primera teoría de las pulsiones  la fuente pulsional corresponde a las excitaciones sexuales que brotan de las diferentes zonas erógenas, en la segunda teoría la pulsión sexual –parte integrante del conjunto de las pulsiones de vida (Eros)- es una fuerza inherente al organismo que encuentra una primera expresión psíquica en el ello, sede de las pulsiones.

En relación a la primera teoría de las pulsiones, Laplanche identifica en el dualismo entre pulsión de autoconservación y pulsión sexual una contraposición entre las funciones de autoconservación y la pulsión sexual, concebida como fuerza que no puede ser subordinada a los fines de la adaptación. «La especificidad de lo sexual solo se afirma cuando se reafirma, en cierto modo, al menos potencialmente, la existencia de un dominio no sexual» (Laplanche, 1993; 1998, p. 37).

Las funciones de autoconservación constituirían el domino no sexual buscado por el autor, estando contrapuestas a las pulsiones sexuales. Así, se diferencian claramente las nociones de función y pulsión, en oposición a la tendencia freudiana. En el pensamiento de Laplanche, el dominio de lo pulsional no se confunde con el de las funciones biológicas, sean ellas sexuales o de autoconservación.

De modo que habría una diferencia fundamental entre función de autoconservación, pulsión sexual y función sexual. En relación a la función, en la teoría de la seducción generalizada ésta puede ser entendida como análoga al instinto, ya que Laplanche designa al instinto de autoconservación y al instinto sexual con los términos “función de autoconservación” y “función sexual”, respectivamente. Al deconstruir la idea de pulsión de autoconservación, el autor intenta señalar la única y verdadera pulsión a su entender: la pulsión sexual. Muestra que, en el inicio de la teoría de las pulsiones, la pulsión sexual fue tematizada como fuerza desintegradora, hostil para el yo y el equilibrio psíquico. No es casual que, en la teoría freudiana, la represión se ejerce fundamentalmente sobre la sexualidad infantil, cuyas manifestaciones perversas son constantemente tematizadas como amenazantes para la estabilidad del yo.

Más aún, Laplanche (1987; 1989) identifica el marco del giro profundo que sufren los postulados iniciales de la teoría de la sexualidad en el descubrimiento del narcisismo. A mediados de la década de 1910, las contribuciones de Freud (1914) enfatizaban los aspectos ligados y totalizantes de la sexualidad.  Como consecuencia del fuerte impacto del narcisismo en la teoría de las pulsiones, se produjo cierto desequilibrio en el conjunto del aparato conceptual freudiano. La sexualidad desestabilizadora y amenazante para el yo – aun cuando nunca fue negada por Freud- perdió mucha  fuerza por la atención otorgada a la oposición entre libido del yo y libido del objeto.

En ese debilitamiento teórico de lo sexual disruptivo, Laplanche (1993; 1998) identifica en la conceptualización de la pulsión de muerte un retorno a los aspectos anteriormente reconocidos en la pulsión sexual. Entre esos aspectos estarían los menos narcísicos y más desestructurantes, fragmentados y fragmentadores de la pulsión, que,  de ser efectivamente problematizados, se conciliarían poco con la restricción de la pulsión sexual al dominio de Eros, principio de ligazón.

Lejos de abarcar todos los aspectos de la pulsión sexual, Eros sería apenas una parte de la sexualidad. Si en la primera teoría de las pulsiones la pulsión sexual «tendía a todo salvo a la unidad y no estaba ligada a ningún plan preestablecido» (Laplanche, 1993; 1998, p. 31), en la segunda teoría esa misma pulsión tiende a establecer unidades cada vez mayores: su objetivo pasa a ser unir, vincular, ligar. ¿Qué hacer, entonces, con la sexualidad no ligada, aquélla que actúa de forma desbordante buscando la descarga abrupta y absoluta, sin considerar sus efectos sobre el yo y el principio de realidad y destruyendo las posibilidades de mantenimiento de los vínculos objetales?

Según esta perspectiva, la pulsión de muerte viene justamente a reafirmar y a precisar los aspectos esenciales de la pulsión sexual no ligada: los aspectos parciales, sujetos al proceso primario y a la compulsión de repetición. Basándose en esos datos, Laplanche lanza más de una propuesta original: «pulsión de muerte y pulsión de vida son dos aspectos de la pulsión sexual» (Laplanche, 1987; 1989, p. 147).

La pulsión sexual, sin ser una fuerza inherente al organismo ni, tampoco, el simple resultado de una trasposición psíquica de excitaciones sexuales somáticas, sería la fuerza resultante del trauma vivenciado por el niño a través del fenómeno de la seducción.

En el pensamiento de Laplanche, toda la problemática de la pulsión está insertada fundamentalmente en una cuestión objetal. No es por casualidad que utiliza el término objeto-fuente para definir la fuente de la pulsión.

En términos generales, la fuerza pulsional es generada por la implantación -previa a la incorporación o a la introyección de un objeto en el espacio intrapsíquico- que excita y moviliza el cuerpo-psiquismo infantil subvirtiendo el soma, prevaleciendo sobre el instinto. En otras palabras, la expresión objeto-fuente se refiere a los efectos que tiene el contacto con el objeto externo  en el espacio intrapsíquico. Pero ese objeto interno generador de la pulsión –ese objeto-fuente- presenta diferentes aspectos: parciales y totales.

Al tratar de los objetos-fuente de la pulsión, resulta fundamental distinguir el objeto total del objeto parcial, teniendo en cuenta el hecho de que «el objeto parcial apenas es un objeto: más cercano al indicio que al objeto “objetal”» (Laplanche, 1987; 1989, p. 148). La pulsión de muerte correspondería al efecto del objeto parcial –inestable, amorfo, fragmentado, más volcado a la metonimia que a la metáfora – en el espacio intrapsíquico.

Por su parte, la pulsión sexual de vida correspondería al objeto total, estando ligada al objeto en vías de totalización de un modo predominantemente estable y no fragmentado, más volcada al desplazamiento metafórico que al metonímico. Laplanche (1987; 1992) añade que esa diferencia entre objeto parcial y objeto total lo llevó, en determinados momentos, a clasificar los dos tipos de pulsión como pulsión de indicio (pulsión sexual de muerte) y pulsión de objeto (pulsión sexual de vida).

Entre el régimen del proceso primario (energía libre) y el régimen del proceso secundario (energía ligada), existen formas intermedias de circulación de la energía. No necesariamente habría una oposición entre los dos procesos, sino una serie complementaria que iría desde la fragmentación absoluta  en el ello hasta los procesos narcísicos. La libido, expresión psíquica de la sexualidad, está en la base de las dos pulsiones, sin que exista una energía opuesta a la libido. En este punto Laplanche no está lejos de las formulaciones de Freud: Aun habiendo planteado dos tipos de pulsiones, Freud nunca admitió la existencia de dos tipos de energía pulsional. «Freud (…) nunca admitió una energía especial para la pulsión de muerte» (Laplanche, 1987; 1989, p. 147).

En fin, la distinción entre pulsión sexual de vida y pulsión sexual de muerte se efectúa esencialmente de acuerdo a los siguientes factores de la pulsión: su relación con el yo, su finalidad, su modo de funcionamiento energético y su objeto-fuente.

La pulsión sexual de vida, conforme al yo, apunta a la síntesis, a la constitución y el mantenimiento de vínculos;  funciona según el principio de la energía ligada; su objeto-fuente corresponde al objeto-total, regulador y apaciguador. Por el contrario, la pulsión sexual de muerte, hostil al yo, apunta a la descarga pulsional total al precio del aniquilamiento del objeto; funciona según el principio de la energía libre; su objeto-fuente corresponde a los aspectos clivados, unilaterales del objeto – índices de objeto- en el espacio intrapsíquico (Laplanche, 1988). Así, el campo de lo sexual abarca también los aspectos violentos y desestructurantes de la vida psíquica, sin quedar limitado a las posibilidades de ligazón e integración de la fuerza pulsional. «Lo que yo llamo «pulsión de muerte» es la sexualidad infantil funcionando de forma puramente anárquica» (Laplanche, 2007b, p. 12).

Al esclarecer el aspecto fragmentado y violento de lo sexual, el autor añade: «El ser humano está obligado a encontrar medios para encuadrar la sexualidad infantil, la sexualidad perversa. Si no lo hace va al encuentro de su muerte. Tanto de su muerte colectiva como de su muerte individual» (Laplanche, 2007b, p. 13-14).

Con la oposición entre pulsión sexual de vida y pulsión sexual de muerte, Laplanche (1987; 1989) sostiene que las instancias psíquicas se originan y funcionan mediante un complejo juego de fuerzas de ligazón y desligazón de la sexualidad. La sexualidad implantada por la intromisión o la implantación  de  significantes enigmáticos constituye la puerta de entrada al territorio pulsional.

Las pulsiones de vida y de muerte son tematizadas por Freud (1920) como dos fuerzas inherentes al organismo; mientras que una tiende a la conservación y a la renovación de la vida (Eros), la otra intenta llevar al organismo a un estado supuestamente anterior al surgimiento de la vida: el estado inorgánico. Las repercusiones psíquicas de esas dos fuerzas orgánicas, Eros y pulsión de muerte, equivaldrían al registro pulsional. Sin embargo, esas dos fuerzas actuarían en la materia viva desde el más remoto origen de la vida orgánica, como algo inherente a la constitución del sujeto.

De acuerdo con la lectura de Laplanche, el planteamiento de la pulsión de muerte corresponde, en la teoría freudiana,  a la culminación de un movimiento  que privilegia los factores biológicos – y más precisamente, endógenos- en el movimiento de constitución de la pulsión. La problematización de la génesis de lo pulsional pierde mucho de su fuerza en la medida en que la pulsión pasa a concebirse como una fuerza inherente al organismo. Tras la segunda teoría pulsional queda planteado que «las pulsiones están allí desde toda la eternidad, de suerte que la génesis de lo sexual en el individuo no constituye un problema» (Laplanche, 1993; 1998, p. 134). Según este autor, al no haber sido debidamente problematizada la génesis de la pulsión, no es sorprendente que la conceptualización de la pulsión sexual haya presentado puntos incompatibles -difíciles de conciliar entre sí- teniendo en cuenta su evolución.

 

Consideraciones finales

En el presente trabajo tuvimos por objetivo problematizar el concepto de pulsión sexual en la obra freudiana,  concepto que sirve como una especie de llave maestra para la teorización no solo de la sexualidad, sino de la vida psíquica en su conjunto. Al asociar la noción de pulsión sexual a Eros –principio de ligazón-, Freud nos lleva a plantear la siguiente cuestión: ¿cuál sería el lugar, en esa segunda teoría pulsional, de la pulsión sexual no ligada: aquélla no integrada por el yo, que funciona de acuerdo al proceso primario, que busca la descarga precipitada y la satisfacción del deseo por las vías más cortas e inmediatas? Esta pulsión –sexual y no ligada- ¿entraría en el campo de las pulsiones de muerte?

La respuesta de Freud es negativa. La pulsión de muerte designa una pulsión no sexual. No obstante, en su pensamiento todos los fenómenos vitales, incluso los sexuales, resultan de una acción conjunta y mutuamente irreconciliable entre las pulsiones de vida y de muerte. Así, las actividades relativas a la sexualidad humana no excluirían la acción de las pulsiones de muerte. Con todo, curiosamente lo sexual de la pulsión pasa a referirse estrictamente a sus aspectos de ligazón,  ya sea al yo, al objeto, o incluso la tendencia de las células somáticas a juntarse unas con otras.

Al situar a la sexualidad en el fundamento de la pulsión,  Laplanche se ve obligado a revaluar la problemática de la génesis de lo pulsional en el hombre. Más aún, se ve obligado a revaluar lo que sería la pulsión en el hombre. Para él la sexualidad infantil, lejos de ser un factor constitucional del sujeto, resulta de los fenómenos sexuales e inconscientes de la seducción ejercida por el adulto sobre el niño. Aquí se trata de la seducción generalizada e inconsciente que tiene lugar en el inicio de la vida infantil a través de la relación fundamental e imprescindible entre el adulto y el niño, relación marcada por los cuidados maternos y de autoconservación.

De esta forma, Laplanche deconstruye las ideas que tienden a reducir el campo de las pulsiones al de las trasposiciones de las excitaciones somáticas en excitaciones psíquicas, o al de las expresiones psíquicas de fuerzas innatas del organismo. Más que una transformación de la excitación somática al plano psíquico, la pulsión sería la excitación resultante del impacto del universo sexual y fantasmático adulto en el organismo elemental del niño.

En fin, en la teoría de la seducción generalizada de Laplanche, lo pulsional surge del contacto humano, de la comunicación intersubjetiva, de los mensajes vehiculizados en esa comunicación. Así, pulsión y sexualidad son nociones indisociables, pues si la pulsión es lo que surge del contacto humano –y los contenidos humanos están impregnados de sexualidad-, ¿cómo pensar a la pulsión sin pensar en la sexualidad?

*« Sexualidade e pulsão: conceitos indissociáveis em psicanálise?» Psicologia em Estudo, Maringá, v. 17, n. 3, p. 529-537, jul./set. 2012. Traducción: Deborah Golergant

Referencias

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