Madrid, 19 del 06 de 2018
Síguenos en
Revista de Psicoanálisis

La metapsicología como uno de los lugares de la experiencia psicoanalítica*
Maria Teresa de Melo Carvalho

Descargar pdf

 

Resumen: El presente artículo propone un análisis de tres factores identificados por la autora como motivos o razones que estarían en el origen de las incesantes querellas sobre la metapsicología: la aparente desconexión entre metapsicología y clínica, la diversidad de las teorías psicoanalíticas y el problema de la filiación epistemológica del psicoanálisis. Uno de los hilos conductores de este análisis es la idea según la cual la metapsicología, en su estrecha relación con la clínica, se constituye también como un lugar de la experiencia psicoanalítica.

Introducción

¿Para qué sirve la metapsicología? Pienso que para abordar esta cuestión, recurrente en la historia del psicoanálisis, sería interesante comenzar por indagar los motivos de este incesante retorno. ¿Por qué volver a esta cuestión cuando el psicoanálisis, habiendo cumplido ya cien años, se encuentra constituido como práctica clínica y, aunque con reservas, es reconocido como campo del saber o como ciencia, estando completamente integrado en el universo cultural? Si hacemos una evaluación al interior de su propio campo, es decir, si consideramos la producción en psicoanálisis, podemos afirmar con poco margen de error que el 90% de los trabajos publicados se orientan por la metapsicología, o al menos por uno u otro de sus conceptos. ¿Por qué, entonces, colocar a la metapsicología en cuestión? Ahora bien, pienso que se trata de una discusión legítima y que probablemente no dejará de acompañar la evolución de las ideas psicoanalíticas, pues está vinculada a las características específicas de la construcción del saber en psicoanálisis. Espero dejar clara esta idea en el transcurso de este artículo, en el que buscaré identificar y analizar ciertas razones o motivos de las recurrentes querellas sobre la metapsicología.

La aparente desconexión entre la metapsicología y la clínica

Un primer motivo que, en mi opinión, está en el origen de las discusiones sobre el rol de la metapsicología es la aparente desconexión entre la metapsicología y la clínica. Esta desconexión puede entenderse en varios sentidos. En primer lugar, podemos pensar en la crítica según la cual el lenguaje de la metapsicología es distante del lenguaje de la clínica y, pese a tener su origen en reflexiones sobre la clínica, no parece devolverle ningún beneficio. En segundo lugar, podemos decir que el incremento de la producción teórica no siempre corresponde a un incremento del éxito en la práctica clínica, lo que produce desconfianza en la teoría. Finalmente, y sin pretender agotar el análisis de lo que contribuye a suponer la desconexión entre metapsicología y clínica, pensamos en las manifestaciones psicopatológicas que han sido destacadas en diferentes momentos desde el surgimiento del psicoanálisis hasta nuestros días; manifestaciones descritas por la psiquiatría y catalogadas por ejemplo en el DSM, pero también descritas en las quejas de los propios pacientes. Tales descripciones ponen en jaque a las categorías diagnósticas clásicas del psicoanálisis, llevando a los psicoanalistas a relanzar hipótesis diagnósticas tales como la de “casos límite”, lo que a su vez lleva a repensar la teoría.

A propósito de este motivo, que estoy designando como una aparente desconexión entre metapsicología y clínica, quiero destacar de entrada la palabra aparente, pues creo que en el fondo -es decir, bajo las apariencias que enumeré arriba- lo que hay es un verdadero entrelazamiento entre estos dos «lugares de la experiencia psicoanalítica»(1): el lugar de la teoría y el lugar de la clínica. Desde Freud, ese entrelazamiento está presente en el trabajo de todo gran autor en psicoanálisis. Es verdad que, en ciertos momentos de su obra, Freud parece separar la metapsicología del resto de su producción, como por ejemplo en la serie de artículos que bosquejó para componer un libro con el título de Elementos para una metapscología y que, según sus propias palabras, tenían por objetivo «esclarecer y dar profundidad a las hipótesis teóricas que pueden servir de fundamento a un sistema psicoanalítico» (Freud, 1917: 253). Sin embargo, según la definición que él mismo propone para la metapsicología (Freud, 1915: 178), ésta se muestra presente desde el inicio hasta el fin de su obra, confundiéndose con la teoría del psicoanálisis como un todo. Y a su vez, la totalidad de su obra –inclusive los llamados «Trabajo sobre metapsicología», que serían los más puramente teóricos- muestra, con mayor o menor claridad, el estrecho vínculo entre la reflexión teórica y la observación o la vivencia del fenómeno clínico. Pensemos en un texto como «Duelo y melancolía», que párrafo a párrafo elabora de manera ejemplar el tejido que une los hilos de la experiencia clínica con los de la metapsicología. Las quejas, los afectos, las vivencias del paciente melancólico o de quienes realizan un trabajo de duelo normal, son admirablemente incorporadas y esclarecidas por el lenguaje de la energía, de la fuerza; lenguaje supuestamente “fisicalista” y “distante de la experiencia clínica”.

Sin embargo, hay autores que no están de acuerdo con esta afirmación y más bien consideran que las propuestas psicoanalíticas deberían reescribirse en un lenguaje más próximo al lenguaje ordinario y, por lo tanto, más próximo al lenguaje de la clínica. Tal fue, por ejemplo, el objetivo de Roy Schafer al proponer «Un nuevo lenguaje para el psicoanálisis» (Schafer, 1976), inspirado en los estudios de la filosofía del lenguaje. Un lenguaje que libere al psicoanálisis de las equivocadas metáforas biológicas y mecanicistas empleadas por Freud (Modell, 1981: 391).

Ahora bien, esa forma de entender las metáforas freudianas también está en el origen de una visión crítica sobre la metapsicología que va más allá de la inadecuación del lenguaje de la teoría al lenguaje de la clínica. El argumento es que la metapsicología freudiana está completamente ligada a una determinada filiación epistemológica que el psicoanálisis debería superar. Retomaré este punto más adelante.

Volviendo al argumento que estaba defendiendo, reafirmo que, en los trabajos de los grandes autores, metapsicología y clínica estuvieron siempre ligadas, y ello aunque el lenguaje de la metapsicología sea distante del de la clínica. Distante tanto en el sentido de que la metapsicología no nos proporciona directamente la manera de intervenir en la clínica, como en el sentido de que la singularidad de una historia clínica nunca será completamente aprehendida por la universalidad del discurso teórico. Un artículo ya bastante antiguo de O. Mannoni, «El diván de Procusto», explora con gran actualidad esa incomodidad respecto a la teoría y su papel en la clínica. Defendiendo la estrecha relación entre teoría y clínica, Mannoni reconoce que no hay una “teoría de la clínica” diferente de la “teoría del sujeto” o de la “teoría del aparato psíquico”, es decir, de la metapsicología. Nuestra teoría constituye un saber sobre el inconsciente y a la vez un método para abordarlo, o sea «…es gracias a nuestro saber –sin referirnos a él- que encontramos las intervenciones que conviene hacer» (Mannoni, 1992: 89). Está claro que «sin referirnos a él», pues por lo general en la clínica no utilizamos el lenguaje de la metapsicología, como muestra la interesante viñeta que presenta Mannoni en apoyo de su argumento. Sin retomarla aquí, recordemos tan solo la intervención que tuvo el efecto de inaugurar el proceso de análisis de un paciente que después de dos meses de sesiones seguía absolutamente estancado en un discurso repetitivo y vacío. « ¡Por fin! Es la primera vez que habla en su nombre », le dice Mannoni a su paciente cuando, en una determinada sesión, éste se despide diciendo que ya no quería volver (Mannoni, 1992: 88). El propio Mannoni se sorprende de la pertinencia de su intervención y, reflexionando sobre el conocimiento que le permitió hacerla, percibe que se apoyó en elaboraciones que había desarrollado hacía algún tiempo sobre el papel de la negación en la constitución del yo. Esa teoría no estaba conscientemente disponible para él en el momento en que intervino y sus términos de ningún modo fueron mencionados, pero había sido hecho todo un trabajo de elaboración teórica para crear nuevas conexiones de pensamiento, nuevas posibilidades de simbolización tanto para el sujeto Mannoni como para el analista, que, ante el desafío de su paciente o ante el enigma con que éste lo confronta, encuentra desde su lugar de analista una respuesta pertinente.

Sin embargo, la afirmación de que la metapsicología es inseparable de la clínica, de que existe entre ellas un verdadero entrelazamiento, parece no poder hacerse de forma definitiva. Es lo que constató Piera Aulagnier al resaltar las vicisitudes de ese entrelazamiento en el cual los hilos muchas veces parecen soltarse, dejándonos con el sentimiento de que, en verdad, una y otra no van juntas. Según Piera Aulagner, tanto en el proceso individual de un analista como en la historia del psicoanálisis encontramos un movimiento pendular entre fases de entusiasmo con la teoría, que coinciden con sus momentos más creativos, y fases “depresivas”, como reacción a resultados clínicos insatisfactorios. Esta autora cita las grandes aperturas teóricas ocurridas después de Freud -como los trabajos de M. Klein y J. Lacan, entre otros- y observa cómo los nuevos elementos añadidos al edificio teórico ofrecen al analista la esperanza de reducir para siempre la distancia entre las promesas de la teoría y los resultados en el campo clínico. De esa esperanza nunca totalmente alcanzada resulta la oscilación entre dos posiciones extremas: por un lado, la negación de la decepción experimentada a través de la valoración megalomaníaca de la teoría, de modo que los obstáculos encontrados en la clínica solo vendrían a confirmar lo que la teoría ya anunciaba de antemano; por otro lado, la desvalorización de todo conocimiento teórico y la exaltación de un don innato, el único necesario para conducir y tener éxito en una experiencia analítica (Cf. Aulagnier, 1984). En efecto, se trata de dos posiciones extremas pero que no dejan de insinuarse en algún momento de nuestro recorrido en psicoanálisis.

La superación de esas posiciones extremas enunciadas por P. Aulagnier parece llevar a nuevos movimientos de renovación teórico-clínica. En la historia del psicoanálisis, y todavía en época de Freud, conocemos el célebre momento del “giro de 1920”, precedido por un malestar en relación a las posibilidades del psicoanálisis, a su eficacia clínica. Ese momento, de discusiones insistentes sobre la resistencia en análisis, la relación terapéutica negativa, etc., desembocó en producciones teóricas importantísimas tanto en la obra de Freud como en las de algunos de sus discípulos.

Tal vez podemos decir que hoy el psicoanálisis atraviesa uno de esos momentos “depresivos”. Las inevitables evaluaciones motivadas por la conmemoración de los cien años, la embestida de las neurociencias y de la psiquiatría biológica, entre otros, pueden evocarse como factores que contribuyen a ello. Recordemos algunos temas de congresos o encuentros recientes: “El desamparo”, “La angustia” “¿Qué hay de nuevo en las psicosis?”, “Casos- límite”, etc…

Antes mencioné que el término “caso-límite” ha resurgido en psicoanálisis como reacción a la confrontación con nuevas descripciones clínicas y, podría decirse, con ese malestar actual. El término no solo es interesante por poner en cuestión nuestra capacidad de detectar y describir estructuras clínicas bien definidas y circunscritas, sino también por volver a poner en discusión los límites del análisis y los límites del propio campo psicoanalítico. Para concluir mi primer argumento, quisiera mencionar una recopilación reciente titulada justamente Les états limites (André, 1999), que ilustra muy bien el movimiento de recuperación de la metapsicología a partir de un desafío de la clínica. Ahí no se decreta la muerte de la metapsicología o el surgimiento de un nuevo paradigma sino que, por el contrario, encontramos un trabajo de construcción teórica basado en la reflexión clínica que toma en cuenta las adquisiciones metapsicológicas acumuladas hasta entonces. La diversidad de los trabajos que reúne muestra un respeto por las trayectorias individuales, pero a la vez nos permite reconocer que estamos dentro de un mismo campo del saber, buscando aprehender un mismo objeto. Es sobre esa diversidad de elaboraciones teóricas que pasaré a reflexionar a continuación, en la medida en que ella constituye, a mi entender, otro de los motivos por los que la metapsicología se pone en cuestión.

La metapsicología ante la diversidad de las teorías psicoanalíticas

El crecimiento significativo de las contribuciones teóricas en psicoanálisis lleva, paradójicamente, a una desconfianza en relación a la metapsicología. Si las contribuciones son numerosas, lógicamente deben tener gran importancia. No obstante, son tan diversas -y hasta divergentes- que parecen indicar que no contamos con un criterio para juzgar su pertinencia y, siendo así, serían prescindibles. Evidentemente estoy llevando al extremo un argumento del que se podría pensar que solo es admisible para nuestros adversarios en el mundo de las ciencias o para los principiantes, impacientes ante la “cacofonía” teórica del psicoanálisis. Lo que normalmente ocurre dentro del campo psicoanalítico es que cada analista elabora su opción teórica, lo que en cierto modo es inevitable. En el peor de los casos, se cierra en su escuela afirmando que es la única verdaderamente psicoanalítica; en el mejor, se abre al diálogo con otras contribuciones.

En todo caso, la diversidad de la producción teórica en psicoanálisis merece un análisis, lo que por cierto ya fue hecho por varios autores. Aquí quiero detenerme particularmente en dos trabajos donde la metapsicología es pensada en relación a esa diversidad. El primero fue publicado en el International Journal of Psychoanalysis con el título « ¿Todavía existe la metapsicología?» (Modell, 1981). Aunque no estoy de acuerdo con ciertas afirmaciones presentes en ese artículo, pienso que tanto sus ideas centrales como su argumento en defensa de la metapsicología son pertinentes. Modell comienza explicitando dos críticas básicas a las que atribuye los sucesivos ataques a la metapsicología freudiana, así como el consecuente surgimiento de nuevos abordajes teóricos. La primera crítica afirma la incongruencia de la metapsicología freudiana con la observación, fundamentalmente con la observación clínica. Notemos que esta primera crítica es diferente de la que presentamos en nuestro ítem anterior. Aquí no se trata solo de una inadecuación del lenguaje de la metapsicología a la clínica sino de una insuficiencia de la teoría, en el sentido en que estaría descuidando aspectos fundamentales de su propio objeto de estudio.

La segunda crítica señalada por Modell se refiere al compromiso absoluto de la metapsicología freudiana con la visión del psicoanálisis como ciencia natural, que debería superarse para dar lugar a la concepción del psicoanálisis como disciplina hermenéutica. Comentaré esta segunda crítica en la última parte de este artículo. Paso entonces a abordar la primera.

En el análisis de Modell, Fairbairn es presentado como uno de los primeros autores que habría cuestionado la congruencia de la metapsicología con la observación clínica. En efecto, este autor cuestiona la teoría de la libido, que es uno de los elementos centrales de la teoría freudiana. Afirmando que la libido no busca el placer a través de las zonas erógenas sino en el objeto, Fairbairn enfatizará las relaciones de objeto en detrimento de la sexualidad infantil auto-erótica: la famosa oposición que introduce es que la libido no es “pleasure seeking” sino “object seeking” (Fairbairn, 1952). Otro autor citado por Modell como representante de la crítica que estamos abordando es H. Kohut, con su psicología del self. La crítica de Kohut también apunta a la teoría freudiana de la libido, que no descarta completamente pero que coloca al lado de la teoría del self. A ésta última le concede una importancia mucho mayor, hasta el punto de presentarla como un “nuevo paradigma para el psicoanálisis”.

Ahora bien, tanto las relaciones de objeto de Fairbairn como el self de Kohut son conceptos que valoran la relación con el otro en la constitución del psiquismo. En ese sentido, y conservando la especificidad de sus teorías, ambos autores estarían manifestando una insatisfacción con lo que podríamos llamar una visión endógena de la constitución del psiquismo en Freud. En efecto, no puede negarse la presencia de esa tendencia en los textos freudianos; sin embargo, en contrapartida puede argumentarse que la importancia de la relación con el otro no está del todo ausente en su metapsicología. Varios pasajes freudianos nos permiten vislumbrarla, comenzando por la teoría de la seducción en el origen del psicoanálisis. Es verdad que esa teoría fue abandonada, pero contenía una intuición fundamental sobre el papel del otro en los orígenes de la sexualidad.

Al abordar las críticas de Fairbairn y de Kohut a la metapsicología freudiana, Modell es sensible a lo que acabo de considerar. Así, afirma que la obra freudiana presenta aperturas sucesivas a la inclusión de elementos que serán destacados en posteriores observaciones clínicas pero, al mismo tiempo, percibe un cierto cierre de la teoría por la influencia del periodo en que tuvo lugar la formación intelectual de Freud. Se refiere, por ejemplo, a la acentuada separación entre lo innato y lo adquirido en la biología de la época, o a la desatención del dinamismo que existe entre lo endógeno y lo exógeno (Modell, 1981: 398). Al respecto, aquí es interesante añadir la observación de Daniel Lagache a propósito de los «preconceptos del idealismo ingenuo, que intenta derivar la génesis del mundo personal de la subjetividad», preconceptos dominantes durante toda una época y no sólo en el campo del psicoanálisis (Lagache, 1982: 200). El papel del otro en la constitución de la subjetividad pasa a tematizarse explícitamente en las ciencias humanas, de un modo general, a partir de los años 30, de modo que se trata de una conquista intelectual posterior a Freud. Además de Fairbairn y Kohut, podemos mencionar a otros autores que también enfatizarán la importancia de la relación con el objeto o con el otro, como por ejemplo Balint, que habla de una “two-body psychology” en oposición a una “one-body psychology”, o Winnicott, con su insistencia en la relación madre-bebé, y así sucesivamente hasta llegar a Lacan, momento en que el “otro” pasa a verse desde una perspectiva diferente de aquélla de la relación intersubjetiva.

En este punto es pertinente introducir el segundo artículo que mencioné al inicio de este apartado, a saber, el artículo de R. Mezan (1985) titulado «Problemas de una historia del psicoanálisis». Al analizar la diversidad de las contribuciones teóricas a lo largo de la historia del psicoanálisis, especialmente aquéllas que por su alcance constituirían verdaderas “escuelas”, Mezan propone tres coordenadas esenciales que estarían en el origen de la particularidad de las teorías: «una matriz clínica particular, un determinado clima cultural y una lectura específica de la obra de Freud» (Mezan, 1985: 26-27). Estos serían, pues, elementos fundamentales que moldearían las contribuciones aportándoles su singularidad y tal vez, podríamos añadir, su mayor o menor distancia respecto a la metapsicología freudiana.

La matriz clínica es definida por Mezan como un determinado tipo de organización psicopatológica, con su estructura propia, sus modos de defensa, etc… La matriz clínica de un determinado autor es la que fue más significativa en su experiencia clínica y, por lo tanto, tiene una influencia crucial en su creación de nociones teóricas. Pienso que podemos estar de acuerdo con Mezan cuando afirma que la matriz clínica básica de Freud está constituida por las neurosis de transferencia, mientras que Melanie Klein y Lacan teorizan a partir de pacientes que escapan al registro de las neurosis de transferencia clásicas: niños pequeños y esquizofrénicos en el caso de Klein y paranoicos en el caso de Lacan (Mezan; 1985: 27).

La segunda coordenada, es decir, “el clima cultural de la época”, equivale a lo señalado por Modell cuando considera la influencia del periodo de formación intelectual de Freud sobre su construcción teórica. Sin embargo es interesante observar, con Mezan, que el clima cultural no se reduce al universo científico de la época sino que incluye toda una serie de elementos, como los lugares en los que se dará el proceso de inserción del psicoanálisis (universidades, hospitales, etc…), el origen étnico y las carreras previamente seguidas por quienes luego se interesarán por el psicoanálisis, entre otros. En suma, a los factores de naturaleza epistemológica se añaden los factores de naturaleza sociológica (Mezan, 1985: 29).

Finalmente, la tercera coordenada –la lectura específica de la obra de Freud- desempeña, según Mezan, un papel equivalente al que desempeñó el auto-análisis de Freud en el caso de la “obra-prínceps”, pues la propia obra de Freud habría sido moldeada por las mismas coordenadas.

Sin duda las tres coordenadas propuestas por Mezan permiten una gran complejidad y claridad en el análisis de la diversidad de las teorías en psicoanálisis y la relación de éstas con la obra inaugural de Freud. Me interesa resaltar la sobre-determinación de las tres coordenadas, que, como él afirma, no actúan aisladamente sino que se retroalimentan. En particular, a propósito de la matriz clínica básica de un autor podemos preguntarnos si no estaría determinada en gran medida por elementos del clima cultural así como por aspectos de su análisis personal, sin por ello pretender negar una cierta universalidad de los modos de estructuración psíquica y, por lo tanto, de las formas de organización psicopatológica. Tomemos como ejemplo la teoría de H. Kohut mencionada anteriormente, que se presenta como un “nuevo paradigma para el psicoanálisis”. El autor defiende que surge de la escucha de pacientes que no entrarían en los cuadros clásicos de las neurosis de transferencia: pacientes afectados por “trastornos narcisistas de la personalidad” (Kohut, 1977). ¿Se diría que estamos ante una matriz clínica nueva por relación a la experiencia freudiana? ¿O estaríamos ante un tipo de paciente ya presente en la experiencia freudiana pero cuya narrativa del sufrimiento psíquico recibe una nueva formulación debido al momento cultural específico en que vivía? O incluso: ¿no habrían sido factores ligados tanto al clima cultural como a cuestiones fundamentales de su propio análisis lo que le habría permitido escuchar a esos pacientes de una forma nueva? La fórmula de Kohut, que opone el “hombre trágico” de su teoría al “hombre culpable” de la teoría freudiana, sugiere justamente que el elemento “trágico” del colapso narcisista –elemento que ciertamente se destaca en el “clima cultural” de aquél momento- pasa al primer plano destituyendo la culpabilidad edípica, tan privilegiada en la escucha freudiana. Así, él pone de relieve el concepto de narcisismo y lo que llama la constitución del self, elementos sin duda importantes de la teoría freudiana pero que, según su lectura, serían completamente independientes de la teoría de la libido y de la constitución de la sexualidad basada en la trama edípica. Al no lograr una articulación entre narcisismo y sexualidad, su escucha de la “nueva matriz clínica” queda empobrecida y su nuevo paradigma poco a poco excluye los elementos fundamentales de la teoría psicoanalítica, perdiendo de vista la relación entre el inconsciente y la sexualidad infantil.

Sobre las determinaciones de la coordenada del auto-análisis o de la lectura de Freud en la forma particular que adquiere una teoría psicoanalítica, también me gustaría añadir un argumento que juzgo esencial. Es moneda corriente afirmar que el auto-análisis de Freud acompañó su proceso de teorización, lo que es frecuentemente ilustrado por su correspondencia con Fliess. Sin embargo, pienso que ese auto-análisis no se limita a la correspondencia de Freud o a los momentos en que analiza sus sueños, sino que se extiende a lo largo de toda su construcción teórica. Fue en ese sentido que afirmé, retomando una expresión empleada por J. Laplanche, que la teoría es uno de los “lugares de la experiencia psicoanalítica”. Según este autor, el trabajo de teorización no está exento de los efectos del inconsciente y, cuando compromete profundamente lo teórico, comporta posibilidades de apertura del inconsciente, o sea posibilidades de deconstrucción de antiguas teorías pero también de cierre en nuevas teorías. Posibilidades de deshacer el trabajo de represión, lo que inevitablemente es seguido por nuevas represiones. Otra expresión inventada por Laplanche viene a aclarar aún más su manera de concebir el trabajo de teorización en psicoanálisis: «la teórico-génesis reproduce la ontogénesis» (Laplanche, 1989: 24). Aquí encontramos una interesante analogía con la ley de Haeckel (2) que indica que debemos considerar al texto freudiano y a las demás teorías psicoanalíticas como sujetos a los mismos destinos del objeto que intentan aprehender. Sujetos, pues, a represiones, defensas, repeticiones incoercibles, etc., lo que tiene implicaciones importantes en la concepción del método de lectura del texto freudiano. Aquí reproduzco un pasaje de Scarfone que sintetiza muy bien esta concepción: «En el trabajo del texto freudiano, el método no conduce a las fantasías inconscientes del hombre Freud ni a un «inconsciente del texto», sino a un desvelamiento de las exigencias impuestas por el propio objeto del pensamiento freudiano, exigencias que desvían el trayecto del investigador haciéndole dar vueltas y rodeos, y que a veces hasta parecen extraviarlo. El método no sólo está adaptado al objeto, observa Laplanche, sino que es orientado, imantado por él» (Scarfone, 1997: 16-17, las cursivas son mías). De modo que el texto freudiano no debe tomarse como un texto acabado y coherente sino como sujeto a lagunas, contradicciones, impases, absurdos. Por lo tanto, su lectura no debe guiarse exclusivamente por el privilegio otorgado a ciertas líneas de coherencia –las cuales existen y son múltiples- sino también por los elementos señalados arriba (lagunas, contradicciones, etc.), que son los mismos a los que se dirige la atención de un analista al escuchar a su cliente.

Así mismo, la historia del psicoanálisis como historia de las ideas psicoanalíticas o, podría decirse, la historia de la metapsicología, no procede por «progresión continua, por acumulación y hacia un happy end» (Laplanche, 1989: 12), sino por redescubrimientos sucesivos de su objeto, así como por sucesivos desvíos en relación al descubrimiento inaugural. Puesto que no terminamos de descubrir el inconsciente y la sexualidad infantil que fundan nuestro campo de saber específico, las teorías psicoanalíticas continuarán produciéndose y añadiendo algo al conocimiento de nuestro objeto con sus nuevas formulaciones, pero también, inevitablemente, desviándose de él en algún punto.

Sobre los lenguajes de la metapsicología. O la metapsicología y las filiaciones epistemológicas del psicoanálisis

El último motivo que quisiera evocar como origen de los cuestionamientos a la metapsicología es una crítica ya bastante antigua, pero que continúa teniendo repercusiones. Se trata de la crítica, que anticipé en el apartado anterior, según la cual la metapsicología freudiana estaría sujeta a una cierta filiación epistemológica que debería ser superada. El punto de partida de esta crítica puede situarse en el importante libro de P. Ricœur (1965), De l´interprétation. Ricœur identifica dos direcciones distintas en el discurso freudiano: una guiada por la concepción energética del psiquismo, que indicaría el rumbo de una ciencia natural para el psicoanálisis, y otra comprometida con las relaciones de sentido, que lo ubicaría dentro de una filiación hermenéutica. Tomando la dirección del psicoanálisis como una “teoría del sentido”, él busca reconciliarlo con la tradición hermenéutica clásica (apud Laplanche, 1996: 135).

Aunque no estamos de acuerdo con esta propuesta central de Ricœur, no podemos negar el peso de su trabajo en la inauguración de dos movimientos en lo que respecta al psicoanálisis. Por un lado, inaugura la crítica filosófica del psicoanálisis, que sigue teniendo repercusiones en nuestros días; por otro lado, se constituye como una referencia capital en lo que atañe a las posiciones epistemológicas donde se ubicarían las teorías psicoanalíticas subsiguientes. Algunas de ellas tomaron la dirección del psicoanálisis como ciencia natural, defendiendo la pertinencia del lenguaje energético de la metapsicología freudiana. Ciertos autores incluso llegaron a considerar ese lenguaje, tomado de campos conexos como la biología o la neurología, no como metáfora sino como indicador de entidades que realmente se sostienen en esos campos. Otras teorías se formularían siguiendo la dirección de una hermenéutica, buscando un lenguaje coherente con esa vía y despojando al psicoanálisis de lo que podría aproximarlo a una ciencia natural. Es importante observar que se trata de posiciones que continúan teniendo sus representantes.

Aquí no entraré en consideraciones o discusiones sobre esas posiciones ni tampoco las ilustraré a través de algunos de sus representantes, pues varios autores ya lo han hecho. El propio artículo de Modell, citado anteriormente, es una referencia importante sobre esta cuestión (Modell, 1981). También remito al lector a un trabajo más reciente titulado El estatuto de las entidades metapsicológicas a la luz de la teoría kantiana de las ideas (Blum, 1998), que entra en los meandros de esa discusión especialmente en lo que expone sobre psicoanálisis y ciencia natural, teniendo en cuenta las principales referencias bibliográficas sobre el tema y constituyéndose, en su tesis central, como un despliegue de la crítica filosófica a la metapsicología.

Es importante mencionar, además, las teorías que se constituirán en una nueva posición, diferente tanto del paradigma de las ciencias naturales como del paradigma de la hermenéutica. Aquí se pueden ubicar por ejemplo las propuestas que buscarán una aproximación del psicoanálisis a las teorías del lenguaje, sea a la lingüística estructural o a la pragmática lingüística. La consideración de estas teorías también sobrepasa el objetivo de este artículo (3). Me interesa resaltar otra posición, en mi opinión particularmente valiosa, que se aparta de las teorías del lenguaje y considera que entre ciencia natural y hermenéutica hay lugar para un nuevo planteo de la cuestión.

La posición a la que me refiero está presente tanto en los trabajos de J. Laplanche como en los trabajos de Mezan (en particular en su artículo de 1998: « Metapsicologia: por que e para que »). Estos dos autores abordan el problema a partir de temáticas bastante diversas que, sin embargo, convergen en muchos puntos y se complementan en otros. De todas las posibles entradas a esta discusión escogeré solo la que retoma el punto de partida de mi último argumento, permitiéndome así concluirlo. Es decir, retoma la razón de ser de las metáforas energéticas de la metapsicología freudiana, la razón de ser del lenguaje fisicalista para dar cuenta de un ser de lenguaje y de sentidos, o incluso la razón de ser de “la máquina en el hombre”, para retomar el provocativo título de un artículo de Loparic (1997). Ahora bien, respecto a esta cuestión, Mezan expresa una posición que comparto justamente en un debate con Loparic sobre las ideas contenidas en ese artículo. Loparic sugiere que la razón de ser de la terminología energética de Freud es esencialmente convencional, mientras que la posición hermenéutica estaría ligada a la propia naturaleza del psicoanálisis. La aproximación del psicoanálisis a las ciencias naturales sería, pues, puramente metodológica, sin ningún carácter ontológico. Por su parte, Mezan replica diciendo que ese punto de vista dinámico, ese lenguaje energético, «no es en absoluto una simple postura metodológica; por el contrario, es la formalización en términos conceptuales de una postura ontológica, la caracterización abstracta de una serie de fenómenos que se dan en la realidad y que exigen, como su principio y su condición de posibilidad, la afirmación de la existencia igualmente real del inconsciente dinámico» (Mezan, 1998: 336).

El realismo del inconsciente también es defendido por Laplanche desde su intervención en el Coloquio de Bonneval en 1959, donde afirmó una posición contraria a la reducción del inconsciente a un sentido oculto. Esa posición será reafirmada en sus escritos posteriores en la medida en que percibe que existe una tentación constante de desplazar al psicoanálisis en dirección de la tradición milenaria de la hermenéutica (Laplanche, 1993; 1994). Él considera que las nociones de defensa o de conflicto, entre otras, pierden todo su impacto cuando el psicoanálisis es tomado como una nueva versión de la hermenéutica, en la que el “sentido sexual” pierde su especificidad y viene a superponerse a una infinidad de otros sentidos posibles (Laplanche, 2001: 65).

Por lo tanto, la vinculación entre inconsciente y sexualidad está en el origen del realismo del inconsciente, así como de las demás entidades metapsicológicas. La sexualidad requiere una referencia al cuerpo, aunque su origen, tal como lo descubre el psicoanálisis, no sea biológico. A través de esas entidades realistas se busca aprehender los efectos de la implantación en el cuerpo de algo que es del orden del sentido, del lenguaje o simplemente del significante. Esta sería, pues, la razón de ser del lenguaje de la metapsicología freudiana cuando utiliza términos que evocan las leyes de los cuerpos, las leyes de la circulación de la energía y del conflicto de fuerzas, las relaciones topográficas y así sucesivamente. Lenguaje cuya genialidad, en mi opinión, aún no ha sido superada, pero que sin duda confunde y provoca deslices o desvíos. La “derivación de entidades psicoanalíticas” (4) que Freud busca operar a partir de campos conexos produce un recorte en esos campos y funda un campo nuevo, de modo que aquello que recorta no queda intacto (Laplanche, 1989). A su vez, el campo del que se tomó prestado el término a ser derivado ejerce una constante atracción. Freud se refirió muchas veces a sus construcciones como ficciones, mostrando así que era consciente de su carácter “derivado”, pero otras veces se dejó atraer por el campo a partir del cual operaba la derivación, depositando en él la esperanza del progreso del psicoanálisis. Así se expresó, por ejemplo, en relación al concepto de libido, al atribuirle una naturaleza química (Freud, 1917b).

Como dije anteriormente, aún no terminamos de descubrir el inconsciente y la sexualidad infantil. Aún no está acabada la tarea de fundar nuestro campo, tarea que es inseparable de aquélla que cada día funda una situación clínica.

 

Notas

 * «A metapsicologia como um dos lugares da experiência psicanalítica», Psicologia clínica, Rio de Janeiro, v12, nº1, 2000, pp. 21-35. Traducción: Deborah Golergant

(1) Aquí tomo prestada de Jean Laplanche la expresión «lugar de la experiencia psicoanalítica», cuyo sentido deberá aclararse en el  transcurso de este texto.

(2) «La ontogénesis reproduce la filogénesis» [N. de T.].

(3) Véase al respecto el libro de Forrester, J (1997), Seduçoes da psicanálise, Campinas, Ed. Papirus.

(4) Este es el título de un importante artículo de J. Laplanche que data de 1970 pero que conserva, aún hoy, una gran originalidad en el abordaje del tema.

 

Referencias bibliográficas:

ANDRÈ, J. (org.) (1999) Les états limites. Paris, Presses Universitaires de France.
BLUM, V. L. (1998) O estatuto das entidades metapsicológicas à luz da teoria kantiana das idéias, Campinas, Centro de Lógica, epistemologia e história da ciência – Unicamp.
FAIRBAIRN, W. R. D. (1952) Psycho-analytic studies of the personality. London, Tavistock.
FREUD, S. (1915) “Lo inconsciente”, in O.C. vol. XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.
_______. (1917a) “Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños”, in O.C. vol XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.
_______. (1917b) “Conferencias de introducción al psicoanálisis”, in O.C. Vol XVI, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.
KOHUT, H. (1977) The restoration of the self. New York: Int. Univ. Press.
LAGACHE, D. (1982) «La psychanalyse et la structure de la personnalité», in Oeuvres IV: Agressivité, structure de la personnalité et autres travaux, Paris, PUF.
LAPALNCHE, J. (1987) Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1989.
_______. (1992) «La interpretación entre determinismo y hermenéutica. Un nuevo planteo de la cuestión», in La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.
_______. (1993) «Breve tratado del inconsciente», in Entre seducción e inspiración: el hombre, Buenos Aires, Amorrortu, 2001.
LOPARIC, Z. «A máquina no homem», in Psicanálise e Universidade, nº 7, São Paulo, PUC-SP, 1997. pp. 97-114.
MANNONI, O. El diván de Procusto, Buenos Aires, Ed. Nueva Visión, 1991.
MELO CARVALHO, M. T. (1991) «De l´ego psychology à la self psychology: L´origine et les avatars de la notion de self dans la psychanalyse américaine», Psychanalyse à l´université, 16 (64), 47-74.
MEZAN, R. (1985) «Problemas de uma história da psicanálise», in Birman, J. (org.) Percursos na história da Psicanálise, Rio de Janeiro, Ed. Taurus.
_______. (1998) «Metapsicologia: por que e para que», in Tempo de muda, São Paulo, Companhia das Letras.
MODELL, A. H. (1981) «Does metapsychology still exist?», International Journal of Psychoanalysis, 62, p. 391-402.
RICŒR, P. (1965), De l´interprétation. Paris, Éditions du Seuil.
SCARFONE D. (1997), Jean Laplanche, Paris, PUF.
SCHAFER, R. (1976). A new language for Psychoanalysis. New Haven, Yale University Press.

Apres-coup

Deja tu comentario