Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Presentación

En Más allá del principio de placer  (1920), Freud plantea su segundo dualismo pulsional  -Eros/ pulsión de muerte- e incluye a la pulsión sexual dentro de Eros. Cincuenta años después, en Vida y muerte en psicoanálisis (1970), Laplanche critica esta formulación freudiana afirmando que la pulsión de muerte es, en realidad, el aspecto atacante de la propia pulsión sexual, al que Freud había dado prioridad desde el comienzo de su obra hasta la «Introducción del narcisismo».

Desde la perspectiva que presentamos aquí, una característica esencial de la pulsión sexual es que no es innata; no tiene su origen en el propio individuo sino en el otro o, más precisamente, en el inconsciente del adulto que se relaciona con el niño. Este origen, doblemente exógeno, permite dar cuenta de su naturaleza no adaptativa, disruptiva. La pulsión puede ser pensada por oposición al instinto en la medida en que no depende de mecanismos endógenos, no cuenta con  objetos adecuados ni con acciones específicas que lleven a su satisfacción. Regida por el fantasma, no funciona según el “principio de constancia” (homeostasis) sino según el “principio de cero”, que se manifiesta más bien como la imposibilidad de retorno a un estado de equilibrio: a diferencia de la necesidad biológica, la pulsión es insaciable, nunca se deja de desear. Se diría que lo único que puede contenerla es un trabajo psíquico de simbolización, de ligazón; pero ese trabajo es siempre incompleto, insuficiente, incierto (Cf. el artículo de U. Hock).

Así, la  pulsión sexual es, en esencia, atacante para el yo; lejos de formar parte de Eros, se le opone. Y es interesante constatar que, incluso en 1910,  Freud sigue pensando que, en el conflicto psíquico, lo que se opone a la pulsión de vida  es la pulsión sexual  (Cf. el artículo de J. Laplanche).

¿Qué lleva a Freud a cambiar tan radicalmente de opinión sobre la pulsión sexual  como para ubicarla, a partir de 1920, del lado de Eros, de la vida y del amor? Laplanche piensa que el elemento clave para entender este “giro” es la introducción del narcisismo, con las dificultades que trajo en lo que respecta a la concepción del conflicto psíquico. Recordemos que inicialmente el conflicto era entendido como la oposición entre la sexualidad y la autoconservación (que en ese momento Freud asimila a las pulsiones –no sexuales- de vida, o del yo). Sin embargo, con la introducción del narcisismo aparece la idea de que la instancia yoica se constituye por identificaciones y, por lo tanto, está investida de libido, de modo que también se trata de una instancia sexual. Ahora bien, con el narcisismo la sexualidad se descubre ligada en complejos de representaciones, favoreciendo  la construcción de vínculos y  la integración de elementos dispersos en objetos totales. ¿Cómo pensar el conflicto psíquico a partir del descubrimiento de este otro aspecto de la sexualidad, tan opuesto al que encontrábamos en los Tres ensayos? El descubrimiento del narcisismo pudo haber llevado a Freud a la conclusión de que el conflicto se juega en el seno de la propia sexualidad, es decir, que la pulsión sexual funciona según dos regímenes enfrentados entre sí: ligazón y desligazón, principio de constancia y principio de cero, vida y muerte (Cf. el artículo de N. Padilha Netto y M. Rezende Cardoso).

Esta dualidad -que desde la perspectiva que aquí presentamos caracteriza el funcionamiento de la propia pulsión sexual- se distingue claramente del dualismo “pulsiones de vida/pulsión de muerte”, que postula dos esencias distintas en lugar de dos aspectos diferentes de una única pulsión. La introducción del dualismo pulsional trajo consigo muchas dificultades para explicar la movilidad psíquica asociada al cambio en los pesos respectivos de las dos fuerzas del conflicto. Desde que éste es concebido como la oposición de dos esencias irreductibles enfrentadas entre sí, esa movilidad se vuelve difícil de concebir, por lo que Freud se ve llevado a introducir cierto número de hipótesis adventicias que, sin embargo, no alcanzan para resolver las dificultades y contradicciones  teóricas que surgen en los años posteriores al “giro de 1920”  (Cf. el artículo de D. Scarfone).

¿Cómo se constituye la pulsión sexual en un organismo humano que, originalmente, solo cuenta con sus instintos y sus funciones vitales? ¿Cómo el cuerpo biológico se convierte en un cuerpo erógeno: capaz de experimentar una excitación cuyo alivio no depende de la satisfacción de las necesidades  pero, a la vez –por eso mismo-, parcialmente emancipado de las leyes de la naturaleza? La noción de apuntalamiento, que Freud introduce para pensar esta cuestión, resulta insuficiente. En efecto, si bien la constitución del cuerpo erógeno supone la pre-existencia de un cuerpo biológico, con necesidades vitales a ser satisfechas, el factor fundamental que hace falta considerar es que ese cuerpo debe ser erotizado por las personas encargadas de satisfacer esas necesidades.  Así, las fantasías inconscientes del adulto respecto al cuerpo del niño -que se expresan en la forma en que interactúa con él al momento de alimentarlo, tocarlo, limpiarlo, permitir o limitar sus juegos, etc.-  son la condición del apuntalamiento,  y dejarán su huella en la forma en que el niño, y luego el adulto, se represente y experimente su propio cuerpo (Cf. el texto de C. Dejours).

La sexualidad pulsional es el objeto de la represión. ¿Podemos esperar que no sea objeto de represión en nuestra propia teoría psicoanalítica? Pensar la pulsión según el modelo del instinto, las fantasías originarias como innatas,  los estadios libidinales como etapas de un desarrollo que tiende naturalmente a la sexualidad genital,  las relaciones intersubjetivas y de apego como lo que está en la base de una subjetividad y unos afectos desvinculados del concepto de pulsión, son algunas muestras de cómo este concepto a menudo se ve eclipsado en la propia teoría psicoanalítica (Cf. el artículo de H. Tessier).

Otra forma de eclipsar la pulsión es entender la sexualidad infantil – o pulsional- como equivalente a la sexualidad genital (edípica) del niño.  La sexualidad genital del niño no es un descubrimiento psicoanalítico: muchos pediatras, educadores, etc., habían señalado su existencia antes de Freud. Sin embargo, nadie antes de él había descrito las actividades orales o anales del niño como actividades sexuales. Los “malos hábitos” del niño que todavía no conoce la diferencia de sexos están asociados a fantasmas pre-edípicos que persisten en el adulto. Hablar de la sexualidad infantil como si se tratara de la sexualidad genital de los niños, ¿no es justamente desconocer la sexualidad infantil, tanto en el niño como en el adulto? ¿Cómo afecta ese desconocimiento cuando se trata del trabajo con niños? Si el adulto pasa por alto la existencia de su propia  sexualidad infantil, ¿no se expone a exacerbarla en el niño, incluso cuando su objetivo puede ser más bien ayudarlo a contenerla? (Cf. el artículo de M-K Yi).

Para mantener el postulado del conflicto psíquico, de una fuerza atacante que se opone al trabajo de simbolización y a los intereses del yo,  no es necesario apelar a una metabiología que contradiga la ciencia biológica; basta con una metapsicología que no pase por alto sus propios descubrimientos, en particular y especialmente aquél de la pulsión sexual.

Deborah Golergant

Apres-coup