Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

L’imprévu en séance, de Jacques André
Paris: Gallimard, 2004 *
Dominique Scarfone

L’imprévu en séance, de Jacques André

Un proverbio portugués, creo, define lo universal como la cosa local sin las murallas circundantes. El psicoanálisis es, entonces, un potencialmente buen proveedor de conocimiento universal, puesto que está basado en el empeño local y hasta íntimo. El problema es cómo deshacerse de las murallas circundantes, es decir cómo hacerlo sin destruir, en ese proceso, todo el proyecto. Es el problema de cómo explicar y validar la experiencia psicoanalítica, considerando por un lado sus características específicas como encuentro íntimo y, por otro, los matices teóricos y culturales que impregnan –y por lo tanto especifican- la experiencia misma. El sesgo teórico es el problema menos importante pues es compartido por cualquier otra disciplina humana, con la posible excepción de las matemáticas o la física puras. En literatura o artes, por ejemplo, la universalidad no se logra minimizando sino más bien resaltando los rasgos culturales locales. En psicoanálisis, sin embargo, la barrera cultural es una nuez mucho más dura de romper. Mientras en cualquier otra disciplina la teoría es lo que supera las barreras culturales, el desarrollo teórico en psicoanálisis está geográfica y culturalmente sesgado, fuertemente de hecho, y los analistas de un continente tardan mucho en percaterse de los desarrollos que se producen en otros lugares del mundo. Sin embargo, no se trata de un asunto meramente geopolítico. Pienso que indica la naturaleza especial de nuestra práctica y de nuestras teorías. Es banal recordar que el conocimiento psicoanalítico no se obtiene principalmente a través de la adquisición de teorías; se obtiene en primer lugar a través de la experiencia del análisis personal, luego a través de la práctica psicoanalítica supervisada y, finalmente, a través del ejercicio continuo del propio know-how psicoanalítico. Aunque la generalización teórica formal de este conocimiento se produce desde el comienzo de la formación, es lo último en términos de importancia. La huella que deja el análisis personal, la supervisión y la discusión entre colegas es el resaltador cultural indeleble de lo que significa trabajar como analista.

Este preámbulo, en cierto modo largo, pretende introducir una razón fundamental para afirmar el interés del libro del analista francés contemporáneo Jacques André, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Francia y profesor de la Universidad Denis Diderot (Paris 7). Su libro, L’imprévu en séance (Lo inesperado en sesión), es una pieza muy “francesa” y a la vez muy singular de trabajo psicoanalítico. Incluye veintiséis capítulos cortos, cada uno basado en un extracto clínico específico entrelazado con reflexiones que profundizan nuestra comprensión y a la vez plantean nuevas preguntas. En cada caso, el practicante de psicoanálisis ocupa el primer plano. El lector americano que desee hacerse una idea del psicoanálisis francés contemporáneo no encontrará en este libro una exposición didáctica, sino una ilustración exquisita de cómo trabaja una de las mejores “nuevas” mentes del psicoanálisis francés, tanto en la sesión como en las reflexiones que le siguen. Dado el enfoque original de André, la universalidad aparece en cada giro del libro. De hecho las murallas caen porque las exploraciones del autor –que van de la práctica clínica a la teoría psicoanalítica, con alusiones ocasionales a la filosofía o a la literatura – permanecen siempre cerca de la experiencia, entrelazadas con las cuestiones difíciles, imposibles, o a veces divertidas que confrontan diariamente al analista (para un ejemplo de las últimas, véase más abajo “El congelador excitable”). Cualquiera que sea el tema clínico o existencial explorado, provoca siempre en André el tipo de pensamiento que ayuda al analista a “sobrevivir”, como diría Winnicott. Por lo tanto, aquí no busquen complejos modelos teóricos o perspectivas especulativas sobre los factores decisivos para la comprensión de la mente humana. En vez de ello, encontrarán que para todo clínico la provocación de lo “inesperado” es lo que otorga a la experiencia su sabor analítico. Pero, ¿qué es exactamente lo “inesperado”?

En el presente contexto no se trata de la recuperación de un supuesto “recuerdo reprimido”, ni de la brillante y sorprendente interpretación ofrecida por un talentoso creador de juegos de palabras. Lo inesperado es más bien lo que surge gracias al arte de escuchar y de permanecer cerca de lo que el analizando dice. Digamos que suficientemente cerca, y en esa disposición mental que permite ver hasta qué punto las cuestiones que plantea son siempre nuevas y demandan, a su vez, una reflexión renovada por parte del analista. De modo que aunque lo inesperado supone la actitud analítica de la “atención parejamente suspendida” –no es algo que deba buscarse activamente-, en cierto modo es algo que siempre debe esperarse. Aquí no pretendo plantear una paradoja; consideren simplemente que la universalidad del psicoanálisis se basa en su capacidad de esclarecer las características únicas de cada analizando y de cada encuentro analítico. Así, lo inesperado adquiere diferentes formas; su irrupción en la sesión puede ser provocada por una divertida “coincidencia” (ej., si la nevera del analista solo hace ruido en presencia de un determinado paciente), por una sensación extraña en el analizando de no estar en el mismo consultorio que en la sesión anterior, o por el señalamiento del analista de un error gramatical trivial en la forma de hablar del paciente que destapa cuestiones fundamentales.

André no ofrece ninguna receta para provocar lo inesperado, pero muestra de varias maneras cómo las palabras o actitudes del analizando no dejan de cuestionar el pensamiento habitual del analista, demandándole pensar nuevamente; de modo que no hay consejos técnicos, ni tampoco un marco teórico rígido. El esfuerzo reflexivo del autor tampoco cambia la posición analítica por alguna comprensión prefabricada que provenga de otro lugar. Según la imagen estereotipada del analista “francés”, el autor debería utilizar la habitual erudición “francesa” para proponerle al lector un largo desvío por las altas esferas de la Teoría, pero André no se ajusta en nada al estereotipo. Se podría decir que su pensamiento es sumamente pragmático, en el noble sentido jamesiano de la palabra. Un ejemplo de esto es el capítulo, en medio del libro, que lleva por título «Désespoir d’être» («Desesperanza/Desdicha de ser»). Como de costumbre, el capítulo se abre con la frase de un paciente: «Soy una mentira viviente; apenas digo algo mis palabras se vuelven distantes. Apenas hablo me alejo de mí mismo» (p. 109). Reflexionando sobre esta declaración aparentemente trivial, André simplemente quiere repensar lo que realmente significa la expresión “mí-mismo (myself)”. Para ello se ve llevado a examinar la importación al lenguaje psicoanalítico francés del término inglés self, junto con sus sustentos clínicos, lingüísticos y filosóficos. Pero incluso citando brevemente a las típicas autoridades filosóficas sobre temas como el Self (Kierkegaard) y el Ser (Heidegger), nunca deja de estar sólidamente anclado en el dominio clínico. Escribe André: «La cuestión del ser descalifica cualquier respuesta: “no sé qué significa ser yo-mismo”. La diferencia no reside entre quienes poseerían una respuesta y quienes estarían lamentablemente privados de ella. La diferencia está entre los que se hacen la pregunta y los que no. Pues tan pronto surge, la pregunta “qué significa ser uno mismo” desespera por una respuesta, condenando la impostura del discurso al silencio o a la filosofía» (p. 111).

Las cuestiones clínicas y teóricas propuestas en este libro más bien corto son sorprendentemente numerosas y abordadas a través del mismo método vivaz: introducción clínica aguda y directa; exploración magistral del tema; parsimonia conceptual. El paciente tiene la primera palabra y muchas veces la última. El analista-autor entra como mediador entre el lector y todos esos hombres y mujeres que se recuestan en el diván alimentando el pensamiento sobre temas como el cuerpo, presencia y ausencia, separación, lenguaje, tiempo, muerte, negación, trauma, el uso del discurso y su imposibilidad, dependencia, metas del análisis y así sucesivamente. A cada giro, en estas cortas historias, el lector tiene el placer de observar la emergencia de lo “inesperado”, imponiéndose no como el astuto descubrimiento de un ingenioso analista sino como la esencia de una experiencia psicoanalítica genuina.

Elegancia es, pues, la palabra que mejor describe el método de André, especialmente en la forma en que ella resulta esencial en un experimento científico bien diseñado, o en una demostración matemática correctamente desarrollada. La elegancia se manifiesta en la naturaleza ligera de la escritura, sus breves “flashes” que producen el sabor de los estimulantes momentos psicoanalíticos tal como todo analista los experimenta en algún momento de la sesión. Aunque esos momentos pueden estar desplegados en varios recipientes teóricos, todo analista conoce el sentimiento que producen. Mediante la elegancia de este procesamiento teórico del material, André tiene una forma de acercar al lector a esos momentos lo suficiente como para que su envoltura teórica se vuelva casi invisible. Por lo tanto, es la esperada y competente promoción de un intercambio psicoanalítico transatlántico y hasta universal. Solo podemos desear que el libro se traduzca pronto, que beneficie a más lectores y fomente un diálogo transcultural y transteórico más extendido.

 

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