Madrid, 19 del 06 de 2018
Síguenos en
Revista de Psicoanálisis

Presentación

 

 La teoría de la seducción generalizada cuestiona  que las diferencias de género se expliquen, en última instancia, por las diferencias biológicas entre los sexos. La elaboración de Laplanche sobre este tema se encuentra  en su artículo «El género, el sexo, lo  sexual»[1], donde intenta poner en relación esos tres conceptos:

-El género es asignado por los padres y adultos cercanos al niño desde su nacimiento, lo que supone que, antes de identificarse a uno de los dos géneros, el niño es identificado por los adultos como chico o chica. Pero  el proceso de asignación de género no está libre de conflicto y, a diferencia de Stoller, Laplanche insiste en ese aspecto. Según él, el proceso se lleva a cabo a través de lo que llama mensajes enigmáticos: en este caso, se trata de mensajes “interferidos” por significaciones, inconscientes para los propios adultos, asociadas al hecho de ser un chico o una chica.

– El sexo, según Laplanche, sirve para traducir/simbolizar los mensajes de asignación de género. Pero ello no significa que el sexo  biológico (XX o XY) determine que, en su momento, la niña se identifique con el género femenino y el niño con el género masculino, sino que la percepción de la diferencia anatómica de los sexos aporta un código de traducción. Ese código es el de la castración, es decir, la  teoría sexual infantil  según la cual existe un solo órgano sexual, el pene, que puede estar o no presente.

– Lo sexual, en este contexto, es el residuo inconsciente de la simbolización de los mensajes relativos al género mediante el código de la castración, es decir, la parte de los mensajes que, al  no lograr ser  simbolizada, queda reprimida. En su rigidez, el código de la castración -que se caracteriza  por una lógica de dos valores en relación de oposición absoluta (fálico/castrado)- deja necesariamente fuera de la simbolización a las múltiples formas que puede tomar lo sexual infantil, cuya naturaleza es esencialmente bisexual y polimorfa.

Ahora bien, a pesar de esta comprensión revolucionaria de la sexualidad, en psicoanálisis aún existe la tendencia a considerar a la diferencia anatómica de los sexos como «roca de origen» y como fundamento de la organización psíquica, lo que a menudo se traduce en una visión ideológica y normativa de lo que sería la madurez psico-sexual  (Cf. el artículo de S. Heenen-Wolf).

 Podría decirse  que  la simbolización que permite el código de la castración tiene como correlato una represión excesiva, en el sentido de que produce síntomas. Esos síntomas no solo son observables en la clínica a nivel individual (Cf. los artículos de M-K. Yi y P. de Carvalho), sino también a nivel social: la simbolización del género mediante el código de la castración, que implica una sobrevaloración de lo masculino y una desvalorización de lo femenino, determina una estructura social jerárquica de dominación de los hombres sobre las mujeres (Cf. el artículo de C. Dejours).

 Algunos teóricos de los gender studies ven en el pensamiento de Laplanche una herramienta para pensar el género desde un psicoanálisis crítico. Lo que estos autores aportan a la propuesta de Laplanche es que el código de la castración no solo sirve para simbolizar el género sino también para transmitirlo. En el lenguaje de Laplanche, se diría que no solo es un código de simbolización/traducción de mensajes enigmáticos, sino que también es el código desde el cual los adultos emiten los mensajes que se refieren al género (Cf. los textos de I. Quindeau y P. Molinier).

Pero teniendo en cuenta  los inconvenientes  que ese código presenta  como herramienta de simbolización -tanto por su rigidez como por la jerarquía inherente a sus valores: fálico/ castrado-,  ¿cómo podemos entender su fuerza simbólica  (su universalidad y el hecho de que perdure a través del tiempo)? Esta cuestión tampoco llegó a ser suficientemente trabajada por Laplanche. Una hipótesis es que, a pesar de las apariencias, el código de la castración no tiene por función principal la de simbolizar los mensajes relativos al género, sino la de re-simbolizar (après-coup) los mensajes que dieron lugar a las simbolizaciones/represiones originarias.

La represión originaria, con las simbolizaciones rudimentarias y las defensas auto-eróticas que le están asociadas, necesita de la represión secundaria para consolidarse,  y es en ese segundo momento que interviene el código de la castración.  Este código  se prestaría fácilmente a ser usado en una re-simbolización de la experiencia originaria del niño debido a la analogía existente entre los pares de opuestos “activo-pasivoy “fálico-castrado”. Al momento de la represión secundaria –cuando el niño se posiciona por relación al género-  el código de la castración ofrece una solución, socialmente compartida, al problema de la pasividad que caracteriza la posición inicial del niño frente al adulto. Esa «solución», correlativa de la realidad cultural e ideológica de las diferencias de género, permitiría una reelaboración del traumatismo inherente a la realidad objetiva e ineludible de las diferencias adulto-niño. Así,  se diría que el código de la castración facilita una re-simbolización que limita las angustias primitivas, pero al precio de limitar, a la vez,  las posibilidades, la libertad y la flexibilidad del yo (Cf. el artículo de F. Lattanzio y P. de Carvalho Ribeiro).

Deborah Golergant

Notas

[1] «Le genre, le sexe, le sexual» (2003), in Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, PUF, 2007. Traducido al español en Alter. Revista de psicoanálisis, nº2, 2006.

 

Deborah Golergant