Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Proceso de introyección y teoría traductiva
de la constitución del aparato psíquico *
Jean-Marc Dupeu

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Ha llegado el momento de intentar proponer una descripción metapsicológica del proceso de introyección, planteado por Ferenczi como contribución a la teoría de la transferencia más que a partir de un interés metapsicológico. Sin embargo, la importancia de la noción de introyección está demostrada por las numerosas versiones, reinterpretaciones, giros o desvíos que sufrió desde su introducción por Ferenczi en 1909[1], así como por el lugar crucial que ocupa en el centro de los debates contemporáneos a propósito de las modificaciones de la clínica analítica y de la teoría de la práctica.

Todavía no contamos con una historia sistemática de la noción de introyección y de los usos opuestos y hasta contradictorios que asumió desde su invención. Tal historia solo confirmaría el lugar destacado que ocupa en la reflexión psicoanalítica la propuesta de Ferenczi, quien, aunque no siempre supo dar a sus intuiciones una forma metapsicológica rigurosa, no dejó de sacar a la luz insistentemente todos los impases y las aporías que surgían de la práctica[2].

Sin embargo, Jean Laplanche aportó un esbozo extremadamente denso y esclarecedor de este trayecto en su breve artículo «Implantación, intromisión», donde propone reevaluar la noción a la luz de su propia teoría «traductiva» de la constitución del aparato psíquico. La concisión por momentos aforística de esta contribución se aclara con un trabajo anterior, consagrado a una crítica de la concepción kleiniana de la pareja introyección/proyección. Puesto que sirvieron como punto de partida de mis propias propuestas, paso a resumir las tesis principales de esos dos artículos, cuya coherencia es tanto más notable si consideramos que sus redacciones enmarcan la publicación de Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987/1989), donde se sistematiza por primera vez la teoría de la seducción generalizada. Es fácil ver que mientras el primero (1981) la anticipa, al confrontarse con la teoría analítica que es su antinomia más radical: el sistema kleiniano, el segundo (1990) la profundiza, al precisar el rol de la teoría traductiva como modelo de la constitución del inconsciente.

En su conferencia de 1981[3], Laplanche muestra que, al interior de la pareja introyección-proyección, Melanie Klein privilegia claramente la proyección -lo que resulta coherente con su concepción de una fantasmática inconsciente precocísima y hasta innata-, mientras que la introyección aparece, desde esta perspectiva, como reintroyección secundaria de lo que primero fue proyectado. Una teoría que se apoya, a su vez, en la concepción freudiana de los fantasmas originarios transmitidos filogenéticamente. Aquí Laplanche hace notar que Melanie Klein pasa por alto la otra teoría freudiana de la constitución del inconsciente, que considera que éste último tiene su origen en la represión y de la que señala, al pasar, su notable ausencia en la doctrina kleiniana. Planteados así los términos de la alternativa, Laplanche se posiciona sin ambigüedad a favor del «carácter fundador [de la introyección] en la constitución del mundo interno, pero también de la pulsión misma. Ella es algo muy distinto de un mecanismo de defensa, incluso si secundariamente puede aparecer como mecanismo de defensa y, entonces sí, entrar en una cierta simetría con la proyección». Aquí la oposición respecto a las tesis fundamentales del sistema kleiniano es radical. Por otro lado, a una pregunta del público Laplanche responde: «yo me inclino a vincular la idea de introyección primaria con aquélla de seducción primaria».

Es sobre este último punto que, en el texto de 1990 -«Implantación, intromisión»[4]-, realiza un avance fundamental. En efecto, ahí señala que aunque el acento puesto en la introyección como proceso constitutivo del mundo interno sea un primer paso necesario, esa introyección[5] sigue siendo una acción y un proceso «en el que el sujeto gramatical y real es “el sujeto”, el individuo mismo». Por lo tanto, en la puesta en marcha del proceso se encuentra escotomizada la participación del otro (es decir del adulto), participación que, en ese tiempo originario, reduce a ése de quien se habla a un estado de pasividad radical. De ahí que la introducción de la noción de implantación[6] se vuelva necesaria para dar cuenta de ese tiempo originario, mientras que la introyección comienza a concebirse como la recaptura activa por el sujeto de lo que se encontraba originalmente implantado, en un tiempo previo a la constitución del propio inconsciente.

Desde esta perspectiva, es imposible eludir una cuestión crucial, a saber, en qué lugar psíquico se efectúa una tal implantación por el otro si el aparato anímico (seelischer Apparat) freudiano, con sus instancias diferenciadas, aún no está constituido. Laplanche responde invocando una «dermis psico-fsiológica», metáfora audaz que tiene el mérito de sustentar claramente una distinción de derecho entre el aparato psicofisiológico y el aparato psíquico (o anímico, según los nuevos traductores de las Œuvres complètes), cuya constitución se concibe precisamente como resultado del proceso de introyección. Desde entonces, éste puede describirse con su doble cara: una cara traductiva, de integración o incluso de metabolización preconsciente-consciente de lo que fue implantado, y una cara represora, que se refiere a la parte del mensaje inasimilable, es decir, intraducible para el niño debido a su compromiso por lo sexual adulto.

Vemos que, desde esta concepción, el concepto de introyección no debe asimilarse al de represión originaria pese a la proximidad que encontramos entre ambos, pues la represión originaria designaría el efecto del fracaso parcial de la introyección (su cara represora, para usar la terminología de Laplanche), mientras que la cara traductiva del proceso contribuiría más bien a la constitución del yo preconsciente-consciente. En una nota a pie de página, Laplanche propone como prototipo de «este proceso, con su doble cara traductivo-represora», la descripción freudiana del juego del fort-da: el mensaje adulto implantado ahí sería lo que la madre vehiculiza – de manera ampliamente inconsciente para sí misma- a través de sus repetidos ausentamientos[7].

Una tal propuesta no deja de ser reconfortante para un psicoanalista que sometió su reflexión sobre el método analítico a la prueba del dispositivo psicodramático, en la medida en que, como lo mostré antes, la teoría del psicodrama lo lleva a considerar el juego del niño como precursor necesario de la actividad fantasmática… y de la capacidad asociativa. Practicar el psicodrama analítico es tomar en serio, en la práctica concreta, el carácter indispensable de esta condición previa para que el método psicoanalítico resulte posible y fecundo.

Sin embargo, esta observación conduce a acentuar un punto eludido por Laplanche en esa referencia, ciertamente paradigmática, que alude al juego del fort-da. En efecto, la descripción tan densa, que Freud propone en algunas páginas, de este proceso traductivo[8] muestra que la inversión esencial del modo pasivo al modo activo va emparejada con el recurso a lo que, en La interpretación de los sueños, designa como una regresión formal, es decir, la figuración del pensamiento por representaciones de cosas y la dramatización. En este sentido, el proceso traductivo debe entenderse, indisociablemente, como traductivo-regresivo. El recurso a la regresión formal del pensamiento –que define tanto el juego como el fantasma- sería un tiempo indispensable para la apropiación en primera persona de lo que fue implantado y para la inversión del afecto (de sufrimiento a júbilo), que acompaña a la superación del traumatismo ligado a la posición pasiva del niño en el tiempo originario de la implantación.

La insistencia de Lacan respecto al recurso del niño a la oposición codificada de significantes lingüísticos (que corresponde al acceso al orden simbólico) llevó a desacreditar, bajo la etiqueta desde entonces despectiva de Imaginario, toda la importancia que tiene ese proceso traductivo-regresivo en la propia constitución del fantasma. Añadamos que aquí lo esencial no es tanto la figuración de «la madre» por «la bobina» (por lo demás, la cuestión de si la bobina representa a la madre o al niño ¡es perfectamente irresoluble!), sino la acción (de «arrojar» y de «recuperar»). Lo fundamental es el verbo, y no eso que la lengua kleiniana llama imagos. Desde esta perspectiva, el juego y después el fantasma aparecen como mímesis de la acción[9], lo que lleva a señalar, como particularmente heurístico para nuestro propósito, la distinción propuesta por Freud en la Tramdeutung entre la toma en consideración de la figurabilidad y la dramatización.

Ahora bien, con esta referencia a la mímesis de la acción[10] se introduce, como acabamos de ver, un carácter fundamental inherente al proceso de introyección, a saber, la inversión del modo pasivo al modo activo: introyectar es propiamente –si se toma en serio la recuperación de esta noción por Laplanche en el marco de su teoría traductiva de la constitución del psiquismo- invertir los lugares del objeto y del sujeto. Un procedimiento que la técnica psicodramática emplea frecuentemente de manera muy concreta, pues, toda vez que lo juzga útil e interesante, el animador del juego le propone a su paciente jugar el rol del otro, es decir, retomar en primera persona lo que inicialmente experimentó en el juego como una situación de pasividad: «Ptolomeísmo» aquí absolutamente legítimo, pues alienta con pleno conocimiento de causa el propio movimiento del sujeto en su esfuerzo interminable por apropiarse de su destino (exactamente como en el juego de la bobina).

Tal vez surja la pregunta de por qué en el proceso de introyección encontramos, como siéndole inherente, lo que Freud define como una regresión formal. A lo que puede responderse que, contrariamente al lenguaje verbal -por definición prisionero de un código convencional[11]– la figuración de la que se trata en la introyección se refiere a un «idiolecto» singular, imposible de compartir (o incluso «absolutamente egoísta», como se expresa Freud a propósito del sueño). Los significantes «madre» o «casa», comunes a todo hablante, remiten en la «lengua figurada» íntima de cada uno (si podemos arriesgar esta formulación paradójica) a una figuración y, más probablemente, a una constelación de figuraciones plurisensoriales (visuales, auditivas, cinestéticas, olfativas…) incomunicables como tales y de las que cada quien conserva por siempre la nostalgia[12].

Por lo tanto, se comprende mejor que la reapropiación, la renovación identitaria que define el proceso de introyección, deba pasar por una traducción «regresiva» de experiencias que tienen lugar en esa «lengua» íntima, hecha de representaciones-cosas rebeldes a toda codificación (lo que las distingue radicalmente de los símbolos o arquetipos universales que un cierto estilo de interpretación hermenéutica pretende «decodificar»[13]).

De ahí la afinidad entre el proceso de introyección y el proceso de identificación, que la teoría traductiva permite pensar de manera más rigurosa. La cura psicoanalítica toma para cada sujeto el relevo de ese esfuerzo de re-apropiación de su destino. Pero ello supone que la comprensión que el psicoanalista tenga de ella no comience por desmentir la pasividad originaria.

Por lo tanto, el proceso evocado por la famosa y última fórmula freudiana que da cuenta del objetivo de la cura analítica, wo es war, soll ich werden, adquiere todo su sentido si el ello no es pensado como un proto-sujeto biológico, autocentrado, sino como la suma anárquica de los fracasos de traducción de los mensajes implantados por los otros, por los adultos. De ahí la reanudación infinita, interminable, del trabajo de traducción, que viene a despertar traumáticamente lo no traducido aprovechando las vicisitudes de la existencia pero también, de forma más sistemática, durante el encuentro analítico. La metáfora del Zuyderzee, que encontramos en el texto de Freud inmediatamente después del famoso aforismo, sugiere que se trata de una tarea por siempre inacabada.

Notas

* «Processus d’Introjection et théorie traductive de la constitution de l’appareil psychique», in Jean-Marc Dupeu, L’intérêt du psychodrame analytique, Paris, PUF, 2005, Cap. IX, p. 254-261.

[1] S. Ferenczi, «Transferencia e introyección», Obras Completas, Tomo: I, Madrid, Espasa Calpe, 1981.

[2] Cf. el artículo ya clásico de W. Granoff, «Ferenczi, faux problèmes ou vrais malentendus?», La Psychanalyse, nº6.

[3] «¿Hay que quemar a Melanie Klein?», conferencia pronunciada en la facultad de psicología de México el 23 de febrero de 1981 (reeditada en La révolution copernicienne inachevée, Paris, Aubier, 1992). Trad. Es. en Alter, Revista de psicoanálisis, nº6.

[4] Psychanalyse à l’Université (15, 1990), reeditado en La révolution copernicienne inachevée, Paris, Aubier, 1992, p. 355-358. Trad. Es. en La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires: Amorrortu, 1996.

[5] Al igual que la proyección, la represión, la simbolización o hasta la afirmación primaria, la Bejahung freudiana.

[6] O de su variante patógena: la intromisión. Se notará que a la pareja “copernicana” implantación-intromisión viene a responder, en la teorización de Abraham y Torok, la pareja introyección-incorporación (que constituye su recaptura “traductiva” en primera persona). La distinción conceptual rigurosa entre la introyección como proceso y la incorporación como fantasma, ahí donde Freud empleaba los dos términos indistintamente, permitió esclarecer la patogénesis de toda una serie de organizaciones psicopatológicas cuya significación sigue siendo, según ellos, problemática. La teoría de la seducción generalizada y la teoría de la cripta y del fantasma [fantôme] tienen en común que intentan, cada cual a su manera, proponer una concepción rigurosa de la transmisión psíquica transgeneracional.

[7] Art. citado, p. 358.

[8] Es destacable que ese momento esencial en el que Freud se acerca tanto a la descripción «copernicana» de la constitución del fantasma por el proceso traductivo, a partir de lo que es implantado por el otro, se encuentra en el capítulo 2 de «Más allá del principio de placer» (1920), obra en la cual, dos capítulos después, asegurará radicalmente el «extravío biologizante» cuando, para explicar el enigma de la compulsión de repetición, se conforme con la mitología de ¡una lucha inmemorial entre los instintos de vida y de muerte! Esta observación pretende advertir sobre el peligro de una lectura precipitada de la crítica laplanchiana del «extravío» freudiano. En efecto, no se trata de trazar una división puramente cronológica que oponga un proto-Freud partidario de la seducción (que se limitaría a antes de la famosa “carta del equinoccio” (1897) donde anuncia solemnemente su “renuncia a la neurótica”), a un Freud biologizante -«extraviado», según Laplanche- que ocuparía ¡casi la totalidad de la obra! Lo que la lectura minuciosa de Laplanche muestra, al contrario, es que las dos corrientes coexisten a lo largo de toda la obra y que el «cuchillo» de la crítica, para retomar su metáfora, a menudo debe pasar entre dos páginas, ¡incluso al interior de una misma página!

[9] Observación que explica la insistencia de Freud en inscribir en el frontón de su edificio metapsicológico la máxima goethiana: «En el principio era la acción».

[10] Véase el cap. V [más adelante en el libro de J-M Dupeu del que este texto es un extracto. N. de T.]

[11] «Arbitrario», dice Saussure en su Curso de lingüística general como para hacer más obvia la cuestión de la violencia infligida al infans por la imposición del código lingüístico, del que Alicia de Lewis Caroll denuncia el abuso, en nombre de la omnipotencia infantil, cuando proclama: «Una palabra significa exactamente lo que yo quiero que diga, ni más ni menos». Sin duda gran parte de los problemas graves del aprendizaje del lenguaje y luego de la lectura evidencia esta intolerancia del infans, en ciertas constelaciones familiares, a esa violencia observada por Saussure, que caracteriza a la imposición del código lingüístico por el mundo adulto.

[12] Dos ilustraciones literarias vienen a la mente para evocar el retorno, casi siempre involuntario, a esa «lengua» figurada idiolectal: por un lado el famoso episodio de la magdalena, en En busca del tiempo perdido; por otro lado, el paisaje luminoso que visita repetitivamente a Smith, el héroe de 1984 de George Orwell. De este personaje encontramos un impactante análisis en El aprendiz de historiador y el maestro brujo, de Piera Aulagnier (Amorrortu, 1986). Ahí el “antes” era figurado por “un paisaje que se repetía con tanta frecuencia en sus sueños que nunca estaba completamente seguro de no haberlo visto en el mundo real. Cuando lo recordaba al despertar, lo llamaba el “país dorado”: sintagma creado por el soñante que se esfuerza por traducir en el lenguaje común, de forma necesariamente imperfecta, el carácter íntimo e incomunicable de la figuración del sueño.

[13] Sobre la crítica de una deriva hermenéutica de la interpretación psicoanalítica, véase Jean Laplanche, «La interpretación entre determinismo y hermenéutica. Un nuevo planteo de la cuestión», La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1996. Véase también Mi-Kyung Yi, Herméneutique et psychanalyse, si proches… si étrangères, Paris, PUF, 2000».

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