Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Lo cotidiano del psicoanalista*
Jacques André

 

 

«La construcción del espacio analítico pretende crear una suerte de aislante donde todo quiere decir algo, comenzando por los pequeños detalles. Para constituir un espacio regido únicamente por la realidad psíquica es necesario que el analista no perturbe la frágil economía de ese dispositivo introduciendo su propia realidad».

 J. André**

Lo cotidiano del psicoanalista es primero un lugar. ¿Cómo llamarlo? Hablamos de «consultorio», pero ésa nunca llegó a ser una palabra psicoanalítica. La compartimos con el mundo médico o jurídico, por lo que carece de originalidad. Evidentemente es diferente si un paciente dice «su consultorio es de pésimo gusto» o «me quedaría a vivir en su consultorio». Sin ser una palabra del vocabulario psicoanalítico, el «consultorio» [«cabinet»], entre el cuarto de baño, [cabinet de toilettes] y el cuarto de maravillas[1] [cabinet de curiosités], pasando por la cámara negra[2] [cabinet noir], al menos tiene el mérito de ser una mina para las libres asociaciones. Si el lugar del análisis no ha encontrado su denominación, ello se debe sin duda a la complejidad de la cosa misma, a una equivocidad que difícilmente se deja unificar. Me parece que la palabra menos mala es la inglesa, setting, incluso si sobrepasa la sola designación del lugar. El término francés «cadre», traducción del que propuso el argentino José Bleger, encuadre, tiene el inconveniente de estar demasiado cerca del enmarcado y su rigidez; aunque la asociación con «cadre de vie» [«condiciones de vida», «entorno social»] ofrece algunas aperturas.

Setting tiene el mérito de la equivocidad. Es a la vez un dispositivo, una escenografía, un marco, una regulación y hasta una incubadora… la regresión no pide tanto. Pierre Fédida intentó darle una versión francesa fonéticamente cercana, site [sitio], definiendo el psicoanálisis como «el sitio de lo extranjero». Sin que sea necesario convertirla en concepto, «site» es una palabra interesante. Una palabra geográfica que define la disposición, la exposición de un lugar.

El primer lugar o sitio histórico del psicoanálisis es el de S. Freud, primero en Viena y luego transportado a Londres. Entre el diván muy oriental, lleno de tapicería y cojines, y la cantidad de estatuillas egipcias, la recepción de Freud no distaba mucho del «gabinete de curiosidades». Muy lejos de esos analistas que defienden lo neutro de un espacio « gris », sea cual fuere el tono, a la medida de la neutralidad requerida por el método.

Los nazis desalojaron a S. Freud; hoy su consultorio de Viena está vacío. Lo que permite recordar que el sitio del psicoanálisis no se limita a las paredes del consultorio. El setting no es posible si la sociedad no es democrática; cuando las paredes tienen orejas, cómo saber si quien nos escucha no es un agente doble. León es un paciente con tendencia a la paranoia. Un día de intenso calor intenté dejar la puerta abierta para que entre un poco de aire. Era una puerta que daba al pasillo de un lugar que claramente no es un domicilio y está deshabitado. «Sé bien que nadie puede escucharme, dice León, pero aun así preferiría que cierre la puerta». Para que la persecución trasferencial sea posible, para que eventualmente llegue a ser interpretable, primero es necesario que su fantasma no se vea inmovilizado, desbordado por la realidad. S. Freud se siente perseguido en Viena en 1938 y tiene razón; León se siente perseguido por la puerta abierta a lo desconocido y su fantasma no está lejos del delirio.  

Mi concepción del psicoanálisis se inscribe en la herencia freudiana; mi representación del consultorio también. No concibo pasar horas, cada día de la semana, en un espacio que no sea también un espacio propio, es decir personal. No sólo he elegido el diván y el sillón, sino también cada uno de los objetos que se encuentran en él. Pero lo «personal» no se confunde con lo íntimo, no se trata de poner en el librero fotos de la mujer y de los hijos. El método analítico exige que el analista «se ausente como individuo» (Fédida, 2009). Sólo a ese precio puede constituirse la polimorfia de las transferencias, la encarnación de una multiplicidad de personajes que van de Dios al animal de compañía, pasando por el mafioso que quiere que se le pague en efectivo y la puta que reclama el dinero del servicio. Recuerdo ese paciente que un día entonó Jef, una canción de Brel: «Chez la madame André paraît qu’y en a de nouvelles» [«Parece que hay novedades en casa de madame André»]. Esta locura privada de la transferencia, que no se contenta con actualizar al padre y la madre, tiene por condición que el analista sea un extraño e, inversamente, su familiaridad es destructiva para el proceso.

De modo que hay una tensión entre la personalización del sitio y la forma en que el analista se rehúsa a existir por cuenta propia, en persona. Esa tensión me parece irreductible. Es ilusorio pensar que un lugar lo más gris y neutro posible y una actitud de total reserva no serían por sí mismos los índices de una “personalidad”. Y sin embargo es lo que recomendaban en cierta época, especialmente los psicoanalistas del mundo anglosajón. Hoy en día muchos de ellos adoptan la posición inversa, llegando hasta el self disclousure, esa manera mutua de abrir su propia vida psíquica. Este fenómeno atravesó el Atlántico: Elisa, una joven paciente, dejó a su analista anterior después de algunos meses porque no consiguió verlo como su analista. El analista es una persona que tiene su propio estilo, sin hablar de sus prejuicios teóricos y su inconsciente. Su transferencia sobre la práctica se origina en su propia historia. Simplemente se espera de él que no lo ignore, que incluya esos datos irreductibles en su reflexión. Tratándose del encuentro entre dos personas, todas estas consideraciones tenderían a acercar el psicoanálisis a la vida ordinaria, pero no es así en absoluto: en el análisis no es como en la vida. Si el analista es inevitablemente alguien, desde otro punto de vista se fusiona con el propio setting. Por ejemplo: no decide un buen día vestirse con pantalón rojo y camisa verde, o sentarse en la alfombra con las piernas cruzadas. El analista que yo soy no responde al teléfono, ni abre su correo, ni lee el periódico; todas esas cosas puedo hacerlas en la vida, no en las sesiones. Si no las hago es menos por deontología que por método. La construcción del espacio analítico pretende crear una suerte de aislante donde todo quiere decir algo, comenzando por los pequeños detalles. Para constituir un espacio regido únicamente por la realidad psíquica es necesario que el analista no perturbe la frágil economía de ese dispositivo introduciendo su propia realidad. Evidentemente hay fallas: una risa, un signo de irritación, de adormecimiento, etc. Mientras que el analizando pueda apropiarse del evento, la falla se convierte en un material como cualquier otro, fuente de eventuales asociaciones. Más complicado es cuando el evento queda excluido: por ejemplo, un paciente que sufre sin atreverse a decir nada durante el minuto en que su analista contesta el teléfono o hace el ruido de una respiración que indica sueño. Entonces el riesgo es que la sumisión masoquista o la culpabilidad infantil aprovechen esa realidad intrusiva para permanecer inanalizadas, en una suerte de complicidad ignorada.

Estas situaciones nos permiten comprender hasta qué punto lo cotidiano del psicoanalista se basa en una des-realidad. Desde esta perspectiva, el psicoanalista que cae enfermo comete un «error técnico», ¡y qué decir del que muere! En más de una ocasión recibí a pacientes que habían sufrido el fallecimiento de su analista durante la cura. Haber perdido al depositario de la parte más íntima de uno y, a la vez, no haber perdido a nadie[3] es una experiencia de inquietante extrañeza. ¿Cómo hacer el duelo por «nadie»? ¿Hay que asistir al funeral o no? La enfermedad y la muerte del analista ponen el acento, negativamente, en una de sus principales virtudes cotidianas: su constancia, su permanencia. No solamente la del humor, la paciencia y la actitud de no juzgar, sino también la del tiempo. Ello es especialmente cierto cuando la delimitación de las fronteras del yo del analizando es incierta. Como lo notaba D.W Winnicott, a veces lo único que el analista puede ofrecer a su paciente es su puntualidad. Uno de los primeros descubrimientos fecundos para Lea, joven analizanda borderline, fue que no tenía que volver a concertar una entrevista después del verano, que las sesiones se retomaban el mismo día de la semana, a la misma hora. El descubrimiento, el nacimiento de una continuidad de existir que le era totalmente desconocida.

Al final de su reflexión técnica, S. Freud (1937) aporta una frase que seguramente no se le hubiera ocurrido en los primeros tiempos del psicoanálisis. El análisis, nos dice, oscila como un péndulo entre un poco de análisis del ello y un poco de análisis del yo. No me detengo en el análisis del ello, pues es lo que caracteriza al psicoanálisis desde sus inicios. Pero, ¿qué decir del análisis del yo? La fragilidad narcisista, la problemática borderline, la conjugación confusa de los registros de la neurosis, la perversión y la psicosis, son configuraciones psíquicas que obligan a hacer del yo el objeto de una atención privilegiada. Ahora bien, me parece que lo que nos permite ser testigos de la eficacia de ese análisis del yo es una virtud del dispositivo, del setting, del encuadre, especialmente a través de su constancia, casi su subsistencia. Así como la desaparición de un síntoma indica un cambio en lo que atañe a la represión, un desplazamiento en la relación de un paciente con el encuadre es signo de una modificación del yo. Anais se recuesta en el diván tres veces por semana desde hace algunos años; un día toca los cojines que reposan a su lado junto a la pared y dice: «¿estos cojines no estaban aquí antes?» ¿Qué le permite ver finalmente lo que siempre tuvo ante sus ojos desde el primer día? Un desplazamiento psíquico, si no físico: hasta ese momento se acostaba en una cama, la de la enfermedad o la del sueño, ahora está en un diván.

¿Dónde comienza y dónde termina el analista? En tiempos edípicos, es un personaje de la tragedia: «No se lo he dicho, pero usted tiene el mismo nombre que mi padre. No llego a saber si amo o si detesto ese nombre, creo que las dos cosas». O: «Cuando el análisis haya terminado, le enviaré unas palabras cada año por el día de la madre». En tiempos primitivos (dejo esta palabra abierta, sin una definición acabada), ya no hay verdaderamente personajes, la silueta del analista se diluye difusa en la totalidad del setting. Por supuesto que el neurótico también proyecta sobre lo que ofrece el ambiente: como buen obsesivo, Paul no soporta el desorden: «Esos dos libros de su biblioteca que están al revés, ¿los colocó así a propósito para fastidiar a los pacientes?». Pero esas proyecciones neuróticas nunca son más que una de las formas que toma la asociación libre. En cambio, cuando después de años de análisis Anais dice: «aquí encontré por primera vez un espacio propio», estamos en un planeta distinto, fuera del sistema solar. Entre los descubrimientos más profundos que me ha permitido la experiencia del psicoanálisis está éste: no hay nada en la vida humana que escape a la psicogénesis. Lo que resulta de una construcción psíquica no es solamente la posibilidad de amar, de odiar, de hablar, de jugar… El trastorno de la vida psíquica no deja de alcanzar incluso a funciones vitales como la respiración, los latidos del corazón, el comer, el beber o el defecar. No todo el mundo sabe respirar, beber o comer. Asma, anorexia, mericismo, eccema, taquicardia, problemas de sueño, son algunos de los primeros modos de expresión de la angustia o el sufrimiento. Ciertamente se trata de problemas precoces, pero que llegado el caso vuelven a aparecer en la vida de muchos adultos. El «espacio propio» de Anais señala que el propio interior no es una premisa sino un resultado, por lo tanto nunca seguro. El yo nunca es dueño de su casa, pero a veces no tiene casa.

El análisis del ello se nutre del incidente, de lo inesperado que, a la manera del lapsus, viene a perturbar la superficie del habla. En cambio el análisis del yo encuentra en la permanencia del setting un instrumento imprevisto, más teorizado por D.W. Winnicott que por S. Freud. El análisis del ello solicita la interpretación del analista; el análisis del yo, su continuidad de existencia. Tomemos el ejemplo de una eyaculación precoz. Por supuesto que ella fragiliza psíquicamente a quien la sufre y es importante que la constancia del analista cree esa confianza transferencial que permitirá al paciente evocar todo lo que se le ocurra al respecto. Pero la remisión del síntoma en sí mismo dependerá de la interpretación, del descubrimiento de representaciones inconscientes siempre vinculadas, de una u otra manera, a la problemática incestuosa. No ocurre así cuando se trata del análisis de una falla del yo. Sobre éste último describí ampliamente un ejemplo en un libro titulado Les désordres du temps. Evoco rápidamente el momento más sorprendente. La paciente, Aurora, utilizaba de buen grado esa posibilidad ofrecida por el setting de no venir a su sesión. Nunca avisaba: «Si aviso, decía, la sesión no tendrá lugar». Se sobreentiende que no tendría lugar ni para ella ni para mí. Precisaba que el tiempo de la sesión, dondequiera que se encontrara en ese momento, era de todos modos un tiempo diferente. Inútil añadir que el pago de las sesiones a las que faltaba nunca fue un problema para ella. Y luego, a partir de cierto momento, comenzó a estar particularmente ausente. Su presencia podía limitarse a 5 minutos por semana. Una vez incluso se presentó en el minuto mismo en que terminaba la sesión; felizmente, un tiempo libre entre pacientes me permitió recibirla unos instantes. Ni ella ni yo entendíamos nada de lo que pasaba. Su angustia era palpable, pero inanalizable. Ese periodo duró un cierto tiempo, que me pareció muy largo, pero entonces no era capaz de decir exactamente cuánto. En una secuencia tal, la interrogación de la contra-transferencia juega evidentemente un rol esencial. El dato más sorprendente era mi incapacidad, durante los cuarenta y cinco minutos de la sesión, de hacer cualquier cosa que no fuera esperar. Ella no me dejaba psíquicamente libre para hacer otras cosas, como leer o escribir la lista de la compra. La esperaba. El riesgo que corría Aurora era tan evidente como el riesgo de una eventual reacción de mi parte. Sin saber por qué, simplemente la esperaba, más ansiosamente que simplemente. El final de ese periodo llegó marcado, sobre todo, por un sueño que pudo contarme, mientras que los sueños del periodo de ausencia permanecían sepultados en el olvido. Era un sueño que consistía en una gran extensión brumosa de agua y el pasaje de un junco. Solo varios meses después pudimos captar el sentido de lo que había ocurrido. El periodo de tiempo incierto en realidad había durado exactamente dos meses; comenzó en el cumpleaños de Aurora y terminó el día que debió nacer, el día que debió haber sido su cumpleaños si su madre la hubiera esperado hasta el término del embarazo, en lugar de expulsar una bebé prematura. Aquí la transferencia es más que nunca la repetición de lo que nunca ocurrió: un embarazo pleno y completo. Un trabajo de interpretación fue realizado, pero no en la intensidad del momento transferencial sino de manera retrospectiva. Forzando un poco la oposición, volviéndola demasiado binaria, se podría sostener que «ser deseado (a)» (o no serlo) atañe al análisis del ello, mientras que «ser esperado(a)» atañe al análisis del yo. Tanto la construcción del yo como su insuficiencia pasan por la espera de la que uno fue objeto. Gracias al mantenimiento del pago de la las sesiones, la existencia de la sesión en ausencia es un elemento decisivo de la permanencia del setting. En el caso de Aurora, esta premisa demostró poseer una fuerza analizante particular. Freud tuvo una primera intuición de esto en el texto de 1937, «Análisis terminable e interminable»: el análisis del yo se enfrenta de forma privilegiada a la cuestión de los traumas precoces.

Lo cotidiano del psicoanalista evidentemente no es solo una cuestión de lugar. De forma más asociativa que deductiva, quisiera evocar dos figuras que reclama la palabra «cotidiano», dos figuras inversas: la repetición y el acontecimiento. Luis: «En ningún otro lugar me detesto tanto como aquí». ¿Qué es lo que Luis detesta? Escuchar sus quejas, repetir siempre lo mismo, dar vueltas en círculo. Es verdad que cuando se da vueltas casi siempre es en círculo, como si la tautología de la expresión estuviera ella misma presa de la repetición. Lo cotidiano, el «todos los días», tiene un vínculo privilegiado con la repetición. Para el psicoanálisis la repetición es a la vez su peor adversario y su aliado más seguro. Hay que recordar que «transferencia» es sinónimo de repetición. Antes de sufrir la repetición, a veces hasta el hartazgo, el psicoanálisis se funda en ella. El psicoanálisis cosecha la repetición que sembró. La transferencia no es un avatar lamentable del proceso analítico, como lo creyó Freud en un primer momento; es inducida por el dispositivo y el método. Para bien y para mal. Para bien, porque un cambio profundo sólo es posible si la transferencia actualiza, vuelve presente el conflicto psíquico; sólo se puede matar al padre y dormir con la madre in praesentia. Y es solamente al calor del acto transferencial que la interpretación encuentra la fuerza para hacer que las cosas cambien. No solo en lo que respecta al Edipo sino también a lo más primitivo, a imagen del segundo nacimiento de Aurora. Para mal, cuando la repetición se vuelve compulsiva, cuando ya solo se repite a sí misma, tan insoportable como un disco rayado. Entonces no queda nada más que sufrimiento, una queja que parece no tener otro objetivo que probar su impotencia a quien la escucha. En el horizonte se perfila la cura interminable: «¿Cuándo piensa usted jubilarse?».

Simplificando mucho, esta repetición temible ha recibido dos respuestas históricas opuestas. La primera comienza con S. Freud, O. Rank y S. Ferenczi, y encuentra un fuerte acelerón con J. Lacan. Consiste en la «técnica activa», que significa siempre un giro del psicoanálisis hacia la psicoterapia: poner fin a la repetición terminando lo que el paciente se niega a acabar. No esquivar el síntoma sino pagarle con la misma moneda. S. Freud (1914) lo intentó al menos una vez, con el Hombre de los lobos, fijando una fecha de terminación de la cura. La lucidez autocrítica de Freud le hará reconocer que, después de una primera aceleración del proceso, lo que domina es la agravación del estado del paciente, como lo prueba su evolución paranoica con su segunda analista, R.M Brunswick. Nótese que el único ejemplo clínico que Lacan ofrece de la escansión también concierne a un paciente obsesivo. Harto del blablabla del analizando sobre la estética de Dostoïevski, interrumpe la sesión.  Al comentar la interrupción de la cura de Anna O. por J. Breuer, J. Lacan muestra toda su sutileza: ¿el embarazo imaginario de Anna cumple su propio deseo o el J. Breuer? La respuesta está en la pregunta: el deseo es el deseo del Otro. Pero es más fácil ver la paja en el ojo de Breuer que la viga en el suyo, y eso es lo que contratransferencia quiere decir. J. Lacan echa de una patada en el culo a su paciente, quien a la sesión siguiente vuelve con un fantasma de embarazo anal. ¿De quién es el deseo de ese embarazo?

La otra vía histórica, que también es aquélla en la cual me inscribo, reconoce a la repetición toda la violencia de la que es capaz, dispuesta a descubrir en ella su lado más oscuro. El psicoanálisis es cuestión de tiempo, de él depende la intensidad de la regresión; no hacemos lo mismo con el tiempo que contra él.  Siempre es un momento importante y, hay que decirlo, un placer, cuando un análisis se termina o, más exactamente, cuando encuentra su terminación. Esto es tanto más cierto cuando la angustia de separación se encuentra transferencialmente activa, de modo que el final indica, si no la desaparición de esa angustia, al menos su transformación. Y luego también está lo interminable. Felizmente muchas veces toma la forma de análisis sucesivos. Siempre podemos consolarnos pensando que una vida entera en el diván no impidió a Woody Allen ser el creador que conocemos.

La repetición no solo es importante por ser lo que siembra y cosecha el análisis, sino también porque está en el principio mismo de lo que quiere decir pulsión y, más ampliamente, en el corazón del funcionamiento psíquico. Por supuesto que preferiremos la repetición que produce formas, por ejemplo la que alinea las estatuas de Giacometti, a la repetición destructiva, entre otras la del alcohólico. Salvo que existen casos en los que esas dos repeticiones, una creativa y otra mortal, conviven en armonía, en Modigliani o Thelonious Monk, por ejemplo.

Presentaré solo dos imágenes clínicas de la repetición.

Ese día el azar había hecho bien las cosas. Dos mujeres analistas venían a hablarme de una de sus curas en curso, dos curas de mujeres jóvenes. La emoción, casi hasta las lágrimas, las sobrecogía a ambas de repente, fuerte sorpresa acompañada de un ligero malestar, más que de incomodidad. Las historias de las dos pacientes evocadas eran muy diferentes y el contexto del relato que provocaba el desasosiego, evidentemente singular, pero en el fondo se trataba de una misma espina. Cuatro veces la misma espina, pues la vaga tristeza sentida por las dos mujeres psicoanalistas las reenviaba a sí mismas, las tocaba en sintonía con lo que vivían sus pacientes. La espina, o su huella, no se dejan describir fácilmente. Siempre se puede relatar lo que pasó, pero ¿cómo contar lo que no ha tenido lugar… cómo volver presente una ausencia? La pintura a veces se aproxima a ello, a imagen de Paula Modersohn-Becker[4]. Dejando de lado algunos retratos de hombres (uno de ellos de su amigo Rilke), Paula Becker no pinta casi nada más que mujeres, comenzando por ella misma. Mujeres y niñas a menudo desnudas, desnudos exentos de todo erotismo. Cuando el cuadro junta a madre e infante, uno nunca se imagina que éste último puede ser un niño, aun cuando el sexo no visible autoriza la incertidumbre. ¿Es cuestión de miradas (madre e infante nunca se miran), o es esa mezcla de tristeza e indiferencia en las caras de la madre y la hija, quienes, por más cerca que estén una de la otra, no están juntas verdaderamente? Nunca es exactamente eso, nunca están del todo ahí. La espina dejó una huella negativa, la insistencia de algo que nunca existió pero que se esperó desesperadamente.  La evocación al borde de las lágrimas dice hasta qué punto eso que se sigue esperando, que alimenta la misma esperanza, nunca pasó. O más bien, la frágil emoción es la memoria paradójica de un pasado que no se conoció. Son pocas las relaciones que, como la relación madre-hija, nos dejan tanto con ese sentimiento de una a-temporalidad que se resiste a la transformación y a veces condena a la repetición. Desde luego que para este amor, esperado con tanta fuerza y que nunca llegó verdaderamente, las imágenes son siempre singulares, cada una con su historia. Brazos que no se tienden cuando se desearía intensamente un abrazo, un regalo de cumpleaños siempre tarde, don del desconocimiento, una palabra que congela cuando se espera recibir calor, una observación hiriente cuando, presuntuosa, una se creía feliz, una mirada siempre lejana e imposible de sujetar, una distracción manifiesta cuando una se creía escuchada… Todo aquello que instala en lo más profundo de la vida psíquica a una madre tan amada, tan amante, cuyo simple recuerdo emociona hasta las lágrimas… una madre que nunca se conoció.

La otra imagen es clásicamente obsesiva.

Investigador en astrofísica, Bertrand trabaja todo el tiempo. La originalidad del habla en psicoanálisis consiste en cargar a las palabras o a las expresiones más comunes de un peso inesperado: todo el tiempo. No hay necesidad de un lapsus o un sentido desplazado para que el inconsciente se apodere de la lengua. Se aloja ahí tanto más de incógnito cuando las palabras para decirlo no parecen nada. «Todo el tiempo», al pie de la letra, sin resto; actuar de manera que cada minuto sea útilmente ocupado, listo para que el tiempo de trabajo se extienda hasta la noche, reduciendo el sueño a la búsqueda de descanso. Sobre todo, no hay «tiempo muerto». No hay posibilidad de faltar a una sesión, ni siquiera de llegar un minuto tarde. Bertrand solo se permite el placer a condición de «juntar lo útil con lo agradable».

Intento una distracción…

– « ¿Ni siquiera se da el tiempo para leer una novela policiaca?»

– «Sí, pero solamente en inglés… mi sentimiento de perder el tiempo es menor si lo aprovecho para mejorar mi nivel». No siempre es fácil para el historiador determinar si los restos descubiertos en el fondo de una cueva son animales o humanos. Entre las anécdotas más conocidas está la de ese paleontólogo convencido de haber encontrado el más antiguo de los instrumentos de música, una flauta “traversa” perforada en un largo hueso; hasta que los análisis descubrieron su banal verdad: algunos agujeros dejados por los dientes de una gran fiera en el hueso de la pobre bestia que había devorado. Sin embargo, hay un índice que no engaña: el descubrimiento de un signo de inutilidad, por ejemplo un símbolo grabado en una piedra. La inutilidad es desconocida por el mundo animal, es honor del hombre; desde los tiempos más remotos la producción artística se debe a ella totalmente. De este honor, Bertrand no quiere saber nada, ni siquiera en análisis:

-« ¿De qué sirve estar aquí en el diván repitiendo las mismas cosas si eso no cambia nada…?»

-« “De qué sirve”. Más que una pregunta, ¡ése el enunciado mismo del problema!»

Mi observación interpretativa al menos habrá hecho reír a Bertrand, lo que evidentemente no basta para cambiar mágicamente el curso de la historia. La repetición obsesiva es un adversario difícil, incluso si no es raro que a veces se establezca un equilibrio curioso entre, por un lado, un régimen transferencial intacto y, por otro, cambios a veces sorprendentes en la vida misma.

Terminaré con lo que constituye lo más vivo de la experiencia analítica. Después de todo, «cotidiano» no es en sí mismo sinónimo de rutina o de displacer, y en psicoanálisis lo inconsciente es cosa de todos los días. Lo inconsciente es primero lo inaceptable, lo que el yo reprime tras la puerta y se aprovecha de ello para entrar por la ventana. Detrás de la puerta está el infierno. Eso, claro está, si el paraíso no nos apasiona (el de los musulmanes con sus 70 vírgenes se parece mucho a nuestro infierno). Después de subir los cuatrocientos escalones del Duomo de Florencia para contemplar los frescos de Vasari, bastan algunos segundos delante del paraíso y apenas algunos más ante el purgatorio… ¡por fin el infierno! Uno pasaría horas ante ese jardín de los suplicios, de las delicias. Del fondo del inconsciente surge lo peor del hombre, de Auschwitz a Bataclan. Pero también lo más grande, de Leonardo da Vinci a Pablo Picasso. Entre los artistas, sin duda son éstos dos los que mejor supieron seguir siendo los niños sexuales polimorfos que todos hemos sido en mayor o menor medida. La experiencia analítica cultiva sin prisa sufrimiento, dolor y malestar. Pero también excitación, satisfacción y creación. Dado que hasta ahora me he ocupado sobre todo de la primera faceta, llego a la segunda, evidentemente más placentera.

Víctor ama a las mujeres; las ama a todas, tal vez por no ser capaz de poseer a Una. Incluso en los países más lejanos e improbables, utiliza la aplicación Tinder con la esperanza de un encuentro, y le funciona. Comenta: «Soy vulvnerable…». Genio creador de lapsus, solo el inconsciente es capaz de una palabra así de precisa. El inconsciente no es solamente nuestro adversario sino también una cueva de Ali Baba, un lugar de tesoros. Una fórmula de S. Freud (1933) sigue siendo célebre: «Wo Es war, soll Ich werden» [Ahí donde estaba ello, yo debo advenir]. A la imagen del desecamiento del Zuiderzee, ahí donde había mar, debe advenir tierra. Esta forma puede entenderse en dos sentidos muy diferentes: ¿Cómo comprender ese progreso del yo? ¿como una ganancia de dominio, de control sobre la parte más inaceptable, la más pulsional, la más conflictual? O a la inversa, ¿como la tolerancia del yo a lo que hasta entonces rechazaba, reprimía? En el primer caso, el progreso del yo es una derrota del ello. En el segundo caso, la expansión del yo es al mismo tiempo una victoria del ello; un poco de libertad ganada para la vida pulsional. Ocurre que el manejo de la transferencia impone técnicamente una vía más que la otra. Pero según que se ponga el acento en uno u otro término de la alternativa, se trata de la concepción de lo que funda el psicoanálisis. Yo me inclino claramente del lado de la segunda versión. A veces me ha ocurrido, durante las entrevistas preliminares y mientras que se precisan las condiciones de una cura, enfrentarme a la angustia de un analizando que podría formularse más o menos así: «¿A qué me arriesgo? ¿A dónde va a llevarme todo esto?» Y yo, sin responderle pero al menos sin añadir a su angustia el silencio de quien no escucha, digo: «El riesgo… es llegar a ser un poco más libre que antes».

La libertad política está lejos de ser una aspiración generalizada, como lo prueba la actualidad del mundo en que vivimos. Más que nunca, la servidumbre voluntaria multiplica sus adeptos. Pero ¡qué decir entonces de la libertad psíquica!  Aunque la repetición pueda volverse compulsiva, ello no la hace ser simplemente detestable; más bien indica hasta qué punto el sujeto está dispuesto a arriesgar su piel para no ser liberado de los obstáculos que se impone. Sobre lo que se dice en los divanes de hoy acerca de las vidas sexuales y la liberación de las prácticas, me impresiona hasta qué punto el deseo de ser atado(a), esposado(a), ocupa un lugar importante en el ranking de las nuevas libertades adquiridas.

Cuando prevalece una organización psíquica principalmente regida por la represión, la polimorfia de la sexualidad infantil es a menudo el objeto del psicoanálisis. Un breve ejemplo. Cada vez que Hanna habla del pene [pénis], pronuncia «péni», borrando el fonema «s», del mismo modo como pronunciamos «semis[5]» [siembra]. ¿Hay que entenderlo como una variación dialéctica, o pensar más bien que el inconsciente, como el diablo, se ha apropiado de ese detalle? Tratándose del «péni» de la penitencia, del «ni» de la negación-castración, o del «sss…» de las serpientes que silban en nuestras cabezas, ¿la vida psíquica de Hanna era susceptible de dar consistencia a esas diferentes posibilidades? Hasta el día en que el contexto de las asociaciones me permite finalmente preguntar:

-«¿Péni?, ¿no pénis?  

Después de unos segundos de silencio, Hanna dice:

-«En plural es peor…».

Pero el inconsciente no siempre reside principalmente de ese lado, sea porque lo inconsciente del yo, ése de las fronteras mal trazadas, ocupa todo el lugar, sea porque el negativismo, el cortejo de síntomas adictivos y la violencia de la destructividad amenazan con desaparecer a la escena psíquica. He señalado la fuerza analizante del setting cuando prevalece lo inconsciente del yo y, cuando la destructividad amenaza todo el edificio, ocurre que la única vía practicable es el giro del psicoanálisis hacia la psicoterapia.

Sin embargo, más allá de todas estas variaciones, por mi parte estoy convencido de que el vínculo entre psicoanálisis y sexualidad infantil es esencial y no circunstancial. La sexualidad infantil no es solamente el objeto del psicoanálisis; es también su vector. En el relato de su análisis con Winnicott, Margaret Little (1985) escribe: «La sexualidad infantil es irrelevante y carente de significación cuando no está asegurada la propia existencia, la supervivencia y la identidad». Pero todo su texto muestra lo contrario, pues se trata de una declaración de amor de transferencia… no liquidada. El psicoanálisis, en su principio, es una escena de seducción, aquélla que nace del encuentro de lo más íntimo y lo más extraño. Para ello no es necesario cargar las tintas del lado de la seducción; basta con enunciar: «Dígame todo lo que pase por su cabeza…». El genio de S. Freud, al instituir el par asociación libre/escucha flotante, es haber sometido la palabra del analizando y la escucha del analista al régimen polimorfo y auto-erótico de la sexualidad infantil. ¿A qué se debe ese privilegio metodológico de lo sexual infantil? Al hecho de introducir lo que falta en los registros vital, narcisista o destructivo: esa «extraordinaria plasticidad» (palabras de Freud) propia de las pulsiones sexuales. El cambio psíquico –lo que busca el psicoanálisis- se funda en la posibilidad de un desplazamiento. Pero aún hay que disponer del motor necesario para que un tal desplazamiento sea posible. Las pulsiones sexuales ciertamente pueden atascarse en la repetición hasta la compulsión, pero también son capaces de cambiar de objeto y de meta (lo que sublimación quiere decir). Tomen por ejemplo la importancia de la aparición del humor y de su añadido de placer en una cura que hasta entonces no permitía su expresión. El humor no cambia el mundo, pero modifica la forma de verlo y, por lo tanto, de vivirlo. La contra-transferencia del analista –la forma en que su inconsciente responde a lo que la transferencia le propone- muchas veces se coloca al servicio de las resistencias. Pero no siempre. Un ejemplo es esta suerte de psico-dramatización, que es también una sexualización, de la escena analítica: Aurora, la paciente ya evocada, hablaba de su adolescencia, de su ausencia de límites, de todos los riesgos a los que se exponía sin que los adultos cercanos, en especial su padre, le presten la menor atención. Con sus palabras yo formo las mías, sólo que yo las formulo en estilo directo, enunciando la frase que su padre nunca profirió, y con la entonación correspondiente: «¡Bueno, ya es suficiente, para un poco tus tonterías!». Ella se queda en silencio hasta el final de la sesión. A la sesión siguiente, apenas se recuesta, dice: «Estoy un poco perdida. ¿Debo sentarme en el sillón y yo también tutearle?» Al volver más adelante sobre este momento y algunos otros, ella evocará mis «errores». Pero con la intención, aunque fuera poco clara, de señalar la importancia mutativa que tuvieron esas palabras desplazadas.

El psicoanálisis construye teorías a menudo de una sofisticación extrema, se basa en un método que requiere tacto y sutileza, implementa una práctica que depende de un trabajo de equilibrista; lo que hace tanto más sorprendente -y, hay que decirlo, desestabilizante- que una analizanda, algunos años después del fin de una cura que le permitió muchas transformaciones, vuelva por un motivo puntual y recuerde la experiencia pasada: «Lo único que recuerdo del análisis, lo que me hacía realmente bien, es cuando lo escuchaba reír».

 Notas

*« Le quotidien du psychanalyste », Cliniques 2018/1 (N° 15), p. 21-38. Traducción: Deborah Golergant.

** Jacques André, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Francia (APF), director de la Petite Bibliothèque de Psychanalyse (PUF), profesor de psicopatología en  la Université Paris Diderot. 46 rue Vavin, 75006, Paris. andre.jac@orange.fr

[1] Los Cuartos de Maravillas (Gabinetes de Curiosidades) eran los espacios donde se coleccionaban y exponían objetos exóticos provenientes de todos los rincones del mundo conocido. Fueron verdaderas enciclopedias representadas y los antecesores directos de los museos modernos (Wikidepia) N. de T.

[2] Fue el término utilizado en Francia para designar la oficina del servicio de inteligencia, encargada de la inquisición postal y de la criptografía (Wikipedia). N. de T.

[3] [En el original: d’avoir perdu personne. N. de T.].

[4] El Museo de Arte Moderno de París le dedicó una bella exposición en 2016.

[5] En francés, se pronuncia la “s” de pénis, pero no la “s” de semis. N. de T.

 

Bibliografía

André, J. (2010). Les désordres du temps. Paris : PUF.

Bleger, J. (1967). Symbiose et ambiguïté. Paris : PUF, 1985.

Fédida, P. (2009). Le site de l’étranger. Paris : PUF.

Freud, S. (1914). «De l’histoire d’une névrose infantile». In Œuvres complètes XIII. Paris : PUF, 1994 (pp. 1-118).[ De la historia de una neurosis infantil, OC, XVII, Buenos Aires, Amorrortu]

Freud, S. (1933). Nouvelles conférences d’introduction à la psychanalyse. Paris: Gallimard, 1989. [«Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis»], OC v.XXII, Buenos Aires, Amorrortu.

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