Madrid, 21 del 04 de 2018
Síguenos en
Revista de Psicoanálisis

Laplanches Trieb*
Udo Hock

Descargar PDF

Gracias a su traducción en lengua alemana,

la teoría de las pulsiones de Jean Laplanche revela toda su originalidad y su vitalidad

 

 

Ninguna formulación aclara mejor las dificultades contemporáneas del psicoanálisis a propósito del término «pusión», Trieb, que el señalamiento de carácter epistemológico que introduce «Pulsiones y destinos de pulsión» (p. 113). En ese texto, Freud se revela contra la exigencia según la cual «una ciencia debe construirse sobre conceptos básicos claros y definidos con precisión», alegando que esos conceptos de base solo pueden obtenerse al final del proceso de investigación, y no en sus comienzos. A continuación describe la sutil dialéctica reinante entre, por un lado, el «material de la experiencia» o «material empírico» y, por otro, «esas ideas», esos «conceptos básicos posteriores», señalando su entrecruzamiento mutuo: no hay hechos brutos que no estén asociados a una hipótesis de base cuya justificación está dada por «relaciones significativas» a ese mismo material. Por lo demás, defiende un manejo flexible de esos conceptos fundamentales, porque el progreso del conocimiento «no tolera rigidez alguna, tampoco en las definiciones».

Frente a esta consideración, después de cien años de teorización desde los Tres ensayos de 1905, el balance de la teoría pulsional se revela decepcionante: lejos de haber accedido a una unidad del concepto, el mundo psicoanalítico se ve afectado por una gran dispersión. Ningún indicio de  material empírico ha podido  detener la babilónica confusión de lenguas sobre la pulsión.

Seguramente esta evolución se vio favorecida por el propio Freud. Por ejemplo, cuando el carácter repetitivo de la pulsión -que en «Pulsiones y destinos de pulsión» define como un empuje que se da a conocer como lo que nos mueve ciegamente- deviene, en «Más allá del principio de placer», un  movimiento regresivo que dota al concepto de una significación teleológica[1]. En lugar de una pulsión sexual errática, para la que todos los caminos están abiertos, surge un cierto dualismo pulsional cuya designación marca su orientación finalista: pulsión de vida y pulsión de muerte se definen por sus metas respectivas, la vida / la muerte. Y la cuestión de la repetición versus la regresión no es la única que plantea grandes dificultades a Freud; la necesidad de otorgar representaciones a sus nuevas concepciones sobre la pulsión lo confronta a problemas aún no resueltos. Es famosa su búsqueda desesperada de un representante de la pulsión de muerte: agresividad, destructividad, masoquismo, sadismo, odio… y la lista se alarga sin problemas con las representaciones kleinianas, como por ejemplo la envidia. Además, ciertas propuestas sobre los representantes de Eros, la futura pulsión de vida, se revelan contradictorias. Así, en Tres ensayos  refuta la idea de la fábula de Aristófanes – por lo tanto, la «opinión popular de la sexualidad» según la cual ésta falta en la infancia, emerge en la pubertad, se  manifiesta como atracción por el sexo opuesto y tiene como meta la unión sexual-, mientras que en «Más allá…» (1920) retomará, para rehabilitarlo, ese mismo mito de la separación del hombre en dos mitades –hombre y mujer- que se reúnen en el amor[2]. A la pulsión sexual esencialmente perversa y polimorfa de los Tres ensayos se opone, pues, una pulsión de vida desenfrenada, der alles erhaltende Eros, a la que desde entonces se añaden las pulsiones de auto-conservación. La nueva denominación no deja de tener consecuencias en lo que atañe al concepto de sexualidad.

La controversia post-freudiana relativa a la noción de pulsión casi no se ha  desarrollado en la línea de los dilemas y conflictos conceptuales tal como éstos aparecían en Freud. Junto a una tendencia a eliminar del psicoanálisis el concepto de pulsión, entendido como construcción metafísica, un conjunto de diferentes teorías se queda en la referencia a Freud, en lugar de hacer avanzar su investigación sobre este concepto[3].

Quien esté dispuesto a hacer ese trabajo no puede ahorrarse la lectura de los escritos de Jean Laplanche. Es cierto que se ha reprochado a este autor, tanto como a Lacan[4], el haber traicionado la herencia freudiana de la pulsión. Ése es el sentido de la crítica polémica y hasta difamatoria de André Green, quien afirma, en Las cadenas de Eros[5], que en Jean Laplanche se observa una tendencia a rechazar la hipótesis freudiana de la pulsión en favor de una «mentalización» del inconsciente que lo separa de sus fuentes corporales.

Los escritos de Jean Laplanche nos convencen de la absurdidad de este reproche: en la lectura que hace de Freud, la pulsión constituye un leitmotiv desde sus inicios,  en Vida y muerte en psicoanálisis[6], hasta su reciente artículo «Pulsión e instinto»[7].

Este último título es programático del pensamiento de Jean Laplanche sobre la pulsión, pues el texto se orienta por entero a despejar su diferencia específica del concepto de instinto con miras a acceder a una unidad del concepto de pulsión. Se trata de un planteamiento que no va de suyo, como lo revela la historia misma de la traducción de la palabra Trieb: pulsión e instinto, o pulsión versus instinto. ¿Cómo sería posible una distinción conceptual si, en el nivel del texto, no está establecido cuándo Freud habla de pulsión y cuándo de instinto? En las dos traducciones originarias –al francés por Marie Bonaparte y al inglés por Strachey- la diferencia era en efecto sacrificada, siendo traducidas ambas palabras –Trieb e Instinkt– por «instinto»[8]. Aunque, en su «radicalismo pro-pulsional»[9], Lacan  se equivoca cuando dice que término Instinkt[10] no se encuentra en ningún lugar de la obra freudiana, de todos modos demuestra la necesidad de una separación conceptual de ambos términos. El famoso juego de palabras trilingüe: Trieb-drive-deriva, no se propone como una traducción, sino  que  señala el principio a-teleológico de la pulsión, su empuje furioso sin dirección y sin meta.

Para abrir el camino hacia esa separación conceptual entre pulsión e instinto, Jean Laplanche examinó y analizó minuciosamente las partes del texto freudiano que aportan esclarecimientos sobre la concepción del instinto, especialmente en el contexto de la elección de objeto[11], de la angustia[12] y del amor[13]. Así, Laplanche llega al siguiente resultado:

-El instinto persigue una meta definida y fija, está dirigido hacia un objetivo. Ese objetivo puede consistir, por ejemplo, en evitar un peligro, en la medida en que éste es captado instintivamente. En su conferencia sobre la angustia, Freud lamenta, por ejemplo, que el hombre no haya heredado «más instintos de esta clase, protectores de la vida», que lo prevendrían de riesgos vitales tales como el fuego, el agua y las alturas vertiginosas[14].

-El comportamiento instintual sigue un esquema fijo, sus posibilidades de variación son limitadas. Se trata de una reacción automática. En este sentido, es correcto llamar «instintivo» al manejo que hace Lucky Lucke de su revolver ante un peligro externo[15].

-El instinto es heredado y no adquirido. Esta característica aparece en la revisión del caso de homosexualidad femenina estudiado por Freud. Se trata de una joven llevada por su padre a análisis para que Freud la cure de su homosexualidad. Sobre ello, escribe lo siguiente: « En caso de que esta vía fracasase de todos modos tenía como reserva el antídoto más poderoso: un matrimonio rápido debería despertar los instintos naturales de la joven, sofocando sus inclinaciones no naturales»[16]. Esos «instintos naturales» no serían entonces nada más que una elección de objeto preformada, innata, a la que se oponen las tendencias pulsionales no naturales – y por qué no, perversas – de la joven.

Esas tres características son precisamente las que no se encuentran en la pulsión. Jean Laplanche vuelve incesantemente a la definición que propone Freud de la pulsión –por sus cuatro elementos de base: empuje, meta, objeto y fuente- para llegar a la conclusión de que solo el empuje le confiere algo como una consistencia interna, como lo sugiere la palabra. Ya el propio Freud designaba al objeto como lo más variable de la pulsión, pues, al no estar ni biológica ni orgánicamente determinado, puede ser remplazado libremente, puede ser externo o formar parte del propio cuerpo y puede ser fantasmático o real. La misma variabilidad se observa también en la fuente pulsional, que de ningún modo se deja reducir a las famosas zonas erógenas (oral, anal, genital). La fuente de la pulsión es más bien todo lo que aporta placer, incluyendo sin duda el placer de mirar, de tocar, etc., y cuya fuente apenas puede definirse como zona erógena. Falta, pues, la meta. Sobre el tema Freud escribe que la meta de la pulsión «es en todos los casos la satisfacción, que solo puede alcanzarse cancelando el estado de estimulación en la fuente de la pulsión»[17]. Pero es evidente que esa meta es difícil de conseguir. Desde que nos alejamos del modelo del orgasmo, con una tensión en su fuente,  una acción específica y un objeto fantasmático o real para obtener el estado de relajación, en general sigue siendo difícil indicar mediante qué vía una pulsión encuentra su satisfacción. La posibilidad de cambiar o de combinar las metas pulsionales, de modificarlas o de inhibirlas –como lo expresa la famosa fórmula freudiana «destinos de pulsión»- no deja de tener consecuencias sobre la meta de la satisfacción, que sus innumerables variaciones vuelven imposible.

La imposibilidad de satisfacer la pulsión sexual es un hecho que Freud ya señalaba en su correspondencia con Fliess y que desarrolló más tarde en «Contribución a la psicología del amor»[18]. Jean Laplanche hace de esa constatación freudiana un eje fundamental de su propia concepción de la pulsión, que él ciñe exclusivamente a lo sexual. Por lo tanto, para él no existe más que una única pulsión, la pulsión sexual, en el seno de la cual encuentra  legitimidad la distinción operada posteriormente por Freud entre pulsión de vida y pulsión de muerte.  Así, lejos de ser una noción original que daría cuenta de algo completamente nuevo, la pulsión de muerte más bien habría servido de clave[19] para orientar la exploración de la fase anterior al descubrimiento del narcisismo. Fase donde la sexualidad aún carece de objeto y es auto-erótica, donde los procesos inconscientes son concebidos como desligazón y proceso primario, y donde el predominio del principio de muerte, la búsqueda del grado cero de la excitación con su tendencia a la descarga radical de las tensiones, prevalece sobre el principio de constancia, o principio de vida. Tal como la entiende Laplanche, la pulsión sexual no conoce ninguna homeostasis sino solo el insaciable «hambre de excitación», Reizhunger, que no admite ningún apaciguamiento. Ella calma la excitación llevándola hasta el agotamiento total: sin satisfacción. En este sentido, corresponde mejor al sentimiento de «tener ganas» [deseo], que al de «saciar las ganas» [placer].

Homeostasis, objeto de satisfacción, experiencia de satisfacción, acción específica… todas estas nociones no sirven de nada cuando se trata de definir la pulsión. Sin duda pueden caracterizar a la autoconservación, pero justamente porque la autoconservación no funciona de manera pulsional sino instintual. Seguir a Jean Laplanche en  su concepción de la pulsión  significa revocar todas las imágenes e ideas de reconciliación mediante las cuales Freud intentó representar la experiencia de placer o la satisfacción pulsional: «No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño del pecho de su madre se vuelve paradigmático para todo vínculo de amor », leemos en un famoso pasaje, a menudo comentado, de los  Tres ensayos[20]. En este mismo espíritu de reconciliación entre la actividad alimenticia y la actividad sexual, escribe: «Quien vea a un niño saciado adormecerse en el pecho materno, con sus mejillas sonrosadas y una sonrisa beatífica, no podrá menos que decirse que este cuadro sigue siendo decisivo también para la expresión de la satisfacción sexual en la vida adulta»[21]. Por el contrario, la radicalización de la pulsión en Jean Laplanche exige otras imágenes. Según Laplanche, la pulsión no aparece hasta que se ha producido «el salto» de la lactancia al chupeteo del pulgar, cuando termina el tiempo de las imágenes idílicas y comienza el de «las “malas costumbres” sexuales del niño», que es también el tiempo infinito del auto-erotismo[22]. Porque la sexualidad perverso-polimorfa del niño nunca se somete sin resto al predominio de lo genital, forma incesantemente retoños que se oponen a ese predominio. Incluso en la edad adulta, la pulsión se revela un  «ente rezagado», ein Getriebensein, que no encuentra  alivio duradero en ningún orgasmo. Es la patología irreductible de la existencia humana. De modo que debe buscarse ahí donde la actividad alimenticia ya no funciona –por excesiva o insuficiente-, donde el amor fracasa, donde el trabajo (de simbolización, de ligazón, de sublimación, etc.) no tiene éxito.

Y para aclarar esto quisiera añadir, siguiendo a Laplanche, que el hambre no debería considerarse una pulsión, en el sentido de “pulsión de autoconservación”,  sino,  en rigor,  un instinto de autoconservación. El hambre es una necesidad biológica con un objeto de satisfacción específico -el alimento-  y una «acción de satisfacción» -la alimentación[23]-, que se exige sin demora, «imperativamente», dice Freud. Es precisamente por eso que no se deja ni reprimir ni sublimar. Tales intentos llevarían inevitablemente a la muerte por inanición. La pulsión en el hambre solo se muestra a partir del momento en que la aparición cíclica de un estado de tensión llamado hambre («tengo hambre») es tendenciosamente interrumpido, como ocurre en la bulimia o la anorexia. Entonces resulta evidente que otro régimen, en el que justamente ningún objeto y ninguna acción específica aseguran la satisfacción, subvierte el funcionamiento fisiológico. Esta disfunción de la autoconservación es el signo infalible de la injerencia de la pulsión sexual, que se muestra inconciliable con cualquier reducción de la tensión en tanto satisfacción de la necesidad («ya no tengo hambre»). La pulsión siempre tiene hambre.

Para Jean Laplanche, esta caracterización de la pulsión está indisociablemente ligada a su origen en la escena de seducción: la pulsión emerge como resultado de un proceso de represión en el cual los mensajes comprometidos del otro adulto son parcialmente traducidos y, a la vez, devienen en parte restos inconscientes debido al fracaso mismo de esa traducción. En este contexto, « comprometidos» significa que esos mensajes se presentan como una suerte de formación de compromiso, estando compuestos por las intenciones conscientes de su emisor («debo pegarte por razones educativas») y, al mismo tiempo, por sus deseos inconscientes rechazados («de torturarte sádicamente»); de modo que son del todo comparables a acciones sintomáticas.

Lo que importa en este modelo de la pulsión, que resulta de la teoría de la seducción,  es garantizar el origen exógeno de la pulsión: ella proviene de la relación específica que el niño entabla con sus objetos primarios. Exógena y no endógena, adquirida y no innata… así resuenan esos pares de opuestos que aclaran  la diferencia entre pulsión e instinto. Lo que no significa que la pulsión sea menos biológica o corporal que el instinto, pues la línea de separación no pasa entre una biología del instinto y una psicología de la pulsión. En varias oportunidades Jean Laplanche nota que Freud, en el contexto de su teoría de la seducción, escribe que « el factor de una predisposición hereditaria recobra [su] jurisdicción » [y no el factor biológico, U.H][24]. Freud alude ahí a una cierta herencia filogenética de la pulsión, que Jean Laplanche rechaza.

Situando el origen de la pulsión en la seducción, Laplanche también rechaza la así llamada teoría del apuntalamiento, a la que rendía homenaje en Vida y muerte en psicoanálisis. La teoría del apuntalamiento se centra en la intrincación originaria de las pulsiones sexuales y de las pulsiones de autoconservación. Según esta teoría, al comienzo las pulsiones sexuales se apuntalan sobre las funciones vitales para luego devenir, secundariamente, independientes de sus fuentes orgánicas: boca, ano, etc. La escena originaria de la teoría del apuntalamiento sería entonces el acto de succionar el pecho materno, del cual nacería la sexualidad oral infantil que, enseguida, se volvería autónoma separándose del campo de la autoconservación, es decir, de la actividad alimenticia.

Pero, ¿qué malabar haría que el conejo de lo sexual surja del sombrero de lo alimenticio si éste no hubiera sido colocado antes ahí? ¿Cómo del plomo de lo alimenticio se obtendría el oro de lo sexual?

Para responder al enigma del nacimiento de la sexualidad infantil, Jean Laplanche desplaza su observación de las zonas erógenas –los labios que tocan los pechos, los dientes que los muerden- hacia la relación de las personas en presencia: el infans, por un lado; el adulto, por otro. En este contexto, «seducción» significa que, en el plano sexual, existe una asimetría radical entre ellos. El adulto confronta al niño con su propia sexualidad inconsciente, frente a la cual éste ocupa una posición pasiva fundamental. Esta sexualidad inconsciente del adulto es comunicada al niño en forma de mensajes enigmáticos que, aun oponiéndose a sus intenciones conscientes, las comprometen. Esos mensajes enturbian ruidosamente una relación mutua que parece funcionar sin dificultad: la madre ofrece su pecho al niño con la mejor intención y, pese a todo, inevitablemente el niño se pregunta «¿qué quiere este pecho de mí?».  Y ello en la medida en que, al mismo tiempo, esa madre « dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho»[25]. La respuesta del aficionado a las mujeres en La interpretación de los sueños –que decía de la bella nodriza de su infancia: «lástima no haber aprovechado entonces mejor esa buena ocasión»[26]– solo oculta la incapacidad estructural en que se encuentra el infante para traducir esos mensajes cargados de sexualidad. No dispone de los códigos necesarios e inevitablemente fracasa en esa tarea. Jean Laplanche llama, con Freud, «represión» a ese fracaso de traducción. Como consecuencia de la imposibilidad de apropiarse de ese mensaje, en el movimiento de la represión se forman esas fuentes de la pulsión que Jean Laplanche también llama objetos-fuente. Se trata ante todo de fuentes de una excitación inagotable cuyo origen no remite a un mítico sustrato corporal, como se sugiere en «Pulsiones y destinos de pulsión»[27], sino más bien a la situación del infante, en tanto que se encuentra expuesto a los mensajes fantasmáticos de sus objetos primarios.

Una lectura atenta de la teoría de la pulsión de Jean Laplanche nos permite apreciar hasta qué punto se inscribe en una estrecha continuidad con la primera edición de los Tres ensayos, hasta qué punto ese texto es fuente de una inagotable inspiración para la teorización de Jean Laplanche. Lean los Tres ensayos y reconocerán que la preocupación de Laplanche  no es otra que salvar a los descubrimientos freudianos del olvido y protegerlos contra las interpretaciones modernas y apócrifas de Freud que pretenden conservar su herencia cuando en realidad contribuyen a su represión.

Para terminar quisiera situar la concepción de la pulsión de Jean Laplanche frente al debate, recurrente en psicoanálisis, entre la intersubjetividad y la teoría de la pulsión como paradigmas aparentemente opuestos. Aparentemente opuestos porque, en sus diferentes formulaciones, el psicoanálisis intersubjetivo piensa que puede renunciar a ese antiguo bagaje que es la pulsión, mientras los defensores de la teoría de la pulsión casi siempre se enredan en concepciones biológicas según las cuales la pulsión forma parte, desde el origen, de la constitución del sujeto, sin que el otro esté implicado en ese proceso.

Sin entrar en los detalles de este debate,  lo utilizaré como telón de fondo para cuestionar la relación entre intersubjetividad y pulsión en la teoría laplanchiana. En primer lugar existe una respuesta simple, evidente si se tienen  en cuenta las elaboraciones precedentes: según Jean Laplanche, la pulsión no tiene por condición la existencia de un sujeto monádico, que extiende sus tentáculos hacia el otro para su satisfacción pulsional sin querer nada más de él. El origen exógeno significa más bien que la pulsión depende del otro para constituirse y que ese origen se inscribe en la forma como se presenta: más que dominarla, somos esclavos de la pulsión;  más que contenerla, ella nos mueve. La analogía que establece Freud entre la relación « caballero / caballo »  y « yo/ello »  podría servir  de ilustración: «Así como al jinete, si quiere permanecer sobre el caballo, a menudo no le queda otro remedio que conducirlo a donde éste quiere ir, también el yo suele trasponer en acción la voluntad del ello como si fuera la suya propia »[28].

De hecho, Jean Laplanche concibe esa extrañeza interna del ello como la extrañeza externa del otro, él mismo desdoblado en su relación enigmática con su propia extrañeza interna, consecuencia de la represión. Es precisamente por esta razón que Jean Laplanche se niega a concebir el psicoanálisis como una teoría de las relaciones de objeto o como una teoría de la intersubjetividad. Antes de que el sujeto forje cualquier relación con un objeto o con otro sujeto, él mismo es objeto del otro. Esta es exactamente la situación paradigmática de la seducción, que se reproduce de manera disfrazada en la cura. De modo que la teoría de la seducción no es compatible ni con una teoría de la pulsión fundada en el concepto de mónada, ni con la teoría de la intersubjetividad. No hay reconciliación posible entre pulsión e intersubjetividad. Esa solución depurada minimizaría el alcance de la teoría de la pulsión, así como el impacto traumático que confiere a la pulsión su origen en el encuentro con el otro. La sexualidad reprimida del adulto, que se transmite en la escena de seducción, es en sí misma profundamente amoral –en el sentido de una transgresión sexual- y asocial  en el sentido de que altera la vida comunitaria: el niño no puede integrar en su sistema  cognitivo la excitación que le está asociada y que Lacan designa como «goce», sino que más bien se ve desbordado por ella. La acción traumática de la pulsión, el ataque interno que ejerce sobre el aparato psíquico, tienen su fuente en las partes intraducibles de los mensajes de los adultos. Un auto-traumatismo es muy difícil de imaginar. El desamparo biológico del niño pequeño –el hecho de que no pueda sobrevivir sin la ayuda de sus padres- sería más bien redoblado por un  desamparo psíquico ligado a este exceso de excitación. En esta constelación, el niño ocupa una posición de objeto de la satisfacción de deseos pulsionales parentales, más que la de sujeto de una interacción mutua.  Pero es probable que el hecho de hacer del otro el objeto de la propia satisfacción, en lugar de reconocer su alteridad, sea una característica esencial de la pulsión. Esto vale tanto para el adulto frente al niño como para el niño en su relación con el adulto. El nacimiento de la sexualidad a partir del autoerotismo  (Cf. el chupeteo del pulgar como nacimiento de la pulsión sexual), que lleva a la separación de la madre que amamanta, se ha grabado irrevocablemente tanto en su apariencia como en su funcionamiento.

Notas

* « Laplanches Trieb », Libres cahiers pour la psychanalyse,  2007/1 N°15,  p. 73-84. Traducido del alemán al francés por Josef Ludin y Jean-Claude Rolland.  Traducción (a partir de la versión francesa): Deborah Golergant.

[1] En Freud encontramos tanto la idea de que las pulsiones son los motores propiamente dichos del progreso (OC, XIV, AE, p. 117), como la posición contraria de que las pulsiones están «orientadas a la regresión» (OC, XVIII, AE, p. 57) y, por lo tanto, son de naturaleza conservadora. Pienso que, según el paradigma de la atemporalidad del inconsciente, esas determinaciones temporales no son significativas para la pulsión. A ella no le interesa ni un «antes» ni un «retorno» sino un «siempre de nuevo», que debería entenderse como una insistencia, es decir, como un movimiento de repetición. He trabajado la proximidad entre la pulsión y la temporalidad de la repetición en mi libro Das Unbewußte Denken, Frankfurt am Main, Fischer, 2000.

[2]S. Freud (1920), « Más allá del principio de placer », OC, XVIII, AE, p. 56.

[3]Cualquier presentación esquemática no solo sería simplista, sino necesariamente falsa. Separar el mundo analítico entre adeptos y adversarios de una pulsión de muerte autónoma supondría que tal vez existe un consenso mínimo sobre este concepto, pero estamos lejos de ello. La pulsión de muerte aparece más que nunca como un signo de las preferencias internas y profundas de los teóricos que adhieren a ella. Me parece más fructífera la pregunta sobre la naturaleza de la pulsión que aquélla sobre el número de posibles pulsiones.

 [4] Precisamente a Lacan, quien declara en la mejor tradición freudiana a la pulsión como uno de los «Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis»; véase J. Lacan, 1973. En su respuesta a André Green, Jean Laplanche insiste con razón en el hecho de que su libro de 1997 fue escrito en una fase sumamente anti-lacaniana. Cf. J. Laplanche, «La pregenitalidad freudiana en el olvido. Acerca de la obra de André Green», en Zona Erógena, N·37, 1998.

[5] A. Green, Las cadenas de Eros. Actualidad de lo sexual (1997), Bs Aires: Amorrortu, 1998, p. 161.

[6] J. Laplanche, Vida y muerte en psicoanálisis, Amorrortu, 1972, sobre todo el cap.2.

[7] J. Laplanche, « Pulsión e instinto» (2000), en  Alter. Revista de psicoanálisis, 2005.

[8] Contrariamente a la tradición francesa, donde la traducción de Trieb por «pulsión» hoy se ha vuelto un «hecho consumado»,  en la traducción anglosajona existe una analogía entre drive e «instinto».

[9] J. Laplanche (1992), El extravío biologizante de la sexualidad en Freud, Amorrortu,1998, p. 22.

[10] J. Lacan (1966), Écrits, Seuil, p. 834.

 [11] J. Laplanche, op. cit. (2000; 2005, p. 28).

[12] J. Laplanche, op. cit. (1992; 1998, p. 24-25).

[13] J. Laplanche, Ibid., p. 27-29.

[14] S. Freud (1916-1917), «Lecciones de Introducción al psicoanálisis», OC, XVI, AE, p. 371.

[15] J. Laplanche op. cit. (1992;1998, p. 23).

[16] S. Freud (1920), « Un caso de homosexualidad femenina »,  O.C. XVIII, AE, p.143.

[17] S. Freud (1915), « Pulsiones y destinos de pulsión », OC, XIV, AE, p. 118.

[18] « Creo que, por extraño que suene, habría que ocuparse de la posibilidad de que haya algo en la naturaleza de la pulsión sexual misma desfavorable al logro de la satisfacción plena» (S. Freud, (1910), « Contribuciones a la psicología del amor », OC, XI, AE, p. 182 Amorrortu). Freud da dos razones para ello: 1.La doble cercanía de la elección de objeto con la interferencia de la barrera del incesto. El objeto de amor originario es, por lo tanto, remplazado por un sustituto. 2. La reducción de la sexualidad polimorfa perversa a la genitalidad.

[19] En alemán, die Chiffre, una herramienta rudimentaria, primordial, de la investigación. N. de T (Josef Ludin y Jean-Claude Rolland)

[20] S. Freud (1905), Tres ensayos de teoría sexual, OC, AE, p.203.

[21]  Ibid., p.165.

[22]  Ibid., p. 163-164.

[23] S. Freud, OC, AE, XIV.

[24] S. Freud, carta a Fliess del 21.9.1897, OC. I, AE, p. 302 [Se trata de la carta en la que Freud justifica el abandono de su teoría. N. de T.].

[25]  S. Freud, (1905), op. cit., p. 203.

[26] S. Freud (1900), La interpretación de los sueños, OC, IV, AE.

[27] S. Freud, OC, XIII, pp. 114-115.

[28] S. Freud (1923), « El yo y el ello», OC, AE, XIXI, p. 50.

 

Apres-coup