Madrid, 21 del 01 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Masculinidad y celos desde la perspectiva de la teoría de la seducción generalizada*
Paulo de Carvalho Ribeiro

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Resumen: Partiendo de las contribuciones freudianas sobre las relaciones de los celos con la proyección y la homosexualidad, en este artículo se propone una recuperación del papel del masoquismo primario y de la identificación femenina como elementos esenciales para la comprensión de los celos patológicos masculinos. Desde la perspectiva de la teoría de la seducción generalizada propuesta por Jean Laplanche, las condiciones originarias de la constitución del psiquismo están relacionadas tanto al masoquismo primario como a la identificación femenina. Según este autor, la situación antropológica fundamental se define como la situación asimétrica entre el adulto, portador de una sexualidad inconsciente, y el niño, desprovisto de recursos psíquicos para lidiar con los mensajes sexuales del adulto.    

Palabras-clave: celos, masculinidad, masoquismo. 

En el primer párrafo de su texto sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, Freud (1922) parte de la aproximación entre los celos y el duelo, en lo que respecta al carácter frecuentemente normal de esos dos estados afectivos, para luego distinguir tres  estadios  de los celos, a saber, los celos competitivos o normales, los proyectados y los delirantes. En la descripción de los celos normales encontramos un breve relato de las fantasías de un hombre celoso, cuyo contenido impresiona por sintetizar lo que consideramos esencial para el abordaje de los celos masculinos desde la perspectiva del sufrimiento psíquico. La importancia de ese relato justifica que lo citemos íntegramente:

«Y aun sé de un hombre que padecía cruelmente con sus ataques de celos  y que, según sostenía, era traspasado por las torturas más terribles al trasladarse inconscientemente a la posición de la mujer infiel. La sensación de encontrarse inerme, las imágenes que hallaba para su estado –como si él, cual Prometeo, hubiera sido expuesto para pasto de los buitres o, encadenado, lo hubiesen arrojado a un nido de serpientes-, las refería a la impresión de varios ataques homosexuales que había vivenciado de muchacho » (Freud, 1922, p. 217-218).

Difícilmente encontraríamos una aproximación más nítida entre los celos y la situación de desamparo que caracteriza los primeros meses de vida del bebé humano. Obviamente, aquí no se trata de la simple incapacidad para sobrevivir con los escasos recursos fisiológicos y motores de ese periodo inicial, sino de la dimensión de desamparo que nos permite hablar de una situación antropológica fundamental (Laplanche, 2007) -definida como situación de pasividad del bebé ante la sexualidad inconsciente del adulto- y de los efectos traumáticos de una inevitable seducción producto de esa situación. Por lo tanto, dejamos claro desde ahora que abordaremos el tema del sufrimiento psíquico causado por los celos desde la perspectiva de la teoría de la seducción generalizada de Jean Laplanche.

Celos y masoquismo primario

Entre los varios caminos que podríamos tomar en este intento de relacionar el sufrimiento causado por los celos con la seducción originaria, la vía del masoquismo primario se impone por los motivos que presentaremos en seguida y que, a decir verdad, ya se encuentran muy bien indicados por el carácter masoquista de las fantasías del hombre celoso relatadas por Freud en el pasaje citado arriba. Comencemos, entonces, por la presentación de los argumentos que justifican la aproximación entre seducción originaria y masoquismo primario. 

 Siguiendo algunos marcos establecidos por Laplanche (1968/1992) en su texto sobre  el masoquismo, podemos afirmar que la seducción originaria crea las condiciones para que el masoquismo se constituya como posición libidinal originaria. Entre los factores que contribuyen a ello, destacamos, como los principales, los siguientes: la pasividad del niño ante los mensajes comprometidos por la sexualidad consciente e inconsciente del adulto, el carácter invasivo de todos esos mensajes, la prioridad del registro corporal en la implantación de los mismos y la inevitable conexión de esos mensajes con la fantasía.

Sobre el carácter invasivo de los mensajes, es necesario insistir en el hecho de que cualquier invasión supone un límite a ser atravesado; por lo tanto, algo como una delimitación del yo debe responder por la existencia de ese límite en forma de representación psíquica. Sin embargo, la trampa paradójica de la seducción se sitúa justamente en la precedencia de la invasión por relación a la existencia del límite a ser invadido, es decir, el yo. Cuando éste se crea, delimita automáticamente un cuerpo que ya fue invadido y, por ello,  pasa  a contener elementos internos atacantes.

La prioridad del registro corporal en la situación de seducción originaria proviene, en última instancia, del hecho de que la manipulación del cuerpo es la condición fundamental de la supervivencia del bebé, y esa manipulación se da tanto en el sentido del holding (Winnicott, 1988) como en el sentido de la intrusión, lo que quiere decir que incluso las manipulaciones más tiernas y delicadas pueden adquirir, après-coup, un carácter de invasión. En otras palabras, siguiendo a Jacques André (1995/2002) podemos afirmar que, originariamente, el cuerpo del bebé es una superficie expuesta a la invasión y a la imposición de sensaciones.

Si ahora tomamos el carácter invasivo de la seducción en su relación con las fronteras corporales, resulta claro que la fantasía inducida en el infante por el mensaje sexual del adulto deberá guardar alguna relación con esos factores. Cuando Laplanche toma como ejemplo típico del efecto de la seducción originaria a la fantasía clásica cuyo enunciado es “pegan a un niño” o “mi padre le pega a mi hermanito o hermanita”  (Freud, 1919, p. 182), además de la intención de mostrar la efectividad del mensaje como  llamado a la traducción, también podemos constatar la nítida referencia al inevitable ataque a las fronteras corporales inherente a la seducción. Así, la fantasía masoquista se revela como una consecuencia ineludible de la naturaleza invasiva de los mensajes sexuales del adulto.

En su lectura del texto «El problema económico del masoquismo» (Freud, 1924) desde la perspectiva de la seducción generalizada, Laplanche (1968/1992) identifica un extravío del pensamiento freudiano semejante al que puede observarse en los desarrollos de la teoría de la seducción desde su formulación inicial presentada en los «Estudios sobre la histeria» (Freud & Breuer,1893-95) y en la correspondencia con Fliess. Al adoptar un punto de vista endógeno y biologizante, la teoría del masoquismo sufre un extravío similar, cuyo principal responsable es la explicación metapsicológica fundada en la oposición entre pulsión de muerte y pulsión de vida.

Según Freud  (1924), el masoquismo sería el resultado del tratamiento erótico (pulsión de vida) sufrido por los residuos internos de la pulsión de muerte. El masoquismo erógeno, que Freud considera estrictamente corporal -en el sentido de una búsqueda del orgasmo a través del dolor-, se toma como evidencia del tratamiento libidinal de la pulsión de muerte. La fantasía masoquista, componente esencial del masoquismo, queda entonces restringida al masoquismo femenino y se entiende como secundaria por relación al elemento tanático endógeno, mientras que el masoquismo moral pasa a verse como el estadio final, desexualizado, donde el yo sufre el castigo del superyó.

Sorprendentemente, en ese mismo texto de 1924  Freud habla de una superposición de lo infantil,  lo pasivo y lo femenino en el masoquismo, pero, aunque promete explicarla, no lo hace. Como bien señala Laplanche (1968/1992), esa superposición, contraria a la tesis canónica del carácter masculino de la sexualidad precoz en ambos sexos,   constituye una pista de la existencia de otra corriente de explicación teórica, de la que Freud se habría extraviado.

Otro punto a ser destacado es la recuperación, en «El problema económico del masoquismo» (Freud, 1924), de la teoría de la co-excitación formulada en los «Tres ensayos de teoría sexual» (Freud, 1905): «Es posible que en el organismo no ocurra nada de cierta importancia que no ceda sus componentes a la excitación de la pulsión sexual» (p. 186). La co-excitación puede concebirse de dos maneras: si el énfasis se coloca en las funciones autoconservativas, se trata de una concepción endógena de la co-excitación; pero si el énfasis se coloca en el aporte del otro, tenemos una concepción exógena. Al otorgar a la teoría de la co-excitación su lugar en la seducción originaria, Laplanche (1968/1992) deja claro que la invasión seductora del otro debe ocupar el lugar de la pulsión de muerte.

Por otro lado, en «El problema económico del masoquismo» (1924) encontramos una incesante confusión entre displacer y dolor. Freud olvida su clásica teoría del dolor, que establece la ruptura de un límite como su principio fundamental. Superando la oposición simple en la que el displacer resulta de un aumento de la excitación y el placer de una disminución de la excitación, Freud reafirma el eventual carácter placentero del aumento de la excitación, cuyo prototipo es la excitación sexual.

Ahora bien, para Laplanche (1968/1992) no se trata de pensar el masoquismo como «displacer = placer», sino como «dolor = placer», es decir: efracción de los límites corporales/yoicos = excitación = placer. De esta forma, en la medida en que la teoría de la co-excitación sustenta la existencia de una excitación proveniente del otro, establece los fundamentos metapsícológicos de la seducción originaria y la coloca en relación directa con el masoquismo primario. Así, el problema económico del masoquismo se resuelve con la introducción de un elemento no-económico, a saber, el mensaje del otro y su poder de resituar la fantasía en el origen de la sexualidad. Finalmente podemos afirmar, con Laplanche, que la fantasía masoquista se presenta como la expresión libidinal de una conjunción originaria entre la invasión por el otro y la excitación sexual.

Celos y homosexualidad masculina

Ahora retomemos el texto sobre celos, paranoia y homosexualidad (Freud, 1922). Primero localizaremos las tesis freudianas sobre la génesis de la homosexualidad para, luego, abordar la paranoia antes de volver a los celos. Las consideraciones que acabamos de exponer sobre masoquismo y seducción originaria nos ayudarán a fundamentar la lectura crítica de las tesis freudianas y la propuesta de nuestras propias ideas sobre estos temas.

La relación entre la homosexualidad y los celos es innegable, por lo menos en el caso de los celos masculinos delirantes. Pero cuando consideramos la teoría freudiana sobre la génesis de la homosexualidad masculina y su relación con la teoría sobre la génesis de los celos delirantes, la gran pregunta que surge, en nuestra opinión, se refiere a la compatibilidad entre esas dos teorías. De manera muy precisa y directa, la pregunta que nos hacemos puede formularse en los siguientes términos: las tesis de Freud sobre la homosexualidad masculina ¿facilitan o dificultan la comprensión de los celos delirantes?

Muchas de las ideas que Freud presenta en sus textos sobre Leonardo (1910) y Schereber (1911) son retomadas en su artículo de 1922. Las tres tesis que constituyen los pilares de la comprensión freudiana sobre la homosexualidad masculina son: 1) Al final de la pubertad, el adolescente intensamente vinculado libidinalmente a la madre transforma ese vínculo objetal en identificación y pasa a elegir como objetos amorosos a jóvenes como él mismo para poder amarlos como su madre lo amó. La extraordinaria fijación libidinal a la madre contribuye de manera decisiva a la dificultad para sustituirla por otros objetos femeninos, de tal forma que la identificación con ella puede entenderse como una estrategia para mantenerse fiel al primer objeto de amor. 2) Entre los hombres  homosexuales existe una tendencia a la elección de objeto narcisista, supuestamente «más  asequible y de ejecución más fácil que el giro (…) hacia el otro sexo» (Freud, 1922, p. 224). 3) La importancia del complejo de castración es fundamental en esos casos, pues refuerza la elección narcisista al establecer como condición de la investidura libidinal la presencia del órgano masculino en el objeto, además de aportar una estrategia de fuga de la rivalidad y eventual retaliación paterna mediante la renuncia al objeto heterosexual.

A esos tres motivos explicativos de la homosexualidad masculina, ya presentes en el pensamiento de Freud por lo menos desde 1910, se añade un cuarto motivo que nos interesa particularmente en la medida en que se refiere a la seducción:

  «Vínculo con la madre, narcisismo, angustia de castración: he ahí los factores (en manera alguna específicos, por lo demás) que habíamos descubierto hasta el presente en la etiología psíquica de la homosexualidad, y a ellos se sumaban todavía la influencia de la seducción, culpable de una fijación prematura de la libido, así como la del factor orgánico, que favorece la adopción de un papel pasivo en la vida amorosa » (Freud, 1922 p. 225).

Es muy posible que Freud haya añadido ese cuarto motivo a partir de la consideración del caso del “Hombre de los lobos” (Freud, 1918),  en el cual la seducción precoz por la hermana y una supuesta preponderancia orgánica de la libido anal habrían contribuido a la inclinación homosexual de su paciente ruso. Además, es oportuno recordar que la fantasía de otro paciente de Freud, citada al inicio de este artículo, cuyos celos por la mujer lo llevaban a colocarse en el lugar de ella -imaginándose a sí mismo en una posición pasiva y masoquista-, fue asociada por el propio paciente a los ataques homosexuales que sufrió cuando aún era niño.

Pero lo que de hecho nos interesa en ese cuarto motivo es la inclusión de un factor de alteridad en la explicación de la sexualidad masculina. A diferencia  de la fijación a la madre o del narcisismo fálico, que aparecen como factores que podrían calificarse de innatos, la seducción viene a introducir la fuerza determinante del otro, tanto en los mecanismos de la identificación como en la elección objetal.

De hecho, la naturalidad con que Freud establece que la madre es el primer objeto que el niño inviste libidinalmente aporta todas las evidencias de su creencia en la fuerza que la determinación biológica ejerce en esa elección. Aunque aquí no tenemos la intención de retomar todas las críticas al hecho de atribuir al instinto una fuerza semejante, capaz de asegurar el deseo sexual del niño por la madre, ni tampoco pretendemos retomar las objeciones a la atribución de un valor narcísico innato al órgano masculino, es imprescindible señalar la relación de ese sesgo teórico con una concepción de la identificación en la cual la investidura libidinal del objeto se encuentra claramente separada de los procesos identificatorios. 

En «Psicología de las masas y análisis del yo» (Freud, 1921), esa distinción se lleva hasta sus últimas consecuencias cuando Freud plantea, en el caso del niño, una identificación primaria al padre de la pre-historia del complejo de Edipo, concomitante y completamente distinta de la investidura libidinal a la madre. Separar identificación e investidura libidinal responde a la necesidad de proteger la supuesta masculinidad primaria del niño contra la posibilidad de una feminidad primaria resultante de la identificación, también primaria, con la madre.

Sobre esa identificación primaria, resulta fundamental aclarar que no se trata solo, ni principalmente, de un tipo de asimilación de los modos de ser de la madre -tomada como representante del género femenino-, a semejanza de lo que propone Robert Stoller (1975) al hablar del imprinting de la feminidad a partir del contacto excesivamente próximo y constante de los niños altamente afeminados, estudiados por él, con sus madres. Siguiendo una vía abierta por Jacques André (1995), consideramos que el factor decisivo en la constitución de la identificación femenina primaria es la situación de exposición de los bebés humanos a la penetración generalizada, inherente a la seducción originaria. Los orígenes femeninos de la sexualidad se confunden con el proceso de traducción/simbolización de las vivencias de pasividad y de susceptibilidad a la intrusión, anteriores al surgimiento de las instancias psíquicas y, por lo tanto, anteriores a la existencia del yo en los bebés (cf. Ribeiro, 2007; Ribeiro, Carvalho, Ribeiro, Lucero & Araújo, 2011).

 Identificación femenina y celos

Por lo tanto, existe la posibilidad de una explicación teórica de la homosexualidad masculina basada en la represión de una identificación femenina primaria, indisociable de los efectos traumáticos de la seducción originaria. Algunas mociones pulsionales homosexuales en los hombres, tanto si permanecen inconscientes como si se tornan manifiestas, guardan  relación con la posición pasiva de la seducción originaria, absolutamente convergente con la posición masoquista originaria tal como la describimos a partir de la teoría de la seducción generalizada.

 Todos los elementos teóricos reunidos hasta aquí  nos permiten  retomar la relación entre homosexualidad masculina, paranoia y celos delirantes desde la perspectiva de la identificación femenina primaria reprimida. Al seguir esta vía, la ganancia principal que puede obtenerse por relación a la explicación freudiana es la vinculación directa de esas dos manifestaciones patológicas con los elementos reprimidos más significativos en términos de la constitución psíquica. La comprensión de los mecanismos involucrados en una perturbación psicopatológica tan importante, como es el caso de la paranoia, nos parece requerir conceptos que nos aproximen más a los orígenes del psiquismo que el concepto de proyección, adecuado a las transformaciones gramaticales de la proposición intolerable «yo [un varón] lo amo» (Freud, 1911, p. 31).

A pesar de la clara relación de la proyección con lo reprimido, afirmada por Freud (1911) en el análisis de las memorias de Schreber y reafirmada enfáticamente en el texto de 1922, la convicción de que en esos casos el contenido reprimido se refiere exclusivamente a una «homosexualidad fermentada» (einer vergorenen Homossexualität) (Freud, 1922, p. 219) restringe mucho el alcance de la explicación freudiana. Sobre todo cuando recordamos que Freud entiende el origen de la homosexualidad masculina como un proceso eminentemente edípico, que se manifiesta en la adolescencia y resulta, en última instancia, del excesivo apego libidinal a la madre y del excesivo valor narcísico conferido al órgano masculino. Ahora bien, esas son posiciones subjetivas que nos distancian mucho de la condición de pasividad y de ser invadido que caracteriza los orígenes del psiquismo, donde consideramos más pertinente buscar los elementos fundamentales de los mecanismos psicopatológicos determinantes de la paranoia. Basta con que atendamos a algunos aspectos prominentes de la paranoia y de los celos delirantes para que vislumbremos la relación de esos fenómenos con mociones pulsionales enraizadas en los orígenes pasivos y masoquistas de la constitución psíquica. Haciendo abstracción de la controvertida diferenciación entre esquizofrenia paranoide y paranoia, podemos tomar el emblemático caso Schreber como evidencia incuestionable de la condición sumisa en la que se encuentra el psicótico frente a las formaciones delirantes y alucinatorias que lo dominan. La presencia de convicciones delirantes y vivencias alucinatorias relacionadas a todo tipo de invasión, abuso, transformación y manipulación del cuerpo, no es una característica específica de las manifestaciones psicopatológicas de Schreber. Ellas constituyen la norma en los casos de psicosis delirantes crónicas, del mismo modo como el carácter feminizante de esas vivencias es constatado en un número impresionante de pacientes hombres.

Centrándonos ahora en los hombres afectados por delirios celotípicos, la búsqueda incesante y obstinada de los detalles más ínfimos e íntimos de las supuestas escenas de traición no deja lugar a dudas respecto a la identificación inconsciente del celoso con la mujer supuestamente infiel. El testimonio del paciente de Freud, que se imaginaba en el lugar de la mujer adúltera y, al hacerlo,  daba rienda suelta a sus propias fantasías de pasividad y sumisión al abuso invasivo y penetrante del otro, está lejos de ser una excepción.

Para citar solo un ejemplo, nada mejor que una pequeña muestra de los testimonios de Simón, uno de los casos de celos patológicos estudiados por Daniel Lagache (1947), detalladamente relatado en su clásico libro sobre los celos amorosos. El siguiente pasaje nos informa sobre su gusto e interés por la revelación, por parte de su amante, de los detalles de sus relaciones con otros hombres.

«Simón no parece propenso a los celos retrospectivos. Su pareja llegó a hacerle confidencias de extrema precisión sobre su vida pasada, que nos llevan a verla bajo la doble perspectiva de la lubricidad y de la infidelidad. Ella las presenta como confesiones que alivian su consciencia, encontrando en ello tal vez más una excitación y un placer que un consuelo moral. Cuanto más participa Simón de la intimidad de su amante y cuanto más se satisface su deseo de conocer todos sus pensamientos, más entra en el juego» (Lagache, 1947 p. 437)[2]. 

Paralelamente al gusto por la revelación de las experiencias sexuales pasadas y actuales de su amante con otros hombres, Simón admite su identificación con ella y el efecto de comprensión y aceptación que eso le asegura:

«Me esfuerzo por ponerme en su lugar, por imaginar que soy ella. Entiendo mejor cómo me quiere, sé que piensa mucho en mí y que no es como yo la imagino tan frecuentemente, al acecho de cualquier ocasión [para traicionarlo] » (Lagache, 1947, p. 536).

Al comparar ambos casos, el del paciente de Freud y el de Simón, tenemos dos vertientes casi opuestas de identificación con la mujer supuestamente infiel. En el primer caso se trata de una identificación donde se acentúan las manifestaciones fantasmáticas de las mociones pulsionales más intolerables y reprimidas, mientras que, en el segundo caso, el hombre celoso intenta tranquilizarse por medio de la identificación, atribuyendo características a su amante que se oponen, o por lo menos suavizan, el poder perturbador  de las fantasías que él mismo fabrica sobre el carácter incontrolable y desatado de la vida sexual de ella. Sea con la intención de aproximarse subjetivamente a la posición pasiva y masoquista primaria, sea con la intención de distanciarse de ella, la identificación del celoso paranoico con la mujer infiel siempre se manifiesta, evidenciando así la superposición de lo que Freud tanto insistía en mantener separado, a saber, la investidura objetal y la identificación.

Esas evidencias de la importancia de la identificación en los celos nos llevan a considerar algunas particularidades de la proyección, clásicamente asociada a este fenómeno. A nuestro entender, la idea de que el hombre celoso proyecta en su pareja la infidelidad que él mismo practica o desea realizar preserva una identidad masculina incluso en los casos en que se trata de un deseo homosexual proyectado. De hecho, si la transformación de la frase «yo [un varón] lo amo» en «ella lo ama» fuese solo una proyección, nada permitiría suponer que la identidad masculina del sujeto de la primera frase estuviera en cuestión.

El carácter delirante tantas veces adquirido por los celos, así como su  asociación con la psicosis, requiere explicaciones que contemplen otros fenómenos presentes en esas psicopatologías delirantes crónicas. En el caso de hombres psicóticos delirantes crónicos, el empuje a la mujer, según el término usado por Lacan (1973) para denominar los fenómenos delirantes y alucinatorios de feminización, difícilmente podría explicarse solo por la proyección.

Tomando una vez más el caso Schreber como ejemplo, la idea de una homosexualidad proyectada se muestra absolutamente insuficiente cuando constatamos que no se trataba, en modo alguno, de un impulso a colocarse como hombre en relación con otro hombre, sino de un imperativo de transformarse en una mujer que sería penetrada por los rayos divinos para concebir una nueva categoría de seres humanos. En este caso, la transformación de la aserción «yo (un hombre) lo amo» en «yo no lo amo, lo odio (porque me persigue)» deja de lado la característica más notable de la persecución, que podría anunciarse así: «él quiere transformarme en mujer».

A partir de estas consideraciones, podemos formular la hipótesis de que los celos patológicos de los hombres, además de apoyarse en el mecanismo de la proyección, se basan también en la identificación. Imaginar la escena de infidelidad y tener la convicción de su realidad es una forma de actualizar y, al mismo tiempo, desconocer la identificación con la mujer infiel. En ese sentido, querer controlar cada paso y cada pensamiento de la amante, esposa o pareja es un intento desesperado de contener una exigencia pulsional que se realiza en la propia obstinación con el control, ya que éste es indisociable del deseo de que la infidelidad sea un hecho. Quien traiciona al celoso delirante no es propiamente la esposa o la amante; en realidad él es traicionado por una identificación que no puede ser reconocida y que le exige una realización de deseo tan prohibida como la infidelidad.

Los excesos pulsionales del hombre al imaginar la escena de adulterio,  que casi invariablemente incluyen en ella la degradación de la mujer y la presencia de elementos sadomasoquistas, vienen a revelar  que la raíz de los celos patológicos se encuentra en la situación originaria de pasividad del niño frente al «abuso» sexual inconscientemente cometido por el adulto en la seducción originaria. La convergencia de lo infantil, lo femenino y lo pasivo, sorprendentemente afirmada y no explicada por Freud (1924) en «El problema económico del masoquismo», encuentra así, en los celos patológicos de los hombres, uno de sus lugares de plena realización.

Sería engañoso suponer que esa dimensión identificatoria de los celos se restringe a los casos patológicos. Al asociar los celos de los hombres a las condiciones originarias en las que tiene lugar la constitución psíquica, en realidad nos estamos ocupando de fenómenos cuyo alcance sobrepasa ampliamente el campo de las patologías psíquicas. Así, nos vemos llevados a una conclusión sobre la sexualidad masculina en general, que quisiéramos explicitar por medio de una breve consideración respecto de la hipótesis de Silvia Bleichmar sobre este tema. En su libro titulado Paradojas de la sexualidad masculina (2007), después de un largo recorrido teórico intercalado por relatos de asistencia clínica prestada por ella y de estudios antropológicos realizados por otros autores, la psicoanalista argentina formula la siguiente hipótesis:

«Afirmé la hipótesis de que la identificación masculina en términos de sexo (no de género) se constituye por la introyección fantasmática del pene paterno, es decir, por la incorporación anal de un objeto privilegiado que articula al sujeto sometiendo su sexualidad masculina a un atravesamiento, paradójicamente, femenino. En este sentido, así como es imposible el posicionamiento femenino sin pasar por el atravesamiento fálico, la masculinidad sería impensable sin brindarse fantasmáticamente a una iniciación por medio de la cual otro hombre brinda al niño las condiciones de la masculinidad» (Bleichmar, 2007, p. 235-236).

Reafirma esa misma hipótesis al comentar el punto de vista de Bernard Sergent (1986), cuyo libro sobre la homosexualidad en la mitología griega se convierte en una referencia fundamental sobre el tema. Silvia Bleichmar (2007) considera limitada la afirmación de Sergent según la cual los hombres, así como hablan lenguas diferentes y se casan siguiendo procedimientos variados, escogerían, en cada cultura, su modo de vivir y ejercer su sexualidad. Según ella, esa conclusión

« […] pierde vista el hecho central: la iniciación de la sexualidad bajo un modo pasivo, femenino, de recepción del pene de un hombre por parte de otro hombre, es un ritual de acceso a la masculinidad cuyas formas simbólicas pueden tener modos diversos de ejercicio, pero que confirma nuestra hipótesis sobre la complejidad de la masculinidad como un camino que atraviesa, inevitablemente, la feminidad» (Bleichmar, 2007, p. 238-239).

De modo que Silvia Bleichmar no descuida el carácter universal del pasaje por la posición femenina ante un hombre como vía de acceso a la masculinidad.

Por nuestra parte, consideramos fundamental ampliar aún más el alcance de esa hipótesis afirmando, en la estela de Jean Laplanche (1968; 1992) y de Jacques André (1995), el origen necesariamente pasivo y masoquista de la sexualidad en general, tanto masculina como femenina. Pese a los diferentes destinos de esas marcas originarias en los individuos que se reconocen como pertenecientes al género masculino o femenino, e incluso en quienes pretenden escapar de esa bipartición supuestamente ideológica, permanece el hecho de que la sexualidad infantil reprimida en todos los seres humanos va directamente en contra de la virilidad basada en la potencia activa, dominante y penetrante que alimenta imaginariamente todo narcisismo fálico.

Por lo tanto, en nuestra opinión no se trata de una masculinidad cuyo fundamento universal y paradójico es la incorporación anal del pene paterno, como propone Bleichmar, sino de la masculinidad fundamentalmente basada en la negación paradójica de una feminidad que la sustenta. En otras palabras, para que un hombre se excite sexualmente o sea capaz de penetrar a alguien de forma viril y activa, es necesario que pueda negociar consigo mismo su identificación con la persona penetrada y pasiva. Los celos del hombre son, invariablemente, un intento de realizar esa negociación. El hombre que necesita sentir celos, tan bien retratado en el famoso cuento de Menotti Del Picchia (1964) sobre este tema, es mucho más la norma que la excepción, en la medida en que ningún hombre escapa a esa negociación.

Cuando ella fracasa, las consecuencias pueden abarcar desde un simple episodio de impotencia psicógena hasta el más grave delirio celotípico y sus resultados trágicos, como en Otelo, cuando el celoso se ve llevado al asesinato de la mujer amada y al consecuente suicidio.

Sin embargo, a diferencia de la trama shakespeariana, el celoso delirante siempre se otorga a sí mismo el vil papel de Yago.

 

Referencias

André, J. (1995). Los orígenes femeninos de la sexualidad, Madrid, Síntesis, 2002

Bleichmar, S. (2007). Paradojas de la sexualidad masculina. Buenos Aires: Paidós. 

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Winnicott, D. W. (1988), Human Nature. Londres: Free Association Books.

 Notas

* «Masculinidade e ciúme na perspectiva da teoria da sedução generalizada», Psicologia em Estudo, Maringá, v. 17, n. 3, p. 445-452, jul./set. 2012. Traducción: Deborah Golergant

[2] Traducido al portugués por P. de Carvalho Ribeiro. N. de T.

Apres-coup

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