Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

La normatividad del psicoanálisis revisitada*
Susann Heenen-Wolff

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Peter Fonagy es un importante teórico del apego y de la «mentalización». Ahora bien, en su libro Identity, Gender and Sexuality, editado por la Asociación Internacional de Psicoanálisis, él mismo constata de manera crítica: «Es como si en psicoanálisis ya no hubiese lugar para la sexualidad. Ya no la consideramos como fundamental en todos los casos que presentamos y tampoco es importante para la teorización actual». Añade que «hoy es más común considerar a la psicosexualidad  como lo que tapa otros conflictos, no sexuales y más bien relacionados con el objeto, que lo inverso »[2].

Como escribe Fonagy, es evidente que el tema de la sexualidad y del conflicto sexual está menos presente en los escritos psicoanalíticos contemporáneos que en tiempos de Freud. En los trabajos metapsicológicos y clínicos, el así llamado escándalo de la histeria -con su conflicto intrapsíquico entre deseo sexual y prohibición superyoica- ha sido suplantado por la problemática de las fallas en la capacidad de simbolización o de “mentalización” del analizando.

La atención considerable que se otorga al “aquí y ahora” de la sesión contribuye al repliegue de la teoría de la sexualidad infantil, pues esta sexualidad específica solo puede tomarse en cuenta y salir a la luz mediante el complicado concepto temporal del après-coup,  sin que sea suficiente la observación de lo que se expresa en la actualidad de la sesión. «Es evidente que no seremos capaces de observar de manera directa lo que se ofrece a nuestro examen sobre el diván: los constituyentes o las expresiones de la sexualidad y la destructividad»[3]. La concepción del “aquí y ahora” puede dejar de lado tanto la dimensión del après-coup freudiano en el proceso analítico, como la teoría general del funcionamiento psíquico que le está asociada. Según el concepto de après-coup, situaciones que no fueron experimentadas sexualmente en un primer tiempo serán inevitablemente sexualizadas après-coup, en el curso de la maduración y a partir de nuevas experiencias, a más tardar durante la pubertad. Y el propio proceso analítico promete, ni más ni menos, desencadenar efectos après-coup. Considerándolo más detenidamente, según la metapsicología freudina parece impensable  encontrar elementos no sexulizados en el inconsciente.

Hay que señalar que si el trauma al que nos confronta la situación analítica  no es siempre sexual, de todos modos su elaboración está regida por la sexualidad infantil, su plasticidad libidinal y su polimorfia, así como por el masoquismo, que lleva a obtener goce del dolor.

Al mismo tiempo, la reducción de las referencias a la psicosexulidad y al complejo de Edipo en el discurso psicoanalítico ha permitido soslayar ciertos problemas metapsicológicos.

Mitos psicoanalíticos sobre la sexualidad femenina

Comencemos por algunas preconcepciones de la sexualidad femenina que dependen más de teorías sexuales infantiles que de la experiencia clínica y su teorización. Todos nos hemos formado con la idea de que una maduración lograda en la mujer lleva a un «cambio de zona rectora»[4], es decir, a pasar del predominio de la excitabilidad clitoridiana –considerada como “viril”- a un goce vaginal por la (sola) penetración. Freud consideraba al clítoris por relación a la vagina como «un haz de ramas resinosas (que) puede emplearse para encender una leña de combustión más difícil »[5]. Y sin embargo, en el mismo texto escribe que «la anestesia de las mujeres no es a menudo sino aparente, local. Son anestésicas en la vagina, pero en modo alguno son inexcitables desde el clítoris o aun desde otras zonas »[6].

Karl Abraham describió los diferentes estadios de la frigidez: «La frigidez es un problema tan ampliamente expandido que apenas es necesario describirlo. En cambio, lo que no necesariamente se sabe es que esta afección se manifiesta en diversos grados. El más severo, el de la anestesia propiamente dicha, es raro. En esos casos, la mucosa vaginal ha perdido por completo la sensibilidad al contacto, de modo que el órgano viril no se percibe durante la relación sexual. Así, su existencia es negada. La forma corriente consiste en un trastorno relativo de la sensibilidad, donde el contacto es percibido pero no aporta placer. Además, existen otros casos en los que se experimenta una sensación de placer, pero sin orgasmo »[7].

A pesar de la observación de que la anorgasmia de la mujer por la sola penetración es un «problema tan ampliamente expandido[8]», el ideal de una pareja de un hombre y una mujer que se unen en el goce orgásmico se ha mantenido con una tenacidad turbadora. Sin embargo, todas las grandes encuestas sobre la sexualidad femenina (Hite, Ferroul, Richter et al., Nicolson y Burr) han mostrado que solo una minoría de mujeres alcanzan el orgasmo por la penetración, y ello solamente algunas veces en su vida. ¿Todas las otras sufrirían, entonces, de un trastorno? Parece difícil creer que centenares de miles de mujeres que no alcanzan el orgasmo mediante la sola penetración pero que, por lo demás, tienen excelentes  y diversas reacciones sexuales y se entregan con gusto al acto sexual, experimentando placer en la intimidad con el hombre, sean calificadas como «enfermas».

En lugar de deconstruir una teoría que depende del fantasma infantil de la escena originaria, los psicoanalistas contemporáneos incluso han contribuido a que la mujer sana se sienta mal consigo misma. Se ha descrito una supuesta «complementariedad» (que sin embargo Freud ya había cuestionado) o, más recientemente, el «empuje constante de la pulsión»  en la mujer, a quien el «amante» debe «hacer gozar a toda costa»[9]. Estos mandatos contribuyen a expandir la idea de que la vida sexual de la mujer puede estar libre de obstáculos, lo que en mi opinión contribuye a disuadir a los psicoanalistas contemporáneos de teorizar la problemática sexual específica de la mujer. Lacan, sin embargo, había advertido que «no hay relación sexual», designando con este aforismo la imposibilidad de una complementariedad entre los sexos. Siempre hay un «resto» irreductible, causa de la insatisfacción. Freud, por su parte,  siempre sostuvo la misma idea: « Creo que, por extraño que suene, habría que ocuparse de la posibilidad de que haya algo en la naturaleza de la pulsión sexual misma desfavorable al logro de la satisfacción plena »[10].

Un ejemplo: la salida del complejo de Edipo – es decir, la identificación al padre del mismo sexo que se da después de la renuncia a la posesión de aquél del sexo opuesto- era (y es) considerada como el apogeo de la sexualidad infantil y como la condición de una sexualidad genital madura posterior. En las últimas décadas han surgido nuevas visiones de la sexualidad y la posición teórica del psicoanálisis se ha visto afectada, particularmente en lo que respecta a la homosexualidad. Aunque Freud dice que la atracción mutua entre el hombre y la mujer  no va de suyo sino que requiere una explicación distinta  a la de una simple atracción biológica, no es menos cierto que, desde un punto de vista psicoanalítico clásico, la homosexualidad se entiende como resultado de una regresión o de una fijación a un estadio o a experiencias anteriores al declive del complejo de Edipo y, a fin de cuentas, como un fracaso de la rivalidad edípica, que conlleva una identificación con el padre del sexo opuesto[11]. Generalmente esta consideración ya no es proclamada en voz alta por los psicoanalistas, pero todavía puede escucharse que  la homosexualidad estaría ligada a las vicisitudes de la organización edípica y a las complejidades de los procesos identificatorios cuyos supuestos aspectos traumáticos se destacan a menudo. Por lo demás, la homofobia sigue siendo intensa en el marco de las instituciones psicoanalíticas.

El ocultamiento de la sexualidad en el psicoanálisis contemporáneo parece haber vuelto superfluo el debate acerca de la homosexualidad, pero también obstaculiza la comprensión de formas más insólitas de la sexualidad, como el travestismo o la transexualidad.

En este contexto, me parece indicado volver a las teorías freudianas que se ocupan de la sexualidad. Ellas nos proporcionan una base sólida para participar en el debate contemporáneo sobre las nuevas formas de vida familiar y sexual.

La bisexualidad estructural del ser humano

En los Tres ensayos, Freud otorga a la bisexualidad un rol fundamental en la organización y el devenir de la psicosexualidad infantil. Si los impulsos amorosos y las identificaciones del niño apenas toman en cuenta la pertenencia sexual de los objetos primarios, la capacidad bisexual (desear, amar y poder identificarse con ambos sexos) forma parte de la vida psíquica del sujeto de manera más o menos inconsciente, mientras que el resultado final –la orientación de la elección de objeto- está ligado a experiencias corporales que otorgan a la realidad psíquica su dimensión sexuada, así como a  fuerzas y vicisitudes que moldean la singularidad de una historia precisa. La bisexualidad originaria  sigue siendo responsable de las huellas homosexuales en la experiencia de todo individuo[12].

La «bisexualidad», en el sentido freudiano, es una sexualidad no fijada en lo que atañe a las identificaciones y a las orientaciones. De manera más exacta, deberíamos decir que se trata de una sexualidad polimorfa.  Ello  nos protegería contra el peligro de concebir (con Freud) a la diferencia anatómica de los sexos como «roca de origen» y como fundamento de la organización psíquica, pues «esta concepción implica que existiría necesariamente un punto donde la cultura coincidiría con la naturaleza y encontraría en ella su fuente»[13]. Si se quiere sostener esta concepción, entonces habría que preguntarse de qué origen se trata.

La bisexualidad del ser humano, entendida aquí como  oscilación entre investiduras homosexuales y heterosexuales así como entre identificaciones “masculinas” y “femeninas”[14], fue considerada por Freud como estructural, tanto así que en Análisis terminable e interminable  se refiere a ella como «roca de base» – inanalizable – que pone  fin al posible trabajo del analista[15], al igual que el «masoquismo simple»[16], la constitución pulsional[17], los empujes pulsionales en la pubertad y en la menopausia[18], la «viscosidad de la libido»[19] y el juego pulsional conflictivo entre Eros y Tánatos[20]. ¿Cómo se  explica que estas constataciones freudianas hayan caído en el olvido,  hasta el punto de que tantos analistas aceptan la idea de que conviene distinguir entre una sexualidad que llaman genital madura y la sexualidad polimorfa?

Ahora bien, toda elección de objeto es resultado de la represión, lo que permite la «restricción»[21] de los impulsos en dirección a un solo sexo, y  probablemente es también gracias a una «restricción» que resulta posible adquirir el sentimiento, y hasta la convicción, de pertenecer a un sexo preciso. Más adelante volveré sobre este aspecto.

¿Fijación pregenital o Edipo no resuelto?

Las teorías psicoanalíticas postfreudianas sobre la orientación de la elección de objeto han buscado asociar la homosexualidad manifiesta ya sea a una fijación pre-edípica (por ejemplo Bergeret[22]), ya sea a un complejo de Edipo organizado de manera específica (por ejemplo Goldsmith[23]). La hipótesis de que la homosexualidad se basa más en experiencias pre-genitales que genitales implica la convicción de que la experiencia pre-genital sería más “precoz”, por lo tanto más “arcaica”, menos “madura”, más “primitiva”. Estas definiciones no resultan convincentes. Sabemos que las experiencias pre-genitales rigen la vida sexual de todo adulto. Esa sexualidad infantil, polimorfa, abierta,  es lo que humaniza la sexualidad; tiene su origen en el fantasma, que resulta de la traducción de los mensajes enigmáticos del adulto; a su nivel circulan los fantasmas sexuales del adulto y aquello susceptible de ser sublimado son las pulsiones parciales. Laplanche nos recuerda la oposición entre la «sexualidad no ligada (erótica) y la sexualidad ligada (narcisista y/u objetal) es exclusivamente humana, «es decir, que resulta completamente informada y orientada por la vida fantasmática»[24]. Como dice Daniel Widlöcher: «La sexualidad infantil no persiste en el adulto como un residuo mal asimilado, sino como una fuente permanente de deseos y de actividades creativas »[25].

También puede notarse la importancia de la capacidad de experimentar una sexualidad pregenital si se consideran los conflictos inherentes a la sexualidad humana denominada genital, que comporta una insatisfacción estructural. El propio Freud no deja ninguna duda al respecto.

El complejo de Edipo « completo »

La hipótesis de que la homosexualidad resulta de un complejo de Edipo no resuelto tampoco puede convencer si se sigue de cerca a Freud. En 1923 Freud vuelve sobre su primera concepción del complejo de Edipo y pone en evidencia el potencial para una orientación polimorfa, bisexual. Solo una lectura superficial y parcial de la teoría del complejo de Edipo permite pensar que, para llegar a una elección de objeto heterosexual, va de suyo  que el niño se identifica con la imago paterna y la niña con la imago materna,  y que, además, esta dinámica sería “mejor” que otra. A propósito de la evolución del concepto de complejo  de Edipo en su obra, Freud escribe: « La salida y el desenlace de la situación del Edipo en identificación-padre o identificación-madre parece depender entonces, en ambos sexos, de la intensidad relativa de las dos disposiciones sexuales. Este es uno de los modos en que la bisexualidad interviene en los destinos del complejo de Edipo. El otro es todavía más significativo, a saber: uno tiene la impresión de que el complejo de Edipo simple no es, en modo alguno, el más frecuente, sino que corresponde a una simplificación o esquematización que, por lo demás, a menudo se justifica suficientemente en la práctica. Una indagación más a fondo pone en descubierto, las más de las veces, el complejo de Edipo más completo, que es uno duplicado, positivo y negativo, dependiente de la bisexualidad originaria del niño. Es decir que el varoncito no posee sólo una actitud ambivalente hacia el padre, y una elección tierna de objeto en favor de la madre, sino que se comporta también, simultáneamente, como una niña: muestra la actitud femenina tierna hacia el padre, y la correspondiente actitud celosa y hostil hacia la madre. Esta injerencia de la bisexualidad es lo que vuelve tan difícil penetrar con la mirada las constelaciones {proporciones} de las elecciones de objeto e identificaciones primitivas, y todavía más difícil describirlas en una sinopsis. Podría ser también que la ambivalencia comprobada en la relación con los padres debiera referirse por entero a la bisexualidad, y no, como antes lo expuse, que se desarrollase por la actitud de rivalidad a partir de la identificación »[26].

El complejo de Edipo « completo » consiste en el hecho de que, más allá del Edipo llamado “positivo” y el llamado “negativo”, se constata « toda una serie de casos mixtos en los que coexisten estas dos formas en una relación dialéctica »[27]. Si hay toda una serie de casos mixtos, si tal vez hay solo casos mixtos, entonces debemos  ser consecuentes y renunciar a la noción de “complejo de Edipo”, pues ella remite inevitablemente a una “buena solución”. Y aquí llegamos naturalmente a la crítica de Laplanche respecto a las teorías mítico-simbólicas de Freud y de los post-freudianos.

El Edipo como metarelato

Los desarrollos más recientes de Jean Laplanche son interesantes en el contexto de la comprensión del juego edípico y su relación con la bisexualidad. «Que la “estructura” (Edipo, incesto, castración) esté  ampliamente extendida no implica que, desde el punto de vista de la metapsicología,  deba ubicarse en lo profundo del inconsciente. Ella es del dominio del preconsciente y su función consiste en ayudar a poner en relato la historia –consciente-preconsciente-inconsciente- del sujeto»[28]. Uno se “cuenta” que es hombre o mujer,  hetero- u  homosexual: la presentación narrativa de la configuración edípica –originalmente “completa”- determinaría la elección de objeto sexual definitivo  -siempre “restrictiva” -, mientras que el inconsciente (el impulso del ello, las identificaciones) es y seguirá siendo polimorfo, bisexual.

La cultura ha entrado en un estado de revisión constante de tradiciones, de modos de vida que, por lo mismo, se han vuelto reflexivos. Retomando a Laplanche: las narraciones se han vuelto más abiertas, más variadas. Esta “permisividad” podría favorecer el levantamiento de ciertas represiones, en este caso la represión de la bisexualidad, tanto del deseo sexual de orientación bisexual como de las identificaciones sexuales.  Si, como lo sugiere Laplanche, el complejo de Edipo puede entenderse como un meta-relato cultural, universal y dominante solo durante un cierto periodo para ordenar nuestra vida fantasmática y estructurar el inconsciente, entonces debemos considerar el hecho de que «las mentalidades son las formas que toma el compromiso entre la exigencia pulsional y la necesidad cultural». Esas mentalidades están sometidas a grandes cambios.

La represión  de los impulsos homosexuales y de las identificaciones sexuales cruzadas  fue necesaria durante mucho tiempo para asegurar la continuidad de la especie, dependiente del acoplamiento heterosexual. Se podría plantear la hipótesis de que esa represión es cada vez menos necesaria debido a la creciente división  entre sexualidad y procreación. Lógicamente, eso supone que veremos cada vez más identificaciones sexuales cruzadas y elecciones de orientaciones más polimorfas, bisexuales, pues, como constata Freud, « la síntesis de todas las pulsiones parciales en la elección de objeto, bajo el primado de los genitales [interviene] al servicio de la reproducción»[29].  En cambio, en la fase pregenital, « hallamos la oposición entre aspiraciones de meta activa y de meta pasiva, que más tarde se suelda con la oposición entre los sexos »[30]. Esta « soldadura » podría organizarse de manera diferente, más o menos flexible, diversa, múltiple, en función de la cultura, en función de los mensajes enigmáticos que los niños reciben de los adultos en cada cultura particular.

Sexo y género

La noción de «identidad de género» remite al impacto cultural y social en la formación del sentimiento de ser una mujer o de ser un hombre. Lo que consideramos “femenino” o “masculino” es asignado por la cultura, y ello a través del control inconsciente del adulto sobre el niño. La noción de “género” es sinónimo de un conjunto de convicciones: la convicción de pertenecer a uno de los dos grupos sociales definidos como masculino y femenino o, incluso, «la convicción de que la asignación a uno de esos dos grupos fue correcta»[31].

¿En qué sentido decimos que tal asignación es un mensaje y, más precisamente un mensaje enigmático?Cuando los adultos asignan un género al infante, ellos mismos no saben exactamente lo que entienden por masculino o femenino, hombre o mujer[32].  Significar a un niño que él es un hombre parece fácil. Pero, ¿qué quiere decir “ser un hombre”  para el adulto que pronuncia esa asignación? Cuanto menos rígidos se vuelven los códigos, más indeterminada será la asignación.

Cuando un adulto le dice a su hijo que es un chico, le dice al mismo tiempo todo lo que piensa sobre los chicos y sobre las chicas, pero también le transmite todas las dudas que él mismo tiene sobre lo que abarca exactamente la noción de identidad de sexo y de género. La asignación es mucho más que una simple determinación social transmitida por el adulto al niño. Ella supone un mensaje de asignación comprometido por su propio inconsciente, lo que hace que se enuncie al margen de su intención[33]. Más adelante veremos esto de forma más precisa.

Cualquier intento sociológico, social o político de remediar esta asignación inconsciente está destinado al fracaso. Si deseo tener un hijo tierno, no machista, e intento adaptar la educación que le doy a esa meta, inevitablemente implanto, por el contrario-investidura, mis imagos inconscientes relativas a la percepción que, por otra parte, tengo de “los hombres”.

Lo sexual, la sexualidad ampliada, precede a la identidad de género y, por supuesto, a fortiori, a la sexualidad masculina y femenina propiamente dicha, es decir, a las identificaciones como chico y chica, como mujer y hombre.

 

«Trans»

Algunos psicoanalistas post-freudianos han hablado de la asignación del sexo por parte del adulto, por ejemplo Robert Stoller en su intento por comprender la transexualidad. Según Stoller, en el niño transexual la asignación del sexo por parte del adulto no coincide con el sexo real del niño, y de ahí el movimiento “trans” sexual. Laplanche critica esta concepción como demasiado unilateral, pues el niño no es visto como traductor activo de los mensajes enigmáticos del adulto. Señala que por un lado hay asignación de género pero, por otro, también hay traducción del mensaje de asignación.

«El género precede al sexo»[34]. En otros términos: nacemos con un sexo biológico, pero es la sexualidad infantil, implantada por el adulto y traducida por el niño a su manera, lo que le dará un sentido específico, por ejemplo la convicción de estar provisto de un cuerpo que no coincide con la convicción íntima de pertenencia sexual.

Sin embargo,  he aquí la visión tradicional, que continúa muy presente en el mundo psicoanalítico: «Cambiar de sexo es una idea loca», señala Colette Chiland. «Toda solución parece un cuidado paliativo que solo asegura una subsistencia, una vida de conveniencia y de apariencia. En este sentido, lo que importa es la necesidad de pertenencia y de reconocimiento por la sociedad del sexo que eligen. Así, se muestran extremadamente dependientes de las normas socio-culturales».

Tessier plantea la importante cuestión de saber si no encontramos ahí la idea de un «natural» que equivaldría al pensamiento mito-simbólico, donde la «”roca biológica” y la diferencia de los sexos» se consideran como el «fundamento de la humanización del alma»[35]. Y añade: «Reemplazando el criterio del sexo por la raza o el origen étnico, el riesgo (ético) aparece aún más evidente. Sin embargo el razonamiento es el mismo»[36].

Nuestra convicción tradicional, a saber, que la diferencia de los sexos es un fundamento de la humanidad, no sería diferente de la convicción de que existen diferentes razas. Esta diferencia de razas estaría en el fundamento de la humanidad y, por supuesto, apoya una jerarquía estructural.

En este contexto, es interesante señalar una evidencia: hace cuarenta o cincuenta años, la gran mayoría de personas que demandaban un cambio de sexo tenían un perfil psicótico; la indicación de una operación para un cambio de sexo casi siempre respondía a un riesgo de suicidio. Hoy la situación ya no es la misma: también vemos personas transexuales con un perfil neurótico. Una mayor permisividad de la cultura podría tener como consecuencia un menor peso en la coacción a la represión, al clivaje, de modo que las traducciones son más flexibles y variadas. Una vez más: cuanto menos rígidos se vuelvan los códigos, más indeterminada será la asignación.

Cualquiera que haya recibido a una persona transexual en su consulta no puede sino quedar perplejo ante las aserciones que a menudo se escuchan en el medio psicoanalítico, según las cuales las personas transexuales no tendrían acceso a su sufrimiento psíquico y presentarían un discurso particularmente pobre sobre lo masculino y lo femenino.

La homoparentalidad

 Sobre el fondo de una realidad social que hace del niño un logro narcisista, donde casi la mitad de los niños viven o con un solo padre o con una pareja recompuesta, la cuestión de la parentalidad de las parejas homosexuales debía plantearse tarde o temprano. Los argumentos contra la legislación sobre el matrimonio homosexual, que está ligada al acceso a la parentalidad por procreación asistida, son de una pobreza escandalosa: Je veux papa et maman [Quiero papá y mamá] es el título de un libro de Flavigny[37], experto ante la Asamblea Nacional; el contenido es tan decepcionante tanto como el título: los «vínculos de sangre» para asegurar la filiación ocupan un lugar central, tanto más sorprendente  cuanto que se trata de una visión contraria a la tradición judeo-cristiana.

Del lado lacaniano, legislar sobre la filiación en familias homoparentales  era considerado como una abolición de las funciones parentales e, in fine, de la “función simbólica” sin más. Es sorprendente que tan pocos analistas hayan recordado que no es propio del psicoanálisis atribuir más importancia a la composición familiar real que a la dinámica psíquica en juego entre los individuos. Pero, como lo hace notar Hélène Tessier, el psicoanálisis «ha mostrado que también podía aliarse con el conservadurismo y hasta con la tendencia reaccionaria, especialmente en materia familiar. Su apego normativo a la familia tradicional, a la distribución sexuada de los roles parentales y a los estereotipos de género, su desprecio por las reivindicaciones igualitarias, sus referencias abstractas, apolíticas y arcaizantes al derecho y a la “Ley”, hace tiempo que oponen una actitud altiva a todo intento de análisis crítico »[38].

Ahora examinemos una cuestión mucho más interesante, a saber, cómo el niño se construye en tales constelaciones familiares.

Señalemos, de entrada, que no disponemos de trabajos clínicos que hayan revelado una sintomatología específica en niños que crecen en una familia homoparental. Y recordaré que hace 35 años que se realizan estas investigaciones.

 Actualmente dirijo una investigación sobre niños que crecen en familias homoparentales. Nos planteamos las siguientes cuestiones: el proceso de convertirse en padre, ¿es necesariamente diferente, a nivel psíquico, para una pareja homosexual y para una pareja heterosexual? Desde un punto de vista metapsicológico, ¿cómo puede pensarse la evolución del niño? ¿Cómo podemos representarnos la trayectoria de un niño que crece con dos figuras parentales del mismo sexo? ¿Cómo se forjaría una idea de lo que es la concepción, de cómo fue su propia concepción, de sus progenitores? ¿Cómo construye el conocimiento de la diferencia de sexos? ¿Cómo encuentra su propia identidad sexual y su orientación sexual? Y finalmente, ¿qué particularidades podemos observar en el niño que crece en una familia homoparental en comparación con uno que vive en un ambiente más tradicional?

Todas estas cuestiones están, evidentemente, en conexión con las posiciones mito-simbólicas del psicoanálisis tradicional y esperamos poder deconstruir un buen número de ellas a través de esta investigación, especialmente «la aceptación acrítica de la diferencia de sexos como vector de la pulsión y como fundamento estructural del inconsciente»[39]. Así mismo, esperamos poder deconstruir la idea de una centralidad de las identificaciones de los niños a los adultos presentes, para demostrar la importancia de las asignaciones  y de los mensajes enigmáticos que dirigen los adultos a los niños.

El hecho de que haya dos padres del mismo sexo no impide que el niño opere una “triangulación”, es decir, que reconozca que no está solo en el mundo con su madre en una diada fusional, sino que existen “terceros”. La « censura del amante »[40] se efectúa desde que hay dos adultos relacionados entre sí, y por supuesto también si hay un adulto solo, a condición de que no se encierre psicóticamente con el niño. Sin embargo, esta triangulación no implica necesariamente el reconocimiento de que existen dos sexos diferentes. De donde surge una primera cuestión, incluso antes de examinar los mensajes inconscientes: ¿cómo se organizan las explicaciones que se le da al niño respecto a su llegada al mundo? ¿Se le dice que fue fruto del deseo de dos personas del mismo sexo –que constituyen la pareja parental- pero que un tercero del sexo opuesto fue necesario para su concepción? En otros términos, en el caso de una familia homoparental de dos  mujeres, ¿cómo crear un espacio psíquico compuesto por dos madres, el niño y el donante?

 La cuestión de los orígenes

Ello nos conduce a examinar los cuestionamientos relativos a los orígenes que todo niño, en algún momento, se ve llevado a plantear. Es por eso que no me decido a renunciar tan rápidamente a la idea de fantasma originario. Por “fantasma originario” no entiendo “fantasma innato” sino más bien: fantasma compartido por un gran número de individuos, con “códigos de traducción” propuestos por la sociedad que probablemente seguirán operativos durante mucho tiempo más, al menos hasta el recurso masivo a la clonación.

Y más aún: muchos fantasmas sexuales se refieren a la penetración, pero no necesariamente a la idea de un pene que penetra una vagina sino de algo que entra más o menos violentamente en algo. ¿Podríamos pensar que esos fantasmas remiten a los mensajes excitantes que el adulto implanta en el niño, los mensajes con los cuales el adulto penetra al niño? ¿Y que éste sería el verdadero fantasma “originario”?

En el pasado, los padres ansiosos recurrían a rodeos metafóricos que les permitían eludir preguntas sobre la reproducción y la sexualidad parental – las historias de coles, de rosas y de cigüeñas. Las metáforas son empleadas para contar “una historia”. Las “historias” o “novelas familiares” constituyen uno de los aspectos del devenir de una familia, de su vida representativa, fantasmática. Freud fue el primero en introducir la noción de “novela familiar”[41], describiendo cómo los niños y los adolescentes jóvenes imaginan, de manera más o menos consciente –y ello con miras a una autonomía respecto a sus padres- que nacieron de padres que no son los suyos. Pero las “novelas familiares”, es decir, las diversas versiones de la llegada al mundo del niño –más o menos cercanas a la realidad y provistas de múltiples sentidos- también son contadas por los padres, o conversadas entre padres e hijos para reforzar el sentimiento de apego mutuo (desde luego que también para atacar o culpabilizar). En los casos afortunados, a menudo los niños piden que se les cuente historias sobre su concepción y su nacimiento una y otra vez, mientras que a la vez se esfuerzan por comprender la reproducción, la sexualidad parental y la formación de una familia. Esas preguntas, que se refieren al enigma de los orígenes, tienen una función importante en la individuación y el sentimiento de pertenencia.

La familia es el lugar de las primeras palabras que el niño podrá escuchar sobre sus orígenes. Con la aparición de técnicas de ayuda a la procreación y la disociación entre procreación y sexualidad que resulta de ellas, los modos de constitución familiar se han diversificado y el niño ya no proviene necesariamente de la sexualidad de sus padres. Desde entonces, toda organización familiar no tradicional – familia monoparental, recompuesta y homoparental, o familia que acudió a un donante de esperma o de óvulo debido a una esterilidad – se ve confrontada de diferentes maneras a la cuestión de los orígenes. Así, los hijos de homosexuales están lejos de ser los únicos que deben hacer un trabajo adicional de comprensión y de apropiación, comparado con el que hacen los niños que crecen en una familia tradicional. El tercero, necesario para la concepción, va a ser incluido inevitablemente en esas “novelas”, y ello incluso en el caso de que los padres intenten no mencionarlo.

De modo que cuando un niño le pregunta a sus padres del mismo sexo de dónde viene o cómo fue creado, ¿qué es lo que estos responden? Por supuesto que la mayor parte de las parejas homosexuales le cuentan al niño la verdad respecto a las circunstancias de su concepción: el recurso a un donante. Ahora bien, si dos mujeres pretendieran seriamente haber sido las únicas participantes en la llegada al mundo del niño, no estaríamos frente a un problema propio a la homoparentalidad sino frente a un funcionamiento psicótico, pues la escena contada (al niño) sería producto de una construcción delirante donde la realidad de los orígenes sería simplemente negada, descartada. Por lo demás, el niño, que vive en un mundo donde encuentra constantemente parejas hombre-mujer, comprendería muy rápidamente que sus padres le mintieron.

La «escena originaria»

Para el niño, la comprensión de sus orígenes implicará la integración de diferentes elementos para la construcción de la “escena originaria”. Freud pensaba que esta “escena” era construida por el niño a partir de la observación de las relaciones sexuales entre sus padres. Pero por supuesto que, incluso sin esta observación directa, los niños se forjan una idea de lo que son las relaciones sexuales y cómo éstas se vinculan con la llegada de los niños al mundo. La metapsicología psicoanalítica asume que, para la construcción de su psiquismo, el niño debe reconocer y aceptar las diferencias entre los sexos y las generaciones; esto permite tener una identidad sexual propia e integrar el tabú del incesto. Así, existe necesariamente un vínculo entre las realidades de la vida humana (sexo, edad, cualidad de las relaciones) y una organización de los fantasmas acerca de los orígenes y la sexualidad.

El reconocimiento de la diferencia de los sexos

La cuestión de la elaboración de la escena originaria va de la mano con el reconocimiento de la diferencia de los sexos y las identificaciones sexuales que le están ligadas. Se podría plantear la hipótesis de que un entorno variado, compuesto por hombres y mujeres, solo puede ser beneficioso para el niño, y a priori para el hijo de una pareja de homosexuales. Cuanto más numerosas sean las relaciones, más variadas  serán las asignaciones y los mensajes enigmáticos y, por lo tanto, habrá una mayor apertura  para la traducción.

Tanto la experiencia clínica como las entrevistas de investigación muestran que la gran mayoría de parejas homosexuales busca que sus niños vivan rodeados de  « padrinos» y de « madrinas », justamente para que tengan referencias cotidianas respecto a la diferencia de los sexos.

El niño también encontrará tales referencias en su ambiente familiar cercano: abuelos, primos y primas, tíos y tías, pero además en instituciones como la guardería o la escuela. Por  otro lado, desde que es muy pequeño, al niño se le cuentan cuentos que por lo general hablan  de la vida de una familia nuclear tradicional, o bien de la de una familia recompuesta (los cuentos con una madrastra “malvada”).Por lo demás, nuestro ambiente está lleno de imágenes  de mujeres y hombres; la sociedad transmite –sea a través de juegos, de cuentos para niños o, por supuesto, de la televisión- tanto la imagen de la familia nuclear como las relaciones entre los sexos.

Por lo tanto, el niño criado por una pareja de homosexuales también va a  obtener referencias más allá de su dinámica familiar. Así, una de las parejas lesbianas que entrevistamos (2008) –que, por lo demás, está lejos de ser la única que ha relatado este tipo de experiencias- expresaba al respecto su sorpresa frente al discurso de su niño de cinco años: «muy pronto, desde que comenzó a expresarse, hablaba en sus juegos de “papá y mamá”, el esquema clásico “papá-mamá”». Recordémoslo: Laplanche insiste en el hecho de que los mensajes son enigmáticos por el hecho de serlo para el propio emisor.  El hecho de vivir con dos personas del mismo sexo, aparentemente no impidió al niño concebir la existencia del sexo opuesto y el sentido de la diferencia de sexos, así como la existencia de  configuraciones familiares distintas a la suya.

Por lo tanto, incluso si un niño no cuenta con la presencia de un padre –o de una madre-, sin duda será confrontado inevitablemente con la diferencia de sexos. Hasta podríamos plantear la hipótesis de que el padre ausente, de manera paradójica, está  presente justamente por su ausencia. Vemos, pues, que el niño puede apoyarse en el entorno para rendirse a la evidencia de la existencia de dos sexos.

Ahora pasemos a examinar las cuestiones inconscientes. El inconsciente está constituido por lo infantil-sexual, lo que implica que el adulto, en este caso el adulto homosexual, piensa, inconscientemente, en una unión heterosexual, incluso si ella está contra-investida, por ejemplo en casos donde la homosexualidad estaría marcada por su dimensión defensiva, fóbica respecto a la idea de la existencia del otro sexo. Aquí recuerdo ese funcionamiento económico central, un poco descuidado en el psicoanálisis contemporáneo, que sostiene las múltiples actividades defensivas del yo: «Consiste en la catexis por el yo de representaciones, actitudes, etc., susceptibles de obstaculizar el acceso de las representaciones y deseos inconscientes a la conciencia y a la motilidad »[42].

Aún en casos en los que el padre homosexual o la madre homosexual  contra-invisten la relación heterosexual, siguen disponiendo inconscientemente, a nivel de la sexualidad infantil, de la representación de una escena originaria heterosexual. Ésta se ve incluso más actualizada en la relación con el niño cuya concepción, producto de un donante de esperma, de una madre portadora o de una adopción, remite a una escena heterosexual fecunda. En este sentido, el adulto homosexual también envía a su hijo  “mensajes comprometidos” de tonalidad heterosexual; su funcionamiento infantil inconsciente se actualiza en el rencuentro con ese pequeño niño que él mismo fue en otro tiempo.

Como dice Laplanche: « La pluralidad del adulto está contenida en cada adulto. Luego hay una elaboración  [de mensajes enigmáticos], por ejemplo en la situación edípca, pero ésta es secundaria por relación a la primera seducción »[43].

 Para concluir

La sexualidad infantil  no conoce –todavía-  la identidad sexual ni la elección de objeto definitivo,  y la constelación heterosexual genital es solo una de las formas que puede alcanzar la sexualidad infantil, cuyos componentes “polimorfo-perversos” permanecen siempre vivos y activos. Por esta razón, sería más correcto definir la estructura psíquica “madura” como un potencial  para el complejo de Edipo completo, que puede reactualizarse a lo largo de toda la vida.

El aporte del psicoanálisis en lo que concierne a la cuestión del género me parece ser el siguiente: el género no sería asignado por la sociedad o por la cultura y, en ese sentido, el «género» no es social, incluso si también lo es. Por supuesto que la asignación se inscribe en lo social, «pero ése que inscribe no es lo social en general, sino el pequeño grupo de socii cercanos»[44]. El pequeño grupo –padre, madre, primos, amigos, adultos-  inscribe en lo social, pero no es la sociedad la que asigna. Los individuos no son los simples ejecutores de lo social. Una tal concepción pasaría por alto el inconsciente.

Lo que posibilita nuevas formas de vida y de experiencia que vayan mucho más allá de las tradiciones es la fuerza y la polimorfia de la sexualidad infantil. Esas nuevas formas de vida ya no se basan necesariamente en la procreación, según una lógica de la perennidad de la especie humana.

 

Notas

[1]* «La normativité de la psychanalyse revisitée», en Christophe Dejours y Felipe Votadoro (dir.) La séduction à l’origine. L’œuvre de Jean Laplanche, PUF, 2016. Traducción: Deborah Golergant

[2] P. Fonagy, «Psychosexuality and psychoanalysis: an overview», en P. fonagy, R. Krause, M. Leuzinger-Bohleber (ed.), Identity, Gender and Sexuality, London, International Psychoanalytical Association, 2006, p. 1. (Todas las traducciones de textos del inglés al francés son de la autora).

[3] A. Green, «La sexualisation et son économie» [1975], in Propédeutique. La métapsychologie revisitée, Seyssel-sur-Rhône, Champ Vallon, coll. «L’or d’Atalante», 1995, p. 832.

[4] S. Freud, «Tres ensayos de teoría sexual», en OC v. VII, Amorrortu, p. 201.

[5] Ibid. p. 201-202.

[6] Ibid. p. 202.

[7] K. Abraham, «Manifestations du complexe de castration chez la femme» [1920], Gesammelte Schiften, Bd. II, Frankfurt am Main, 1982, p. 118 ; trad., Œuvres complètes (1915-1925), t. II, Paris, Payot, 2000.

[8] Id.

[9] J. Schaeffer, «Quelle indifférence des sexes?», in J. André (dir.), Les sexes indifférents, Paris, PUF, coll. «Petite bibliothèque de psychanalyse», Paris, 2005.

[10] S. Freud (1912) «Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa» (Contribuciones a la psicología del amor, 2), en O C, v. XI, Buenos Aires, Amorrortu, p. 182.

[11] S. Freud (1905), «La inversión», Tres ensayos de teoría sexual, O.C., v. VII, p. 127 y sg.

[12] S. Freud (1937), «Análisis terminable e interminable», OC. v.XXIII , Amorrortu, p. 245.

[13] H. Tessier, Rationalisme et émancipation en psychanalyse. L’œuvre de Jean Laplanche, Paris, PUF, coll. «Souffrance et théorie», 2014, p. 123.

[14] Pongo estos adjetivos entre comillas porque, ampliamente utilizados en psicoanálisis, se trata de atributos indefinibles. Fue el primero en reemplazarlos por activo y pasivo, evitando así cualquier referencia a un carácter “natural” de la mujer y del hombre.

[15] S. Freud, «Análisis terminable e interminable», art.cit., p. 253.

[16] Ibid., p. 244.

[17] Ibid., p. 227.

[18] Ibid., p. 229.

[19] Ibid., p. 243.

[20] Ibid., p. 246-248.

[21] S. Freud (1920), «Psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina», O.C., v XVIII, Amorrortu, p. 144.

[22] J. Bergeret, «Homosexuality or homoerotism? “Narcissistic eroticism”», Int. J. Psycho-Anal., 2002, nº83, p. 351-362.

[23] S-J. Goldsmith, «Oedipus or Orestes? Homosexual  men, their mothers, and other women revisited», American Journal of Psychoanalysis, 2001, nº49, p. 1269-1287.

[24] J. Laplanche (1999), Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, 2001, p. 173.

[25] D. Widlöcher, «Amour primaire et sexualité infantile», in Sexualité infantile et attachement, Paris, PUF, coll. «Petite bibliothèque de psychanalyse», 2000, p. 26.

[26] S. Freud (1923) «El yo y el ello», OC v. XIX, Amorrortu, p. 34-35 (El subrayado es nuestro).

[27] J. Laplanche y J-B. Pontalis, Diccionario de psicoanálisis, Labor, 1983, p. 62.

[28] J. Laplanche, Sexual. La sexualité élargie au sens freudien (2000-2006), Paris, PUF, coll. «Quadrige. Grands texts», 2007, p. 280.

[29] S. Freud (1913), « La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de neurosis », OC. v. XII, Buenos Aires, Amorrortu. (El subrayado es nuestro).

[30] Ibid.

[31] C. Dejours, «Pour une théorie psychanalytique de la différence des sexes», Libres cahiers pour la psychanalyse. Études (Sur la théorie de la séduction), Paris, In press, 2003, p. 55-67.

[32] Id.

[33] Ibid., p. 64.

[34] J. Laplanche, «Le genre, le sexe, le sexual», Libres cahiers pour la psychanalyse, In Press, 2003, p. 82.

[35] H. Tessier, Rationalisme et émancipation en psychanalyse. L’œuvre de Jean Laplanche, op. cit., p. 140.

[36] Id., nota a pie de página.

[37] C. Flavigny, Je veux papa et maman. «Père et mère» congédiés par la loi, Paris, Salvator, 2012.

[38] H. Tessier, Rationalisme et émancipation en psychanalyse. L’œuvre de Jean Laplanche, op. cit., p. 108.

[39] Ibid., p. 111.

[40] D. Braunschweig & M. Fain, La nuit, le jour. Essai psychanalytique sur le fonctionnement mental, Paris, PUF, coll. «Le fil rouge», 1975

[41] S. Freud (1909), « La novela familiar del neurótico  », O.C. v IX, Amorrortu, p. 217-220

[42] J. Laplanche y J-B. Pontalis, «Contracatexis», Diccionario de psicoanálisis, op. cit., p.82.

[43] J. Laplanche, «The other within. Rethinking psychoanalysis», in Radical Philosophy. Philosophical Journal of the Independent Left, julio-agosto, 2000, p. 102. (Traducido al francés por Susann Heenen-Wolff).

[44] J. Laplanche, «El género, el sexo, lo sexual», Libres cahiers pour la psychanalyse, Paris, In Press, 2003, p. 81.

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