Madrid, 21 del 01 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Michel de M’Uzan
L’inquiétude permanente
Por Dominique Scarfone

 L’inquiétude permanente, de Michel de M’Uzan

El psicoanálisis originario

Ciertamente ésta no es la mejor coyuntura posible para invocar una cierta radicalidad. Sin embargo, yo iba a usar ese término para caracterizar la posición de un autor que, a lo largo de toda su obra, es decir, durante casi sesenta años, ha permanecido firmemente comprometido con un método –el del psicoanálisis freudiano- sin que ello le impida hacer contribuciones importantes y originales al campo delimitado por ese método. Así, en su caso yo hablaría de radicalidad en el sentido en que se trata de una obra que se sostiene en la raíz misma del psicoanálisis. Ahora bien, puesto que en estos tiempos confusos el término tiene mala reputación, hablaré más bien, sin que eso suponga una pérdida, de «psicoanálisis originario». Ello para evocar una capa generadora, nunca agotada, de pensamientos y prácticas que tienen las cualidades esenciales de lo que, con Freud, abrió brecha, en su tiempo, en el dominio de la psicología de la consciencia.

Claro que en tiempos de Freud existía la psicología, pero al limitarse tautológicamente a los fenómenos conscientes – sin disponer (no más que hoy, por lo demás) de una teoría adecuada de la consciencia – podría decirse que dormitaba en un sueño dogmático. Hoy, después de más de un siglo de psicoanálisis, estamos ante la amenaza de otro sueño: uno del que podría despertarnos el psicoanálisis «originario», tal como lo practica y lo piensa Michel de M’Uzan. Un sueño en el que el psicoanálisis cae inevitablemente, por ciclos, cuando se apodera de sus practicantes lo que podríamos llamar la fatiga metapsicológica. Me refiero a una tendencia que acecha siempre y que empuja al psicoanálisis a plegarse a diversas «psicologías psicoanalíticas», cuando recurrir a la «bruja metapsicología» –como la llamaba Freud- parece demasiado riesgoso o no suficientemente respetable científicamente. Entonces los conocimientos del psicoanálisis se dejan señalar por un cierto número de observaciones aparentemente más consensuales, más fáciles de compartir por estar más alejadas de la experiencia inquietante de un psicoanálisis radical u originario. Frente a lo desarrollado en términos de prácticas a veces «manualizadas», la metapsicología aparece ciertamente más arriesgada, más especulativa, menos admisible en los campos de investigación clínicos donde solo vale lo cuantificable. Cabe preguntarse qué concepción se tiene del inconsciente si no se admite que es imposible acceder a él, incluso teniendo en cuenta su probada pertinencia clínica, sin una parte bastante grande de especulación. Esas «psicologías psicoanalíticas», es decir, esos derivados del psicoanálisis que de algún modo aterrizaron en el terreno de una práctica y de una teorización más consensuales, presentan sin duda un interés práctico, pues favorecen una extensión del dominio del cuidado psicológico, ¿y por qué no? Sin embargo, al sacrificar el aspecto perturbador del psicoanálisis originario, todo el problema será el de saber mantener su capacidad generativa, ahí donde las psicologías derivadas (psicologías del yo, del self, de la relación de objeto, empáticas, etc.) se consolidan en prácticas más o menos secundarizadas.

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El pensamiento de Michel de M’Uzan se sostiene precisamente en la cresta inestable del psicoanálisis originario, ofreciendo a quien frecuenta su obra la visión general de lo que sigue vivo en el crisol freudiano, suponiendo que no se ceda a la mencionada fatiga metapsicológica. En efecto, Michel de M’Uzan es de esos psicoanalistas que demostraron, en el curso de las décadas, hasta qué punto las bases doctrinales establecidas por Freud eran sólidas y permitían sostener una práctica inventiva tanto en el campo de la cura «clásica» como en dominios que no fueron incluidos en su proyecto de partida. Una práctica acompañada de una teorización que, fiel al impulso freudiano en cuanto al fondo, también inventaba nuevas herramientas de pensamiento, generalizables más allá de los dominios clínicos de los que fueron extaidas. Se habrá comprendido que aquí me refiero, por ejemplo, a la práctica de Michel de M’Uzan en psicosomática psicoanalítica o a aquélla con pacientes en fases terminales de enfermedades incurables, así como a todo lo que ha producido en términos de teorización. En L’inquiétude permanente, su libro más reciente, el lector podrá comprobar una vez más la originalidad y el rigor del pensamiento de Michel de M’Uzan sin dejar, sin embargo, de sorprenderse.

Si hablo de radicalidad o de psicoanálisis originario es porque no todos los psicoanalistas osarían afirmar que el psicoanálisis puede considerarse, por un lado, un «campo científico de fronteras indefinidas» (p. 73) y, por otro lado, asumir no una sino dos responsabilidades: «[…]junto a la que propone acceder a un dominio de lo pulsional que otorgue un máximo de satisfacción con la realidad […] otra responsabilidad, de capital importancia cuando se considera lo más auténtico del ser, la liberación de lo más íntimo, de lo primordial: la de asegurar al sujeto la posibilidad de acceder a la inquietud permanente» (p. 110). Por lo demás, las dos aserciones citadas son solidarias entre sí, pues la inquietud permanente de la que se trata consiste en «alcanzar ese punto en el que debe reconocerse el carácter incierto y aleatorio, y a la vez más o menos secretamente durable, de toda clase de fronteras…» (ibid.).

Esta noción de inquietud permanente puede perturbar a más de uno; sin embargo, me parece que viene a ubicarse, en un vis- à- vis necesario, frente a lo que Winnicott llamaba brevemente «estado de preocupación por el otro» (Stage of concern1)». Con esta noción, Winnicott había querido rebautizar la «posición depresiva» de Melanie Klein, pero abandonó ese proyecto en el texto mismo en el que introducía los términos. En lugar de preocupación por el objeto, la inquietud permanente es, en de M’Uzan, la que concierne al sujeto mismo. Ahora bien, al reflexionar uno se da cuenta que sería vano esperar del sujeto una preocupación por el objeto a menos que las bases del propio sujeto sean suficientemente flexibles para permitir verdaderamente esa atención al otro. Se puede decir que de M’Uzan había planteado el panorama de esta complementariedad entre preocupación por el otro e inquietud permanente del/por el propio sujeto cuando, en un texto de 2003, escribía sobre una manera de ser con el otro que «solo puede ocurrir […] cuando las fronteras identitarias están suficientemente alteradas, el adentro y el afuera tienden a confundirse y los funcionamientos secundarizados del psiquismo se han reducido tanto como sea necesario, o deseable, o posible» (Aux confins de l’identité, p. 106). Entonces hablaba de la disposición que debe adoptar el analista, es decir, la de un cierto estado de despersonalización. Pero ese mismo tema de la despersonalización también aflora, desde luego, en la cuestión de la inquietud permanente de todo sujeto, como una capacidad adquirida en distintos grados en el curso de un análisis, y que es aquélla donde «el yo debe poder reconocerse como otro», como lo precisa Murielle Gagnebin en el Glosario que completa esta colección de trabajos recientes (véase más adelante).

En cierto modo, de M’Uzan ya nos había introducido en esa manera de plantear las responsabilidades del psicoanálisis cuando, en sus obras precedentes (De l’art à la mort, La bouche de l’inconscient, Aux confins de l’identité )2, nos había presentado el pensamiento paradójico, el doble, el gemelo parafrénico, el espectro de identidades… Aquí da un paso más hacia la explicitación de lo que el psicoanálisis tiene de verdaderamente diferente por relación a toda otra disciplina más o menos cercana. Aquí el dominio [control] de lo pulsional no significa, pues, el apaciguamiento absorto del ser vivo. La capacidad adquirida al término de un análisis de extraer una mayor satisfacción de la existencia no significa que haya que protegerse en una identidad «a prueba de todo»; por el contrario, como afirma de M’Uzan, se trata de asumir una fluidez del ser y la posibilidad de saberse dotado de una gama, de un espectro de identidades, más que encerrarse en una verdad final sobre sí mismo.

Si la quimera psicológica, el gemelo parafrénico y otras vacilaciones identitarias se encuentran nuevamente evocadas en L’inquiétude permanente, es por pertenecer a un repertorio conceptual que se comporta como un conjunto orgánico en el que el analista puede ubicarse, sin dejar de descubrir o redescubrir ideas que devuelven al psicoanálisis su filo, su aura inquietante de origen. Por ejemplo, la idea de que la inquietante extrañeza no es solamente un fenómeno psicopatológico, que no es «lo que usted cree», parafraseando el título de uno de los capítulos. Lo mismo puede decirse de los fenómenos de despersonalización, sobre los que reafirma lo que ha sostenido desde hace mucho tiempo: que pueden «producirse sin estar acompañados de angustia, sino más bien de una cierta exaltación, como se observa en las llamadas actividades creativas, o en ejercicios deportivos plenamente dominados» (p. 104).

Sin embargo, a primera vista podría parecer que lo que Michel de M’Uzan introduce con más insistencia en este libro – lo «vital-identital»-, nos lleva nuevamente a un estadio antiguo de la teorización freudiana, pues otorga toda su importancia a lo que de algún modo remite a la auto-conservación. Con la salvedad de que el cambio de nombre no es solo cosmético. Al introducir lo «identital» -que rima expresamente con lo «sexual» propuesto por Laplanche3-, de M’Uzan más bien lleva el cuchillo, como hubiera dicho el propio Laplanche, al interior mismo del campo de la autoconservación. Ésta, relegada al estatuto de programa biológico, no deja de incluir puntos de inflexión, fases críticas, o un cierto número de «tareas» que, aunque ciertamente estén previstas en dicho «programa», exponen al sujeto a los efectos del encuentro con el otro. Pienso por ejemplo en la adquisición de la identidad y de su doble (gemelo parafrénico), o en la estructura inicial que se ofrece a la seducción originaria. Volveré sobre esto dentro de un momento.

Hay que precisar que esta recopilación viene acompañada de una herramienta formidable: un Glosario preparado por Murielle Gagnebin. Incluir este glosario es una decisión acertada, pues tiene la ventaja de orientarnos a propósito de conceptos que pueden parecer confusos a quienes no hayan seguido «en tiempo real», como decimos hoy, el desarrollo constante del pensamiento de Michel de M’Uzan. Acertada también porque, una vez que ha sido brevemente instruido sobre el contenido de los conceptos, el lector es remitido a los principales textos donde ellos tomaron forma. Y acertada además porque en vez de cerrar el pensamiento de de M’Uzan en un sistema circular, cada uno de los términos del glosario indica tanto los puntos de encuentro como los puntos que invitan a continuar la investigación. Así, fenómenos como el del doble o el del gemelo parafrénico, que se revelan en situaciones particulares de la existencia y no pertenecen, según de MUzan, al registro pulsional, no dejan de plantear interrogantes respecto a las complejidades de lo vital-identital, ahí donde la teoría clásica había simplemente colocado a la autoconservación en la periferia del campo propiamente psicoanalítico. Así, aun cuando Michel de M’Uzan dice estar plenamente de acuerdo con Laplanche respecto a la teoría de la seducción generalizada, no deja de reintroducir lo autoconservativo, pero dándole un alcance muy distinto al que le daba Laplanche. Y me parece claro que la cuestión no se resuelve en un «o bien/ o bien» entre esos dos pensamientos, sino que más bien abre muchas otras interrogantes, especialmente con la noción de «energía sin cualidad», que sería inherente a lo vital y que se revela clínicamente en quienes de M’Uzan había llamado «los esclavos de la cantidad». Así, el punto de vista económico, que el autor reafirma como eje mayor de la metapsicología, es señalado aunque de M’Uzan siga rechazando la pulsión de muerte. En mi opinión, el uso que de M’Uzan hace del punto de vista económico es, con todo, de lo más consecuente con la teoría de un funcionamiento «más allá del principio de placer». Así, dado el uso consecuente que Michel de M’Uzan hace del pensamiento freudiano, aún debemos ahondar, más allá de la terminología, en conceptos demasiado fácilmente considerados como ya establecidos, y no emplear a la ligera términos que, adoptados con excesiva rapidez, por lo general se comportan como slogans.

Al hacer un inventario bastante exhaustivo de los términos y conceptos originales introducidos por de M’Uzan, Murielle Gagnebin no solo aporta una herramienta de gran valor para orientarse mejor en la obra, sino también bases a partir de las cuales plantear nuevos problemas de investigación.

El libro se abre con el tema de «El artista y su infierno», y somos conducidos a los problemas de la escritura psicoanalítica con amplios extractos de una entrevista de J.B. Pontalis con Michel de M’Uzan. Éste último nos invita luego a considerar la «patología de la creatividad» y el «sobrecogimiento creador», tema que ya había sido objeto de un coloquio y de una publicación ad hoc. Al volver sobre el problema de la creación literaria, Michel de M’Uzan nos muestra hasta qué punto lo que llamo «psicoanálisis originario» encuentra sus diversas aplicaciones, sin por ello convertirse en un «psicoanálisis aplicado». Así, el problema de la identidad y sus sacudidas, o el de la cantidad y sus destinos, también atraviesan la cuestión de la creatividad. Al rencontrarlos en intervenciones variadas, constatamos que Michel de M’Uzan retrabaja sin cesar temas que, por familiares que nos puedan parecer, no dejan de «sobrecogernos». Por lo demás, en el curso de la lectura nos aportan ocasionalmente algo de la experiencia misma que relatan. Ellos trazan la silueta de un psicoanálisis como objeto de investigación apasionante en tanto que inquietante, salvo que sea lo inverso.

Apres-coup

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