Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Represión originaria, género y sufrimiento psíquico*
Felippe Figueiredo Lattanzio y Paulo de Carvalho Ribeiro

Resumen: En este artículo se proponen  articulaciones entre la represión originaria, entendida desde la teoría de la seducción originaria de Jean Laplanche,  y el concepto de género. Nuestra atención se centrará en el papel de la alteridad en la formación del conflicto psíquico en sus relaciones con el género, el sexo y la identificación. Mediante estas articulaciones, intentaremos mostrar cómo el concepto de género ocupa un lugar fundamental en la metapsicología psicoanalítica. Posteriormente, exploraremos las vicisitudes que la identidad de género puede asumir tanto en la masculinidad como en la feminidad, intentando entender la especificidad del sufrimiento psíquico ligado a cada una de esas categorías.

Palabras-clave: Género, conflicto psíquico, Jean Laplanche

Pensamos que la teoría de Jean Laplanche ha permitido un adecuado tratamiento, dentro de la teoría psicoanalítica, de la cuestión de la alteridad y su irreductible primacía en la formación del conflicto psíquico, de la pulsión y del inconsciente. A su vez, el concepto de género evoca necesariamente la alteridad en la medida en que presupone la no-naturalización de las categorías de lo masculino y lo femenino, y la importancia del otro en su constitución. Así, la alteridad aparece como lo que nos permite hacer una primera aproximación entre el concepto de género y la teoría de la seducción generalizada. Esta  aproximación es la que nos lleva a sostener  que el concepto de género puede ser mejor desarrollado en sentido metapsícológico y clínico, tarea que nos proponemos en el presente artículo. De este modo, también esperamos contribuir al desarrollo del marco teórico-metapsicológico elaborado por Laplanche. Con este propósito, veamos cómo el género se establece como concepto fundamental de la metapsicología por su interconexión con la represión originaria, para luego abordar las vicisitudes que acarrea esta interconexión.

El punto de partida de nuestro edificio conceptual es el hecho de que, en la especie humana, los bebés nacen en un estado de desamparo absoluto. En cuanto a los adultos, más allá de ser autosuficientes en el sentido autoconservativo, están inmersos en el lenguaje y marcados por la sexualidad inconsciente, entendida como un desvío profundo respecto a cualquier tipo de instinto. Laplanche (1987/1989) denomina  a este estado  del niño   situación antropológica fundamental, pues a partir de ella se instaurarán la pulsión y el inconsciente. Debido a su estado de desamparo, el bebé se encuentra abierto al mundo y a todos los estímulos que se le imponen; es pasivo frente a las invasiones del ambiente y de los adultos habitados por una sexualidad desviante. Laplanche (1987/1989) nos dice que «para la cría humana el problema de abrirse al mundo es un falso problema […] la única problemática será más bien cerrarse, cerrar un sí-mismo, o un yo» (p. 97).

Es a partir de ese pilar, de esa asimetría originaria entre el infante y el adulto, que Laplanche construirá toda la teoría de la seducción generalizada, y en ella fundaremos nuestra teorización sobre el papel central del género en la metapsicología psicoanalítica. Comencemos, pues, comprendiendo cómo se origina el conflicto psíquico, para luego relacionarlo al género y al sexo.

 

La represión originaria y la naturaleza del inconsciente según Laplanche

Es sabido que, en sus textos metapsicológicos, Freud (1915)  apenas alude a la existencia de una represión originaria. La existencia de esa represión puede deducirse por el hecho de que una representación, para ser reprimida,  supone la existencia de contenidos inconscientes que sirven como polo de atracción. Pero para suponer la existencia de esos contenidos inconscientes es necesario concebir otra forma de represión, que no se deba a la atracción de contenidos ya reprimidos. Sin embargo, a lo largo de la  obra de Freud, esa concepción convive con formulaciones de sesgo predominantemente biologizante sobre la naturaleza del inconsciente.

En este sentido, fue Lacan quien, en su retorno a Freud, reabrió el camino para pensar  el inconsciente y la pulsión sexual como históricamente adquiridos, al postular que «su génesis y su naturaleza son indisociables del mundo humano y de la comunicación interhumana» (Laplanche, 1993/2001, p. 69). Por su parte, en esa misma tradición del psicoanálisis francés, Laplanche también concibe el inconsciente y la pulsión como ligados a una dimensión esencialmente humana, que señala una ruptura o un desvío por relación a lo innato y/o lo instintual. Sin embargo, Laplanche se distancia de Lacan en la medida en que rechaza  el «carácter estrechamente lingüístico, supraindividual-estructural (y, para decirlo todo: metafísico)» del inconsciente (Laplanche, 1993/1999, p. 69). Desde esta crítica, Laplanche defiende el realismo del inconsciente e intenta explicitar cómo la represión originaria (en tanto movimiento real y no mítico) opera en la formación del conflicto psíquico.

Con ocasión de su presentación en el Coloquio de Bonneval (1959), Laplanche elabora por primera vez una teoría sobre la represión originaria, momento en el que se inicia su distanciamiento del pensamiento de Lacan. En esa presentación  formula lo que denomina la «metáfora constitutiva del inconsciente» (Laplanche & Leclaire, 1959/1987, p. 287), entendida como «el  esquema mismo de la represión» (p. 288). Veamos esta fórmula en el lado izquierdo de la figura:

foto formula

 

En esta fórmula, los dos últimos términos de la cadena de cuatro plantas equivalen al elemento reprimido, que entonces se vuelve inconsciente. En la fórmula, S1 es el significante con el que se topa el niño, significante vehiculizado principalmente por sus cuidadores. Éstos, al estar sometidos a los efectos del inconsciente, trasmiten al niño mensajes sexuales que ignoran transmitir. Tales mensajes  le resultan completamente enigmáticos al infante, quien no siempre consigue traducirlos/simbolizarlos. Un ejemplo nos ayudará a aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de mensajes sexuales enigmáticos.

Un reportaje transmitido por el sitio web Terra (2006) relata un hecho inicialmente curioso: varios lectores de una revista estadounidense dirigida a padres protestan contra la publicación de la foto, en la portada de la revista,  de una madre amamantando a un bebé. Los lectores decían sentirse «ofendidos» y «horrorizados» con la foto, que les parecía «repugnante» (Terra, 2006, online). ¿Cómo entender ese sentimiento de repulsa  ante la imagen de un hecho aparentemente inocente y natural? Los reclamos de los lectores nos remiten al hecho de que, al amamantar, la mujer –por más maternal que sea- no tiene cómo desvincularse de la dimensión erótica inconsciente ligada a la estimulación del pecho. Por lo tanto, la incomodidad de los lectores se desprende del hecho de que ellos mismos no consiguen desvincular la dimensión erótica del pecho del acto de la lactancia. Así ocurre también con la propia madre, quien no puede dejar de transmitir eso al bebé de alguna forma, aunque solo sea por un exceso de cariño y ternura. De modo que el bebé recibe un exceso enigmático que parasita, por así decir, los intercambios que su madre establece con él.  Ese enigma es justamente lo que designa la letra minúscula en la primera parte de la fórmula.

Al mismo tiempo que la madre transmite ese enigma, por ejemplo a través del acto de dar el pecho, también transmite al niño los medios para simbolizarlo. Sin embargo, esos medios nunca serán suficientes para simbolizar completamente el enigma, pues se trata de mensajes que incluyen  sentidos inconscientes y, por lo tanto, oscuros también para el emisor, que supuestamente debería proporcionar los recursos para su traducción /simbolización.

Si quisiéramos ejemplificar la fórmula a partir de estas consideraciones, diríamos que S1 remite al acto de dar el pecho y a las caricias maternas, mientras que el enigma es designado por s. La S2 representa cualquier significante que sea encubridor y venga a sustituir, en otro nivel de simbolización, los cuidados maternos. Podemos utilizar como  ejemplo el caso de Leonardo da Vinci, retomado por Laplanche (1993/2001) en su «Breve tratado del inconsciente». Freud (1910, p. 77) relata que uno de los más antiguos recuerdos de infancia de da Vinci es la cola de un pájaro penetrando en su boca y golpeándole los labios. Laplanche ve en ese recuerdo de da Vinci una primera simbolización de la intrusión materna. Esta simbolización sería, entonces, la S2 de la fórmula.

Sin embargo, lo principal es el resultado de esa multiplicación, de esa metaforización. Para Laplanche (1981), en esa operación el S1 cae al nivel inconsciente. En una multiplicación como ésta las reglas matemáticas no pueden aplicarse: en rigor, en una lógica matemática, los S1 serían simplificados. Como afirma en una conferencia cuyo título es emblemático («El estructuralismo: ¿sí o no?»): «en otros términos, si ustedes  pueden encontrar el mismo significante en el numerador y en el denominador, pueden eliminarlos [barrer], lo que es propio de un funcionamiento estructuralista que no toma en cuenta el sentido» (1981, p. 23). Lo que Laplanche quiere decir con eso es que los contenidos psíquicos no se prestan a un abordaje estructuralista. Él defiende, pues, el realismo del inconsciente. En la figura 1, a la derecha, formulamos a título demostrativo lo que sería un uso estructuralista de la metáfora, el cual eliminaría el propio contenido del inconsciente.

Para Laplanche, una tal simplificación solo ocurre en el discurso pre-consciente, de manera que la barra que separa los S1 inferiores de la parte superior de la fórmula es, al mismo tiempo, la barra que separa el  sistema inconsciente del  pre-consciente/consciente.

Laplanche nos dice que los significantes que caen en el ámbito inconsciente quedan cosificados (1993/2001). Es por eso que propone la traducción «representación-cosa» para el término freudiano Sachvosrtellung, con el propósito de provocar un contrasentido por relación a la traducción original. En alemán –nos recuerda- no hay preposición que ligue los dos términos (a saber: representación y cosa) por lo que, en rigor, ambas traducciones serían correctas. Esa cosificación significa que, al caer en el inconsciente, los significantes  no remiten a nada más que a sí mismos, por lo que tanto la parte superior de la barra como la parte inferior contienen el término S1: se trata de un significante que solo remite a sí mismo. Laplanche (1993/2001) llama a esos contenidos inconscientes «significantes designificados» justamente porque pierden su carácter de comunicación. De ese modo pretende decir que el inconsciente no está estructurado como un lenguaje sino que, más bien, es como un lenguaje no-estructurado.

La mejor imagen que se nos ocurre para pensar en esos significantes desgnificados o representaciones-cosa es la imagen de los agujeros negros. En física, los agujeros negros son poderosos cúmulos de materia que generan una gravedad tan grande que no permite que nada escape de su dominio, ni siquiera la luz. Por eso es imposible observar un agujero negro, pudiendo tan solo ser deducido y concebido a partir de sus efectos. Tal sería el caso de las representaciones inconscientes: ellas no remiten a nada y han perdido toda propiedad comunicativa; sin embargo, permanecen como polo de atracción de los contenidos psíquicos, así como un agujero negro que, debido a su altísima gravedad,  atrae a los elementos que se aproximan a él.

En otros momentos de su obra, Laplanche (1987/1989) aborda la cuestión de la represión por una vía complementaria, que nos ayudará a esclarecer el problema de la represión originaria. Se trata del modelo traductivo de la represión. En este modelo, el significante designificado al que aludimos arriba es el residuo de un proceso traductivo. Esta idea fue tomada de la famosa carta 52 que Freud dirige a Fliess en 1896, época en la que aún sostenía su teoría de la seducción. Desde esta concepción, Laplanche (1987/1989) considera que los mensajes vehiculizados por los adultos se vuelven cuerpos extraños (o extranjeros) internos en el psiquismo infantil, y que solo pueden ser parcialmente tratados mediante un trabajo de traducción o simbolización. En la carta 52, Freud (1896) dice que en la frontera entre los registros (o sistemas) debe haber una traducción del material psíquico. El esquema de Freud (1896, p. 275), ampliamente conocido, es el siguiente:

grafico2

 

El primer símbolo de este esquema, P, equivale a las percepciones que,  siendo conscientes,  aún no representan una forma de inscripción en el psiquismo, pues consciencia e inscripción son mutuamente excluyentes. El segundo símbolo, Ps, es lo que Freud llama indicio de percepción y se considera el primer registro en el psiquismo. Después de Ps aparece el inconsciente, Ic, seguido por el pre-consciente (Prc) y la conciencia (Coc). Con su modelo traductivo de la represión, Laplanche (1987/1989) pretende hacer una equivalencia entre, por un lado,  la percepción (P) y la realidad del mensaje y, por otro,  los indicios de percepción (Ps) y la implantación de los mensajes en el psiquismo. De este modo, el Ps, a menudo desatendido por los teóricos del psicoanálisis, es rescatado como elemento fundamental del proceso de la represión. El pasaje de Ps a Ic (Inconsciente) sería una primera traducción/simbolización de esos mensajes, lo que correspondería a la metáfora constitutiva del inconsciente que presentamos hace un momento. En esta concepción, el aspecto más importante de un significante sería el de la dirección, que lo convierte efectivamente en un mensaje. Al mismo tiempo, se  señala el hecho de que los mensajes están siempre comprometidos por el inconsciente del emisor, vehiculizando una  significación  desconocida y enigmática.  Aquí cabe hacer una breve aclaración sobre el uso del término enigma. Aunque inicialmente Laplanche había utilizado el término «significante enigmático», posteriormente prefirió  aquél de «mensaje enigmático», justamente para evitar malentendidos y explicar mejor su naturaleza: el enigma no se debe a  una simple polisemia lingüística del significante, sino al hecho de que se trata de un significante comprometido por la sexualidad inconsciente del adulto.

El residuo de esa primera traducción cae, pues, en el nivel inconsciente, perdiendo su carácter de dirección, de comunicación: se vuelve un significante cosificado y designificado. Así, los contenidos de ese primer nivel inconsciente sirven como elementos de anclaje que permiten el proceso secundario, responsable del lenguaje, de la comunicación y de la memoria. Por lo tanto, más que como un olvido, la represión es considerada como la propia condición de la memoria. Esos agujeros negros del psiquismo, significantes cosificados generados a partir de la inoculación de lo sexual por el otro, resultan ser los objetos-fuente de la pulsión. Para Laplanche (1989/1991)  toda pulsión es sexual, en el sentido de que surge del mensaje comprometido por la alteridad, de la inoculación de lo sexual por el otro.

Para explicitar la función de las dos vías de explicación que hemos seguido -a saber, las teorizaciones sobre la metáfora constitutiva del inconsciente y el modelo traductivo de la represión-, ahora recurriremos a la misma fórmula anterior aunque con pequeñas modificaciones, tal como fue presentada por Laplanche en su «Breve tratado del inconsciente» (p. 72):

grafico3

 

Se observa que los significantes de la primera mitad de la fórmula son sustituidos por mensajes. Solo los significantes que caen en el inconsciente, cosificándose, permanecen con la designación de significantes, justamente para denotar su pérdida de posibilidad comunicativa. Sobre esta pérdida, Laplanche es muy claro al afirmar que el inconsciente no comunica nada: «El síntoma es lo que perdió su valor de alocución, un fenómeno que debe ser reabierto a la comunicación, y éste es el sentido mismo del psicoanálisis» (1981, p. 22). El inconsciente está mucho más desestructurado que el lenguaje: en él no existe la negación, sus contenidos son parciales y actúan, atacan, excitan; son fuente de la pulsión, pero no comunican nada. El psicoanálisis invita, pues, a que esos elementos se abran a la comunicación y a que se intente una nueva traducción más englobante, que abarque esos aspectos antes inaceptables para el yo. Sin embargo, toda traducción deja restos, de modo que puede pensarse en nuevas represiones derivadas del proceso de análisis.

Cuando concebimos el resultado de la represión originaria como significantes-cosa, como agujeros negros que no comunican nada, se impone esta pregunta: ¿cómo explicar, entonces, el proceso primario -en que la energía circula libremente-  si los contenidos del inconsciente tienen esa apariencia pesada y oscura, donde nada se comunica con nada? En «Breve tratado del inconsciente», Laplanche (1993/2001)  responde a esta cuestión apelando a la idea del establecimiento de niveles del inconsciente: en el inconsciente originario imperaría el cultivo puro de la alteridad, la fragmentación absoluta, parcial y mortífera. En ese nivel existiría únicamente la fijeza característica de las representaciones-cosa. El proceso primario, en el que la energía circula libremente y encontramos ya algún tipo de ligazón que permite la comunicación entre las representaciones, solo ocurre con la represión secundaria. Así podemos inferir que, para Laplanche, la pulsión sexual de muerte es realmente la pulsión más fundamental, siendo su fuente los objetos-fuente que resultan de la represión originaria, mientras que las representaciones secundariamente reprimidas estarían en la base de la pulsión de vida. Es importante mencionar que esta solución fue elaborada por Laplanche recién en ese texto de 1993. En Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987/1989) presenta una concepción diferente del inconsciente, concibiendo  la ligazón y la fragmentación como dos caras de un mismo objeto-fuente:

«Hay entonces, en el proceso primario mismo, es decir, en los procesos inconscientes, una gran diversidad de funcionamiento: un proceso primario en estado cuasi puro, funcionamiento de la pulsión de muerte [aquí Laplanche admite la existencia de proceso primario y ligazón en el inconsciente originario], y un proceso primario ya en cierto modo regulado, que es el funcionamiento de la pulsión de vida (…) Pero, más allá de eso, también es necesario añadir que es el mismo objeto-fuente el que es simultáneamente fuente de ambos, tanto de los aspectos mortíferos como de los aspectos sintetizantes de la pulsión [en este sentido, la cuestión de la pulsión más fundamental, la pulsión de muerte, no queda tan clara en términos realistas, pudiendo ser pensada solo en términos lógicos]» (Laplanche 1987/1989, p. 148, cursivas  del autor).

La divergencia respecto a «Breve tratado del inconsciente» resulta clara.  Y es posible percibir la discordancia entre esos dos momentos del pensamiento de Laplanche en el propio uso que hace de los términos «objetos-fuente»,  en plural, y «objeto-fuente» en singular. El primero remite a la analogía propuesta anteriormente con los agujeros negros y a la cultura pura de la alteridad; el segundo,  a un aspecto total y ligado de un objeto que es, al mismo tiempo, mortífero y sintetizante. La contradicción del autor entre esos dos momentos indica, pues, diferentes caminos a recorrer, estando su obra abierta a interpretaciones distintas entre las que intentaremos transitar para presentar nuestra hipótesis sobre la articulación entre represión originaria y género. Sin embargo, antes de pasar a ella debemos mencionar un último punto: se trata de la interdependencia entre la represión originaria y la secundaria.

Así como la represión secundaria necesita de la originaria para producirse -en la medida en que, como lo observó Freud (1915), es necesario concebir que el inconsciente ejerce una atracción sobre el material a ser reprimido- la represión originaria, para consolidarse, también depende de la represión secundaria:

« (…) el après-coup, que juega entre los dos tempos de la represión originaria [el tempo de la implantación del enigma y el de la primera traducción], interviene también por relación a la represión originaria misma tomada en su conjunto. Lo que quiere decir concretamente que la represión originaria tiene necesidad de un sello para poder ser mantenida: necesita de la represión secundaria». (Laplanche 1987/1989, p. 138, cursivas del autor).

De modo que la represión originaria necesita de la secundaria para fijarse. Y es ahí donde se sitúan el Edipo, la castración y, como veremos a continuación, la definición de un sexo. Pasemos, pues, a ocuparnos de la relación entre represión originaria, género y sexo.

 

La represión originaria como sexuada (o el género como concepto fundamental del psicoanálisis)

Vimos que, en los primeros tiempos de la constitución psíquica, los seres humanos son completamente moldeados por los cuidados de los adultos y por su sexualidad inconsciente. Desde esta perspectiva, la pasividad del niño frente al adulto constituye el hecho fundamental sobre el que se constituirá el psiquismo. Tal vez podría decirse que la existencia del niño en esos primeros tiempos se resume a esto: el imperio de excitaciones que resulta de una radical apertura al mundo. Las primeras vivencias del niño son, entonces, de pura excitación, sin contar aún con límites ni contenciones psíquicas y representacionales definidas. Para el niño, en ese primer tiempo, penetrar y ser penetrado, tener y ser el objeto, se fusionan en una experiencia única donde pasivo y activo, masoquista y sádico, no son pares de opuestos sino vivencias homogéneas de un goce sin oposición, en la medida en que la lógica de la contradicción aún no ha sido instaurada.

 Podemos relacionar esas experiencias con los primeros mensajes recibidos por el bebé, quien, al mismo tiempo, recibe también un aporte narcísico que incide sobre el cuerpo.  Ese aporte ocurre a través de los contactos que configuran las fronteras epidérmicas,  así como del apaciguamiento de las tensiones gracias a los cuidados más diversos y, sobre todo, al establecimiento de una constancia de los estímulos y de determinados ritmos que terminan por asegurar algún tipo de continuidad de la propia existencia. Tales aportes se presentan al bebé como elementos para una primera traducción, correlativa al propio surgimiento del yo,  a partir de la cual se sedimentan, como restos no- traducidos, las vivencias originarias de un goce pasivo, intrusivo y fragmentario. El surgimiento del yo puede verse, entonces, como la otra cara de las vivencias de excitación e intrusión, que son reprimidas al mismo tiempo que adquieren, après-coup, su dimensión de pasividad.

Según Laplanche (2003), en esos primeros momentos de la vida tiene lugar la asignación del género del niño por parte de los adultos que conviven con él; una asignación reiterada y continua que se lleva a cabo consciente e inconscientemente, tanto a través del lenguaje como de los comportamientos. Laplanche (2003) asocia esa asignación al concepto de «identificación por», oponiéndolo al de «identificación a». Este cambio en el vector de la identificación denota una pasividad radical del niño ante la asignación de género por los adultos.  Laplanche ve esta asignación como uno de los medios por los cuales el enigma es transmitido al niño. La asignación siempre trae consigo ruidos, elementos enigmáticos que el niño no tiene cómo simbolizar. Esos ruidos son resultado de los fantasmas parentales[3] y vienen a desestabilizar los procesos de asignación de género. Para que esto quede más claro por medio de un simple ejemplo, podríamos imaginar a un padre que atribuye a su hijo el género masculino y, al confrontarse  con un niño pintándose los labios, pierde el control  y le grita violentamente que «¡eso no es cosa de hombres!». En este pasaje queda claro que la interpelación del padre transmitirá al niño un exceso de significación, lo que hará que sus intentos de traducción  necesariamente dejen algún resto. Ese resto ocurre porque, al asignar el género, el padre también aporta los medios (siempre incompletos) para traducir ese mensaje. El niño podría pensar: «los hombres no usan pintalabios», «el pintalabios es cosa de gays», etc., y tales formulaciones, al juntarse con la desmesura de la reacción del padre, siempre carecerán de un sentido último que las vuelva inteligibles. Podríamos suponer que la reacción del padre surge de sus fantasías homosexuales inconscientes, que, en última instancia, revelarían deseos de ser penetrado. Dado, pues, que eso es inconsciente para el propio padre, obviamente aparecerá como un exceso a ser traducido por el niño. Esto quiere decir que la asignación del género sirve como aporte narcísico que ayuda al niño a simbolizar/traducir sus primeras vivencias de absoluta pasividad y, al mismo tiempo, también trae ruidos enigmáticos, cuyos restos no traducidos serán atraídos por lo reprimido originario.

En un segundo tiempo, el del descubrimiento de  la diferencia anatómica de  sexos, el niño se verá ante el imperativo social de posicionarse por relación al sexo. Para Laplanche (2003), el sexo se convierte entonces en elemento organizador y simbolizador del género y coincide con la represión secundaria. A partir de ese momento, de asunción de una identidad sexuada, se logra una estabilidad y la reiteración en relación al sexo ya no necesita ser tan continua, creándose una certeza subjetiva del tipo: “yo soy hombre” o “yo soy mujer”. Una vez adquirida esa identidad, la reiteración podrá ocurrir en relación a las prácticas, comportamientos y deseos de uno u otro sexo en una cultura determinada, pero no en el hecho de saberse hombre o mujer.

Así, el yo se consolida en el momento mismo de la asunción de un sexo, encontrando en la lógica fálica el motor principal de ese proceso. Al mismo tiempo, la lógica fálica resignifica ese originario creándole una primera representación relacionada a la diferencia sexual. Es entonces que tales vivencias adquieren un significado relacionado a la feminidad, primera simbolización posible de la pasividad originaria del bebé frente al adulto.

Por lo pronto, es importante entender que tal significación femenina de la pasividad originaria es consecuencia de la acción denegativa de la lógica fálica. Sobre esta cuestión, nuestra hipótesis es que la lógica fálica solo adquiere semejante fuerza simbólica (como podemos observar, por ejemplo, en el pensamiento de Lacan) por su capacidad de contraponerse  a ese originario fragmentado y pasivo. Como símbolo de cohesión, de lo penetrante, de fronteras bien delimitadas y seguras, la lógica fálica aparece como defensa posible y necesaria frente a la orificialidad y la penetrabilidad de una situación originaria pasiva, que pasa a ser simbolizada por lo femenino. Al reprimir la feminidad, la lógica fálica reitera la oposición fálico-orificial al mismo tiempo que la transforma, defensivamente, en la oposición fálico-castrado. Después de todo, frente a la diferencia anatómica, los niños no oponen simplemente la presencia a la ausencia o lo fálico a lo castrado: oponen, sobre todo, lo penetrante a lo penetrado, lo dominante a lo dominado y el agresor al agredido. En el  momento mismo en que la lógica fálica reprime la pasividad originaria, fija definitivamente a la feminidad como lo reprimido, estableciendo los medios por los que existirá el conflicto psíquico a partir de entonces: su permanencia dependerá de la negación de ese originario pasivo teñido por la feminidad. De esta forma, llegamos a una de las formulaciones más importantes de nuestro recorrido: cuanto mayor sea la necesidad de negar esa feminidad originaria, mayor será la necesidad de la incidencia de la lógica fálica.

A fin de cuentas, el sexo organiza el género, pero la sobrevaloración de lo fálico – y la negación de lo orificial que le está asociada- lo torna conflictivo. Ese conflicto recae sobre lo sexual-pre-sexual para transformarlo en sexual reprimido.

Es en este sentido que concebimos la interdependencia entre la represión originaria y la secundaria. La represión secundaria, que coincide con el posicionamiento por relación a un sexo, resignifica la represión originaria según los significados culturales y simbólicos otorgados a la diferencia anatómica. Así, para fijarse y consolidarse, la represión originaria pasa a concebirse en términos sexuados y a relacionarse a una feminidad inaceptable, que viene a simbolizar la pasividad pre-subjetiva de los orígenes.  Es importante destacar que esa feminidad es inaceptable tanto para hombres como para mujeres, a pesar de que las vicisitudes de esa relación serán diferentes en cada sexo, como veremos luego.

La lógica del falo hace su aparición y se vuelve lógica de la falta por su contraposición a esas vivencias de goce sin oposición, y la fuerza simbólica del falo como Nombre- del- Padre, tal como se presenta en el pensamiento de Lacan (1958/2008), resulta de su contraposición a ese originario fragmentado, pasivo y femenino. Así, la lógica fálica gana fuerza  por ser una lógica defensiva, lo que nos diferencia del pensamiento lacaniano donde el falo se explica a sí mismo. Es lo que intentó demostrar Derrida (1980), acuñando el término falogocentrsimo para referirse al lugar trascendental que ocupa el falo en la teoría lacaniana. ¿Podemos pensar que ésa es la interpretación correcta de la afirmación de Freud según la cual «se llega a la conjetura de que el elemento genuinamente reprimido es siempre el femenino » (1897, p. 292)? Años más tarde, en «Pegan a un niño», Freud (1919) niega firmemente cualquier intento de sexualizar la represión. Sin embargo, en uno de sus últimos textos, «Análisis terminable e interminable», Freud (1937)  vuelve a decir que el malestar que siente un hombre al tener una actitud pasiva frente a otro hombre nunca podrá ser superado por el análisis. Tales controversias en el pensamiento freudiano son   indicios de que, al seguir un camino que lo llevaría a la primacía de lo femenino, al deseo de castración en los hombres, al descubrimiento precoz de lo orificial y, en fin, a la dimensión sexual de la represión, Freud se detiene y, en el seno de su propia teoría, ocurre un movimiento de represión.

Así, el ser-invadido originario (André, 1996) adquiere una intensa proximidad con el ser-penetrado, que encuentra en lo femenino un medio eficaz de simbolización. Por la pasividad pulsional (llevada  a sus últimas consecuencias) y por la fragmentación, tales representaciones se aproximan a la pulsión de muerte, volviéndose los representantes privilegiados de ese polo del conflicto pulsional. Según Jacques André  (1996), el sexo femenino representa la alteridad, siendo «el otro sexo» tanto para hombres como para mujeres.

Ahora es importante retomar otro punto para que quede claro: la diferencia sexual, desde este punto de vista, no acarrea naturalmente roles diferenciados, géneros o connotaciones sociales. Sin embargo, el hecho de ser una diferencia fundamental y universal en los seres humanos la convierte en un enigma privilegiado que interpelará a todos de alguna forma.

Por la apropiación cultural de esa diferencia, las mujeres son representadas como orificiales y penetrables, y los hombres como fálicos y penetrantes. Sin embargo, pese a todo, la vagina no es el único lugar orificial que puede simbolizar la pasividad y la intrusión (esto, por cierto, varía según la medida de la creatividad humana). Entre varias otras formas de apropiación del cuerpo como penetrable, es frecuente que el ano y la boca asuman ese papel. Un buen ejemplo de esto es el fenómeno pornográfico, donde las prácticas que involucran el sexo anal y oral son las preferidas por los hombres consumidores de ese producto. ¿Habría en esa preferencia una indicación de la identificación de los hombres con quien está siendo penetrada, dado que ellos también tienen ano y boca? Pensamos que ahí el deseo de ser penetrado puede entenderse como traducido/simbolizado, a la vez que reprimido, por esa forma tan difundida de fantasía sexual masculina. La fantasía reprimida reaparece, pues, en una forma soportable y ego-sintónica, convirtiendo el masoquismo originario en una defensa sádica. En este sentido, muchas formas estereotipadas de identificaciones masculinas pueden ser entendidas como una defensa frente a las exigencias de pasividad producidas por los objetos-fuente de la pulsión.

Volvamos, entonces, al «Breve tratado del inconsciente» (Laplanche, 1993/2001) para formular de manera resumida nuestra concepción de la asociación entre represión y género. Presentaremos nuestra hipótesis comentando un pasaje de ese texto:

  «Sería legítimo, pues, distinguir esquemáticamente dos niveles en el inconsciente sistémico: el de lo reprimido originario [las primeras vivencias pasivas, intrusivas e fragmentadas do bebé], constituido por prototipos inconscientes [los agujeros negros en el psiquismo, cultivo puro de alteridad que, après-coup, se relacionan con una feminidad mortífera], caracterizados por su fijeza y por el efecto de atracción que ejercen, no unos sobre otros, sino sobre las representaciones que se ponen a su alcance; y el de lo reprimido  secundario, al que el proceso primario se aplica» (Laplanche, 1993/2001, p. 86-87, cursivas del autor).

En el caso de la represión secundaria, sostenemos que, en un primer momento – el de la asignación del género por los adultos- se da por la identificación femenina, que viene a simbolizar en otro nivel los objetos-fuente de una pasividad primaria completamente desligada y fragmentada y, en un segundo momento, por el posicionamiento respecto a uno de los dos sexos. Con la consolidación de este movimiento, la represión adquiere relaciones estrechas y definitivas con las representaciones sexuadas de lo femenino-pasivo-mortífero.

Los objetos-fuente de ese primer nivel más elemental del inconsciente son fuente de la pulsión de muerte y se constituyen a partir de  las vivencias de esa pasividad fragmentada y parcial que, après-coup, se relacionará con la feminidad. En un segundo nivel de la represión, podemos pensar en la existencia simultánea de procesos de identificación pasiva y ruidos de las marcas de género (o sea, restos no traducidos provenientes de los fantasmas parentales): procesos totalizantes pero también portadores  de elementos intraducibles. Tales objetos clivados son a la vez fuente  de las pulsiones de vida y de muerte.

Por lo tanto, el género y el sexo asumen una relación estrecha con los procesos defensivos que, a su vez, representan una formación de compromiso que asegura la cohesión del yo y participa como uno de los polos del conflicto psíquico. Tanto la masculinidad como la feminidad resultan defensivas por relación a una feminidad radical reprimida. Sin embargo, por el hecho de identificarse con lo femenino, las mujeres[4] logran convivir mejor con los resquicios de esa pasividad originaria, lo que les otorga mayor libertad y menos rigidez en las identificaciones. Por su parte, los hombres son propensos a hacer identificaciones más estereotipadamente fálicas, hecho clínico y cultural muy fácilmente observable. Para construir una identidad masculina, los hombres  muchas veces necesitan oponerse muy rotundamente a las vivencias de feminidad primaria y, así, terminan perdiendo mucha libertad y flexibilidad para transitar entre diferentes identificaciones y maneras de ser. La violencia y la agresividad, por ejemplo, son respuestas cuya incidencia es mucho mayor en hombres que en mujeres (Archer & Loyd, 2002). Tales comportamientos nos llevan a pensar que, en su necesidad de negar la feminidad, los hombres se sirven de respuestas más estereotipadamente fálicas. Sobre ese doble aspecto fálico y defensivo, Monique Schneider (2000) nos recuerda que  una representación cultural de lo masculino, además de la figura penetrante de la espada, es la figura del escudo protector, que simboliza la actitud defensiva. Pensamos que la impenetrabilidad y la impermeabilidad son las marcas mayores de una subjetividad masculina dominante.  Para Márcia Arán (2006, p. 215), «el escudo representa, pues, el emblema de esa cultura [masculina] y la defensa contra la naturaleza y la alteridad, una forma específica de subjetivación que se impone en lo que solíamos llamar “civilización occidental”». En este sentido, la escritora feminista Gloria Anzaldúa (1987) observa que «los hombres, incluso más que las mujeres, están encasillados en roles de género» (p. 84). En el caso de las mujeres, aunque entre el ser-invadido originario y el ser-penetrado femenino ya se encuentra presente algún grado de elaboración, ambas representaciones se aproximan y, así, las mujeres pueden convivir mejor con los resquicios de esos elementos nucleares del inconsciente. Es justamente ahí donde reside la mayor libertad contenida en la feminidad y, subvirtiendo la lógica falocéntrica presente en la mayoría de las teorías psicoanalíticas, podemos decir que uno es más libre cuanto más se permite convivir con los resquicios de la pasividad originaria. En este sentido, aquí cabe resaltar  que, a nuestro entender,  la valoración cultural negativa de la pasividad – que tiene resonancias dentro de muchas teorías psicoanalíticas –  resulta de la acción denegativa de la lógica fálica.

No deja de ser interesante notar que las formulaciones a las que  llegamos se aproximan a algunos enunciados de Lacan, aun cuando la sustentación teórica subyacente y las consecuencias de las teorías sean completamente distintas. Aquí nos referimos a la formulación lacaniana de que la mujer  es «no-toda en la función fálica» (Lacan, 1975/2008, p. 78). En Lacan, las formulaciones sobre la mujer resultan de una negatividad de la feminidad, vista como dimensión no enteramente recubierta por lo simbólico. Este aspecto es una herencia freudiana, ya que  para Freud (1923) también existe únicamente representación psíquica del órgano genital masculino. Por el contrario, nuestro punto de vista no solo defiende que la feminidad sí puede ser simbolizada sino, además, que  la propia categoría de lo simbólico lacaniano se funda sobre el imperativo de negar y reprimir lo que la feminidad tiene de amenazante. Como apunta Monique David-Ménard (1998):

«Por el contrario, cuando Lacan dice que “La mujer no existe” no solo expresa que ella no se define como universal en lo que tiene de femenino, sino también que su posición sexuada no es un acto que se escribiría como   la excepción a una regla (…)  Sin duda será necesario invertir las cosas afirmando que los hombres, en su necesidad de colocar lo femenino en el lugar del enigma, se ven llevados a decir, en espejo por relación a sí mismos, que las mujeres se encuentran en una posición de exceso por relación a lo simbólico, incapaces de decir de qué está hecho su goce. Si los hombres consideran a éste  último tan misterioso es solo porque no tiene como palanca el único goce representable para ellos, del cual su sexo es el emblema » (p. 106-107).

Así, el goce sexual femenino se funda en una pasividad positiva que puede traducirse en la capacidad de dejarse atravesar por el otro. Ahora bien, si lo masculino se sustenta fundamentalmente en la representación fálica, ciertamente su goce sexual también se dará fundamentalmente sobre la base de esa representación. El goce del cuerpo que Lacan (1975/2008) asocia a la mujer puede entenderse, desde nuestra propuesta teórica, como relacionado a esa capacidad de dejarse atravesar por una forma de goce que no necesita fijarse a una sola representación.

La norma fálica aparece como herramienta imprescindible para la asunción de la identidad sexuada tanto para hombres como para mujeres, pero esa norma será tanto más necesaria cuanto más necesaria sea la contraposición a la feminidad originaria. Sin embargo, al dejar una mayor apertura a la feminidad radical, las construcciones identificatorias femeninas también están sujetas, en un sentido diferente, a los efectos mortíferos de esa relación. Esa forma de goce muchas veces puede volverse incompatible con la cohesión y el narcisismo que relacionamos a la instancia yoica. Este hecho puede aparecer, por ejemplo, como una insatisfacción, marca registrada de la histérica. Así, la pasividad pulsional  puede volverse incompatible con los imperativos narcísicos del yo.

Después de todo, siempre dependemos de una sexualidad domesticada para defendernos del poder mortífero del otro en nosotros, y la apertura femenina al otro puede sobrepasar el ámbito de las ligazones necesarias para el mantenimiento de una sexualidad habitable. Por ejemplo, al contrario de lo que ocurre en gran parte de las psicosis observadas en hombres -donde las acusaciones alucinatorias frecuentemente se relacionan a la homosexualidad-, en algunos casos típicos de psicosis en mujeres  las alucinaciones auditivas apuntan prioritariamente al exceso y al desajuste de una sexualidad gobernada por la posición penetrada: puta, fulana, zorra. En esas formas de psicosis femenina, las voces denotan ese goce alteritario[5] y pasivo, en el que dejarse atravesar por el otro se vuelve excesivo y sobrepasa las capacidades de ligazón del yo.

Obviamente, pueden existir mujeres cuyas identidades estén extremadamente pautadas por la norma fálica (la asociación capitalista “dinero=potencia” muchas veces se encarga de dar el tono a esa constitución), así como hombres que consiguen construir su masculinidad dejando aperturas para lo femenino, volviéndose así más permeables y libres. Se podría argumentar que, siendo así, sería preferible hablar de sujetos masculinos y de sujetos femeninos, sin hacer mención al sexo. Sin embargo, defendemos la tesis de que la definición de un sexo es parte fundamental de la asunción de una identidad y de la formación y el mantenimiento del conflicto psíquico. Por eso, no creemos poder subsumir un concepto de sexo en el cual se contemplen la autodeterminación y la identidad de los sujetos en un concepto de sexo psíquico inconsciente. El sexo debe entenderse como atributo del yo, partícipe del polo represor del conflicto psíquico, y no del lado de lo reprimido.

El sexo es una simbolización que concierne al yo; su función es organizar y tratar, aunque sea parcialmente, el exceso de alteridad vinculado a los procesos de asignación de género. A partir de nuestra interpretación del «Breve tratado del inconsciente» de Laplanche (1993/2001), concebimos la asunción de un sexo como factor principal de la represión secundaria y como responsable de la consolidación de un segundo nivel del inconsciente. En este sentido, el nivel originario y más arcaico del inconsciente estaría formado por representaciones-cosa, agujeros negros en el psiquismo entendidos como  puro cultivo de alteridad (y que, après-coup, se vinculan a la feminidad radical). El inconsciente originario no admite ninguna ligazón o totalización, y los objetos-fuente de la pulsión que lo forman son fuente de la pulsión de muerte. En el nivel secundario del inconsciente ya está presente la ligazón y, en nuestra formulación, en él coexisten la pulsión de vida y la pulsión de muerte, entendidas como las dos caras de un objeto-fuente clivado. Éste contempla, por un lado, las exigencias pulsionales de un resto intraducible de los mensajes vinculados a la asignación del género y, por otro, la traducción posible de esos mensajes en una identidad sexuada. En ese nivel secundario del inconsciente se ve finalmente la manera en que la pulsión de muerte puede conjugarse con la síntesis.

 Pues bien, entendiendo el sexo como una dualidad consciente de aquello que en el inconsciente exige una respuesta simbolizadora, se explica que la identidad sexuada, aun siendo un atributo del yo, no tiene cómo desvincularse de los procesos inconscientes que la fundamentan. Tal identidad estaría  por siempre destinada a reiterarse como forma de responder a las exigencias de su doble cara inconsciente. Así, la identidad de género (entendida aquí como el conjunto de las designaciones de género y su traducción sexuada), lejos de ser una elección o una opción, es más bien algo que se impone al sujeto. Si el segundo nivel del inconsciente admite ligazón y totalización, la identidad de género se presenta como la respuesta obligada del sujeto frente al doble aspecto de un objeto-fuente que es a la vez sintetizador y mortífero. Una identidad que, entonces,  aun atendiendo a las exigencias narcísicas de totalización yoica,  se presenta también como una suerte de compulsión de repetición.

De modo que,  por un lado,  la identidad de género se presenta como una compulsión de repetición que excede la posibilidad de comprensión del sujeto y señala aquello extraño y ajeno que lo habita. Por otro lado, al dar coherencia al yo, la identidad de género atiende a sus exigencias narcísicas. Así, vemos que la contradicción teórica entre la identificación (con su carácter de cohesión) y la pulsión de muerte (con su carácter desintegrador) es solo aparente, pues la identidad de género se muestra aliada a la pulsión de muerte en la medida en que presupone una ineludible dimensión de alteridad como su fuente y su motor. La identidad de género mimetiza así al propio objeto-fuente en su carácter narcísico y mortífero: una primacía de la alteridad que se traduce en identidad.

Referencias

 

André, J. (1996), Los orígenes femeninos de la sexualidad, Madrid, Síntesis, 2002.

Anzaldúa G., Borderlands/La frontera: the new mestiza. San Francisco: Spinsters/Aunt lute, 1987.

 Arán, M., O avesso do avesso: feminilidade e novas formas de subjetivação, Rio de Janeiro: Garamond, 2006.

Archer, J., & Loyd, B., «Aggression, violence and power», in Archer, J., & Loyd, B., Sex and gender, Cambridge: University Press, 2002, pp 109-134.

David-Ménard, M., As construções do universal: psicanálise, filosofia, Rio de Janeiro: Companhia de Freud, 1998.

Derrida, J. (1980), «O carteiro da verdade». In Derrida, J.,  O cartão-postal: de Sócrates a Freud e além.,  Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 2007, p. 457-542.

Freud, S. (1896), Carta 52, in O.C., vol. I, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1897), «Manuscrito M». In O.C., vol. I, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1910), «Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci»,  In  O. C., vol. XI, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1915), «La represión»,  in O.C., vol. XIV,  Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1915), «Lo inconsciente», In O.C., vol. XIV, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1919), «Pegan a un niño» In O.C., vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1923), «La organización genital infantil: Una interpolación en la teoría de la sexualidad»,  In Freud S., O.C., vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1937), «Análisis terminable e interminable», In O.C., vol. XXIII, Buenos Aires, Amorrortu.

Lacan, J. (1958), «A significação do falo», In Escritos. Rio de Janeiro: Perspectiva, 2008, pp. 261-274.

Lacan, J. (1975), O seminário, livro XX: mais, ainda, Rio de Janeiro: Zahar, 2008.

Laplanche, J. (1981), «El estructuralismo, ¿sí o no?», in Trabajo del psicoanálisis, 1 (1), 17-21.

Laplanche, J. (1986), «La pulsión de muerte en la teoría de la pulsión sexual», In Green y otros, La pulsión de muerte, Buenos Aires, Amorrortu, 1991.

Laplanche, J. (1987), Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos aires, Amorrortu, 1989.

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Laplanche, J. (2003). «Le genre, le sexe, le sexual». In Libres cahiers pour la psychanalyse. Sur la théorie de la séduction, Paris: Édition In Press.

Laplanche, J., & Leclaire, S. (1959), «El inconsciente, un estudio psicoanalítico» In J. Laplanche, El inconsciente y el ello. Problemáticas IV, Buenos Aires, Amorrortu, 1987.

Schneider, M. (2000). Généalogie du masculine. Paris: Aubier.

Notas

 

*« Recalque originário, gênero e sofrimento psíquico», Psicologia em Estudo, Maringá, v. 17, nº3, p. 507-517, jul./set. 2012. Traducción: Deborah Golergant

[1]El presente artículo se origina en la investigación de maestría del primer autor, que contó con la orientación del segundo. Agradecemos a Capes por la indispensable financiación.

[2] Dedicamos este artículo a Jean Laplanche, que nos dejó recientemente pero permanece presente a través de su obra, que incesantemente pone a trabajar  nuestro pensamento.

[3] Al decir “parentales” no nos referimos tan solo a la pareja parental sino a lo que Laplanche denomina “pequeño socius familiar, o sea a las personas que tienen una convivencia íntima y frecuente con el niño.

[4] Recordemos que aquí «mujeres» se refiere a un punto de llegada de la identificación sexuada, y no a un a priori basado en la diferencia anatómica. La misma observación vale para «hombres».

[5] Este término no figura en el DRAE, como tampoco figura el término, más usado, “identitario”, que puede definirse como “relativo a la identidad”. Hemos decidido conservar el término “alteritario”, que vendría a significar  “relativo a la alteridad”. N. de T.

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