Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Problemáticas de la interpretación en psicoanálisis de niños*
Jean-Marc Dupeu

 

 

Planteamiento del problema

Las reflexiones precedentes[1], sobre la necesidad y el interés del despliegue del dispositivo analítico en clínica infantil, permiten un planteamiento novedoso de la difícil cuestión del estatuto de la interpretación en las psicoterapias de niños. Y esto me parece tanto más importante en la medida en que la nueva clínica nos confronta cada vez más frecuentemente con niños que, lejos de padecer un exceso de represión, con el conocido cortejo de síntomas de la serie neurótica (inhibiciones intelectuales, fobias, obsesiones, etc.), presentan sintomatologías variadas tras las cuales a menudo nos vemos llevados a suponer más bien un fracaso de la represión. Así, la concepción freudiana clásica de la interpretación como lo que apunta al levantamiento de la represión resulta insuficiente. ¿Esta nueva clínica debe entonces reafirmarnos en lo que aparece como una tendencia insistente del psicoanálisis contemporáneo, o sea la renuncia al enunciado de la interpretación en beneficio de la sola oferta de «expresarse»?

Ésa no es nuestra posición. Más bien, vemos en la práctica psicoanalítica con niños -y especialmente en las formas que adopta desde hace 20 o 30 años- la ocasión de reabrir una interrogación exigente sobre el estatuto y la función de la interpretación en psicoanálisis.

Puesto que tratamos cuestiones bastante complejas, me decidí por un modo de exposición un poco didáctico con la esperanza de aclarar los términos de nuestro debate. Si no estamos de acuerdo en todo, al menos intentemos darnos algunas herramientas para detectar, tan precisamente como sea posible, dónde se sitúan los puntos de discusión.

De modo que propongo examinar la cuestión de la interpretación psicoanalítica según dos grandes ejes de reflexión, que comenzaré por abordar separadamente antes de dedicarme a pensar sus interferencias en el seno de la metapsicología de la técnica y en la práctica concreta.

1/ El primer eje de reflexión apunta a repensar la oposición –observable en el propio Freud desde la Traumdeutung– entre la interpretación-Deutung, invención verdaderamente fundadora del método psicoanalítico, y la interpretación llamada simbólica o hermenéutica.

2/ El segundo eje indagará sobre la importancia de la función interpretante en la constitución del propio aparato psíquico. Esto nos llevará a distinguir y a poner en perspectiva dos modalidades de actividades interpretantes:

a) por un lado, la función interpretante de la madre o, más ampliamente, su función de “portavoz”, para retomar la bella expresión de Piera Aulagnier, que prolonga esa problemática más antigua de la preocupación maternal primaria (Winnicott).

b) por otro lado –desde una perspectiva menos clásica que tomo del pensamiento de Jean Laplanche-, lo que resulta de la actividad de traducción del propio niño a partir de lo que Laplanche designa, desde la perspectiva de su teoría de la seducción generalizada, como mensajes enigmáticos (o «comprometidos») emitidos por el otro, el adulto.

Tendremos que preguntarnos, entonces, por los efectos de retorno de este eje «constitucionalista» sobre el eje precedente, el de la práctica analítica de la interpretación. Dicho de otro modo: ¿por qué el hecho de pensar la constitución del aparto psíquico esencialmente como resultado de una doble operación interpretante (la del portavoz y la del propio niño) permite aclarar, y tal vez reformular un poco, la actividad interpretante del propio psicoanálisis?

 «Deutung» e interpretación simbólica

La interpretación de los sueños –la Traumdeutung- constituye el acto fundador del método analítico de interpretación. Si Freud comienza por rendir homenaje al pensamiento popular, al que atribuye la suposición -contraria a la ciencia- de que los sueños vehiculizan un sentido susceptible de ser interpretado, es para enseguida proponer un método que se aparta de aquél de la clave de los sueños, rechazando la equivalencia término a término entre un símbolo manifiesto y una significación considerada como universal. De hecho, el primer postulado del método consiste en deconstruir la elaboración secundaria tal como se presenta en el relato del sueño, con el argumento de que ella ya constituye una interpretación del sueño por el soñante. Se diría, pues, que la primera consigna en materia de interpretación de los sueños consiste en entregarse primero a una des-interpretación, de manera que el método asociativo que se aplica a los elementos así disociados lleve a una deriva cada vez más alejada del contenido manifiesto y de su estructura narrativa.

Pese a la referencia propedéutica que opone el contenido manifiesto y el sentido latente, el examen de varios ejemplos de la Traumdeutung muestra que no se trata tanto de un análisis textual relativo al sentido como de una búsqueda de causalidad: ¿qué acontecimientos psíquicos están en el origen del sueño? Por lo demás, Freud nunca afirma que el sueño es la expresión de un deseo, sino que constituye su cumplimiento. La «Deutung», a la que finalmente se accede a través de la larga deriva asociativa, no es del orden de la comprensión lingüística sino, más bien, de una búsqueda causal que vincula un acontecimiento discreto de la víspera (el resto diurno) a un acontecimiento psíquico de la infancia, cuyos «contenidos» inconscientes constituyen ellos mismos restos o residuos: restos diurnos y residuos de infancia caídos en la represión, que parecen imantarse mutuamente según un determinismo más fisicalista que lingüístico.

Por lo demás, debe señalarse que el significado del término alemán Deutung se aproxima mucho más a esclarecimiento o elucidación que al término francés [2] interprétation [interpretación]. En particular, no posee en absoluto la connotación discretamente peyorativa del término, como cuando decimos: «bueno, ¡ésa es tu interpretación!», dando a entender que la misma secuencia permitiría una pluralidad arbitraria – o al menos subjetivamente orientada- de interpretaciones. Es por eso que los primeros traductores de la Traumdeutung habían traducido su título por el sintagma: La ciencia de los sueños. Jean Laplanche destacó también que el verbo «pointer» [“señalar” o “indicar”], popularizado por Lacan con el éxito que conocemos, sería en última instancia una traducción bastante buena para designar la acción a la que apunta la Deutung. En ese sentido, la interpretación vendría a designar una suerte de punto exquisito: en clínica médica se habla de un dolor exquisito cuando el dedo del clínico despierta un dolor preciso que posee un valor diagnóstico determinante: causalidad singular, precisión «clínica» de un índice que «señala» un acontecimiento psíquico depositado en el inconsciente en forma de huella discreta, tal es el campo semántico al que pertenece la noción de Deutung.

Paul Ricœur fue uno de los primeros en señalar que con la noción freudiana de Deutung se complica la distinción tranquilizadora acordada entre la operación que apunta a «comprender» (interpretar en el sentido hermenéutico) y aquélla que tiene por meta explicar, y que supuestamente solo depende de las ciencias de la naturaleza. Esta incertidumbre relativa a la cuestión de saber si la Deutung psicoanalítica depende de las ciencias hermenéuticas o de las ciencias naturales dio origen a dos grandes corrientes del psicoanálisis, según «llevasen las cosas» de un lado o del otro. El propio Freud parece haber dudado, a lo largo de toda su obra, sobre si la nueva ciencia que había creado pertenecía a las disciplinas exegéticas o a las ciencias naturales. O, para decirlo de otro modo, ¿la interpretación en psicoanálisis tiene como meta revelar un significado o descubrir una causalidad?

Creemos, con Paul Ricœur, que es necesario renunciar a este falso marco cómodo y tomar en serio la especificidad del estatuto epistemológico del psicoanálisis. Especificidad que nunca es tan manifiesta como cuando se trata de dar cuenta de la función de la interpretación en la práctica concreta de la cura. Ahora bien, debemos buscar la fuente de esa especificidad en la profunda originalidad del método asociativo, al que necesariamente nos remite cualquier reflexión epistemológica sobre el psicoanálisis. Así, hemos insistido[3] en el lugar central que esta interrogación sobre el método asociativo ocupa en las Controversias que oponen a las escuelas de Melanie Klein y Anna Freud.

Es por ello que, después de haber señalado esta profunda originalidad del método asociativo, no podemos dejar de sorprendernos al notar que, desde la segunda edición de La interpretación de los sueños (1908), Freud siente la necesidad de añadir a su método original un recurso a la interpretación simbólica, que constituye un retorno a lo que había rechazado con la invención del método asociativo, es decir al uso de claves de sueños y símbolos universales.

Los motivos que anteceden a esa reintroducción por Freud de la interpretación simbólica, que traza la vía de una cierta hermeneutización del psicoanálisis, son complejos y probablemente se encuentran sobre-determinados. Aquí solo recordaré uno: junto al psicoanálisis como método de investigación y de tratamiento de los trastornos neuróticos individuales, Freud tiene la ambición de fundar una nueva antropología, una teoría psicoanalítica de la cultura. Ahora bien, ahí donde el practicante apunta a la singularidad de cada destino libidinal con la ambición de que se superen las inhibiciones y los síntomas, el antropólogo-psicoanalista se propone mostrar cómo así cada uno de esos destinos singulares se inserta en un orden simbólico que lo trasciende ampliamente. El interés de Freud por la singularidad de cada caso nunca es una concesión a una ideología individualista, y su investimento apasionado de la cultura es al menos tan potente como su amor a las bellas diferencias (para retomar aquí una expresión que objeta a Groddeck para reprocharle su tentación de síntesis demasiado englobantes). ¿Él mismo hubiera podido confesarse sus deseos incestuosos y parricidas si no hubiera sido capaz de apoyarse en -y en cierto modo disculparse mediante- la referencia a la tragedia de Edipo, señalando la atracción que ejerce desde hace milenios sobre incontables espectadores y lectores? Así mismo, en el curso de su autoanálisis, Freud transfiere -en cierto sentido más que sobre Wilhelm Fliess- sobre esas formaciones culturales que son el teatro de Sófocles o de Shakespeare. Formaciones culturales que para él funcionan como «intérpretes» de su propio «complejo» de Edipo[4].

Desde entonces, paralelamente al análisis de la cultura, Freud alimenta la ambición de que la exploración del simbolismo -a través de los sueños típicos, los fantasmas originarios o los famosos complejos nucleares (Edipo y castración)- podrá servir como apoyo o como complemento en la práctica psicoanalítica cada vez que el método analítico se vea confrontado a un impase, de modo que la interpretación simbólica se ofrecería para doblegar la resistencia y penetrar en los contenidos inconscientes mejor guardados.

Sobre este último punto, cierto número de autores (pienso muy especialmente en Maria Torok y en Jean Laplanche) se niegan a seguir a Freud argumentando, a la inversa, que lejos de permitir el acceso a contenidos inconscientes reprimidos, la imposición de una simbólica universal –incluso cuando se pretende “psicoanalítica”- lo único que consigue es asegurar más eficazmente la resistencia, dispensando al paciente del trabajo asociativo que hubiera podido llevarlo a las representaciones y significantes electivos de su destino libidinal singular.

Aquí remito a toda una serie de trabajos recientes de Jean Laplanche en los que denuncia cierta tentación recurrente de una suerte de recolonización del psicoanálisis por la hermenéutica. Pienso en particular en un artículo publicado en 1995 en la Revue des sciences humaines, titulado sin ambigüedad «El psicoanálisis como anti-hermenéutica»[5]. Me contentaré con citar un breve pasaje: «Recordemos el uso metafórico de la “clave” en hermenéutica. Recordemos también el examen y la crítica que hace Freud de la interpretación clásica y popular de los sueños mediante la “Calve de los sueños”. Porque la clave-llave[6] que sirve para abrir, sirve también, y sobre todo, para cerrar. El método psicoanalítico, en su originario, no tiene llaves sino destornilladores. Este método desmonta las cerraduras, no las abre. Sólo así, atracador por efracción, intenta aproximarse al tesoro irrisorio y terrible de los significantes inconscientes»[7].

El primero de la fila de esta tentación hermenéutica de un retorno a la «clave» evidentemente es Carl Gustav Jung, quien además es el primer psicoanalista que, siguiendo la brecha abierta por Freud con la interpretación simbólica de los sueños «típicos», se refirió explícitamente a la tradición hermenéutica. Pero como se aprecia en este caso extremo, la tentación de la interpretación simbólica -que privilegia la sabiduría inmemorial de mitos o arquetipos- puede conducir ni más ni menos que a un abandono del método asociativo. Presentada primero como complementaria de éste último, tiende fatalmente a ofrecerse como alternativa beneficiosa. Es justamente por eso que, más allá de este “pasaje al límite” jungiano, debemos estar atentos a las tentaciones parciales, más discretas, de hermeneutización de nuestra disciplina. Ellas son particularmente insistentes en dos campos: la psicoterapia analítica de las psicosis y el psicoanálisis de niños. La razón es evidente, pues lo que en esos dos campos se resiste al método es la exclusión del psicótico, y en menor grado del niño pequeño, del «orden simbólico». De ahí la tentación de una suerte de inyección forzada de lo simbólico por la imposición de una mitología psicoanalítica, de la que se espera que llene ese “déficit” de simbolización.

Esta crítica puede dirigirse legítimamente a la técnica de la interpretación simbólica de Melanie Klein, quien parece menos preocupada por reconstruir, mediante el método asociativo, la singularidad del destino individual de cada uno de sus pequeños pacientes que por «obsequiarles» una mitología psicoanalítica que ligue sus mociones pulsionales más violentas. Un obsequio a veces necesario –y cuya eficacia contra las angustias más arcaicas es incontestable-, pero sobre el que resulta legítimo preguntarse si no corresponde más a la educación, que todo niño pequeño tiene derecho a esperar de su cultura, que a la especificidad del método analítico. Y al leer ciertos casos publicados por Melanie Klein se puede tener el sentimiento, contra las denegaciones de su autora -quien afirma rechazar toda meta pedagógica-, de que su práctica responde más a un adoctrinamiento psicoanalítico que al método psicoanalítico freudiano.

Señalemos aquí una paradoja del método kleiniano: ¿no es notable que la preocupación por calcar el dispositivo del análisis de niños sobre un modelo lo más fiel posible al de la cura de adultos, especialmente por excluir radicalmente cualquier referencia al material histórico que podrían presentar los padres para centrarse solo en el material que aporta el niño -en la clausura de un encuadre estrictamente individual-, lleve finalmente a la formulación de interpretaciones simbólicas basadas en una mitología psicoanalítica universalista?

A contrario, la referencia a los trabajos de Piera Aulagnier nos es de gran ayuda. Apoyándose en ilustraciones clínicas, esta autora nos muestra que el tratamiento psicoanalítico de psicóticos no condena al analista a esa imposición violenta de una simbólica universal -aunque fuera psicoanalítica-, que podría reiterar la violencia de la imposición, por la psique de la madre, de una «teoría delirante primaria». Una vía distinta es posible: la del trabajo de historización que se vio bloqueado por la actividad delirante. Por lo demás, mi convicción es que, tratándose de situaciones semejantes, la lección también vale para el psicoanálisis de niños. En efecto, una técnica que se pone a la escucha de la versión de la historia del niño que emana del discurso parental, paradójicamente llevará más fácilmente a un estilo interpretativo que se refiera a la singularidad de su destino. Ocurre que para la constitución de un destino singular son necesarias muchas personas, comenzando por las figuras parentales. A la inversa, centrarse exclusivamente en el individuo cuando éste es incapaz de aportar información sobre su historia –y es el caso del niño pequeño- limitará al practicante al recurso a la interpretación simbólica, ¡o sea universalista!

Aquí percibimos mejor la ilusión que significaría identificar de manera mecánica, por decirlo así, la preocupación por la singularidad del destino del niño con la instauración de un encuadre estrictamente individual (incluso solipsista), como lo hacemos en la cura clásica del adulto. En efecto, en ésta encontramos la adecuación necesaria entre la condensación del dispositivo y una eficacia suficiente de la introyección, que no ha sido lograda por el niño. Avancemos un paso más para plantear que esa ineficacia de la introyección es lo que a su vez da cuenta, desde un punto de vista metapsicológico, de la inaptitud del niño para la asociación libre, la cual no debe confundirse con la mayor o menor competencia lingüística, relativa a un campo muy distinto que solo le está ligado indirectamente[8].

El «extravío» de Melanie Klein me parece estar vinculado en gran medida a una subestimación de la especificidad de la palabra asociativa, así como a su concepción puramente endógena – incluso innatista- del inconsciente, expresada en la ausencia casi total de una referencia a la noción de represión en su obra. Al postular que el inconsciente está presente de entrada en el seno de un aparato psíquico precozmente diferenciado, la cuestión de los medios para acceder a él pasa claramente a segundo plano, y entonces parece como si la palabra asociativa fuera una modalidad representativa entre otras. Cuando se muestre defectuosa bastará con remplazarla por alguna otra de las modalidades representativas disponibles: juego, dibujo, escultura…, modalidades que hasta podrían aparecer como mejor adaptadas a la expresión del fantasma porque, como él, figuran «escenas». Más aún, desde esta perspectiva no se perdería nada renunciando a la palabra asociativa sino que se ganaría, ya que el dibujo o el juego parecen ser más afines que el lenguaje a las representaciones de cosas (de las que Freud dice que son las únicas que tienen lugar en el inconsciente). Ahora bien, eso es subestimar el privilegio, irreductible en psicoanálisis, de la palabra asociativa, y la paradoja que ello supone nunca será suficientemente subrayada. Paradoja que André Green, por ejemplo, explicitó de manera particularmente acertada: «La palabra [en el análisis] juega el rol de un unificador de la psique en relación al carácter diverso y heterogéneo de la experiencia psíquica y en relación a la estructura del inconsciente». Y esto es lo destacable: «Toda la técnica analítica se basa en el artificio de esta unificación por el habla para hacer aparecer su dependencia respecto de eso otro, cuyas formas son diversas, según los casos»[9].

Por lo tanto, si el problema técnico principal del psicoanálisis de niños es la dificultad ligada a su incapacidad estructural para plegarse a la regla de la libre asociación verbal, para subsanarlo no podríamos contentarnos con el juego o el dibujo, como nota acertadamente Anna Freud, quien, sin embargo, no logra aportarle una verdadera explicación metapsicológica ni, por lo demás, una alternativa satisfactoria. Mi hipótesis es que, a pesar de su intuición según la cual el problema está ligado a la dependencia del niño respecto de los adultos tutelares, permanece prisionera del ptolemaicismo de Freud. Porque su interés por el lugar de los padres se debe principalmente a su preocupación por los efectos perversos que podrían resultar de una interferencia mal manejada entre el proceso analítico y el proceso educativo, y no al hecho de suponer que los padres son protagonistas en la constitución del inconsciente del niño. Así, la discusión que mantiene con Melanie Klein sobre la mayor o menor precocidad de la diferenciación del aparato psíquico[10] se atasca en lo accesorio, es decir en un problema de datación cronológica, cuando la cuestión esencial está menos ligada a la fecha de la diferenciación tópica del aparato psíquico que a la teoría sobre las modalidades de su constitución. Ahora bien, sobre este último punto las concepciones de M. Klein y A. Freud son, en esencia, ampliamente convergentes: ambas e pliegan a una concepción ptolemaica, es decir auto-centrada y dependiente de un desarrollo endógeno de la génesis del inconsciente, otorgando a los adultos tutelares una participación secundaria en ese desarrollo. Éstos solo intervienen para favorecer un desarrollo armonioso –pensemos en la metáfora del buen jardinero que ofrece las condiciones óptimas para el crecimiento- , pero de ningún modo influyendo, por su propia realidad psíquica, en la constitución y los contenidos de las representaciones inconscientes mismas. A continuación nos detendremos más bien en las teorías que ponen en primer plano la importancia de la psique parental en la constitución del inconsciente.

La interpretación materna primaria y la «teoría traductiva» de la constitución del inconsciente

Conocemos dos tipos de teorización que ponen en primer plano la intervención de la psique parental en la constitución del aparato psíquico del infans. Ahora bien, ambas guardan una estrecha relación con la cuestión de la interpretación:

1/ Una primera serie de concepciones, inaugurada por Wilfred  Ruprecht Bion y Donald Woods Winnicott (dos discípulos de Melanie Klein, como no está demás señalar), y que se prolonga en Francia con los trabajos de Piera Aulagnier y algunos otros, insiste en la importancia de la psique de la madre en el trabajo de metabolización de las mociones pulsionales del infans, tal como puede aprehenderlas a través de sus comportamientos más elementales y a las que confiere, por anticipación, valor de comunicación. Ya se trate de la capacidad de rêverie de la madre, de Bion, que permite la transformación de elementos Beta en elementos Alfa (desde entonces susceptibles de entrar en un proceso de metabolización por la psique del niño), de la preocupación materna primaria de Winnicott, que propone una descripción fenomenológica precisa, o incluso de lo que Piera Aulagnier designa como la interpretación materna primaria, estos tres autores insisten en la necesaria movilización de esas capacidades de la madre para ligar lo que las mociones pulsionales anárquicas del infans podrían tener de destructivo para el yo primitivo en proceso de constitución.

Piera Aulagnier insistió especialmente en la importancia que la diferenciación tópica de la psique materna tiene para la eficacia de ese trabajo de metabolización. En particular, no es en absoluto indiferente que, en el curso de la constitución de su propio aparato psíquico, la madre se haya beneficiado de una represión suficientemente lograda o, al revés, que permanezca en gran medida sometida a mecanismos de defensa arcaicos, como la identificación proyectiva, el clivaje o la desmentida. Aquí se rechaza la concepción que se centra en un desarrollo puramente endógeno (común a Melanie Klein y a Anna Freud), según la cual todo niño atraviesa necesariamente estadios primitivos autísticos y luego psicóticos antes de acceder, por la simple magia de un desarrollo armonioso, a «posiciones» menos arcaicas. Así comenzamos a alejarnos de una concepción puramente auto-centrada de la constitución del aparato psíquico o, como le gusta decir a Jean Laplanche (por referencia a la metáfora cosmológica heredada de Freud), de una concepción «ptolemaica».

Aún hay que señalar que esta función interpretante de la psique materna no se concibe por fuera de todo lo que constituyó su cultura, en particular el conjunto de mitos –familiares, religiosos y culturales- que no dejaron de atravesarla desde su propia infancia. Todas las herramientas de elaboración psíquica que pone al servicio de su hijo (a través de cuentos y relatos, pero también a través de sus comportamientos más cotidianos) están completamente impregnadas, sin que ella lo sepa, de esas significaciones culturales. Esto ya permite cuestionar la hipótesis inútil -y peligrosa para el pensamiento- de una transmisión filogenética de fantasmas supuestamente originarios, defendida con el argumento de que encontramos innegables constantes en las primeras manifestaciones de la actividad fantasmática de los niños. Desde una perspectiva «descentrada», esos fantasmas aparecen más bien como el producto de un trabajo ya bien sofisticado de metabolización psíquica. Es lo que mostraría una relectura atenta de las páginas que Freud consagra al juego de la bobina, que no es otra cosa que un primer intento de descripción de la propia génesis de la actividad fantasmática a partir de una serie de eventos psíquicos repetitivos y micro-traumáticos banales, que ponen en escena al niño y a su madre… Sin contar a Freud, el abuelo psicoanalista que, por una identificación simpatizante con su nieto “abandonado”, aporta una Deutung magistral de su juego. Esta elucidación-reconstrucción por Freud del juego de la bobina constituye, en mi opinión, el modelo ineludible de la actividad interpretante del analista de niños[11].

2/ Sin embargo, al lado de esta actividad interpretante de la madre –y más en general de los adultos tutelares-, que la práctica psicoanalítica con niños permitió detectar más finamente, Jean Laplanche mostró que se debía dar todo su lugar a la actividad traductiva del propio niño, confrontado desde el origen a mensajes emitidos por el otro, el adulto. Este acento, puesto desde entonces en la categoría del mensaje, resulta de la rehabilitación y la generalización, efectuadas por Laplanche, de la teoría freudiana de la seducción.  En este registro ya no se trata de la seducción factual por un adulto perverso, sino de las consecuencias que tiene, para la constitución del inconsciente, la confrontación radicalmente asimétrica entre el infans y el adulto (dado que éste último está habitado por un inconsciente sexual). Es esta asimetría fundamental y fundadora la que da cuenta de lo que en adelante Laplanche propone describir bajo la categoría de seducción originaria: «Con el término seducción originaria calificamos entonces esta situación fundamental en la que el adulto propone al niño significantes no-verbales tanto como verbales, incluso comportamentales, impregnados de significaciones verbales inconscientes»[12]. De ahí el calificativo de «enigmático», que propuso primero para describir esos significantes, con la precisión esencial de que si son enigmáticos para el niño es porque lo son también para el propio adulto. Más adelante, volverá sobre este término de significante para proponer más bien el de mensaje, pues la noción de significante, perteneciente a la lingüística, designa una unidad lingüística aislada de la lengua: no traducimos un significante; a lo sumo podemos buscarle un equivalente en otra lengua. En cambio la traducción, que pertenece a la lingüística del discurso, se refiere a un mensaje: no solo “¿cuál es su significado?”, sino “¿qué es lo que quiere decirme a mí?”[13].  Incluso, para acentuar la dimensión persecutoria de la dirección, “¿qué es lo que quiere de mí?”.  Esta dimensión de dirección, discretamente persecutoria, del mensaje dirigido por el adulto al infans será reactualizada en la relación transferencial. Desde esta concepción copernicana, la transferencia, antes de ser el objeto de una interpretación por el analista, se entiende en primer lugar como un mensaje a ser traducido por el paciente (¿qué espera él de mí?).

Laplanche también se vio llevado a repensar el adjetivo enigmático, desanimado por su propio éxito y las derivas literarias favorecidas por la polisemia del término. Desde entonces prefiere el término, más preciso y más propiamente psicoanalítico, de mensaje comprometido, en el sentido de «contaminado» por el inconsciente sexual del emisor adulto.

La asimetría, correlativa de la existencia de un inconsciente sexual en el adulto, es lo que impone al niño una tarea de dominio y simbolización de los mensajes comprometidos, tarea que Laplanche propone describir como un trabajo de traducción. Ahora bien, debido a la asimetría de las posiciones respectivas en relación con lo sexual, este intento de traducción no puede ser totalmente exitoso, por lo que deja necesariamente restos no traducidos. Esos restos no traducidos, designados a veces como significantes designificados, actúan desde entonces como verdaderos cuerpos extraños internos, despojados de su vínculo de significación con el sistema preconsciente… por  lo que están destinados a volverse el objeto de la represión y el contenido privilegiado del inconsciente (reprimido).

Partiendo de una reflexión cuidadosa, Laplanche también toma partido por una concepción del inconsciente opuesta a la de un inconsciente «que piensa», retroproyección, en una supuesta «lengua del inconsciente», de escenas, recuerdos o fantasmas, incluso de mensajes dotados de sentido, que en cierto modo duplicarían las experiencias inscritas en el sistema preconsciente-consciente. Esta concepción, común a ciertos movimientos kleinianos y doltianos, tiende a tratar al inconsciente como una segunda conciencia, paradójicamente más sabia y lúcida que la conciencia ordinaria. Esta ruta viene a unirse a lo que podría denunciarse como una «rousseaunización» contemporánea del psicoanálisis, favorecida por la ideología de las décadas sesenta-ochentas y de la cual encontramos un síntoma particularmente manifiesto en el éxito de la obra de Françoise Dolto ante el gran público. El niño, como «sujeto de deseo» (noción lacaniana de la que se buscaría en vano cualquier huella en la obra freudiana), dirigiría a través de sus síntomas un mensaje claro, casi transparente, a cuya escucha los adultos –comenzando por los padres y los profesores- solo tendrían que mostrase disponibles: «¿Qué es lo que quiere decirte?». Hoy es común escuchar esta pregunta tanto en las conversaciones entre madres a la salida del colegio como en ciertas consultas de guía parental inspiradas en esa psicología doltiana del niño, que en Francia se volvió una referencia ineludible.

Otro tema vulgarizado por los medios es el de los secretos de familia: quién no ha escuchado proferir con seguridad, en reacción unánime frente lo que tendemos a reducir a los malos hábitos de otro siglo, a una institutriz o a un pediatra de buena voluntad: «Hay que decírselo porque, de todos modos, ¡ya lo sabe…en alguna parte![14]». Esa famosa «alguna parte», que se ha vuelto tan frecuente en las conversaciones contemporáneas dentro de un público amplio, impone el tema popular de ese inconsciente sabio y pensante, al que un gran número de profesionales de la infancia temprana, de la salud y de la educación considera una evidencia incontestable[15]. La paradoja es que, al volver inútil la extrema sofisticación del método freudiano, esta aparente victoria de las concepciones del psicoanálisis ante el público constituye ¡una de sus más fuertes resistencias! La concepción laplanchiana del inconsciente se opone frontalmente a esta ilusión de un inconsciente más sabio que la consciencia, en beneficio de un tesoro de residuos designificados (donde rencontraríamos la noción freudiana de retoños) que no dejan de excitar la pulsión a traducir del niño. En cuanto a la dimensión de «dirección» del síntoma al entorno, resulta altamente problemática, sobre todo si a través de ella se presta una intencionalidad comunicativa al inconsciente[16].

He aquí una secuencia, tomada de la clínica de adultos, que ilustra conjuntamente la noción de mensaje enigmático y la manera como se retoma el trabajo de traducción de esos residuos no traducidos en el curso de la cura analítica. En su segundo año de análisis, esta joven fue encontrando y explorando los entresijos de su idilio edípico con su padre: hija única de un padre policía muy apegado a su función de servicio público, va comprendiendo mejor hasta qué punto su propio rendimiento escolar, siempre excelente, respondía al proyecto identificatorio de su padre en relación con ella. Para la gran satisfacción de éste, ella había cursado una carrera universitaria brillante que debía llevarla a convertirse en alta funcionaria del Estado. Así, progresivamente tomó consciencia de que se había convertido en la persona más importante de la vida de su padre. Su madre había quedado relegada a segundo plano, lo que le hacía sentir una gran culpabilidad. Dicho de otro modo, el análisis vino a reforzar su antiguo sentimiento de que, desde muy niña, se había convertido en “la mujercita de su padre”.

En una sesión, en un estado de cierta excitación, me dice: «Acabo de comprender algo muy extraño, que siempre me resultó incomprensible [no creo que haya empleado el término enigmático pero el sentido era ése]. Mi padre siempre fue un hombre decente, muy respetuoso de la ley y del orden público, tranquilo y bondadoso, pero ahora entiendo algo que muchas veces me sorprendía y me chocaba sin que llegara a precisar por qué. Recuerdo que perdía la calma y entraba en un estado de furia violenta en una circunstancia muy particular, a saber, cuando la radio mencionaba cualquier hecho relacionado con violadores de niñas. Entonces no se contenía, no se medía, reclamaba la pena de muerte, etc.». Ante esa reacción desproporcionada, de una cólera intensa, mi paciente tenía el sentimiento, a la vez oscuro y muy preciso, de que en esas circunstancias algo desbordaba a su padre, en esa desproporción entre la causa distante de la cólera y la intensidad de los afectos, tan poco común en él.

Todo parecía indicar que, por primera vez en su vida, podía verbalizar los términos del enigma, al mismo tiempo que era capaz de darle una interpretación: desde entonces para ella es una suerte de evidencia que, por su furia desproporcionada ante noticias sobre violaciones de niñas, su padre manifestaba a la vez su deseo por la niña pequeña que ella era y su defensa violenta contra la toma de consciencia de ese deseo. Aquí podemos decir que el conjunto de esas secuencias, probablemente raras y dispersas en el tiempo, había funcionado para mi paciente como un mensaje que se resistía a la traducción.

Que sea la violación de niñas lo que tenía el poder de hacer que su padre caiga en ese estado insólito debía darle, además, la oscura impresión de que ese “mensaje” se dirigía a ella. Y puesto que en ese momento no podía darle ninguna traducción precisa, habría quedado «implantado» en ella como tal, a la espera de una futura traducción. Ésta supondría que se había aclarado algo de la dinámica de lo que he designado como el idilio edípico, lo que muestra bien que se trata de una relación compartida y no de un supuesto «complejo inconsciente» endógeno. Pero se habrá notado que su traducción –podríamos decir más bien su retraducción- fue únicamente suya, aun cuando la posibilidad de verbalizar en sesión el mensaje paterno es contemporánea de su capacidad de traducirlo.

La situación analítica es justamente ese dispositivo que reactiva aquellos cuerpos extraños internos implantados, significantes en espera de traducción. Las construcciones-interpretaciones del psicoanalista no deben confundirse con la actividad (re)traductiva del propio analizando: ellas las favorecen y las preparan, pero no las sustituyen. En este caso la aparición, desde hacía unos meses, de sus propios recuerdos y afectos referidos al idilio edípico con su padre, claramente había sido favorecida por algunas de mis intervenciones discretas, basadas en la «mitología edípica» del psicoanálisis. Ese trabajo preliminar sin duda contribuyó a desenclavar el mensaje paterno, devolviéndole su lugar en la cadena asociativa de la que había sido excluido en la infancia debido a la inmadurez sexual de la pequeña. Mientras tanto, puede suponerse que había sido recubierto por traducciones de espera, que en un modelo hipotético podemos asociar a ciertos enunciados preconscientes: papá está enfadado; el trabajo de un policía es castigar a los malvados; no quiere que me pase nada malo; aquello le parece asqueroso, etc. Pero todas esas traducciones, por más satisfactorias que sean para la lógica preconsciente, dejaban un resto intraducible del mensaje, en ese punto exquisito donde el amor a la justicia y la ternura del padre por su hija estaban «comprometidos» por un deseo «incestuoso», violentamente contra-investido.

La adquisición de la aptitud para la asociación libre, consecuencia de un trabajo de introyección suficiente y de una reapropiación de la función historizante, permite que se construyan, en el curso del análisis, suficientes cadenas asociativas como para volver a traer a la superficie, como peces capturados por mallas, esos significantes designificados, restos no traducidos excluidos de la simbolización preconsciente y, como en el ejemplo que acabo de evocar, reinsertarlos en el orden del discurso. Pero cuando se aborda la retraducción de mensajes parentales antiguos, el analizando ya ha accedido al conocimiento de la «lengua» sexual del adulto, y la identificación al padre o la madre, desde entonces posible, evidentemente favorece su emprendimiento.

En el caso del niño no ocurre así. Si nuestra hipótesis es plausible, debemos imaginar que el niño está actualmente confrontado a la exigencia de traducción de mensajes que le son dirigidos en una «lengua» de la que, debido a su inmadurez psicosexual, no posee el código rudimentario. Así, proponemos la hipótesis de que los síntomas por los que consulta son testimonio, a la vez, de un intento de simbolización y del fracaso de la traducción de los mensajes por los cuales lo imaginamos de algún modo «bombardeado». La experiencia analítica -las asociaciones que establecemos entre las curas tanto de niños como de adultos que nos vincularon a su proyecto de detraducción-, nos permite elaborar algunas hipótesis sobre lo que está en juego. A la inversa, si nos limitáramos solo a la escucha del niño estaríamos en la situación de un corrector al que se le encarga revisar una traducción sin tener acceso alguno al texto original. Evidentemente podrá suponer oscuridades, señalar expresiones impropias en el uso de la lengua de llegada… Pero sin la versión original, en su intento por corregir “impropiedades” se arriesga, a su vez, a introducir contrasentidos groseros en la lengua de llegada.

Así, al restringir nuestra escucha únicamente a la traducción que produce el niño nos condenamos casi fatalmente a la interpretación simbólica, que sin duda es mejor que nada porque relanza el trabajo de simbolización paralizado por el síntoma, pero que fracasa en desenclavar ciertos residuos singulares, obstaculizando la libre circulación de las representaciones.

En un trabajo grupal donde algunos colegas y yo confrontamos durante años nuestras experiencias sobre estas cuestiones, adquirimos progresivamente la convicción de que cierta forma de escuchar a los pacientes -en condiciones que no pueden codificarse de manera rígida por estar en función del material que surge en cada giro de la cura- nos permite elaborar hipótesis sobre los mensajes enigmáticos parentales a los cuales se ve confrontado el aprendiz de traductor, mientras reunimos información indispensable sobre la historia y la prehistoria del niño. Esta estrategia debe distinguirse de la que se usa en el marco de las terapias familiares. En efecto, durante las entrevistas con padres no pretendemos señalar tal o cual réplica precisa del padre dirigida al niño, como ocurre en una terapia familiar. En la ilustración clínica precedente vimos que la noción de mensaje enigmático remite a un contenido más difuso que una simple frase. Tener una representación hipotética del mismo supone interrogarse sobre el lugar que vino a ocupar el niño en el destino libidinal del padre o madre en cuestión. Ello a menudo supone –no se trata de una regla absoluta sino de un hecho de experiencia frecuente- que esas entrevistas se den en ausencia del niño ¡y hasta del cónyuge! Sin embargo, no podría tratarse del comienzo de una relación psicoanalítica con el padre o madre, paralela a la relación con el niño. Desde este punto de vista, la posición subjetiva del psicoanalista no debe prestarse a ambigüedad. El padre o madre debe haber aceptado que la escucha benévola que le ofrecemos, que le permite desplegar sus propias asociaciones, sea puesta al servicio de la comprensión, por el analista, del funcionamiento psíquico del niño. Aquí, la teoría de Laplanche sirve de guía a nuestra escucha y a la alianza de trabajo que ofrecemos: en esas entrevistas no nos consagramos tanto a la historia misma del padre/madre como al dominio bien específico de su realidad psíquica, que es aquél de los mensajes comprometidos que esa historia lo/la llevó, sin que lo sepa, a dirigir a ese niño o esa niña, cuyos síntomas podemos entender como intentos imperfectos de traducción.

 Vic

Quisiera intentar aportar una ilustración de esta metodología específica a la problemática de la interpretación en clínica infantil, previniendo sin embargo a mi lector que, por razones de confidencialidad, cierto número de detalles significativos no serán incluidos.

Casi siempre cuando un padre/madre me llama para consultarme a propósito de uno de sus hijos, le propongo, antes de un encuentro con el niño o la niña, una entrevista preliminar con él o con ella solos… sin insistir demasiado en que venga el otro cónyuge. Así, privilegio la escucha de aquél que me dirige la primera demanda (casi siempre la madre, pero no de manera sistemática). Cuando la pareja parental insiste espontáneamente en venir junta a la entrevista, evidentemente lo acepto, en primera intención, suponiendo en esa forma de proceder más bien una defensa[17]. En esos casos casi siempre se gana si se vuelve a ver a los padres separadamente.

Entonces recibo una primera vez a la madre de Vic sola. De cincuenta años aproximadamente, ya había pasado los cuarenta cuando este hijo único nació. Nuevos en la región, aparentemente los dos padres se adaptan bien al modificar considerablemente sus intereses personales y profesionales. Pero ése no parece ser el caso de Vic, de 7 años de edad, a quien le gusta mucho menos su nueva ciudad. En efecto, el síntoma preocupante que motiva la consulta es una mala adaptación a sus nuevos compañeros de clase, quienes lo han convertido en “el punto” de sus ataques, ante los que no puede defenderse. Pero, de entrada, esta madre culta y dotada de una buena capacidad de insight (ella misma hizo varios años de análisis) me habla de su historia afectiva, centrándose en las consecuencias de ésta sobre Vic. Estuvo ligada durante años, en una relación pasional sumamente intensa, a un hombre que calificó espontáneamente de «perverso». Aunque se sentía muy entregada a esa relación, decidió separarse porque era consciente de la destructividad de su pasión, pero también porque no había ninguna posibilidad de que ese hombre considere la posibilidad de darle un hijo. Entonces, un tiempo después, se emparejó y luego se casó con un hombre completamente opuesto al primero: quince años menor que ella, conservaba algo del “niño pequeño”, simpático pero afectivamente inmaduro, que había sido. Dedicado, además, a una profesión que lo mantenía estrechamente conectado al mundo de la infancia. El problema que preocupa a la madre de Vic es que le gustaría hablarle a su hijo del hombre que precedió a su padre, incluso presentárselo -pues de alguna manera no deja de ser «el hombre de su vida»-, pero cree que el padre de Vic no estaría de acuerdo. Parece suponer que ese secreto sobre su propia historia, que precede al nacimiento de Vic, tiene efectos indirectos desfavorables sobre él. A menos que lo que esté buscando (y es una hipótesis plausible) sea apoyarse en una autoridad para forzar su propia lealtad hacia el padre de Vic. Añado que no hay ninguna razón para suponer que Vic sea hijo –desde el punto de vista de la biología- del primer hombre. Dejo pues en suspenso la demanda de consejo de la madre, guardando en la memoria este importante material -relativo a su psique- que me comunicó espontáneamente como presintiendo que podía tener alguna relación indirecta con las dificultades que enfrentaba su hijo.

Vic no tardará mucho en mostrarse, en las sesiones, incomparablemente menos inhibido que en clase. Ayudado por los juguetes a su disposición, inventa juegos sumamente crudos y violentos. A sus siete años, no se muestra para nada como un niño del periodo de latencia. Rápidamente aparece un vocabulario sexual crudo y obsceno: Vic dice que quiere «follar, follar…». Incluso pretende que ya lo hizo con una niña de su edad, haciéndome largos relatos, bastante pornográficos, de las relaciones sexuales tal como las imagina. Esos relatos aparecen como la condensación extraña de explicaciones sexuales ofrecidas por la madre (sin duda en un lenguaje pedagógico, con la ayuda de libros especializados en este dominio), retomadas en un vocabulario grosero que lo excita enormemente. Tuve grandes dificultades para conciliar su derecho de decirlo todo con mi deseo de que estuviera más o menos tranquilo cuando su madre lo recogía después de las sesiones. Quiero señalar, de paso, que a pesar de la precisión de la información sexual transmitida por la madre, sigue hablando «del pito de la mujer» y «del pito del hombre», negación de la diferencia de sexos que no corrigió después de que le pregunté si estaba seguro de que la misma palabra servía para los dos sexos. Brevemente, el material crudamente sexual y la excitación que mostraba Vic en sesión evocaban fácilmente la descripción del pequeño perverso polimorfo del que habla Freud en los Tres ensayos de teoría sexual. Por lo demás, unos meses después de comenzar el análisis, la madre me escribe una carta para contarme sobre el peluche que posee desde que era muy pequeño, al que está muy apegado y al que hace largas confidencias. Le sorprende constatar que él nunca me ha hablado de ese peluche y que nunca lo ha traído a sesión. Desde que hice partícipe a Vic de esta carta de su madre, lo traerá regularmente a sesión y con él se dedicará a hacer simulaciones de relaciones sexuales muy crudas, imitando los gemidos de actores de películas pornográficas.

Pero durante una sesión en la que estaba más tranquilo, comienza a contarme cómo se hacen los niños. «Verás que es asquero…», pero al menos sabe que sus padres no lo han hecho nunca. ¿La prueba? Que ellos no han hecho un hermanito. Entonces le pregunto cómo hicieron sus padres para tenerlo a él. Sin dudarlo, me responde que ese método (las relaciones sexuales) ¡solo funciona para el segundo, no para el primero!  Sin mostrarme demasiado sorprendido, le pido que me explique cómo se hace entonces para el primero. Él se enfada y responde que no sabe nada sobre eso, pero que está absolutamente seguro de que aquello solo vale para el segundo, él lo sabe. Además él vigila a sus padres y está seguro de que nunca han hecho el amor, porque de ser así lo hubiera visto.

Le pregunto si le gustaría hacer venir a su madre para pedirle explicaciones adicionales. Él corre a la sala de espera y escucho que le pide confirmación de su propia teoría, ¡la teoría del segundo! Su madre está sumamente sorprendida, pues comenzó a informarle sobre estos temas hace dos años y está convencida de no haberle escondido nada. Regresa con él al consultorio y manifiesta su sorpresa. Tiene ese tono tranquilo y pedagógico de quien no esconde nada y puede hablar de todo a sus hijos.

En presencia de Vic, me contenté con decirle: «Recuerde nuestra primera entrevista». Interpretación alusiva de la que esperaba algún reacomodo inconsciente en su forma de dirigirse a Vic. Esta sesión marca un giro en la cura, pues ahora Vic tenía que vérselas con la dificultad consistente en ligar las representaciones sumamente crudas y pornográficas de las relaciones sexuales con las de la pareja parental: escenas que ahora dibuja en un estilo digno de grafitis de retretes, acompañados por la leyenda: «Papá y mamá follando». Un dibujo extremadamente realista muestra a un padre, muy pequeño, acostado en el suelo y con el pie de su mujer sobre su pecho, ocupado en hacer una felación a lo que parece ser un sexo viril que sobresale del vestido de ella. Pero curiosamente sus comentarios sobre el dibujo no corresponden a la representación figurada, pues dice: «El pito del hombre entra en el pito de la mujer». Evidente fracaso de traducción entre la expresión figurada (representaciones de cosas), que parece más directamente ligada al mensaje inconsciente, y la leyenda que le coloca, que evoca la recuperación de la información sexual recibida, traducida únicamente en la lengua transgresiva de los recreos.

Se dirá que es banal –o mejor dicho, universal- reprimir la representación de las relaciones sexuales entre los padres. Pero en este caso singular, teniendo en cuenta la convicción de que su nacimiento no podía ser consecuencia de una relación sexual entre sus padres, además de lo que su madre me confió sobre su apego al hombre calificado de “perverso” que precedió en su vida al padre de Vic, todo ello es evidentemente muy inquietante. ¿Debemos decir, como creo que algunos estarán tentados de hacer, que…«en alguna parte lo sabe»? Yo soy más bien sensible a su cólera cuando le pregunté si podía decirme cómo imaginaba que había ocurrido su concepción, cólera que interpreto como una manifestación de su humillación frente a su incomprensión. Sin embargo, se cuida de preguntarme cuál es mi teoría, como lo hubieran hecho algunos niños…Tal vez porque ha experimentado suficientemente el fraude y el engaño de El esclarecimiento sexual del niño[18].

Antes que abundar en el sentido de una supuesta hiper-lucidez del inconsciente, yo más bien me representaría las cosas así: el mensaje enigmático está, aquí, constituido por el contraste entre la crudeza «clínica» de las descripciones maternas – sustituto probable de la frustración que se impuso al renunciar a la relación pasional- y el tipo de relación, afectuosa pero probablemente muy poco sexualizada, que tenía con el padre de Vic. El mensaje es enigmático porque podemos suponer que el interés puesto por la madre en la relación pedagógica de estilo científico está comprometido por la vivacidad del recuerdo de la relación pasional a la que debió renunciar… para que Vic naciera. Lo que instala al niño fatalmente en la posición de sustituto de ésta. Paradójicamente, pensar en Vic y cuidar de él es ¡pensar en aquél a quien se impuso renunciar por él! De ahí el conflicto psíquico, que nos cuenta espontáneamente en la primera entrevista, entre su deseo de hablarle a su hijo de esa relación pasional (lo que restablecería el vínculo entre ese hombre y Vic) y la lealtad debida al padre de éste último. De ahí tal vez la traducción por Vic de las primeras explicaciones sobre sexualidad, científicamente neutralizadas, en un lenguaje grosero[19] («lenguaje de la pasión»).

Puede que algunos se sientan tentados a decir que Vic «conocía inconscientemente» la existencia de la relación anterior, «pasional/perversa», de su madre. Nosotros creemos que eso sería caer en la ilusión denunciada arriba de un inconsciente «que sabe y que piensa». De hacerlo así, estaríamos «retro-proyectando» en el «inconsciente» de Vic nuestra construcción, sos-tenida por una teorización exigente y por nuestra experiencia clínica. Nuestra teorización nos lleva a poner el acento en el fracaso de la traducción, más que en el «saber inconsciente» del niño. Su excitación y su angustia nos parecen mucho más ligadas al hecho de que está literalmente invadido por representaciones «implantadas» que es incapaz tanto de traducir como de reprimir[20].

Sin embargo, en el curso de la sesión decisiva que acabo de relatar, aparece de forma inaugural la fórmula: « ¿podemos no hablar más de eso?», que estamos acostumbrados a escuchar más bien en las psicoterapias de niños neuróticos… Incluso si es él quien vuelve a traer el tema diez minutos después, pues todavía es incapaz de sustraerse a esos cuerpos extraños internos, casi persecutorios, que parecen haber sido implantados en él por los mensajes maternos en ocasión de la relación educativa y pedagógica. Progresivamente, la crudeza del material de las sesiones se atenuará, de modo que Vic logrará usar el dispositivo que se le ofrece no ya como lugar de excitación sino como lugar tranquilizador donde puede lograrse una represión bien temperada[21]. En este inteligente niño, el interés por la actividad escolar crece al mismo tiempo que desaparecen los problemas de conducta preocupantes. Como suele ocurrir en este tipo de situaciones clínicas, esta «victoria» de la represión se acompaña de la aparición, en Vic, de cierto aburrimiento durante las sesiones, junto a una mayor capacidad para las sublimaciones escolares. Represión y reactivación de las sublimaciones son los logros de los que tomo nota al interrumpir, a pedido de Vic, la psicoterapia, en un ambiente de trabajo positivo con la familia que, ahora ya tranquila, se sentía satisfecha con la evolución del niño.

Regreso a la práctica de la interpretación

Debo concluir al menos provisionalmente, pues las reflexiones sobre las que quería trabajar hoy todavía son ampliamente programáticas. Sin embargo, parece claro que la referencia a la teoría traductiva, como aquélla que da cuenta de la constitución de un inconsciente individual y sexual en el niño, permite precisar mejor la distinción de la que partí entre interpretación-Deutung e interpretación llamada simbólica. Ahora ésta se nos aparece como un último recurso, cuando nos resulta imposible forjar hipótesis suficientemente precisas sobre los mensajes enigmáticos que hacen obstáculo a la traducción y por los cuales suponemos que el niño se encuentra invadido. Pero la incapacidad estructural del niño para una auténtica actividad asociativa (un punto en el que me uno a Anna Freud contra Melanie Klein) es indudablemente un obstáculo. Por lo que reaparece esta cuestión: ¿cómo compensarla auténticamente? Aquí pienso que debería evitarse un malentendido frecuente. A pesar de haber insistido tanto en la reintroducción, en la cura del niño, de material proveniente de la escucha de los padres, hay que precisar que no es ese material por sí mismo el que llena la carencia de asociación libre. De ahí nuestro rechazo, en esos casos, del recurso a los dispositivos familiares… pues continuamos sosteniendo la concepción de un inconsciente individual y su constitución requiere un espacio de secreto. Es por ello que nos mostramos sumamente prudentes en cuanto a juntar directamente, en el mismo lugar, el discurso parental y el del niño.

En mi concepción actual, preferiría decir que son los procesos terciarios del análisis los que tienden a compensar la incapacidad del niño para la asociación libre, «unificando», como se expresa André Green, la heterogeneidad de las modalidades representativas del niño. Compensación que probablemente supone una cierta modificación de la consigna freudiana relativa a la atención flotante, que, en el marco del psicoanálisis de niños, supondría que el analista pueda «apoyarse» en la eficacia del proceso asociativo del paciente. Éste casi nunca es el caso durante las psicoterapias con niños, y menos aun cuando nos alejamos de la organización neurótica.   

Este proceso de ligazón por los procesos terciarios del analista supone que éste haya aceptado y creído posible escuchar el discurso de cada uno de los padres, sin provocar mayores efectos perversos. Esto con un doble objetivo: recoger su visión de la historia y de la pre-historia del niño, de la que ellos siguen siendo, como nos enseñó Piera Aulagner, los historiadores; pero también –y en la misma ocasión- forjarse hipótesis suficientemente precisas sobre los mensajes enigmáticos (o comprometidos) que éstos últimos dirigen al niño. La hipótesis metapsicológica fundamental es que los problemas presentados por éste último están en estrecha relación con las dificultades, incluso la imposibilidad, que encuentra en su necesario trabajo de traducción de los mensajes parentales – como la cura de Vic lo ilustra de manera inquietante.

Esta es nuestra forma de rencontrar, pese a las apariencias y gracias al despliegue del dispositivo analítico, la inspiración originaria del método psicoanalítico: el rencuentro y la elucidación, por el método asociativo, de elementos discretos, de residuos inconscientes individuales que marcaron un destino libidinal. Es finalmente esforzarse, a pesar de las dificultades particulares ligadas al estatuto de inacabamiento del aparato psíquico del niño, por mantener la apuesta de la interpretación-Deutung, contra las tentaciones seductoras pero engañosas de la interpretación-simbólica (hermenéutica).

 

Notas

*«Problématiques de l’interprétation en psychanalyse de l’enfant», en Jean-Marc Dupeu Un travail de culture (cap. VII), PUF, 2010. Traducción: Deborah Golergant

[1] El autor se refiere a las reflexiones que plantea en capítulos anteriores del libro, recién citado, que incluye éste. N. de T.

[2] O español. N. de T.

[3] Véase en el capítulo anterior [J-M Dupeu, Un travail de culture (cap. VI), PUF, 2010]. N. de T.

[4] La transición del mito (cultural) al complejo (individual), cuyo origen debería buscarse en el seno del aparato psíquico del propio niño, constituye un coup de force epistemológico que obligará a Freud a plantear la fábula de la transmisión filogenética de los fantasmas originarios. Sobre este punto de crítica epistemológica del solipsismo freudiano, véase Jean Laplanche, La prioridad del otro en psicoanálisis, Amorrortu, 1996.

[5] Véase en Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, 2001.

[6] El término francés clé designa ambas cosas. N. de T. de la versión española, recién citada.

[7] Op. cit. p. 211.

[8] La inaptitud para la asociación libre tiene una explicación metapsicológica, mientras que la mayor o menor competencia lingüística depende de procesos neuropsicológicos o psicolingüísticos. La interferencia de estos dos campos en la clínica infantil concreta no debe dispensarnos de distinguirlos cuidadosamente en la teoría, pues no hacerlo favorecería mucha confusión.

[9] A Green, «Le langage dans la psychanalyse», en Langages. II rencontres psychanalytiques d’Aix-en-Provance (1983), Paris, Les Belles Lettres, 1984.

[10] Especialmente sobre la fecha de nacimiento que conviene asignarle a la formación del superyó: ¿hacia los 6 meses o en el “transcurso” del complejo de Edipo?

[11] Jean Laplanche justamente hizo notar que los “ausentamientos” repetidos de la madre del niño de la bobina pueden entenderse como mensajes enigmáticos que éste intenta “metabolizar” en el curso de su juego. Esta tesis será retomada de manera más detallada en los capítulos VIII y IX de la presente obra [Cf. el libro que incluye este texto. N. de T.].

[12] J. Laplanche, Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987), Buenos Aires, Amorrortu, 1989, p. 128.

[13] [Para diferenciar estas sub-disciplinas de la lingüística, nosotros solemos hablar de “lingüística estructural” y de “pragmática”. N. de T.].

[14] Adelantémonos a precisar que este mandato naïve no tiene nada que ver con el paciente trabajo analítico, en el curso de curas particularmente difíciles, ligado a la superación de fenómenos de “criptas” y de “fantasmas” que pone en evidencia la obra de Nicolas Abraham y Maria Torok, continuada por sus discípulos. Véase, por ejemplo, CI. Nachin, Les fantômes de l’âme, Paris, L’Harmattan, 1993.

[15] A contrario, recomendamos la relectura de la comunicación del filósofo Paul Ricœur en el Coloquio de Bonneval sobre el inconsciente (1960). En ella desmonta, con un rigor y una claridad que no han perdido nada de actualidad, esta ilusión ingenua de un inconsciente “que piensa”: «Un realismo ingenuo proyectaría retrospectivamente en el inconsciente el sentido elaborado, el sentido terminal, tal como se constituyó progresivamente en el curso de la relación hermenéutica. Contra ese realismo ingenuo hay que decir y repetir: El inconsciente no piensa. Pero, precisamente, Freud no hace pensar al inconsciente […]. El realismo freudiano es un realismo del ello en sus representantes representativos y no un realismo ingenuo del sentido inconsciente; por un extraño giro, ese realismo ingenuo vuelve a darle una conciencia al inconsciente y desemboca en este monstruo: un idealismo de la conciencia inconsciente», reeditado en Le conflit des interpretations. Essais d’herméneutique, Paris, Le Seuil, 1969, p. 109).

[16] Aquí debe recordarse que la utilización por el sujeto de su síntoma en sus relaciones con su entorno está precisamente designada, por Freud, como un beneficio secundario, en el sentido metapsicológico riguroso del término: por ello no entendemos que es clínicamente accesorio, sino que ese beneficio depende, en cuanto a su mecanismo, de los procesos secundarios. El proceso primario de la constitución de los síntomas ¡excluye cualquier intencionalidad comunicativa!; por eso su elucidación no podría reducirse a la imposición de una simple equivalencia término a término, según el modo de las claves de los sueños.

[17] Desde este punto de vista, las condiciones óptimas de la escucha psicoanalítica no deben hacer mucho caso de lo políticamente correcto, que tiende a infiltrarse en el modo de funcionamiento de ciertas consultas médico-psicológicas. Nos referimos a la presión, a menudo sistemática, para recibir de entrada a la pareja parental, en nombre de la ideología biempensante de la equidad de la importancia de las dos figuras parentales. Doctrina que a menudo es completada por la prohibición que se imponen algunos practicantes de escuchar a los padres en ausencia del niño, también en nombre de una concepción chapucera de los «derechos del niño». Con la ilustración clínica propuesta se comprenderá mejor la importancia crucial del material clínico del cual se priva el practicante en nombre de esos principios, sobre los que no se ha reflexionado lo suficiente desde el punto de vista metapsicológico, aunque aquí no cuestionamos sus buenas intenciones ideológicas.

[18] «Zur sexuellen Aufklärung der Kinder» es el título de un interesante artículo de Freud aparecido en 1907, es decir entre la publicación de los Tres ensayos de teoría sexual (1905) y la observación del «Pequeño Hans» (1909), que por lo demás ahí se cita explícitamente (trad. es. en  OC, v. IX). No obstante, las afirmaciones de Freud, entonces en los albores de su reflexión sobre las aplicaciones del descubrimiento de su propia teoría sexual a la pedagogía y a la prevención de la neurosis, podrían parecer un poco “naïves” a un lector contemporáneo informado. Porque la clínica infantil “victoriana” que conocemos está constituida esencialmente por inhibiciones neuróticas de la curiosidad infantil ligadas a la represión cultural puritana de su tiempo; en cambio, la clínica que surgió de los efectos perversos de un ambiente cultural donde el niño se ve confrontado precozmente, más que a una “información”, a representaciones bastante crudas y sobreabundantes de prácticas sexuales, solo aparece progresivamente. Al poner en evidencia los esfuerzos del niño por preservar, a pesar de las informaciones objetivas, sus propias teorías ligadas a la singularidad de los mensajes que le dirigieron personalmente los adultos tutelares que conforman su ambiente afectivo, como en el caso de Vic, esa nueva clínica infantil llevará a los analistas a relativizar los efectos de las informaciones “de masa” sobre la salud psíquica de los niños. Nuestra apreciación crítica de la vulgata “doltiana” en materia de psicología del niño participa del necesario cuestionamiento de ese primer optimismo freudiano en materia del esclarecimiento sexual. La teoría laplanchiana de la constitución del aparato psíquico como resultado de la traducción incompleta, por el niño, de mensajes comprometidos por lo sexual adulto, permite entender mejor los motivos de esta desilusión.

[19] Compárese esta traducción que hace Vic de las informaciones que le fueron comunicadas con el estilo discursivo de mi otra paciente, Catherine (cap. III, p. 77-108), de quien todo me lleva a pensar que también recibió informaciones relativas a la “cosa sexual” por parte de padres cultos y abiertos. Evidentemente, lo que resulta difícil de traducir no es la información “científica” sino su compromiso con los estratos inconscientes más íntimos, ignorados por el propio adulto tutelar.

[20] Para Jean Laplanche, el proceso de introyección puede ser descrito como presentando una doble cara: traductiva y represora. Lo que fracasa en ser traducido (e integrado al saber preconsciente) es lo que “cae” en la represión. El fracaso total de la introyección se manifiesta en el fallo simultáneo de esas dos caras del proceso, mientras que el fracaso de la traducción preconsciente en el neurótico, responsable de la inhibición intelectual, «autoriza» sin embargo la represión. Véase J. Laplanche «Implantación, intromisión», en La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.

[21] No disimulamos la paradoja que existe en el hecho de describir el espacio analítico como un sitio en el seno del cual puede lograrse, de manera inaugural, una “represión bien temperada”.

Apres-coup