Madrid, 21 del 01 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Preservando la posición psicoanalítica: Investigación y cierre operacional del psicoanálisis*
Dominique Scarfone

 

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Introducción

Para discutir en pocas páginas los trabajos de Otto Kernberg y de Brian Robertson et al. («Long-term Psychoanalysis» y «Psychotherapy Reaserch Group», o LPPRG) (1) tuve que dejar de lado varios de los matices que los complejos temas planteados por estos respetados autores llamaban a considerar, de modo que el lector deberá perdonar el desarrollo más bien esquemático de mi argumento. Permítanme comenzar afirmando mi creencia de que al tratar con el alma humana estamos obligados a interesarnos en todo conocimiento relativo a la condición humana. Por lo tanto, considero que el psicoanálisis difícilmente puede prescindir de las contribuciones de la investigación, sea conceptual o empírica. Pero las cosas no son tan simples. La cuestión es quién hace qué y, al respecto, qué rol desempeñan los institutos psicoanalíticos. El tema está repleto de asuntos controversiales que abordaré bajo tres encabezados: 1) la naturaleza del conocimiento psicoanalítico, 2) la práctica psicoanalítica y la práctica de la investigación, y 3) las políticas de investigación y las instituciones psicoanalíticas.

La naturaleza del conocimiento psicoanalítico

El LPPRG desea que su proyecto de investigación contribuya a devolverle al psicoanálisis la credibilidad que merece en el campo de la salud mental. Kernberg examina la cuestión en términos de posibles recompensas, potenciales peligros (reales o imaginados), actitudes y descubrimientos. Sin embargo, pienso que existen algunas cuestiones preliminares que deben ser abordadas. Por ejemplo, suponiendo que creemos en las ventajas de la investigación, ¿cómo debemos proceder en tanto psicoanalistas? ¿En qué sentido una investigación es “psicoanalítica”?

Una de las razones que me lleva a plantear estas preguntas es que, si bien en ambos artículos la cuestión es examinada directamente, no puede evitarse un sesgo teórico. Por ejemplo, Kernberg menciona como posible beneficio de la investigación neurobiológica la «clarificación de la predisposición biológica para la motivación inconsciente, las pulsiones en la teoría psicoanalítica». Esta consideración biológica de las pulsiones difícilmente obtendría consenso entre los psicoanalistas. Diferencias básicas – siempre dependientes de opciones teóricas- en la definición misma de lo que queremos estudiar, indica la necesidad de situar a la investigación en una relación lo más clara posible con lo que calificamos como psicoanalítico. Una respuesta provisional sería que la investigación “conceptual” –que se lleva a cabo junto a la empírica- aportará la clarificación necesaria sobre las cuestiones teóricas, como el LPPRG lo sugiere en su artículo. Pero pienso que el asunto es más complejo.

Kernberg –y de un modo menos directo el LPPRG- parece implicar que, independientemente de la disciplina involucrada, el conocimiento es conocimiento, y que al hacer investigación simplemente intentamos reunir nuevo conocimiento a través de la indagación sistemática. Es cierto que, como cualquier otra disciplina, el psicoanálisis debe responder a la pregunta ontológica de «¿qué sabemos?» y a la pregunta epistemológica de «¿cómo lo sabemos?». Pero el psicoanálisis también debe responder una pregunta suplementaria y crucial que sólo le compete a él: ¿Por qué hacemos enormes esfuerzos que apuntan a no saber? Esta pregunta aborda la cuestión específica de la resistencia, que complica considerablemente el panorama de la investigación. Porque si la observación sistemática es importante para aportar nuevo conocimiento, no deberíamos olvidar nunca que, en psicoanálisis, analista y analizando se encuentran inmersos en el mismo crisol, cada uno con sus propias resistencias frente al inconsciente. De modo que sería necesario sustentar mejor la reflexión de Kubie, presentada por el LPPRG, sobre el psicoanalista como observador-participante. El problema no consiste en ser un observador participante, pues tanto el analista como el analizando lo son. El problema es que la división no se da entre el observador y el observado sino al interior de cada participante, es decir, entre sus fuerzas inconscientes y sus narrativas centradas en el yo. Esto es de suma importancia; es, de hecho, una condición sine qua non para que la discusión pueda continuar. Si consideramos el carácter central de la resistencia y la trayectoria específica de la división al interior de la situación analítica (a través de los observadores-participantes y no entre ellos), entonces podemos encontrar diferentes relaciones entre investigación y psicoanálisis, dependiendo de la estrategia de investigación que adoptemos. Esto será desarrollado más adelante.

Por ahora deseo enfatizar que la reflexión sobre el crisol psicoanalítico aporta una luz diferente sobre por qué muchos psicoanalistas se “resisten” a la investigación, o a algunas de sus formas. Una razón sugerida por Kernberg es el miedo a que la investigación sistemática plantee un «reto a las teorías psicoanalíticas básicas». Pero esto no es convincente, porque los analistas no esperaron a la investigación sistemática para retar y hasta reemplazar a las teorías básicas. Desde el comienzo mismo, varias de las “escuelas” psicoanalíticas no se detuvieron ante ningún concepto freudiano: las pulsiones, la naturaleza sexual de lo reprimido, la represión misma, la teoría del sueño, la neutralidad…Casi todo fue sometido a revisión o incluso totalmente rechazado. De modo que la adhesión al dogma, aunque sin duda existe, no puede contarse entre las razones más importantes de resistencia a la investigación. La naturaleza específica del conocimiento psicoanalítico apoya una interpretación más noble de una tal resistencia, a saber, que muchos psicoanalistas comparten una preocupación legítima por un “dato psicoanalítico nuclear”: el hecho de que existe un delicado conjunto de fenómenos que sólo se vuelve observable y operacional en la medida en que el analista es capaz de adoptar y mantener una posición psicoanalítica. Esto no significa que haya que resistirse a la investigación, pero resulta claro que esa preocupación exige una discusión más seria en términos del tipo de investigación al que nos referimos y de su relación con el método psicoanalítico.

Práctica psicoanalítica y práctica de investigación

Freud definió el psicoanálisis como un procedimiento de investigación, como un método terapéutico y, sólo en tercer lugar, como un conjunto de teorías. Voy a formular el procedimiento freudiano de la manera más general: el método psicoanalítico parte de la premisa de que el funcionamiento de la psique está gobernado por fuerzas inconscientes que solo pueden ser trabajadas si se provee un marco adecuado para su manifestación. Para que esto ocurra en el encuentro clínico, el analizando debe expresarse lo más libremente posible y el analista debe escuchar con la atención más libre de prejuicios de la que sea capaz. El procedimiento siempre debe enfrentar diferentes desafíos que dependen de la configuración psíquica del analizando y el analista. De hecho, las fuerzas inconscientes se manifiestan en la forma de una resistencia de transferencia que, a su vez, aporta la herramienta más importante del trabajo analítico. En el caso de lo que solemos llamar «psicoanálisis aplicado» la situación es algo diferente, pues el analista/investigador es quien transfiere sobre el objeto de investigación. Aunque pueden parecer básicas, intentaré mostrar que estas anotaciones implican garantías importantes en lo que respecta a la investigación psicoanalítica.

Estoy de acuerdo con Kernberg en que la afirmación « en realidad todo analista es un investigador de la naturaleza del inconsciente» extiende el concepto de investigación a una «generalización absurda». La investigación, sea empírica o conceptual, conlleva su propio conjunto de criterios. Pero es ahí donde reside el problema: ¿cómo se ajustan los requisitos de la investigación sistemática a los del método analítico? Pienso que los proyectos de investigación –en su mayor parte empíricos- descritos detalladamente en ambos artículos, nos obligan a distinguir entre investigación psicoanalítica propiamente dicha (en lo sucesivo del «tipo 1») e investigación sobre, o alrededor de, prácticas basadas en un conocimiento psicoanalítico (en lo sucesivo del «tipo 2»). La investigación psicoanalítica del «tipo 1» nunca pierde de vista las estrictas exigencias del método analítico. Ello no impide que se haga investigación del «tipo 2» sobre temas que se apoyan en un conocimiento psicoanalítico, pero, como veremos, la distinción implica la adopción de diferentes políticas por parte de los institutos psicoanalíticos. La distinción también nos ayuda a entender mejor que muchos analistas se resistan a algunas formas de investigación más que a otras, pues pienso que la resistencia más importante apunta a la investigación que no está claramente situada respecto al «dato psicoanalítico nuclear» al que aludí. Se puede considerar que esa investigación en realidad representa, a la inversa, una resistencia objetiva a los fenómenos analíticos nucleares. Obviamente ambas resistencias deben ser superadas.

Aunque ambos artículos abogan por todo tipo de investigación, sin duda la investigación empírica está dotada del más alto estatus y el mayor prestigio científico. En mi opinión, los ejemplos aportados muestran que, en virtud de su naturaleza empírica, esas investigaciones necesariamente incumplen con la preservación de una posición estrictamente psicoanalítica, aun cuando parecen estar muy cerca del «dato psicoanalítico nuclear», como en el caso de la investigación del LPPRG y el proyecto de Kernberg sobre la psicoterapia centrada en la transferencia. Personalmente no tengo una opinión sobre el tema de las sesiones grabadas, abordado por Robertson et al, de modo que no discutiré ese aspecto. Sin embargo, a pesar de las afirmaciones en sentido contrario, pienso que «manualizar» la intervención del analista o estandarizar las metas del tratamiento son desviaciones sustanciales del método psicoanalítico. Por ejemplo, el manual del LPPRG bien puede ser escrito para favorecer la imprevisibilidad, pero ello se contradice claramente con la declarada «importancia de establecer metas terapéuticas en el psicoanálisis clínico», porque, para comenzar, de ese modo la atención libremente flotante del analista se ve fuertemente amenazada. Pero el problema es más profundo, pues lo que se transforma es todo el concepto de resistencia: establecer metas terapéuticas sugiere que el analista (o el paciente, o ambos) ya sabe, y está de acuerdo con, lo que debe cambiar; así, la resistencia se vuelve sobre todo resistencia al cambio observable, en lugar de señalar la realidad psíquica inconsciente. (Obviamente esta observación requeriría un debate «conceptual» más amplio, que aquí no tengo espacio para llevar a cabo). Soy totalmente consciente de que, dada la importancia de procedimientos estandarizados y reproducibles en la investigación empírica, la desviación es inevitable. Solo deseo subrayar que, debido a tal desviación, esa investigación es del «tipo 2» y que debe ser ubicada en consecuencia respecto a cualquier política de investigación de los institutos.

Permítanme repetir que, para mí, cualquier investigación es bienvenida, asumiendo que sigue principios éticos y metodológicos bien establecidos. Incluso la investigación que en una lectura rápida parece bastante alejada del psicoanálisis –como la investigación neurofisiológica- puede revelarse útil. Por ejemplo, el estudio encefalográfico de la percepción olfativa en conejos, de Walter J. Freeman, aporta reflexiones sobre la relación entre la psique y el mundo externo, el problema de la representación y, estirando un poco los conceptos, el del significado. Partiendo de hallazgos empíricos, Freeman retrata una “brecha solipsista” entre cerebro y mundo conforme a la cual el significado es construido “internamente”, y no recibido desde el exterior (Freeman, 1999). Por otro lado, el descubrimiento reciente de las así llamadas neuronas espejo (Rizzolatti & Arbib, 1998) sugiere un panorama distinto. Por supuesto que el tema es infinitamente más complejo, pero investigaciones como éstas, aunque aparentemente distantes de nuestro domino, pueden apoyar, desafiar o refinar nuestra comprensión de ciertos fenómenos, como la formación de fantasías, la identificación, la construcción de significado, la formulación de interpretaciones, etc. Sin embargo, permanece esta cuestión esencial: ¿cuál es la relación óptima entre una tal investigación y la posición psicoanalítica nuclear? Cuando los psicoanalistas participan en una investigación que aborda variables cuantificables, pronto se ven atrapados en un torrente de conceptos, teorías y métodos extraños al setting psicoanalítico. No obstante, los psicoanalistas pueden escoger entrar en ese torrente; lo importante es saber si, al reflexionar retrospectivamente –en tanto analistas- sobre su investigación, consiguen o no preservar lo que aquí llamaré «el cierre operacional del psicoanálisis».

«Cierre operacional» es un concepto de la biología teórica que da cuenta de la suma de mecanismos que proveen a una estructura viva de las fronteras vitales necesarias que la protegen del derrumbe (Varela, 1979). En la célula, este rol es desempeñado por la membrana y, análogamente, las estructuras vivas de cualquier nivel poseen una función equivalente: la piel, para el cuerpo humano; reglas de membrecía, para las sociedades de psicoanálisis, etc. Lo más importante es que la membrana provee una homeostasis dinámica que preserva a la estructura interna del colapso. Con este propósito, la estructura debe permitir la circulación de elementos entre el medio interno y el externo para impedir una descomposición interna. Por lo tanto, una membrana debe ser semi-permeable: debe admitir la novedad y a la vez proteger la estructura nuclear. Con esta analogía no estoy implicando que desearía que el psicoanálisis, en todos sus intercambios dinámicos con el “medio exterior”, permanezca inalterado. Me resulta fácil concebir que los hallazgos de la investigación, vengan de donde vengan, puedan acarrear revisiones parciales o totales de las teorías psicoanalíticas, así como cabe esperar que la investigación psicoanalítica de «tipo 1» pueda motivar nueva investigación y una eventual revisión en otras disciplinas. No obstante, lo que deseo recalcar es que si el psicoanálisis ha de mantenerse vivo requiere que los analistas, hagan lo que hagan fuera del setting analítico, no tarden en restablecer el cierre operacional cuando vuelvan a su labor psicoanalítica, sea práctica o teórica. Lamentablemente, esto está muy lejos de ser la regla. Como se mencionó antes, el objeto del psicoanálisis apunta a un frágil conjunto de fenómenos que necesitan de un setting apropiado para emerger. Ya sea que lo designemos como el inconsciente, el ello, lo reprimido, la realidad psíquica, o por cualquier otro nombre, estamos tratando con algo que, desde la perspectiva de las ciencias que buscan hechos cuantificables, sólo puede ser sentido como extraño. Por lo tanto, la búsqueda de un estatus científico a menudo hace que los investigadores analíticos resbalen imperceptiblemente, o a veces burdamente, fuera del perímetro analítico, cambiando la posición psicoanalítica por otras actitudes.

Mi punto es que no podemos ni debemos intimidarnos cuando nos topamos con otras disciplinas en nuestras fronteras, pero que en el proceso nunca deberíamos abandonar nuestra “piel” psicoanalítica semi-permeable. Tendríamos que poder integrar los hallazgos de la investigación dentro del perímetro trazado por la posición psicoanalítica. Esto implica que los psicoanalistas que se dedican a la investigación mantengan firmemente la distinción entre investigación del «tipo 1» y del «tipo 2», es decir, entre el objeto del psicoanálisis propiamente dicho y el de las disciplinas vecinas, ya se trate de estudios sobre los resultados del psicoanálisis o la psicoterapia, de psicología general, neurofisiología, sociología, filosofía o cualquier otra cosa.

Kernberg sugiere que esta preocupación por lo que llamo la “piel” psicoanalítica proviene de un miedo a perder la identidad psicoanalítica. Como alguien que cree que la “identidad psicoanalítica” es otro nombre para la resistencia del analista, yo tengo una opinión distinta. La diferencia que alego entre conocimiento científico y psicoanalítico puede considerarse como girando en torno al problema del reduccionismo. A falta de espacio, baste decir que aunque podría ocurrir que algún día la psicología se vea “reducida” a la “neurociencia cognitiva”, como ya lo sostienen importantes autores (cf. por ejemplo Gazzaniga, 1998), éste difícilmente es el caso para el psicoanálisis. Lo cierto es que, mientras la psicología trata con comportamientos que en última instancia pueden atribuirse al funcionamiento de un único aparato cerebro-cuerpo, el psicoanálisis trata con significado, o con su ausencia. El significado, junto con sus deficiencias, siempre discurre entre seres humanos y no entre circuitos cerebrales. Así, la irreductibilidad de la realidad psíquica (vs la realidad psicológica u otra que sea empírica) es, en mi opinión, uno de los postulados distintivos del psicoanálisis.

La política de investigación y las instituciones psicoanalíticas

Una posible objeción a lo que he estado escribiendo sería: «Suponiendo que los institutos psicoanalíticos consiguen preservar el cierre operacional que usted defiende, ¿no deberían entrenar a sus candidatos en todo tipo de investigación sistemática, como se sugiere en los dos artículos?». Si viviésemos en un mundo ideal, repleto de recursos materiales e intelectuales y desprovisto de política, la respuesta sería un sí rotundo. ¡Toma! El escenario real es diferente.

Considerando el estatus del que “goza” el psicoanálisis entre las entidades externas de financiación, la IPA comenzó a aportar modestos recursos para financiar investigaciones realizadas por sus miembros. Pero proyectos de investigación a gran escala como los del LPPRG requieren subsidios mucho mayores de los que puede proporcionar cualquier instituto o la IPA. Por lo tanto, pienso que debemos hacer elecciones respecto a qué tipo de investigaciones apoyar directamente. Kernberg sugiere que los institutos deberían alentar y formar a los candidatos para que desarrollen aptitudes en cualquier tipo de investigación sistemática. También defiende abiertamente la formación en psicoterapia para los candidatos en los institutos psicoanalíticos (un tema que no puedo abordar aquí adecuadamente). Yo votaría en contra de ambas propuestas; por diferentes razones en cada caso, pero con el común denominador de que los institutos ya están bastante sobrecargados con… bueno, la formación en psicoanálisis. Como Kernberg (1996) describió tan acertadamente en otro trabajo, los institutos ya están enfrentando serios problemas. Pero aunque estaría de acuerdo con él en que la investigación es parte de la solución, preferiría que los institutos se concentren en formar mejor a los candidatos en psicoanálisis propiamente dicho, y esto incluye a la investigación psicoanalítica (del «tipo 1»). En cuanto a la investigación del «tipo 2», creo que sus settings apropiados son los departamentos universitarios, donde cumpliría más efectivamente con sus requisitos específicos.

Resumiendo, pienso que la aptitud para la investigación en el analista es una ventaja y no tengo ningún problema en ver a éste último comprometido en cualquier tipo de investigación, antes, durante o después de su formación psicoanalítica. Sin embargo, no puedo evitar insistir en que, aun guardando cierto parecido con el conocimiento médico o psicológico, el tipo de conocimiento que implica el psicoanálisis propiamente dicho requiere de la habilidad del candidato -independientemente de su formación previa o presente- para establecer el “cierre operacional”, que resulta vital para la práctica psicoanalítica. Si tenemos en cuenta el frágil núcleo psicoanalítico al que vengo aludiendo y la universalidad de la resistencia al mismo -incluso dentro de los institutos y de las sociedades psicoanalíticas-, la formación para la investigación indiscriminada en los institutos psicoanalíticos pronto competiría con el respaldo a la posición psicoanalítica esencial y redundaría en beneficio de la resistencia al inconsciente. Por otro lado, resistirse a cualquier forma de investigación también podría reflejar una adhesión no-analítica a una teoría rígida. Por lo tanto, se debe permitir que la membrana semi-permeable funcione tanto dentro de los institutos como en otros settings psicoanalíticos. Sin embargo, recordemos que la posición psicoanalítica se consigue con cierta dificultad y es fácilmente dejada de lado incluso por bienintencionadas investigaciones científicas (del «tipo 2»). Por siempre frágil, la posición psicoanalítica sigue siendo nuestra razón principal para referirnos a nuestra disciplina como una aproximación específica a la condición humana. Éste es, pues, un alegato por una especie en peligro de extinción.

 

Notas

 *«Preserving the Psychoanalytic Stance: Research and the Operational Closure of Psychoanalysis», in Canadian Journal of Psychoanalysis; Fall 2004; 12, 2; ProQuest Psychology Journals pg. 217. Traducción: Deborah Golergant

(1) En Canadian Journal of Psychoanalysis; Fall 2004; 12, 2; ProQuest Psychology Journals.

 

Referencias

-Freeman, W. J. (1999). How brains make up their minds. London: Weidenfeld and Nicolson.
-Gazzaniga, M.S. (1998). The mind’s past. Berkeley. University of California Press.
-Kernberg, O.F. (1996). «Thirty methods to destroy the creativity of psychoanalytic candidates». International Journal of Psycho-Analysis, 77(5), 1031-1040.
-Rizzolatti, G., & Arbib, M.A. (1998). «Language within our grasp». Trends in Neurosciences, 21(5), 188-194.
-Varela, F. (1979). Principles of biological autonomy. New York: Elsevier-North Holland.

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