Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

La desexualización*
Dominique Scarfone

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Concebido** por Freud como lo reprimido por excelencia, lo sexual generalmente ha cedido  terreno a una concepción de la clínica psicoanalítica donde el funcionamiento (no sexual) prima sobre el sentido, el continente sobre el contenido. Ello podría indicar una suerte de represión de lo sexual por parte de los practicantes del psicoanálisis, cosa que no debería sorprendernos. En efecto, si la represión es ese proceso de dos caras indisociables, la cara propiamente represiva y la cara traductiva, ¿cómo podríamos pensar que nuestras diversas teorías no reprimen nada del objeto que las ocupa, volcándose totalmente al progreso del conocimiento? ¿La teoría misma no debería ser siempre objeto de una detraducción-retraducción, de manera análoga a como se procede en un análisis? ¿Ése no sería un principio que, de ser compartido, posibilitaría el debate en psicoanálisis sin que tengamos que entrar en guerra cada vez que el imaginario ortodoxo parece verse amenazado?

En lo que concierne a lo sexual en la obra freudiana, las exigencias del objeto de investigación de Freud entran en conflicto con su deseo de inscribir al psicoanálisis en el mainstream de la ciencia, llevándolo a veces a adoptar posiciones contradictorias sobre cuestiones esenciales. Contradicciones que no se trata de resolver a cualquier precio, sino de utilizar como puntos de partida para una reinterrogación de las posturas subyacentes. El presente trabajo querría contribuir a una tal interrogación a propósito del último dualismo freudiano.

Si el psicoanálisis puede considerarse (de) centrado es, con Freud, en lo que atañe a lo sexual. Pero permanece la cuestión de saber  cómo debemos entender la libido freudiana: ¿esa “energía sexual” es una energía positiva o, según las palabras de Lacan, es color-de-vacío: suspendida en la luz de unahiancia?[1] En este último sentido, si lo sexual está en el centro se trata de  un centro vacío. Pero sabemos que, incluso en los escritos de Freud, la libido- lo sexual inconsciente- por lo general  tomó una forma plena, positiva, hasta volverse casi palpable. Así, en noviembre de 1923, algunos meses después del descubrimiento de su cáncer, Freud se hace ligar voluntariamente los conductos deferentes con la esperanza de que, conservando sus “sustancias” sexuales,  podría luchar mejor contra la patología maligna que afectaba su mandíbula[2]. Si evocamos este episodio no es tanto por lo que nos muestra de Freud (¿quién, en su lugar, no hubiera intentado una operación, después de todo menor, si hubiera tenido la mínima esperanza de ser ayudado contra un mal tan grave?), sino por lo que ilustra sobre sus concepciones teóricas de ese periodo. Porque la operación en cuestión cuadra perfectamente con los puntos de vista que Freud expresa algunos meses antes en El yo y el ello: «La expulsión de materiales sexuales en el acto sexual [fragilizaría al organismo frente a la pulsión de muerte, después de quedar] «segregado el Eros por la satisfacción»[3]. Así,  la libido sería vehiculizada por sustancias concretas cuyo descubrimiento biológico sabemos que Freud predecía (un progreso científico en espera del cual las hipótesis psicoanalíticas revestían un carácter provisorio). Claro que esto no representa el todo del pensamiento freudiano, pero aun así es Freud quién escribió eso y quien actuó de ese modo. Un Freud que, en esos años posteriores al giro, realiza un cierto número de reordenamientos teóricos, algunos espectaculares y otros más discretos.

Por lo general, lo que más se retiene de esa época es la introducción de la pulsión de muerte, aunque su lugar teórico le fue asignado desde 1910[4]. Laplanche escribe que el descubrimiento en esos años de  restructuración teórica no es la pulsión de muerte, sino «la sexualidad investida en el objeto y en el yo, es decir, la sexualidad de objeto, el amor de objeto y el amor del yo»[5]. Laplanche ha indicado cómo así la pulsión de muerte vino, en efecto, a re-equilibrar la teoría freudiana. Al postularla, Freud respondía a la exigencia de su objeto, lo sexual inconsciente y el descentramiento que provoca. Un sexual que, después de la introducción del narcisismo, había edulcorado en exceso[6].

Explorando un poco más en detalle los meandros teóricos de esa época, tropezamos con una peripecia del giro que, aún sin ser espectacular,  puede  ayudarnos a pensar, como por antífrasis, algo de lo sexual.

El giro: descentramiento y recentramiento.

 Generalmente se acepta que el texto inaugural del giro de 1920, Más allá del principio del placer, es desconcertante desde muchos puntos de vista; es un texto donde la especulación «es algo que intenta dejar pasar la pulsión: análogo entonces en cierto modo a la obra de arte, insensible a la contradicción»[7]. Por lo demás, El yo y el ello es un escrito que Freud presenta de entrada como la reanudación de lo que había explorado con «una cierta curiosidad benévola» en Más allá… y que ahora se propone  sistematizar, dándole «el carácter de una síntesis más que de una especulación» y manteniéndose  «más próximo al psicoanálisis» que en Más allá…[8]. Sin embargo, en ciertas partes El yo y el ello no es menos desconcertante; exige del lector una atención de lo más sostenida para seguir a Freud en los complejos movimientos de su pensamiento, en las sucesivas representaciones del Eros por el yo, del ello por el superyó, etc. Se trata de un texto al que no podríamos hacer justicia en pocas páginas. Aquí nos detendremos sobre todo en el capítulo titulado «Las dos clases de pulsiones» y en algunas notas a pie de página, evocando la aparición, entre estos dos grandes textos del giro, de un nuevo vocablo. Aparición cuyo sentido y función intentaremos comprender.

En efecto, en 1922, después de Más allá… y poco antes de El yo y el ello, veremos deslizarse inopinadamente una palabra, un término que no llegará a ser verdaderamente un concepto, que no será tematizado por Freud ni será recogido en el Diccionario de psicoanálisis de Laplanche y Pontalis. Esa palabra es desexulización. Nunca antes había aparecido bajo la pluma de Freud, al menos en sus publicaciones. Su único precursor, a partir de 1921, es el adjetivo desexualizado, que apareció en Psicología de las masas y análisis del yo  a propósito de la sublimación de amor homosexual[9].

Sin embargo, bien hubiéramos creído que la desexualización se inscribía desde siempre en una serie de conceptos importantes de la teoría freudiana: identificación, sublimación, narcisismo. ¿Estos términos no están esencialmente relacionados con esos destinos de lo sexual que no corresponden al de la satisfacción específicamente sexual? Con todo, Freud prescindió durante  mucho tiempo del término “desexualización”, y  es solo por una ilusión retrospectiva, por un après-coup del uso, que creemos haberlos visto siempre juntos. Esa ilusión retrospectiva no sería ajena al hecho de que, en la segunda mitad de 1922, cuando Freud  redactaba El yo y el ello, parece producirse bajo su pluma una suerte de endurecimiento de un cierto número de nociones que giran alrededor de lo sexual. La noción de desexualización, con su aparición discreta en el vocabulario freudiano, con el aire de quien desearía que no hubiésemos reparado en su ausencia, ¿no sería el indicio de movimientos más profundos que, al haber modificado el sentido de ciertos términos, hacen necesario el recurso a ella en su vocabulario? Dicho de otro modo, ¿qué ocurre para que de pronto Freud  tenga  necesidad de  ese término que menciona sin más, como si siempre hubiese estado ahí?

El término desexualización parece cerrar y endurecer la serie de términos a la que está asociado. Además de narcisismo, identificación y sublimación, esa serie incluye especialmente inhibición en cuanto a la meta, mociones de ternura, etc. Desde entonces se hizo difícil disociar verdaderamente esos términos de la idea de un destino no sexual de lo sexual, aun cuando ese destino todavía no era el resultado de una mutación tan completa como la introducida por la palabra desexualización, en particular según la acepción que tomará en El yo y el ello.

 De esa serie, identificación es sin duda el termino más antiguo en la obra de Freud, pero no parece implicar en sí mismo nada de absolutamente no sexual o de antisexual, al menos hasta que la noción de desexualización entra en escena. Sublimación aparece por primera vez en el texto sobre Dora. A lo largo de la obra freudiana –antes y después del giro– este término designa la capacidad particular de la pulsión sexual  «de poder desplazar su meta sin perder en esencia  intensidad»[10]. Incluso en 1922, Freud designa con este término un proceso por el cual «la pulsión originalmente sexual halla su satisfacción en una operación que ya no es más sexual, sino que recibe una valoración social o ética superior»[11]. Pero si bien «la operación» ya no es sexual,  la pulsión a satisfacer todavía lo es, por lo menos «originalmente». En la primera mitad de este mismo año, 1922, la propia palabra desexualización todavía podía designar únicamente «una resignación de las metas sexuales específicas»[12]. Pero en los meses siguientes, durante la redacción de El yo y el ello, el calificativo “específicas” desaparece. Desde entonces, desexualización significa «una resignación  de las metas sexuales»[13] sin más. La pérdida del adjetivo “específicas sería, en rigor, un detalle, salvo que su presencia significaba el mantenimiento de un lazo con lo sexual, al menos en un sentido amplio.

Aunque para André Green la cuestión no se presta a crítica, acierta al subrayar  la mutación introducida por la noción de desexualización, especialmente a propósito de la sublimación: «Conviene hacer una distinción, escribe, entre desviación en cuanto a la meta (que puede tomar la forma de una inhibición) y desexualización, pues este último acto comporta una modificación de la sexualidad en su naturaleza misma, mucho más que una simple sustracción de sus propiedades […]. Así, resulta claro que para Freud la sublimación lograda (y no sus “inicios”) consiste en una desexualización»[14].

 Conclusión indiscutiblemente exacta. Sin embargo, hay que señalar una circularidad en el pensamiento de Freud. En efecto, ¿qué debe pasar para que, de los comienzos (sexuales) de la sublimación, se llegue a una sublimación lograda que sería una desexualización? Según Freud, «la sublimación se produce regularmente por la mediación del yo», por una narcisización (transposición en el yo) de la libido que «conlleva, desde luego, una resignación de metas sexuales, una desexualización»[15]. Vemos, pues, que la sublimación, originalmente todavía ligada a lo sexual, deviene una desexualización gracias a una narcisización de la libido, que es ella misma una… desexualización. En este caso, o bien damos vueltas en círculo, o bien debemos suponer una equivalencia casi tautológica entre desexualización, narcisización y sublimación. Sea como fuere, pronto surge una nueva complicación. En efecto, a propósito de la libido desexualizada, Freud escribe: «Si esta energía de desplazamiento es libido desexualizada, es lícito llamarla sublimada, pues seguiría perseverando en el propósito principal del Eros, el de unir y ligar, en la medida en que sirve a la producción de aquella unicidad por la cual  -o por la pugna hacia la cual-  el yo se distingue»[16].

Aquí, entonces, la energía desexualizada/sublimada esta claramente al servicio de Eros. Pero a partir del párrafo siguiente, y por las mismas razones, el yo «al apoderarse […] de la libido de las investiduras de objeto, al arrogarse la condición de único objeto de amor, desexualizando o sublimando la libido del ello, trabaja  en contra de los propósitos del Eros, se pone al servicio de las mociones pulsionales enemigas»[17].

La contradicción puede ser solo aparente[18]. Más tarde volveremos sobre este trabajo bicéfalo del yo pero, por el momento, retendremos su valor como índice suplementario en nuestro recorrido.

Recapitulando brevemente: introducción inopinada de la desexualización; luego, como resultado de ello, descripción de un proceso aparentemente contradictorio en el seno del yo. ¿Qué relación hay entre estos dos elementos y la introducción del último dualismo pulsional que es su telón de fondo?

«Las dos clases de pulsiones»: el movimiento perdido

Me parece que por lo general no se insiste lo suficiente en el propio título de este capítulo de El yo y el ello y en la novedad que anuncia. «Las dos clases de pulsiones» da a entender que no siempre hubo dos. Ahora bien, con frecuencia ubicamos el dualismo del que aquí se trata en una suerte de continuidad sin falla con las dualidades anteriores del pensamiento freudiano. Pensamiento que, en efecto, es siempre dual, por parejas, pero que hace intervenir una diferencia decisiva entre las dualidades habituales (autoconservación / sexualidad, libido del yo  / libido de objeto, total / parcial…) y el dualismo de la última teoría de las pulsiones[19]. Aunque los dos términos puedan superponerse parcialmente, lo cierto que dualidad significa el «carácter de lo que es doble, de lo que contiene dos elementos»; por lo tanto, un continente único para dos elementos o dos caracteres diferentes. Por el contrario, dualismo marca una oposición radical y significa también una «doctrina que, en un dominio determinado, en una cuestión dada, admite dos principios esencialmente irreductibles»[20]. El dualismo “pulsiones de vida / pulsión de muerte” es precisamente de este último tipo. Antes de la introducción de este dualismo,  Freud piensa que lo sexual surge por apuntalamiento sobre la autoconservación (primera dualidad), en una subversión de lo adaptativo, al margen de lo vital. Siendo un efecto marginal, lo sexual conserva su carácter demoniaco e inconciliable, incluso cuando presenta una parte  ligada en y por el yo (dualidad libido desligada/narcisismo). Así, se establece una dialéctica libidinal cuyo mantenimiento supone una comunidad de naturaleza en presencia de dos regímenes energéticos distintos (ligazón, desligazón). Por el contrario, con el último dualismo, Eros y pulsión de muerte se dicotomizan, volviéndose radicalmente heterogéneos y situándose en el centro de dos universos que Freud difícilmente logrará comunicar.

Este dualismo es también un esencialismo. Si “pulsiones de vida” y “pulsión de muerte” ya no se encuentran en una relación dialéctica, como lo sexual desligado (pulsión) y lo sexual ligado al yo (libido narcisista), es porque ahora son dos esencias, a tal punto heterogéneas que solo cabe concebir una mezcla entre ellas (la famosa “intrincación”), pero sin que sea posible ninguna derivación, contrariamente a lo que ocurría entre los elementos de las dualidades precedentes. Siendo consciente de ello, Freud  trata de asegurar sólidamente en hechos clínicos los fundamentos bien diferenciados de esas dos clases de pulsiones.

Esos fundamentos los buscará en la polaridad amor/odio. Pero muy pronto se topa con una objeción: advierte que el amor se puede transformar en odio y viceversa. Ahora bien, se inquieta Freud: «Si esta mudanza es algo más que una mera sucesión en el tiempo, vale decir, un relevo, entonces evidentemente carece de sustento un distingo tan radical como el que media entre pulsiones eróticas y de muerte, que presupone procesos fisiológicos que corren en sentidos contrapuestos»[21]. Freud piensa que si hay una verdadera transformación, y no una simple sucesión entre el amor y el odio, entonces, dada la diferencia fundamental entre Eros y pulsión de muerte,  falta el término medio de esa transformación. Ahora bien, él observa que, en efecto, la clínica confirma la existencia de esas transformaciones amor-odio. ¿Cómo pensar una transmutación entre dos tipos de pulsiones que no tienen nada en común? El último dualismo es sin duda bastante rígido. Como  confiesa el propio Freud, «una mudanza directa del odio en amor […] sería inconciliable con la diversidad cualitativa de las dos clases de pulsiones»[22].

De modo que debe encontrarse algo que permita salir de ese razonamiento. Por eso Freud reconoce haber tenido que plantear implícitamente una hipótesis que explicita así: «Hemos interpolado un conmutador, como si en la vida anímica hubiera -ya sea en el yo o en el ello, esto no está contrastado- una energía desplazable, en sí indiferente, que pudiera agregarse  a una moción erótica o a una destructiva cualitativamente diferenciadas y elevar su investidura total»[23].

En el contexto teórico donde se desenvuelve Freud, creemos que esta hipótesis le resulta de  gran importancia,  ya que la energía desplazable debe devolverle al conjunto de la psique su capacidad de movimiento, de transformación, en pocas palabras: de desplazamiento. Un desplazamiento  que el dualismo le hizo perder. En efecto, Freud añade que «sin el supuesto de una energía desplazable de esta índole no salimos adelante. El único problema es averiguar de dónde viene, a quién pertenece y cuál es su intencionalidad»[24].

 Es aquí donde se invoca a  la desexualización y es aquí donde el “abandono de metas sexuales específicas” se convierte en  “abandono de metas sexuales” a secas. Gracias a esta desexualización, desde entonces total, la energía desplazable puede simplemente ser derivada de la provisión de libido narcísica. Ella sería entonces Eros desexulizado, pero sin conservar nada de ese origen sexual. Como indicó Green en el texto citado más arriba, con la desexualización ya no se trata de una desviación en cuanto a la meta sexual, sino de una transformación en la propia naturaleza de lo sexual. Freud dice que la energía desplazable trabaja para evitar las estasis y facilitar las descargas. Añadamos que también sirve  para sacar a Freud del impase lógico al que le condujo el dualismo pulsiones de vida/pulsión de muerte. Ella resuelve como por arte de magia el problema que le fue preciso admitir: el de la transformación del amor en odio. Pero notemos que esta “solución” deja intacto el problema de cómo entender esa transformación.

¿Qué significa, en efecto, la palabra desexualización? Freud no lo explica en ninguna parte. Hemos visto que su razonamiento sobre este tema es más bien circular. Entonces surge la cuestión: ¿es posible que la palabra desexualización, más que  designar  una operación psíquica efectiva, revele  un hecho consumado, un deux ex machina  de la teoría freudiana? A saber, que la desexualización ya había sido planteada implícitamente y a priori  por Freud en la teoría del dualismo pulsiones de vida/ pulsión de muerte y que  ahora,  como un conejo sacado de la chistera, debe invocar el concepto para reducir, après coup, las aporías de ese dualismo. Eros ya estaba  desexualizado,  pero no lo sabía…[25]

El movimiento reencontrado: el yo al servicio de la pulsión de muerte

La necesidad que se impuso a Freud de una energía neutra, desplazable,   resulta entonces de la inmovilización del aparato psíquico causada por el dualismo esencialista  “pulsiones de vida/ pulsión de muerte”. Para una de esas dos esencias – las pulsiones de vida – ,  a este esencialismo se añade, como vimos, una concepción muy concreta de la libido. Así, el dualismo pulsional es  también un substancialismo. La unificación de la sexualidad – que incluye al narcisismo – y la autoconservación bajo el dominio de Eros, procede positivando el concepto de libido y, por lo mismo, aplanándolo. Cuando Freud concibe la libido como sustancias sexuales cuya expulsión dejaría el campo libre a la pulsión de muerte, su biologismo está en auge. Sin embargo, esta concreción freudiana contrasta con otra característica de la segunda tópica, a saber, que las agencias psíquicas, en lugar de depender  de una maquinaria funcional como en la primera tópica, se vuelven antropomórficas. De modo que se produce un desplazamiento, una suerte de ballet conceptual: a medida que las instancias se presentan en la teoría como personajes antropomorfos, la concepción más tradicionalmente “científica” se desplaza hacia las fuerzas pulsionales. Y, entre ellas, las más afectadas por esa concepción biologizante (las substancias sexuales) son las pulsiones de vida. Por su parte, las “peligrosas pulsiones de muerte” se describen como silenciosas; para manifestarse en forma de destructividad  deben mezclarse con las pulsiones de vida. Al respecto, se recordará que Freud rechazó seguir a aquéllos de sus discípulos que proponían llamar destrudo a una energía específica de la pulsión de muerte. Este monismo energético, que no impide a Freud mantener una posición firmemente dualista, es una de esas  “inconsecuencias” que nos indican que se debe buscar interpretar el movimiento teorizante de Freud en esa época.

Freud reconoce que Eros es quien hará más ruido, y es solo gracias a la hipótesis ad hoc de una desexualización radical que puede reforzar a la pulsión de muerte. Sin esa transposición de energía, la pulsión de muerte solo se concibe en el silencio de una pura negatividad. Negatividad sobre la que señalaremos que hace contrapeso a la positividad –y al positivismo– inherentes a la noción de substancias sexuales. Siguiendo la huella de reequilibrios de este tipo, Jean Laplanche pudo devolver a la pulsión de muerte sus ataduras sexuales, mostrando que ella es el redescubrimiento, en otro marco conceptual,  de lo que aparecía previamente en los escritos de Freud como  sexual desligado o demoníaco[26]. Hay que notar que, reinterpretada en este marco, la negatividad pura de la pulsión de muerte también vuelve a anudarse con algo de la libido, en su concepción no substancialista.

 Designando con otro nombre a lo sexual demoníaco, la pulsión de muerte reinstala lo pulsional en su marginalidad, a riesgo de marginalizar aún más al propio psicoanálisis. Freud parece pensar en ese peligro cuando elige no convertirla en uno de los schibboleth por los cuales reconocía a sus discípulos. Invoca el carácter especulativo de ese Más allá… con el que postuló la inquietante pulsión de muerte. Sin embargo, por un procedimiento del todo idéntico, en el Yo y el ello continúa con el mismo tipo de razonamiento especulativo, hasta hacer de la moral un análogo de los productos catabólicos creados por los protistas,  y por los cuales perecen[27]. Este género de analogía es muy apto para autorizar una lectura menos literal de ese texto que, en ciertos pasajes, se muestra menos sintético de lo que anunciaba su autor y, por momentos, tan desenfrenado como Más allá del principio de placer.

El dualismo pulsional puede interpretarse de un modo muy distinto que como el giro revolucionario que, por lo demás, se pudo ver en él. Si la introducción de la pulsión de muerte indica el más absoluto descentramiento, no es menos cierto que el dualismo que lo alberga constituye al mismo tiempo una empresa de legitimización, de recentramiento en concepciones cientificistas. Los desplazamientos entre  conceptos son tanto más necesarios para Freud, quien, pese a todo, permanece fiel a su objeto. Es así como, después de la dicotomía que fija en dominios irreconciliables a los dos tipos de pulsiones,  es el yo  quien deviene lugar de un movimiento dialéctico de transmutaciones continuas. Desplazamiento a una nueva escena donde rencontraremos la dialéctica perdida.

La desxualización será la llave maestra de esta nueva puesta en marcha de la maquinaria psíquica: dado que las dos esencias pulsionales en ningún caso pueden ser pensadas dialécticamente, la energía “indiferente” que resulta de la desexualización se establece como  puente entre los dos bordes de la zanja así creada, en una lógica lineal de suma y resta de cantidades. El yo, agente de la desexualización,  se vuelve entonces presa de un movimiento paradójico. «Al apoderarse (…) de la libido de las investiduras de objeto, al arrogarse la condición de único objeto de amor, desexualizando o sublimando la libido del ello,  trabaja en contra de los propósitos del Eros, se pone al servicio de las mociones pulsionales enemigas»[28]. Paradoja puesto que, por lo demás, el yo puede proclamar su inocencia en lo que atañe a esa inversión de alianzas. Colocándose como objeto de amor único, reuniendo en su seno, por identificación secundaria, a las relaciones de objeto, ¿no está trabajando en perfecta coherencia con el Eros unificador? Eso es, como vimos, lo que Freud afirmaba en el párrafo anterior.

¿Eros se habría tornado contra sí mismo? Es lo que diríamos al releer esas páginas sorprendentes. Y no tenemos nada que objetar –todo lo contrario- a esa dialéctica rencontrada. Aun así, quisiéramos señalar de paso  que “las dos clases de pulsiones” se encuentran así reunificadas bajo un solo encabezado (y no solamente “intrincadas”). En contraste con el dualismo pulsional que lo lleva a esta situación conflictiva, Eros se encuentra él mismo concebido en su dualidad, en su doble movimiento de ligazón y desligazón. Así, “las dos clases de pulsiones” pierden su diferencia esencial y más bien revelan no haber sido sino hipóstasis,  iconos fijados de la doble figura de la pulsión sexual que, en su movimiento contradictorio (ligador / desligador), produce en efecto todo el ruido de la vida, al mismo tiempo que puede representar un peligro de muerte por un aflujo incontrolable. El monismo energético que Freud sostuvo hasta el final – constituido únicamente por la libido-, contradecía directamente el dualismo “pulsiones de vida/pulsión de muerte”, pero corresponde perfectamente a la dualidad conflictual de Eros rencontrada aquí[29].

*

 Dos notas marginales

 1)¿A qué instancia pertenece la prueba de realidad?

No nos sorprenderá demasiado rencontrar la conflictividad en el seno mismo  de ese Eros mediante el cual Freud había tratado de unificar, de conciliar lo sexual y la autoconservación bajo la denominación de “pulsiones de vida”. Vemos que, pese a todo, Freud se mantiene firme a algo irreductible, a algo que cuando  se pierde de vista resurge necesariamente en otra parte, o en otra forma. Lo irreductible, lo inconciliable de lo sexual demoníaco reaparece, pues, con el nombre de pulsión de muerte, pero al precio de un dualismo del que vimos sus consecuencias paralizantes sobre el funcionamiento psíquico. Como hemos mostrado, el movimiento solo pudo rencontrarse gracias a la desexualización. Pero ello solo fue posible a condición de conflictualizar al yo y de abolir, en una unidad dual y contradictoria, al propio Eros. Todo ocurre como si la desexualización invocada fracasara en lograr su objetivo, que sería hacer viable el dualismo “pulsiones de vida / pulsión de muerte”, dualismo que presupone procesos psicológicos en sentidos opuestos. Que se intente disipar  a lo sexual, o insertarlo en un Eros implícitamente desexualizado, y se  lo verá volver para sembrar la contradicción.

En efecto, debe notarse que en estos años del giro Freud elabora progresivamente la nueva tópica, donde se introduce la instancia denominada “ideal del yo-superyó”. En 1921, en Psicología de las masas y análisis del yo, Freud comienza a desarrollar ese concepto bajo el cual reúne la auto-observación, la conciencia moral, la censura onírica y la influencia principal para la represión[30]. Considerando los curiosos fenómenos vinculados a la hipnosis, en este mismo texto  llega incluso a  atribuir “el examen de realidad” (prueba de realidad) al ideal del yo: «Lo  que [el hipnotizador] pide y asevera es vivenciado oníricamente por el yo; esto nos advierte que hemos descuidado mencionar, entre las funciones del ideal del yo, el ejercicio del examen de realidad»[31]. Sin embargo, una nota añadida dos años más tarde, en 1923, viene a poner en cuestión este punto de vista: «Parece admisible dudar de la legitimidad de esta atribución, que requiere un examen más profundo»[32]. Pero lo cierto es que el único examen  profundo que encontramos es otra nota a pie de página, esta vez en El yo y el ello: «Sólo que parece erróneo, y exige ser corregido, el que yo haya atribuido a ese superyó  la función de examen de realidad. Armonizaría por entero con los vínculos que el yo mantiene con el mundo de la percepción el hecho de que el examen de realidad quedara a su cargo»[33]. Parsimonia de explicación que resulta bastante sorprendente, dada la importancia y la dificultad de la cuestión.

¿Cuál es en realidad esa cuestión que, en Psicología de las masas, había llevado a Freud a atribuir al ideal del yo la prueba de realidad? En ese otro gran texto del giro, Freud viene de mostrar que la relación hipnótica es, desde todo punto de vista, similar a una relación amorosa, exceptuando la satisfacción sexual. El yo está fascinado y por ello es susceptible de mantener con la realidad exterior unas relaciones que no están exentas de desviaciones e interferencias. Freud observa que el hipnotizador es colocado en el lugar del ideal del yo. Es desde ese lugar que puede llevar al yo del sujeto hipnotizado a vivir  como en sueños lo que él – el hipnotizador- exige y afirma. El ideal del yo, y por lo tanto toda persona que ocupe su lugar psíquico, sería así el garante de la relación con la realidad y capaz de influenciarla. Ahora bien, si tenemos en cuenta el origen narcisista de ese ideal, tal como fue explicitado por Freud en su texto de 1914 y luego en Psicología de las masas…, resulta que la capacidad del ideal del yo de alterar la relación del yo con la realidad no es ajena a la inclusión de una gran parte de la libido en el propio yo. La atribución del ejercicio de la prueba de realidad al ideal no es, pues, un simple accidente del recorrido. Esa atribución, sostenida durante un tiempo breve y luego corregida, es la marca de la complejización que trajo la libidinización del yo  (narcisización). Esto, desde luego, antes de que la noción “endurecida” de desexualización venga a desviar y hasta a trastocar el sentido de dicha narcisización. El ideal del yo, ese nuevo “estadio en el yo”, esa diferenciación que Freud introduce en la instancia del yo después de la introducción del dualismo pulsional, parece resultar de la necesidad de reencontrar en alguna parte el aspecto subversivo de la libido, ya que el último dualismo la había desexualizado demasiado. Si el yo deviene el depositario de un Eros fuertemente desexualizado, la subversión libidinal deberá alojarse en una nueva insignia: el ideal del yo-superyó será su  portador, pudiendo llegar incluso – por ejemplo en la relación hipnótica-  a  distorsionar las relaciones del yo con la realidad. Creemos que eso es lo que llevó a Freud a atribuir la prueba de realidad al ideal del yo, atribución que pone en duda dos años más tarde y que, según él, “requiere una discusión a profundidad”, una discusión que nunca tendrá lugar.

Así, pues, si la hipnosis excluye la satisfacción sexual, la relación hipnótica también se describe como «una entrega enamorada irrestricta que  excluye toda satisfacción sexual»[34]. Y ese amor tiene el poder de modificar de manera importante la relación del yo con la realidad. El ideal del yo, cuyo lugar es ocupado por el hipnotizador, es descrito por Freud en Psicología de las masas como una diferenciación en el seno del yo, heredero del narcisismo. Sin duda esta división del yo resulta, pues,  de la importación de libido. No de libido desexualizada – en el sentido radical que Freud dará más tarde a ese término-, sino simplemente inhibida en cuanto a la meta, como lo prueba la descripción de la relación hipnótica que venimos de evocar. Pero en el fondo, si el ideal del yo es una diferenciación en el seno del yo que resulta de la investidura libidinal de éste, la cuestión no es tanto saber si quien ejerce la prueba de realidad es el yo o el ideal.  Si bien esa función  puede corresponder al yo, de todos modos sigue siendo susceptible de ser alterada por la relación hipnótica o amorosa – para Freud es igual- que coloca al objeto en posición de ideal del yo. Freud desplazó la función pero nunca volvió a cuestionar lo que decía de ese curioso fenómeno hipnótico. La duda de Freud es el índice de un problema teórico planteado por el dualismo desexualizante, y que no encontró solución.

2)¿Cuál es el gran reservorio de libido?

En la lógica de lo que Freud afirma desde 1914, encontramos un argumento suplementario que apoya  la opinión según la cual el narcisismo y las identificaciones, lejos de desexualizar tan absolutamente como lo dice en El yo y el ello, introducen la subversión sexual en el núcleo mismo del yo, al mismo tiempo que la constancia de la ligazón narcisista. En efecto, antes del endurecimiento que trajo la desexualización, la narcisización no representaba un derrocamiento de lo sexual sino más bien una de sus conquistas. En un texto contemporáneo de El yo y el ello, también de 1922, Freud incluso  llega a decir que el narcisismo más bien revela que «también las pulsiones de autoconservación eran de naturaleza libidinal; eran pulsiones sexuales que habían tomado como objeto al yo propio en vez de los objetos externos»[35].  Vemos, pues, que el pensamiento de Freud oscila fuertemente en ese periodo de turbulencia teórica. Esa oscilación será notable a propósito de otro problema, también “despachado” en dos notas a pie de página: el del reservorio de la libido.

Desde la introducción del narcisismo en 1914 y hasta el año 1922, que nos ocupa aquí, el yo se había vuelto «un gran reservorio de libido, desde el cual esta última era enviada a los objetos y que  siempre estaba dispuesto a acoger  la libido que refluye desde los objetos»[36]. Narcisizar al yo de ningún modo significaba   proponer una visión radicalmente desexualizada de esa instancia. Aun cuando la ligazón en el yo impone a lo sexual un  régimen libidinal distinto del que corresponde a las pulsiones en estado libre, de todos modos sigue primando lo sexual. Esa investidura de la libido en el seno del yo es una complejización del género de las que Freud atribuye al trabajo de Eros. En efecto, las relaciones del yo-reservorio libidinal con los objetos y las transferencias de libido que las acompañan, lo mismo que la interposición del yo como intermediario obligado entre el ello y los objetos, introducen una tensión entre ligazón y desligazón en el propio yo. Pero he aquí que, a dos páginas de distancia de la nota que “ordena” la cuestión de la prueba de realidad, otra nota despoja al yo de su función de reservorio para atribuírsela más bien al ello: «Ahora, luego de la separación entre el yo y el ello, debemos reconocer al ello como el gran reservorio de la libido en el sentido de “Introducción del narcisismo”»[37].

Aquí  no buscaremos decidir entre las dos posiciones de Freud. Él mismo oscilará una vez más, volviendo a atribuir al yo la función de reservorio[38]. Pero en el fondo, que el yo sea o no el “gran reservorio de libido” no tiene mayor importancia. Como ya lo ha indicado Laplanche, esa duda de Freud resulta de la ambigüedad del propio yo[39]. Añadamos que esa ambigüedad, que permite que lo designemos alternativamente y sin mayor perjuicio como reservorio o como fuente libidinal, muestra también los límites inherentes a la concepción sustancialista de la libido. Lo que nos parece más significativo en esta revisión teórica presentada a pie de página es ver a Freud dudando del hecho del narcisismo, en la medida en que éste, claramente libidinal, no se ajusta perfectamente al último dualismo pulsional. Al disponer de la noción de desexualización,  aparentemente  puede  colocar toda la libido en el ello y no otorgar al yo más que la libido desexualizada. Salvo que, al hacerlo, introduce una contradicción en el seno del propio yo: como vimos, por esa desexualización el yo supuestamente trabaja a la vez al servicio de Eros y de la pulsión de muerte. Freud  enuncia esa contradicción en dos párrafos contiguos sin señalarla, sin hacerla trabajar. Nosotros creemos que ello indica  que  se le escapó cuando estaba ocupado -pero en vano, diríamos- en poner orden en el dominio de las pulsiones.

Sexual y desexualización en la clínica

 Se ha vuelto común entre los psicoanalistas distinguir entre una clínica de las neurosis llamadas “clásicas”, donde lo sexual inconsciente sería el centro de la problemática psíquica, y una clínica donde dominaría una problemática del narcisismo, entendido en el sentido desexualizado del término. Las patologías de este último tipo estarían organizadas alrededor de la carencia más que del conflicto, dejando entender que les faltaría el ingrediente esencial de éste último, lo sexual-pulsional.

El examen crítico que acabamos de hacer del término desexualización nos lleva a interrogar esa distinción clínica. Entre las cuestiones que nos gustaría plantear, mencionamos las siguientes:

Si rechazamos todo sustancialismo de la libido y lo que retenemos es su concepción en hueco, su abertura, ¿sigue siendo posible distinguir tan claramente entre una problemática conflictual clásica y una problemática de la carencia? La falta, la ausencia, ¿no son las propias fuentes de la activación psíquica sexual? La seducción misma, ¿no aparece fundada sobre la ausencia, especialmente la ausencia de sentido, para el niño, de los mensajes seductores del adulto? La carencia, como falta de holding, ¿no debe su efecto patógeno al hecho de dejar al niño  gravemente fragilizado ante los efectos de la excitación y del ataque interno por la pulsión sexual? Si el narcisismo normal implica la introducción de la subversión libidinal en el seno del yo, ¿no habría lugar  para considerar la cuestión de lo sexual en la patología del narcisismo, tanto como en los casos llamados “clásicos” de neurosis? La anotación freudiana al comienzo de “Introducción del narcisismo” (1914), que se ocupaba del  efecto desestablizante de un retorno de la libido sobre el yo, ¿no va en ese sentido?

Si el dualismo pulsional, por oposición a las dualidades freudianas que lo preceden, es de hecho, como lo indicamos en este texto,  una desexualización de principio, planteada implícitamente por Freud en la teoría antes de “descubrir” la función del yo homónima (si, entonces, lo que parecería oponerse a lo sexual en el fondo es también sexual), ¿hay todavía lugar para distinguir claramente entre las problemáticas centradas alrededor de lo sexual inconsciente y las que supuestamente giran alrededor de la agresividad, del odio y de la envidia?

Cuestiones que nos proponemos profundizar más adelante, en un próximo artículo.

Notas

*«La désexualisation», Trans, nº8, Le sexual dans la cure, 1999. Traducción: Deborah Golergant

**Este texto retoma, con algunas modificaciones menores, una comunicación presentada en el “3er Coloquio internacional J. Laplanche”,que tuvo lugar en la Residencia “La Cristalera” de la Universidad Autónoma de Madrid, Miraflores de la Sierra, España, el 20 de julio de 1996.

[1] J. Lacan, «Du “Trieb” de Freud et du désir du psychanalyste», in Écrits, Paris, Seuil, 1966, p. 851.

[2] Episodio recordado por A. Green, en una nota a pie de página, en Le travail du négatif, Paris, Minuit, 1993, p.307, nº23. Ciertamente no se trata más que de una anécdota y, en su biografía de Freud (Freud. A life for our time, New York, Norton, 1988, p. 426),  Peter Gay indica que entonces la operación era recomendada por el endocrinólogo Steinach y gozaba de cierta popularidad. El episodio, considerado en el marco del dualismo pulsional promovido por Freud en 1920, no deja de ser significativo.

[3] S. Freud, El yo y el ello, en O.C XIX., Amorrortu, p. 48.

[4] J. Laplanche, «Pulsion  de vida- 1910» (1992), en Après-coup. Revista de psicoanálisis, nº1, febrero- 2016

[5] J. Laplanche (1981), El inconsciente y el ello. Problemáticas IV, Amorrortu, 1987, p. 217.

[6] Véase, entre otros, «La pulsión de muerte en la teoría de la pulsión sexual» (1984), en A. Green y otros. Laplanche, La pulsión de muerte, Amorrortu, 1998.

[7] J. Laplanche (1980), La sublimación. Problemáticas III, Amorrortu, 1987, p. 226. 

[8] S. Freud. El yo y el ello, op. cit., Amorrortu, p. 13.

[9] S. Freud (1921), Psicología de las masas y análisis del yo, en O.C.XVIII Amorrortu  p.98. Que esta palabra no haya aparecido antes en los escritos freudianos fue verificado gracias a la Freud Concordance en lengua inglesa. Consultando la Concordance alemana, de muy reciente aparición, Patrick Mahony tuvo la amabilidad de confirmarme que esto también es cierto en el texto original alemán. Aquí quiero agradecérselo.

[10] S. Freud,  «La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna», citado por J. Laplanche y J-B. Pontalis, Diccionario de psicoanálisis (1967), Labor, 1983, p. 416

[11] S. Freud, «Psicoanálisis» y «Teoría de la libido», en O.C.XVIII, Amorrortu, p. 251.

[12] Ibib., p. 252. Las cursivas son añadido nuestro.

[13] S. Freud, El yo y el ello, op. cit., p. 46.

[14] A. Green, Le travail du négatif, Paris, Minuit, 1983, p. 299-300, passim. (Las itálicas son añadido nuestro).

[15] S. Freud, El yo y el ello, op. cit., p. 46.

[16] Ibid., p. 46. Las cursivas son añadido nuestro.

[17]  Ibid., p. 46 (Las itálicas son añadido nuestro).

[18] En Le travail du négatif, op. cit., p. 302-303,  Green ve ahí una dialéctica, pero sin detectar,  como lo haremos nosotros más adelante, la necesidad de ese movimiento dialéctico para liberar a la psique de la inmovilidad causada por la introducción del dualismo pulsional.

[19] Debo a Jacques Mauger el haber llamado mi atención respecto a la diferencia entre dualidad y dualismo, incluso si asumo la responsabilidad del uso que aquí hago de ella.

[20] André Lalande, Vocabulaire technique et critique de la philosophie, Paris, PUF, 1926, términos : dualidad y dualismo.

[21] El yo y el ello, op. cit., p. 44.

[22] Ibid., p. 45.

[23] Ibidem.

[24] Ibidem.

[25] Parece que por esta “desexualización en el origen”, Freud, pese a todo, llega a algo menos positivista: la aparente contradicción de un sexual desexualizado desde el comienzo, ¿no podría señalar el lugar de una concepción distinta de lo sexual psíquico? Nos proponemos examinar esta cuestión en otro artículo.

[26] Véase, entre otros, J. Laplanche (1987), Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Amorrortu, 1989, p. 146-147 y  J. Laplanche, «Pulsion  de vida- 1910» (1992), en Après-coup. Revista de psicoanálisis, nº1, febrero- 2016.

[27] S. Freud,  El yo y el ello, op. cit. p. 57.

[28] Ibid, p. 46.

[29] Más de una vez, Laplanche ha mostrado cómo ese monismo energético de Freud debía ser tomado como índice de un razonamiento que demanda ser interpretado. Véase, entre otros, La sublimación, op. cit. y «La pulsión de muerte en la teoría de la pulsión sexual», op. cit.

[30] S. Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, en O.C. XVIII, Amorrortu.

[31] Ibid., p. 108.

[32] Ibid., p. 108, nota 6. Las itálicas son añadidas por nosotros.

[33] S. Freud, El yo y el ello, op. cit., p. 30, nota 2.

[34] S. Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, op. cit., p. 108.

[35] S. Freud, «Psicoanálisis» y «Teoría de la libido», op. cit., p. 252. Las itálicas son añadidas por nosotros.

[36] Ibid., p. 252.

[37] S. Freud, El yo y el ello, op. cit., p. 32, nota 7.

[38] En un texto tan tardío como el Esquema del psicoanálisis, O.C. XXIII, Amorrortu.

[39] J. Laplanche, Vida y muerte en psicoanálisis, op. cit., p.105.

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