Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Psicoanálisis, psicoterapia psicoanalítica. Una distinción más militante que esclarecedora*
Francis Martens

 

 

Preámbulo

La teoría psicoanalítica –el modelo científico metapsicológico del inconsciente individual sexual reprimido- es una antropología que desemboca en una práctica clínica. Esta lectura transcultural y transhistórica encuentra su origen en un desciframiento no reductor de cierto número de comportamientos que escapan a la norma –incluso francamente «locos»- de los que nos supo mostrar su racionalidad paradójica, así como su fecundidad para esclarecer la condición humana. En este nivel, la capacidad de elucidación de la metapsicología, así como su valor heurístico, es considerable. Por lo demás, es coherente con los datos más actuales de las neurociencias, que constituyen el punto de partida del propio Freud.

Desde un punto de vista individual y clínico, aunque la metapsicología freudiana se revela como un modelo de comprensión original y fecundo, no por ello desemboca directamente en algún «psicoanálisis aplicado» (en el sentido en que la física teórica desemboca, sin solución de continuidad, en una física aplicada y en las tecnologías que resultan de ella). En realidad, lo que indebidamente llamamos la «técnica psicoanalítica» se resume a muy pocas cosas: el establecimiento de un encuadre claro y concreto que permita a un terapeuta que haya recorrido él mismo ese camino, acompañar –ante todo no impedir- la evolución de un individuo deseoso de encontrar una mejor salida a las secuelas de carencias, traumatismos y conflictos que han marcado su existencia.

En otros términos, el psicoanalista es un médico sin herramientas. Si además pertenece a la cofradía integral del  silencio, le será difícil desmarcarse de un    puro placebo y apoyarse en la evaluación tranquilizadora de algún saber-hacer real. Para consolidar su identidad, no le quedará más que la exaltación compartida de la teoría y la dramatización institucional de unos estudios que culminan en la compra «autorizada» de un diván. En un contexto como éste, la idealización de la teoría y la construcción de una oposición entre el psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica, se sostienen menos en la experiencia clínica y en la reflexión metapsicológica que en la necesidad de una marca identitaria. Fruto de la historia caótica de los grupos psicoanalíticos, así como del desarraigo privado de cierto número de practicantes, confunden ideológicamente las cartas más de lo que aclaran el camino.

Confusión

Freud, por su parte, nunca opuso el psicoanálisis a la psicoterapia, sino más bien el «oro puro del psicoanálisis» al «cobre de la sugestión»[1].  Desde el punto de vista de la eficacia terapéutica, tampoco excluyó que algún día los medicamentos pudieran sustituir a ciertas disposiciones de la cura[2]. Para él, el psicoanálisis era una forma de psicoterapia[3]; lo importante era más bien diferenciarlo de la medicina y no reservar su ejercicio únicamente a los médicos (cuestión del psicoanálisis llamado “laico”). Si el término «psicoterapia» es de aparición reciente, la realidad antropológica prueba la existencia, en todo tiempo y lugar, de una función terapéutica que se difracta en una aproximación técnico-sanitaria (farmacopea y saber-hacer tradicionales) y una aproximación simbólico-sanitaria (rituales y palabras de curación) casi siempre asociadas. En nuestra historia reciente, la racionalidad de las Luces y el auge de tecnologías reparadoras cada vez más eficaces, han separado progresivamente la tecno-medicina del registro simbólico y relacional donde se inscriben, mal que les pese, las problemáticas de la salud. Así mismo, una aproximación científica imparcial prueba que, en promedio, una tercera parte de la práctica de la curación (para cualquier patología y aproximación terapéutica) depende de los procedimientos simbólico-relacionales donde se inscribe la actividad curativa. Que las tecnologías actuales del cuidado insistan en no tomar en cuenta ese dato muestra que se trata de una posición puramente ideológica, que hace caso omiso de miles de investigaciones estrictamente experimentales. La psicoterapia, medicina del «alma» que opera esencialmente a través de la palabra y de la relación, poco a poco se laicizó (vs. procedimientos religiosos) y se conceptualizó a partir del siglo XIX. Cada una de sus prácticas en realidad surge de una concepción teórica al menos implícita de la «naturaleza humana». Si las concepciones o los modelos científicos en materia de psicoterapia pueden divergir, las prácticas coexisten en un campo que resulta a la vez complementario y diferente de aquél de la tecnomedicina de los órganos.

En 2005, el Consejo superior de higiene de Bélgica (actualmente Consejo superior de la salud), al tomar nota del desarrollo, la especificidad y la autonomía de un campo que ya no se asimilaba al de un «ejercicio ilegal de la medicina», se interrogó sobre la heterogeneidad del registro de la psicoterapia, así como sobre la diversidad de formaciones en la materia[4]. Este Consejo, preocupado por recoger y sintetizar los datos científicos y las realidades prácticas en la materia, identificó cuatro orientaciones principales: la «psicoterapia de orientación psicoanalítica y psicodinámica», la «psicoterapia de orientación conductual y cognitiva», la «psicoterapia de orientación sistémica y familiar», la «psicoterapia de orientación experimental y centrada en el cliente». Esas cuatro orientaciones posteriormente sirvieron de base al legislador para legislar en materia de psicoterapia (2014). En el espíritu del Consejo, ellas no comportan ninguna subdivisión interna que establecería, por ejemplo, una diferencia pertinente o alguna jerarquización entre «psicoanálisis puro» y «psicoterapia de orientación psicoanalítica». Con el término de «orientación», el informe detallado pronunciado en 2005 solo intenta señalar cada uno de los campos principales identificados en materia de psicoterapia. El psicoanálisis corresponde a uno de esos campos.

Ciertos colegas mantienen un discurso muy distinto. Globalmente, el psicoanálisis se opondría a la psicoterapia como lo hace la toma en consideración de la singularidad del sujeto a la normalización de la conducta[5]. La mención por el legislador de la orientación psicoanalítica no haría referencia al psicoanálisis como tal sino a una psicoterapia de orientación psicoanalítica: es decir, un sub-producto derivado, altamente sospechoso por estar sujeto a imperativos administrativos ajenos a los rigores del inconsciente. Se trataría pues, ante todo, de salvar la pureza psicoanalítica de los miasmas de la organización por la ley de las profesiones de la salud. En otras palabras: «Preservemos a cualquier precio la extraterritorialidad (sic) del psicoanálisis». Esta idealización desafortunada probablemente surge de la compensación de una identidad frágil resultante de recorridos psicoanalíticos que rozan el maltrato y la servidumbre voluntaria. A falta de una concepción mejor apoyada en la realidad y a la manera de la «teología negativa»[6], solo se consigue definir al psicoanálisis por lo que supuestamente no es: muy particularmente «una psicoterapia».

Este juego con las palabras no deja de tener consecuencias: políticamente, en nombre de la defensa intransigente de su especificidad, en realidad excluye al psicoanálisis. Hay que recordar que luego de una petición dirigida al mundo entero, cargada de una advertencia tan alarmista como falsa, cierto día miles de firmas fueron a parar a un despacho ministerial apremiado por resolver la cuestión. Para no molestar a nadie, se llegó a hacer votar un texto que reconocía, al mismo tiempo que balizaba, el ejercicio del psicoanálisis –como una de las cuatro orientaciones en el campo de la psicoterapia- precisando desde el comienzo que el psicoanálisis no pertenece a ese campo[7]. Las consecuencias no se hacen esperar. Así, un reciente número de la revista de la Federación de las mutuales socialistas de Brabant (l’Écho Mutualiste, enero de 2015) consagra un artículo de consumo masivo a la depresión[8]. En él se precisa que si las moléculas son útiles, el mejor procedimiento consiste en asociarlas a una psicoterapia. El artículo propone entonces algunas pautas para poder orientarse en la diversidad del campo, pero sin mencionar el enfoque psicoanalítico: en efecto, éste «no es una psicoterapia».

Más en general, la reducción de la defensa del psicoanálisis a cuestiones identitarias[9] antes que metapsicológicas, clínicas y sociales, lo excluye de los lugares donde tendría interés en expresarse. Una de las dos leyes que nos conciernen, votadas en 2014 (psicoterapia y psicología clínica), introduce a los psicólogos clínicos en el campo del Decreto Real nº78 sobre el ejercicio de profesiones del cuidado de la salud dejando a los psicoterapeutas al margen. De inmediato algunos se apresuran a explicar que el diploma de psicólogo valdría para una formación en psicoterapia. De hecho, la entrada en el AR nº78 representaba un reto importante esencialmente para los psicoterapeutas y, en su estela, para la diversidad multidisciplinaria de las profesiones de la salud mental. En efecto, los criterios de formación, de organización y de evaluación por lo general deben aceptar aquéllos –heterogéneos y contraproducentes pero dominantes- de la gerencia de la tecno-medicina de los órganos. Muchos políticos se mostraron sensibles a los argumentos psicoanalíticos en lo que respecta a la «laicidad» de la práctica, la necesaria diversidad de los caminos profesionales y la exigencia de una formación personal real más allá de los estudios, pero la cacofonía esotérica mantenida en nombre de la pureza de los ideales y de la denigración de las psicoterapias no dejará de sabotear secretamente todo razonamiento que escape a los ucases parisinos[10]. Así se echan a perder las mejores oportunidades. En realidad, aquí las crispaciones identitarias psicoanalíticas son mucho mayores que las del corporativismo médico, lo que ya dice mucho sobre las derivas clericales de la profesión.

Balizas

La diabolización militante e irremediable de la psicoterapia obliga a recentrarse en algunos fundamentos.

Hemos visto que, antropológicamente, existe desde siempre y en todo lugar una diferencia y una complementariedad entre las intervenciones técnicas curativas sobre el cuerpo y los procedimientos simbólicos de curación dirigidos a la persona en el marco de su linaje y de su ambiente. La noción desacralizada de «psicoterapia» surgirá a partir de esta dimensión, paralelamente a la emergencia de una práctica médica apoyada en la racionalidad científica[11]. Desde este punto de vista, el modelo conceptual original y las prácticas clínicas específicas del psicoanálisis pertenecen sin ambigüedad al campo de las psicoterapias.

Si la oposición entre psicoanálisis y psicoterapia se revela desprovista de todo sentido cuando éste no es ideológico[12], oponer psicoanálisis y psicoterapia psicoanalítica como un producto de calidad a un sucedáneo mediocre tampoco tiene sentido alguno. Porque o bien estamos dentro del campo del psicoanálisis – es decir, el de una práctica clínica sostenida por una cura psicoanalítica personal así como por una formación y una conceptualización orientada por la noción freudiana de «realidad psíquica»[13]– o bien no lo estamos. Es cierto que existen diversas prácticas «de orientación psicoanalítica» ajenas a esta exigencia, aunque inspiradas en mayor o menor medida por una vulgata psicoanalítica: ellas no constituyen el objeto de esta reflexión. Dicho esto, no puede negarse que, concretamente, existen las llamadas asociaciones de «psicoanalistas» y las llamadas asociaciones de «psicoterapeutas psicoanalíticos», pero si éstas últimas responden a los criterios sine qua non   de la práctica del psicoanálisis recién enunciados, está claro que ahí se trata únicamente de denominaciones contingentes, históricamente ligadas a diversas peripecias institucionales así como a sensibilidades múltiples en materia de transmisión. Esta difracción de los cursos y las pertenencias puede revelarse fecunda siempre que no se confunda con una jerarquización infundada de las competencias y los saberes.

«Psicoanálisis», «psicoterapia psicoanalítica»: más allá de los abusos del lenguaje y de las contingencias institucionales, esta distinción insiste en el seno de las instituciones psicoanalíticas, en el seno de la práctica de un mismo clínico y hasta de una sola y misma cura. Siendo así, ¿podemos encontrarle un fundamento metapsicológico a un modo de hablar casi siempre sesgado, pero que se revela pragmáticamente útil para el «lenguaje de la clínica»? La etimología de la palabra «analizar» -del griego analuo, desligar hacia arriba[14]– ya nos sugiere pistas. Por sí misma, esta arqueología del sentido permite entender la especificidad de una aproximación en la cual lo propio sería desligar para poder re-ligar de una manera distinta. Desde esta perspectiva, el psicoanalista aparece como un psicoterapeuta especializado en lazos que permiten la desligazón. Sin poder desarrollar esto más detenidamente, está claro que conceptualmente la ligazón y la desligazón se encuentran en el centro de la metapsicología de las pulsiones: pulsiones sexuales de vida (ligazón) y pulsiones sexuales de muerte (desligazón), según la reformulación freudo-laplanchiana -menos lírica pero más precisamente freudiana- de la pareja Eros y Tanatos[15]. Llegados a este punto, es fácil comprender que la distinción «psicoanálisis-psicoterapia psicoanalítica» en realidad es interna a la cura y atraviesa desde el interior el trabajo de todo psicoanalista. En un artículo esclarecedor, Jean Laplanche distingue claramente el tiempo «psicoterapéutico» y el tiempo «analítico» propios de toda cura: «Todo psicoanálisis está en gran parte consagrado a la psicoterapia: a la auto-historización del sujeto, con la ayuda más o menos activa del analista. Pero el acto psicoanalítico – a veces muy raro – es otra cosa. Obra de desligazón, intenta hacer surgir materiales nuevos para una historización profundamente renovada. Después de todo, no nos sorprenderemos de que el psicoanalista sea tan prudente y parsimonioso: ¿acaso su trabajo de desligazón no se asemeja al de la pulsión sexual de muerte? (…) La psicoterapia de las psicosis y de los casos “borderline” graves plantea una cuestión previa muy distinta: el problema de la indicación misma. ¿Tenemos derecho a «desligar» lo que ya está falto de ligazón? »[16].

Paso a dos

– Donald Woods Winnicott: «Me invitaron a hablar sobre el tratamiento psicoanalítico cuando, según uno de mis colegas, se había propuesto tratar el tema de la psicoterapia individual. Yo esperaba comenzar por la misma pregunta: ¿cómo establecer la diferencia entre ambos? En lo que a mí concierne, no soy capaz. Para mí la cuestión es la siguiente: ¿el terapeuta tiene una formación psicoanalítica, o no?»[17].

– Didier Anzieu: «Para mí, un trabajo de tipo psicoanalítico tiene que hacerse ahí donde surge el inconsciente: de pie, sentado, acostado; individualmente, en grupo o con una familia; durante la sesión, en el pasillo junto a la puerta, junto a una cama de hospital, etc.: en cualquier sitio donde un sujeto pueda manifestar sus angustias, sus fantasmas, sus faltas, a alguien que supuestamente las escucha y es capaz de entenderlas. El inconsciente no necesariamente responde a las convocatorias regulares de hora y lugar, y la duración de las curas se extiende cada vez más a la espera pasiva de su hipotético surgimiento. (…) Una idolatría contemporánea sostiene que el psicoanalista debe familiarizarse con el inconsciente y permanecer extraño para su paciente. Es curioso observar el destino de los sujetos así tratados: muchos se deprimen; otros, que pese a todo conservan la violencia interior, la expresan a través de pasajes al acto en las sesiones o en la vida; finalmente algunos – como Zazie, que al comenzar su análisis quería ser profesora- aspiran a convertirse en psicoanalistas para infligir a otros el trato que ellos padecieron»[18].

Freud reconocerá a los suyos.

 

Notas

*«Psychanalyse, psychothérapie psychanalytique. Une distinction plus militante qu’éclairante», APPsy. Lettre d’information, nº2/2015.  Traducción: Deborah Golergant.

[1] Y no al «plomo», como lo dejó entender una traducción tendenciosa: cf. «Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica» (1918), O.C. v. XVII p 161. Para una versión fiel, véase : «Les voies de la thérapeutique psychanalytique» in S. Freud, Œuvres Complètes, XV, PUF, Paris, 1996, p 108.

[2] Véase: «La técnica psicoanalítica» en Compendio del psicoanálisis (1938), O.C. XX, Buenos Aires, Amorrortu.

[3 ] Véase por ejemplo : «Sobre la psicoterapia» (1905), in S. Freud, O.C v.VII, Buenos Aires, Amorrortu.

[4]http://health.belgium.be/internet2Prd/groups/public/@public/@shc/documents/ie2divers/4956387_fr.pdf

En lo que concierne al contenido de la formación, el Consejo precisa especialmente que cuatro elementos deben estar presentes con un mínimo de horas especificadas: una formación teórica, une formación técnica, una práctica clínica supervisada y una terapia personal o un proceso personal didáctico, cuyas modalidades varían según las orientaciones psicoterapéuticas.

[5] Receta probada: quien quiere ahogar a su perro lo acusa de rabia.

[6] Siendo Dios inefable por definición, es imposible describirlo positivamente, pero ¿tal vez podríamos aproximarnos indirectamente a su descripción diciendo lo que no es? Por ejemplo, Dios no es el oscuro cielo estrellado.

[7] Donde uno se da cuenta de que el «compromiso a la belga» puede revelarse cercano de las producciones del inconsciente, el cual – ¿hace falta recordarlo? – ignora la negación y la contradicción.

[8] https://www.fmsb.be/sites/secure.fmsb.be/files/EMFamilles%20BAT%20FR.pdf 

[9] Donde los conceptos funcionan como insignias de identificación, más que como herramientas de pensamiento.

[10] La mayoría de los grupos de psicoanalistas belgas no han manifestado ningún interés por la política, a pesar de jugarse cuestiones tan cruciales como la del intento de paramedicalización de los psicólogos clínicos -y por lo tanto de los psicoterapeutas-, hasta el punto que las cuestiones debatidas por los franco-franceses, en nada comparables (alboroto en torno a la enmienda Accoyer, 2003), no ejercieron aquí su influencia ni en el fondo ni en el estilo. Así, en una entrevista del Lacan quotidien con Patricia Bosquin-Caroz (inicialmente publicada en http://www.lacanquotidien.fr/blog/2014/01/lacan-quotidien-n-370-virus-mutant-par-jacques-alain-miller-belgique-une-victoire-pour-la-psychanalyse-entretien-avec-patricia-bosquin-caroz/), en respuesta a la pregunta «¿El  psicoanálisis puede existir sin combatir ?», podemos beneficiarnos de un valioso consejo: «Aquí quisiera expresar mi reconocimiento a la experiencia francesa y a la eficacia del Nouvel Âne que nos inspiró en Bélgica. Una indicación preciosa nos fue aportada durante la concepción del boletín Le forum des psys antes de enviarlo a los parlamentarios: “Se trata de mostrarles que estamos afectados, de atravesar la frialdad administrativa y de presentarles nuestro objeto a sanguinoliento!”» (reeditada en Le forum des psychanalystesHet forum van de psychoanalytici, n°3, mai 2014, p3).

[11] Véase, por ejemplo, la Introduction à l’étude de la médecine expérimentale, de Claude Bernard, París, 1865.

[12] Un discurso ideológico ostenta un sistema de valores de alcance general con el objetivo de disimular y perennizar ciertos intereses particulares.

[13] Aquélla que, por definición, corresponde a la naturaleza misma del inconsciente individual sexual reprimido, tal como fue teorizado por Freud y precisado por los postfreudianos.

[14] Si le término latino ligare, «ligar», está relacionado al arte del vendaje, y por lo tanto del empaste – lo que nos lleva del lado del cuidado -, el griego luo, que significa «desligar», no pudo haber sido mejor escogido para constituir el núcleo mismo de la palabra «psicoanálisis». Ésta última se construye a partir de psycho, el «alma» (de la que conocemos su relación con el aliento vital), pero sin olvidar que ana que significa «de abajo hacia arriba». Por lo tanto, si lexicalmente el verbo analuo (que en francés nos da «analizar») quiere decir «desligar», etimológicamente su sentido es más preciso. Literalmente, Analuo es «desligar río arriba», «desligar hacia la fuente». A la luz de la práctica psicoanalítica, no podría decirse mejor. Además, analuo también significa «deshacer una trama», «resolver», «levantar el ancla». Brevemente, soltar amarras. Que la curación viene «por añadidura», como lo precisa Lacan (Écrits, 1966, 324-325), no significa que sea dudosa o despreciable sino que su dinámica no tiene ninguna relación con la concepción del diagnóstico y la curación en medicina,  lo que no impide que el JAMA (Journal of the american medical association, 2008) se muestre de lo más alentador en cuanto a la eficacia del psicoanálisis : Effectiveness of psychodynamic long-term psychotherapy, a meta-analysis, http://jama.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=1028649 .

[15] Véase: «La así llamada pulsión de muerte: una pulsión sexual» (1995), en Jean Laplanche, Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.

[16] Jean Laplanche, Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, PUF, Paris, 2007.

[17] Donald Woods Winnicott (1977), Psicoanálisis de una niña pequeña (The Piggle), Barcelona, Gidesa, 1998 (2ª reimpresión).

[18] Didier Anzieu, «Être psychanalyste», in Francis Martens, Psychanalyse que reste-t-il de nos amours ?, Revue de l’université de Bruxelles, 1999/2, Complexe, Bruxelles, 2000, pp 199-202.

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