Madrid, 19 del 08 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Presentación

Epistemología del psicoanálisis

 

¿El psicoanálisis y la psicología tienen objetos de estudio distintos, o se interesan por diferentes aspectos del mismo objeto? ¿Tiene sentido diferenciar la realidad psicológica de lo que Freud llamó «realidad psíquica»? ¿Es necesaria la distinción entre instinto y pulsión? Para definir el objeto del psicoanálisis, Laplanche se esforzó por distinguirlo del objeto de la psicología, lo que supone una reflexión sobre la relación y las conexiones entre ambos (Cf. el texto de A Azar). Pero esa distinción no siempre es admitida y, de serlo, no necesariamente es pensada del mismo modo por las diferentes escuelas psicoanalíticas. ¿Qué hacer cuando nuestras teorías entran en contradicción sobre cuestiones que consideramos esenciales, de modo que resulta poco realista aspirar a una “síntesis”? ¿Debemos simplemente tomar de cada una lo que nos parece ser “útil para el trabajo clínico”, o es necesario elegir un marco teórico a partir del cual poder seguir pensando y debatiendo? (Cf. el artículo de H. Tessier) .

A diferencia de la realidad psicológica, que puede estudiarse mediante métodos basados en el registro y/o la manipulación de variables cuantificables, la realidad psíquica inconsciente no es observable directamente y no se deja estudiar con esos métodos. Sin embargo, su existencia puede inferirse a partir de sus manifestaciones: actos fallidos, lapsus, síntomas y todo lo que agrupamos bajo el nombre de «formaciones de compromiso». No podemos predecir cuándo ni de qué manera el inconsciente dará muestras de su existencia; sin embargo, sabemos que ciertas situaciones favorecen que se dé a conocer, como ocurre especialmente en la situación analítica (1). La situación analítica puede pensarse como una relación transferencial cuya especificidad resulta de la implementación del método psicoanalítico, el único que se adecúa al estudio de nuestro objeto (2).

Sabemos que la implementación del método psicoanalítico pasa por pedirle al paciente que diga todo lo que se le ocurra, evitando censurar su propio discurso. Pero tal vez la condición necesaria para abrir realmente esa posibilidad es que el analista sea capaz de respetar, a su vez, la «regla fundamental» que debe regir su escucha. Esa regla consiste en dedicar la misma atención a cada uno de los elementos del discurso del paciente, suspendiendo tanto el juicio crítico como las expectativas respecto a su sentido y a su intención (3). Esa atención «igualmente suspendida» supone, por ejemplo, que lo que se repite con insistencia no tiene más importancia que un detalle mencionado de paso, o que un comentario “trivial” se pone en el mismo nivel que el tema “central” (4).

Así, la «neutralidad analítica» iría mucho más allá del hecho de abstenerse de dar consejos o expresar opiniones; se relacionaría estrechamente a esa «atención igual» y a lo que llamamos «rehusamiento del saber» por parte del analista. Según Laplanche, este rehusamiento no consiste en que el analista se abstiene de comunicar al paciente un conocimiento que posee, sino que más bien se refiere a un rehusamiento objetivo: no es posible saber “la verdad sobre el sufrimiento del paciente” ni a dónde debe conducir su proceso analítico; y puede resultar paradójico que los esfuerzos del analista deban orientarse más bien a no abandonar esa actitud de no saber, que es la que permite la escucha analítica (5).

El método psicoanalítico no podría entenderse, entonces, como un caso particular de hermenéutica, donde las teorías del analista se usarían como claves de lectura -o herramientas de interpretación- para descifrar un sentido oculto bajo el discurso manifiesto del paciente. Lejos de ser una hermenéutica, el método psicoanalítico intenta poner en cuestión el sentido manifiesto del discurso del paciente mediante la deconstrucción de su forma lógica aparente. Se trata de señalar en él contradicciones, olvidos, desvíos, oscilaciones y todo aquello que disminuye su coherencia, con el objetivo de permitir un levantamiento parcial de la represión (que se traduce en  nuevas asociaciones). Eventualmente, e inevitablemente, ese análisis dará lugar a una nueva articulación, a un nuevo discurso o una nueva síntesis capaz de incluir e integrar parte de lo que había permanecido reprimido, pero la tarea de esa nueva construcción le corresponde al paciente, no al analista (Cf. el artículo de M-K Yi).

Ahora bien, es importante recordar que el método psicoanalítico no sirve únicamente, o necesariamente, a fines terapéuticos. Ciertos trabajos de Freud (6) evidencian su potencial esclarecedor cuando se utiliza en el estudio de obras o fenómenos culturales. Mostrar la fecundidad del uso del método analítico en el estudio de la obra de Freud -obra cultural mayor- es una de las contribuciones más importantes de Jean Laplanche al psicoanálisis. Para Laplanche, ser fiel a Freud significa ser fiel al método freudiano, aun cuando éste se ponga al servicio de la deconstrucción de la propia obra de Freud -mostrando sus contradicciones, inconsistencias e impases- para dar lugar, eventualmente, a una re-construcción de su teoría. Laplanche observa una suerte de analogía entre la construcción de la teoría psicoanalítica y la génesis del aparato psíquico, objeto de estudio de esa teoría. Así, la construcción teórica de Freud, movida por una exigencia de comprensión, supone también, inevitablemente, extravíos: formaciones sintomáticas en el texto que tienen su origen en algo equiparable a una represión inicial. En el caso del pensamiento freudiano, Laplanche ubica esa represión en el abandono de la teoría de la seducción, según la cual la sexualidad infantil tenía un origen exógeno (Cf. los artículos de MT. de Melo Carvalho y N. Ray).

Esa semejanza entre la génesis del aparato psíquico y la construcción de la teoría también la encontramos en la figura temporal que caracteriza ambos procesos: aquélla del après-coup, con su «dialéctica de un demasiado pronto (de ciertos descubrimientos cuyo alcance es incomprensible) y un demasiado tarde (de ciertas conclusiones que hubieran podido impedir fracasos)» (7). La reformulación que hace Laplanche de la teoría freudiana de la seducción es un ejemplo de esa dialéctica propia del après-coup (Cf. el artículo de U. Hock).

Considerando lo dicho hasta aquí, ¿cómo definir una investigación psicoanalítica? ¿Se trata simplemente de una investigación cuyo marco teórico utiliza conceptos del psicoanálisis, o supone la implementación del método psicoanalítico? La escucha analítica, la regla fundamental que la sostiene, ¿puede ponerse en práctica en investigaciones llamadas «empíricas»? Una investigación empírica debe partir de hipótesis bien definidas y manejar variables susceptibles de ser medidas. El “analista-investigador”, entonces, no podrá dejar de tener en mente su hipótesis y probablemente prestará una atención especial a las variables relevantes para su estudio. ¿Es posible conciliar el método empírico con la escucha «parejamente suspendida» que caracteriza el método analítico, o se trata de procedimientos mutuamente excluyentes? (Cf. D. Scarfone, «Preservando la posición psicoanalítica»)

Por otro lado, en lo que respecta a los informes clínicos, ¿se trataría de registrar lo más exactamente posible lo ocurrido en el encuentro con el paciente o, en el caso de nuestra práctica, un registro fiel supondría más bien una transcripción que consiga hacernos sentir lo que ese encuentro movió internamente tanto en el paciente como en el analista, es decir, aquello que se presenta como enigmático para ambos? (Cf. D. Scarfone, «Verdad de un texto»).

 

Deborah Golergant


Notas


(1)Cf. «Extractos de una conversación con Jean Laplanche. Declaraciones reunidas por Alberto Luchetti», en Alter. Revista de psicoanálisis, nº3, 2007, p. 3.

(2) Cf. Jean Laplanche, «De la transferencia: su provocación por el analista», en La prioridad del otro en psicoanálisis, AE, p.181-182 «Metas del proceso analítico», en Entre seducción e inspiración: el hombre, AE, p. 193-194.

(3) A esto se refiere Laplanche con la expresión «suspensión de las “representaciones-meta”» (Cf. por ejemplo La cubeta. Trascendencia de la transferencia. Problemáticas V, AE, p. 195; «El didáctico: un psicoanálisis de encargo» o «Las metas del proceso analítico», en Entre seducción e inspiración: el hombre, AE, 2001, pp. 102 y 184).

(4) Cf. La cubeta. Trascendencia de la transferencia. Problemáticas V, AE, pp. 127-130.

(5) Cf.J. Laplanche,  La cubeta. Problemáticas V, AE, p. 268, 183;  Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, AE, p. 158-161; «De la transferencia: su provocación por el analista», en La prioridad del otro en psicoanálisis, AE, p. 182-183.

(6) Por ejemplo, en «El Moisés de Miguel Ángel» nos habla del método de un conocedor de arte -que se dedicó a revisar la autoría de muchos cuadros- en estos términos: «… debía prescindir de la impresión global y de los grandes rasgos de una pintura, y destacar el valor característico de los detalles subordinados […] Creo que su procedimiento está muy emparentado con la técnica del psicoanálisis médico. También éste suele colegir lo secreto y escondido desde unos rasgos menospreciados o no advertidos, desde la escoria -«refuse»- de la observación». AE, v. XIII.

(7) Cf. en este número, U. Hock, « Jean Laplanche: corte, ruptura, après-coup(ura) en su obra», p. 4.

 

Apres-coup