Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

La cubeta y otras nociones de Laplanche sobre la transferencia*
Anna Koellreuter

 

 

«Senna pierde su cubeta» era el titular de Le Figaro el 9 de julio de 2010[1]. En otras palabras, Senna es expulsado del asiento del coche que lo mantenía en carrera, en sentido figurado. Pierde su contrato o, más claramente aún, es despedido de la escudería Hispania Racing F1 Team. Bruno Senna, sobrino del legendario triple campeón del mundo de fórmula 1 Ayrton Senna –muerto en un accidente en 1994-, fue “expulsado” por no haber hecho lo que se esperaba de él: conseguir nuevos sponsors gracias a su célebre apellido.

La cubeta. En el vocabulario de Laplanche, este término puede ser traducido, abordado y utilizado de múltiples formas, como por lo demás ocurre con varios otros de sus conceptos. «El psicoanalista y su cubeta» es el título de una serie de diez conferencias impartidas por Laplanche (1987) hace treinta años. Desde entonces esta noción de «cubeta», que encontramos constantemente en sus textos originales bajo diferentes modalidades, se volvió un término central e indispensable para la discusión de sus concepciones sobre la transferencia.

Senna pierde su cubeta y ésta se convierte en asiento eyectable; entonces deja de ser capaz de negociar sus giros. Cuando el analista pierde, también él, su «cubeta», deja de estar en situación de analizar. Pierde su calma o compostura, que es absolutamente necesaria para poder controlar una situación analítica difícil.

Aquí me gustaría describir cómo Laplanche llega a su uso particular de la palabra «cubeta», así como a otras creaciones lingüísticas singulares como las nociones de «transferencia en pleno», «transferencia en hueco» o «trascendencia de la transferencia».

En efecto, para comprender los escritos de Laplanche es indispensable interesarse por sus propios neologismos. Según él, los neologismos merecen nuestra atención por varias razones (Laplanche, 1998). En su traducción de Freud, realizada en colaboración con sus colegas, creó un cierto número de términos nuevos sin querer, sin embargo, caer en un fanatismo neológico (ibidem), aunque ésa sea la impresión que da a veces al lector.

Al respecto, precisa: «Neologismo es, en la traducción de Freud, tanto una verdadera creación de palabra (y nos damos cuenta de que las creaciones puras son muy raras) como, a menudo, lo que llamo “uso neologizante”: la recuperación de antiguos términos caídos en desuso, o de una acepción abandonada de un término que todavía se usa» (1998, p.62).

Los neologismos de Laplanche surgen de su traducción de las Obras Completas de Freud, pero seguramente también son una consecuencia de su propio análisis con Jacques Lacan, quien por su parte creó términos nuevos en sus seminarios a partir de 1950 (Bénabou et al, 2002[2]). Laplanche concibe la traducción como un «modelo analítico ineluctable cuando se trata de la constitución del aparato del alma y de la represión, pero también de la interpretación, de la sublimación, etc. En fin (…) la traducción como modelo de pulsión y como pulsión que me conduce» (Laplanche 1996, p. 46). La “pulsión de traducir” y el “placer de traducir” son omnipresentes en la obra de Laplanche. En mi opinión, esto es lo que vuelve a su obra tan fascinante, sin perder de vista las diferencias culturales entre el pensamiento psicoanalítico francófono y germanófono.

La cubeta

Pero volvamos a la cubeta. Laplanche expuso sus ideas sobre «la situación analítica» y sobre «el psicoanalista y su cubeta» en dos textos diferentes titulados precisamente así. En muchos lugares incluso los asocia en un solo título, reuniéndolos por un guion. De ese modo expresa que si la situación analítica es ella misma transferencia, el analista y su cubeta juegan un rol determinante en el desencadenamiento de esa transferencia.

La metáfora de la cubeta

En su seminario magistral del 5 de diciembre de 1979, Laplanche (1990) explica cómo se le ocurrió la palabra “cubeta” a partir de las siguientes preguntas: “¿Qué pertenece al análisis?” “¿Qué cae fuera del análisis?” “¿Hay algo fuera del análisis?” (ibidem, p.47). Cuestiones que, según él, todo analista debería plantearse. Sin embargo, ciertos colegas no las tendrán en cuenta al afirmar que “todo se analiza”. Para simbolizar esos límites entre un adentro y un afuera se le ocurre la idea de una cubeta y sus asociaciones lo conducen a Franz-Anton Mesmer.

En el siglo XVIII, este médico austriaco sostenía que todas las enfermedades se debían a la mala repartición de un fluido magnético natural en el cuerpo humano y que él era capaz de restaurar el equilibrio magnético pasando suavemente un imán sobre el cuerpo del paciente. Mesmer realizaba sesiones de hipnosis durante las cuales el «magnetismo animal»[3] debía permitir curar los males de sus pacientes. Pero pronto fue desacreditado como charlatán y dejó Viena para instalarse en París, donde abre una consulta. El entusiasmo por el magnetizador fue tal que poco tiempo después ya no era capaz de tratar a sus pacientes individualmente. Fue entonces cuando introdujo el método de tratamiento colectivo de «la cubeta», llenando cubetas de agua con partículas de hierro y vidrio machacado para transmitir su magnetismo, y acomodando a los pacientes alrededor de ellas para difundir su energía a un mayor número de personas.

Siguiendo su cadena asociativa, Laplanche añade que también se podría imaginar una suerte de pila o, más precisamente, un recipiente donde muchos elementos se superpondrían, siendo susceptibles de producir una diferencia de potencial. Por otro lado, en relación a la «máquina de influir» de Victor Tausk (Tausk, 2010), también podría pensarse en un cuerpo vivo, obviamente un cuerpo fantasmático. Sin embargo, en esta imagen de un cuerpo lo importante sería representarlo como un objeto, en el sentido en que un recipiente es indispensable para poder establecer una diferencia de potencial. Como lo explica Laplanche: «El modelo hidráulico – el de una cubeta que retiene un líquido susceptible de escapar de ella dada una cierta presión- y el modelo de la pila eléctrica son muy afines, tanto para los físicos como, en cierta manera, para los analistas» (Laplanche, 1990, p. 48).

Estas reflexiones lo conducen a la dinámica pulsional que se desarrolla en la cubeta del analista en el curso de la situación de transferencia.

La exposición de Laplanche sobre la «cubeta» está cargada de sentidos metafóricos. Por ejemplo, le llama la atención la expresión inglesa «to kick the bucket» (idem, p.48-49), que corresponde en francés a «casser sa pipe» [«palmarla»[4]], pero que él, encontrando la imagen más expresiva en inglés que en francés, prefiere traducir casi literalmente por «volcar la cubeta de un puntapié». En cuanto a la expresión idiomática «casser sa pipe», se remonta a la época napoleónica, cuando los cirujanos militares estaban obligados a amputar a los heridos sin anestesia. Deslizaban en la boca del soldado una pipa que éste debía morder para ahogar sus gritos de dolor. Si moría durante la operación, entonces se decía que había roto su pipa. Una historia anecdótica compleja, como señala Laplanche antes de volver a su traducción literal de «volcar la cubeta». Ésta expresa el hecho de que, al vaciar el recipiente de golpe, se provoca una caída repentina y definitiva de la diferencia de potencial (ídem, 49). «Hablamos de diferencia de potencial cuando dos o más objetos poseen diferentes potenciales. La diferencia de potencial es, pues, la medida de la fuerza de un campo magnético independientemente de los cuerpos, y describe la capacidad de trabajo de un objeto al interior de ese campo»[5]. Una vez que el contenido de la «cubeta» ha sido volcado, los niveles interno y externo se equilibran y el límite que representaba el recipiente ya no juega ningún rol. Ya no pasa nada.

Sin embargo, Laplanche utiliza aún otra noción como punto de partida de su desarrollo sobre la cubeta. Se apoya, en efecto, en los modelos freudianos que a menudo se refieren a la imagen de un recinto o, dicho de otro modo, a un mundo interior rodeado de un mundo exterior que lo delimita. Según él, es justamente esa envoltura la que crea una diferencia de potencial entre los mundos interior y exterior, permitiendo así que se desarrolle lo sexual, lo pulsional.

La diferencia de potencial en la cubeta

 La noción de cubeta implica siempre la diferencia de potencial entre el interior y el exterior. En este modelo teórico Laplanche precisa tres características:

 «El primer rasgo de este tipo de modelo es entonces que en él la diferencia interior-exterior es esencial y que se define de manera energética. No hay envoltura sin energía que la mantenga […] La energía solo es registrable bajo la forma de una diferencia […]

 Otra característica de este tipo de modelo freudiano es que el sistema tiene una finalidad, que es el mantenimiento de la constancia de su nivel. No basta con decir que es una pila: es una pila con un sistema de recarga o, más exactamente, de auto-regulación […]; cuando el nivel baja, se trata de recargarla, y cuando en él se han introducido energías demasiado importantes, es preciso evacuarlas. […]

 Por último, tercer rasgo: este sistema se defiende de las agresiones, que son en particular brechas abiertas en sus envolturas; es decir que a partir del momento en que se ha abierto una brecha en la pared de la cubeta, se pueden producir modificaciones más o menos catastróficas del nivel. Habrá que oponer fuerzas internas a fuerzas externas, taponear las brechas; aquí la noción de defensa es la que se impone, insisto en ello, mientras que en el segundo tipo podremos hablar más bien de resistencia. Defensa a la vez económica y dinámica, donde se trata de oponer fuerzas a fuerzas, contra-empujes a empujes» (ibidem, p.49-50).

La cubeta, el analista y la situación analítica

Laplanche profundiza su cuestionamiento. ¿Cuál es la importancia de la cubeta en la situación psicoanalítica? ¿Cómo el analista accede a su cubeta? Y sobre todo, ¿cómo se mantiene en ella?

Ante todo se trata de establecer la situación psicoanalítica –en el sentido del «contrato social» de Rousseau, como añade Laplanche-, y ese fundamento no debe ser arbitrario ni definitivo sino que, por el contrario, exige ser constantemente redefinido. Se trata de la regla fundamental, es decir de los compromisos que el analista y el analizando asumen juntos y que respetan hasta el fin del análisis. En otras palabras, «no hay un pasaje progresivo entre el análisis y el extra-análisis» (Laplanche, 1989, p. 156). El análisis se desarrolla entre cuatro paredes, pues «para hacer un psicoanálisis no solo hace falta un diván y un sillón, sino también una puerta cerrada» (Laplanche, 1990).

En segundo lugar, el establecimiento de esta situación es el de un lugar de lo pulsional o lo sexual. En efecto, todo lo que ocurre al interior de la cubeta está en relación con la sexualidad, el amor y el odio. Los intereses adaptativos no están excluidos sino tangencializados, es decir que tocan o rozan lo que se despliega en la cubeta. Como el analista se rehúsa a colocarse en el nivel adaptativo –por ejemplo dando consejos al analizando- las tendencias adaptativas permanecen tangenciales y, así, lo que ocurre en la cubeta –es decir lo sexual, lo pulsional- no se ve comprometido. Además, el primer aspecto evocado –el de la regla fundamental- también contribuye a tangencializar esos intereses adaptativos.

En tercer lugar, la situación analítica es la reinstauración del lugar de seducción originaria o, más precisamente, del lugar de seducción por el enigma. Restablece la relación originaria con el enigma y con aquél o aquélla que lo porta, es decir con la persona «supuesta saber». Aquí se expresa lo esencial de la ética analítica en el contexto de la contra-transferencia, que por lo demás Laplanche considera sospechosa. En efecto, no se trata de controlar o de utilizar la contra-transferencia, ni de enredarse en ella o dejarse tocar afectivamente, sino del hecho de que el analista es asumido como poseedor de un cierto saber pero, por su parte, él se rehúsa a ocupar ese lugar, y ello debe cumplirse tanto respecto del analizando como respecto de sí mismo. Éste es su segundo rehusamiento, después del que consiste en no entrar en el nivel «adaptativo». El rehusamiento de saber del analista y el hecho de que el analizando sea consciente de ello es, en realidad, lo que empuja a éste último a desear saber más, exactamente como le ocurre al niño pequeño (Laplanche, 1989, p. 158).

Por último, la situación de la cubeta implica una «contención» que hay que saber mantener, conservar permanentemente. Ésta no debe confundirse con el «contenedor» de Winnicott o de Bion. Laplanche compara la cubeta con una suerte de ciclotrón donde las partículas pueden acelerarse a una velocidad considerable. Sin su recinto protector, ¡el ciclotrón se transformaría en una verdadera bomba de hidrógeno! (ibidem, p. 159). De ahí la necesidad de «contenerse», de conservar la sangre fría pase lo que pase, de hacer prueba de serenidad incluso en situaciones analíticas difíciles.

Resumiendo, los cuatro criterios que definen la situación analítica son:

-la regla fundamental que cada parte se compromete a respetar,

-el mantenimiento de lo sexual, de lo pulsional en la cura,

-el rehusamiento de saber del analista,

-la contención que debe mantenerse en toda circunstancia.

Como hemos recordado, la situación analítica implica «al psicoanalista y su cubeta», lo que resulta determinante para que se desencadene la transferencia. De hecho sabemos que la situación analítica es ella misma transferencia. Para Ida Malcapine y Lagache (a quienes Laplanche se refiere a menudo), es el análisis lo que crea la transferencia (ibidem, p. 160). Sobre este punto, Laplanche va más lejos al afirmar que «si la situación [analítica] reinstaura una situación originaria, ella es por sí misma transferencia» (ibidem, cursivas de J. Laplanche). Al respecto, me gustaría abordar brevemente los aspectos de la situación originaria: la seducción originaria y el mensaje enigmático que juegan un rol en la transferencia.

El establecimiento de la situación originaria en la cubeta

Por situación originaria o seducción originaria, entiendo la situación antropológica fundamental en la cual todo niño se ve invadido por los mensajes enigmáticos de sus padres (u otros adultos). Enigmáticos no en el sentido de misteriosos, sino de ambivalentes. Como lo explica Laplanche: «el adulto sí “tiene” un inconsciente, que la relación con ese chiquillo que él mismo fue reaviva particularmente. Mensajes que casi siempre son no verbales: cuidados, mímicas, gestos, pero que a veces son también verbales […]. Si son enigmáticos para el receptor, es porque son enigmáticos para el emisor» (Laplanche, 2001, p. 210). Enigmáticos e indescifrables, entonces, por ambos lados.

Las atenciones y comportamientos relacionales de la madre están rodeados por una envoltura libidinosa y totalmente impregnados de su amor y su erotismo, pero también de sus conflictos inconscientes. El niño lo absorbe todo sin distinción.

La irrupción, en el orden vital orgánico, del otro sexual   – es decir, del discurso de los padres en el cual resuenan sus propios conflictos y sus propias represiones- puede ser traumatizante para el bebé. Sin contar con los medios para ello, el sujeto en proceso de constitución se ve confrontado a la tarea de traducir los mensajes enigmáticos del otro, de apropiarse de ellos, de simbolizarlos. Percibe que hay algo detrás de las palabras y los gestos de su madre y de su padre. Para él se trata de adivinar qué es, de descubrir dónde se esconde el deseo de sus padres y, a fin de cuentas, mucho más tarde, en el análisis,  de encontrar las palabras para hablar de ello (Véase Bruce Fink, 2005), aun cuando resulta tan difícil. Eso es exactamente lo que funda el carácter conflictual inherente a la naturaleza humana, del que nos ocupamos cotidianamente en el trabajo psicoanalítico.

La provocación de la transferencia por el analista

Laplanche se pregunta qué es lo que constituye la situación psicoanalítica y enumera las tres funciones del analista: «Podemos formularlo, incluso reformularlo: lo intenté especialmente con la imagen de la cubeta. Aquí propondré tres dimensiones, tres funciones del analista y de lo que instaura: el analista como garante de la constancia; el analista como piloto del método y acompañante del proceso primario; el analista como guardián del enigma y provocador de la transferencia» (Laplanche, 1996, p. 181). Sin las dos primeras funciones es imposible analizar. El trabajo del análisis consiste en disolver todo lo que pudo formarse en el plano del yo en los niveles psíquico, ideológico y sintomático, excluyendo completamente lo funcional, como lo ilustra el siguiente ejemplo[6]:

Si la analizanda llega tarde a su sesión explicando que el tranvía chocó con un coche quedando inmovilizado y que por eso tuvo que venir andando,  relaciona su retraso con la información que da sobre él de manera sensata, cosa que aceptaríamos fuera del análisis y que sería a la vez una forma de explicar y de cerrar lo ocurrido. Pero no en el encuadre del análisis. Aquí tenemos derecho a disociar esa información de su contexto, como si no tuviera ninguna relación con él, y a asociarla con algo completamente diferente. Por ejemplo, el final de la sesión anterior. Así, el analista podría sugerir: «La última vez usted se fue furiosa conmigo». Un jefe de departamento que le dijera lo mismo a una de sus empleadas que llega con retraso por la misma razón, actuaría de forma totalmente fuera de lugar y así es como ella lo percibiría. En cambio la analizanda, si respeta las reglas del juego acordadas, reaccionará a esa “interpretación” por una asociación de ideas que podrían llevarla muy lejos del choque del tranvía, eventualmente al final de su sesión anterior. Aparecerán elementos que de otro modo seguirían en la sombra y que tal vez se integrarán, a su vez, con otras situaciones. Evidentemente ése no será el caso si el analista responde algo como: «A fin de cuentas su retraso no tiene nada que ver con el choque del tranvía. En realidad usted llega tarde para castigarme, pues la última vez mi interpretación le enfureció». O peor aún: «Usted quiere castrarme recortando mi sesión». En estos casos el analista no analiza, no abre nada sino que más bien cierra algo al oponer a la información consciente de la analizanda una segunda significación que solo él conoce. «En opinión de Laplanche eso no sería una interpretación sino una hermenéutica, y probablemente una mala hermenéutica», señala Pierre Passet (Ibidem.). Y Laplanche añade: «¡Manos quietas, en la cura, a la hermenéutica, a nuestra hermenéutica! Una máxima reguladora que solo puede ser respetada asintóticamente, y cuya otra formulación sería “rehusamiento del saber (Versagung des Wissens) del lado del analista[7]» (Laplanche, 2001, p. 212).

Inicialmente, Laplanche había titulado a su texto «De la transferencia: su provocación por el analista» (1992) [1996], «La transferencia: ordinaria y extraordinaria». Las reflexiones presentadas en este trabajo permiten comprender mejor la dinámica pulsional que se desarrolla en el curso del proceso analítico. Ahí Laplanche hace una distinción entre el análisis de la transferencia y el análisis en la transferencia. Freud consideraba a la transferencia como una transferencia de los conflictos no resueltos que llevan a la neurosis. Por lo tanto, él analizaba la transferencia tal como se presentaba. Por el contrario, Laplanche estima que el trabajo en la transferencia es más pertinente. En efecto, es ahí donde se juega lo sexual, lo pulsional. No hay palabras para hablarlo porque lo extranjero, lo sexual, no puede ser nombrado. Se trata de tomar conciencia de ello y, en consecuencia, tolerar la parte de alteridad, lo pulsional en uno mismo. Cuando la alteridad interior está disociada del resto de la personalidad consciente, es decir, cuando lo pulsional está reprimido, el análisis se limita a un trabajo de la transferencia, lo que sería idéntico al acontecimiento secundario y no al acontecimiento pulsional.  

Existe, pues, una distinción entre el trabajo de la transferencia y el trabajo en la transferencia, lo que nos conduce a otras dos nociones laplanchianas esenciales.

La transferencia en pleno y la transferencia en hueco

En el capítulo titulado «La transferencia», Laplanche (1992; 1996) describe lo que denomina “transferencia en pleno” y “transferencia en hueco”, que tienen lugar conjuntamente. La primera corresponde a lo que Freud describe como una situación típica de transferencia. Para el analizando, consiste en repetir situaciones arcaicas y en depositarlas en el analista como un material de relleno. La segunda, que se encuentra en permanente interacción con ella, significa que el analista aloja el “hueco” del analizando – es decir, lo que el analizando ignora de sí mismo- en su propio “hueco” (Laplanche, 1996, p.184): «Ofrecemos al analizando un “hueco”, nuestra propia benevolente neutralidad interior, la neutralidad benevolente respecto de nuestro propio enigma» (ibidem). En otros términos, el analista es finalmente un extranjero para sí mismo y está abierto a su propia alteridad. Al colocar su hueco interior en el hueco del analista, el analizando deposita ahí el enigma de su propia situación infantil sin que ésta sea interpretada. Eso es precisamente la transferencia en hueco, en el curso de la cual se produce lo sexual-pulsional.

En la literatura y la práctica psicoanalíticas feministas, a menudo es cuestión de que la analista ponga su propio espacio simbólico a disposición de la analizanda. No es seguro que la significación del hueco laplanchiano pueda coincidir con la del espacio “feminista”. Si calificamos el hueco laplanchiano como sexual y el espacio simbólico como narcísico, la transición de una significación a otra sería fluida en el sentido de que esas dos nociones tendrían una connotación pulsional. Pero si, por el contrario, interpretamos el espacio simbólico como el lugar donde el yo herido puede ser restaurado, por lo tanto más bien en su función de contener, esas dos concepciones resultan diametralmente opuestas (Koellreuter, 2000).

El analizando debe entonces ser capaz de instalarse en ese espacio simbólico no solo para abrirse sino también para ser analizado en él (Laplanche, 1998, p.185). Laplanche precisa: «Lösung, análisis, solución y resolución, disolución […] No hay disolución de la transferencia en tanto tal, hay resolución o disolución de las transferencias en pleno en la transferencia en hueco» (ibidem). En otros términos, la transferencia en hueco permite analizar el material de relleno que aporta el analizando sin que por ello el analista pueda disolver la transferencia en hueco en sí misma, lo que por lo demás sería imposible.

Las transferencias se despliegan de forma cíclica y nunca cesan del todo. La transferencia en hueco significa entonces que un hueco o un espacio se instala en otro hueco. Esos dos espacios huecos contienen los mensajes enigmáticos de cada infancia respectiva, transmitidos por el adulto al niño. Se trata precisamente de esos enigmas sexuales que el propio adulto no era capaz de descifrar. El analista, al igual que el analizando, trae consigo esos enigmas sexuales inconscientes. Son éstos los que generan la transferencia inconsciente así como las fantasías sexuales que resultan de ella. Esas fantasías pueden ser entonces conscientes, pero también pueden estar reprimidas o permanecer inconscientes.

Finalmente, se plantea la cuestión de saber cuál es el destino de la transferencia en hueco al final del análisis. Sobre este punto, Laplanche considera que el analizando puede continuar sirviéndose, fuera del análisis, de las “posibilidades de transferencia” que ha ganado en el curso del análisis y así decidir su destino individual. En efecto, «la transferencia en hueco no es el resultado de una evolución ni de un proceso. No es medible por criterios de normalidad y anormalidad. Es la base de la transferencia, su dimensión irreductible de alteridad» (ibidem), es decir, la dimensión indisoluble de la propia alteridad y, por lo tanto, ¡ella misma absolutamente indisoluble!

Dicho de otro modo, aquí se trata del hecho inmutable de que uno nunca es verdaderamente dueño en su propia casa. Esta realidad implica que lo extranjero o lo pulsional no debe dejar de aparecer en la interacción de las transferencias del analista y el analizando, pues de otro modo es inevitable un clivaje. Esa disociación de lo extranjero en uno mismo (alteridad) genera el miedo a la alteridad en el exterior, es decir a lo extranjero en el otro. Conocemos bien los mecanismos de defensa para rechazar lo extranjero, lo sexual, tanto si consisten en superar la diferencia respecto a otros asimilándose a ellos, o bien, a la inversa, en alejarlos o destruirlos. Una vez disociado, el miedo a la propia alteridad ya no es perceptible, pero tampoco el deseo sexual que lo acompaña.

Trascendencia de la transferencia

Me gustaría añadir algunas observaciones sobre la «trascendencia de la transferencia», descrita por Laplanche (1987 [1990]) en su obra del mismo nombre, y que no debe ser confundida con la «transferencia de la transferencia», como lo es a veces indebidamente. Trascendencia es un término que al propio Laplanche le resulta más bien extraño, como lo hace notar no sin autocrítica[8], pero que aun así utiliza para distinguir mejor esas dos nociones de transferencia y trascendencia. Por mi parte, entiendo por trascendencia la ausencia de límites espaciales y temporales, una dimensión que va más allá de nuestro entendimiento o, incluso, «que existe más allá del dominio limitado de la comprensión humana»[9].

En sentido laplanchiano, la trascendencia puede entenderse como la trascendencia del mundo sexual adulto, que es impenetrable para el niño y lo sigue siendo en la edad adulta. En su prefacio a Trascendencia de la transferencia, Laplanche añade: «La trascendencia de la transferencia es en primer lugar la trascendencia del mundo sexual adulto. Su único destino es ser ella misma transferida fuera de la cura» (1990, p. 26).   

Existe, pues, algo verdaderamente fundamental que no se comprende: la propia alteridad y extrañeza, así como la alteridad del otro[10].

Ilustración de nociones sobre la transferencia con la ayuda de una viñeta clínica

Para concluir, me gustaría ilustrar algunas de las nociones laplanchianas abordadas aquí con la ayuda de una corta viñeta analítica, centrando particularmente mi atención en el analista y sus propias transferencias, es decir en sus propios conflictos pulsionales.

Sabemos que Laplanche se oponía con vehemencia a las historias de casos. En el curso de la entrevista publicada en ocasión de su octogésimo cumpleaños en un folleto conmemorativo, ante la pregunta por la ausencia de casos clínicos en el conjunto de sus trabajos respondió en los siguientes términos:

« […] un primer punto es que el sujeto del proceso analítico no debe ser el analista sino el analizando: la puesta en relato de su existencia le corresponde a él y no podría corresponderle a algún otro que narre un discurso desde el exterior. Para mí los únicos verdaderos relatos de análisis que pueden hacerse serían eventualmente aquéllos hechos por los propios analizandos, pero de ésos no hay tantos…tan solo contamos con algunos. Hay que decir que a menudo el análisis se queda en niveles bastante superficiales. Muchos análisis casi no tocan la vida sexual de los analizandos y, en mi opinión, la multiplicación de casos clínicos tal vez va en el sentido de una suerte de psicoterapización del análisis. Puede verse, por ejemplo, con Freud: la comparación entre el caso publicado y el diario del hombre de las ratas, cuyo manuscrito conocemos. Vemos bien cómo es arreglado: hay toda una serie de subrayados; ciertas cosas son subrayadas con la misma tinta que la escritura, lo que muestra aquello que se quería conservar. Por lo tanto ¡una selección considerable! Y eliminó todo lo relativo a la madre del hombre de las ratas, etc.»[11].

En este sentido, la siguiente viñeta también implica una cierta selección, pues el análisis que se hace retrospectivamente es en cierta forma «construido» para ilustrar mejor las nociones laplanchianas en la práctica.

Viñeta

«Hace mucho tiempo, tenía las primeras entrevistas de evaluación con una mujer que, después de tres años de psicoterapia, había decidido comenzar un análisis. Tenía aproximadamente 30 años. Era socióloga, entonces sin empleo, y se había presentado a sí misma como “hija de ingeniera industrial y feminista”. Al final de la primera sesión, durante la cual me había descrito sus problemas de pareja con la chica que compartía su vida desde hacía varios años, plantea dos condiciones para iniciar un análisis conmigo. La primera era que quería que nos tuteáramos; ella tuteaba a todas las mujeres y le resultaba extraño, incluso bizarro, el trato de usted entre mujeres. La segunda era que yo debía aceptarla como lesbiana.

Le respondí que de ningún modo podía aceptar su condición de que nos tuteáramos porque no era cuestión de llegar a ser amigas, sino de hacer un análisis[12]. El trato de usted nos daría el espacio necesario. En cuanto al hecho de aceptarla como lesbiana, ello no me suponía ningún problema. La joven abandonó la sesión visiblemente molesta y yo supuse que no volvería.

Sin embargo, se presentó a la siguiente entrevista como lo acordamos. Comenzó la sesión haciendo una observación sobre mi negativa categórica a tutearnos. En su opinión, yo debía tener un problema con la proximidad y la distancia y ésa era la razón por la que estaba en contra del tuteo. Pero bueno, lo asumiría. Para ella lo que contaba era que la acepte como lesbiana. Yo tenía una sensación difusa de malestar. Sentía que algo no iba bien pero en ese entonces era incapaz de identificarlo.

Comenzamos el análisis. En las primeras sesiones hablaba solo de sus problemas actuales: sus dificultades en sus relaciones y su alejamiento de su pareja, su búsqueda de empleo y la asunción del cargo en su nuevo puesto, su coming out en su familia con todos los problemas que suponía, etc. Este periodo estuvo marcado, además, por episodios depresivos, falta de energía y cuestionamientos sobre el sentido de su vida y sobre su identidad incierta.

Por mi parte, experimentaba una parálisis y un estancamiento crecientes, aunque esta persona y su historia me interesaban y sentía claramente que podíamos hablar con facilidad. No es que no pasara nada, pero los momentos de estancamiento comenzaban a irritarme cada vez más.

Después de varios meses, de repente abordé en la supervisión, que también patinaba desde hacía tiempo, nuestra primera sesión: las dos condiciones planteadas por la analizanda y la reacción que habían suscitado en mí» (Koellreuter, 2001, p. 136).

Dejando de lado el que la analista debía ser una mujer, es justamente mi negativa del tuteo lo que había despertado en la analizanda el deseo de hacer un análisis conmigo. El trato de usted marcaba la diferencia entre nosotras y garantizaba la distancia necesaria. En efecto, el fracaso de su terapia anterior se debía, entre otras cosas, al hecho de que ella tuteaba a su psicoterapeuta. Pero, al mismo tiempo, yo no había tenido en cuenta suficientemente esa diferencia al aceptar sin más reflexión a la analizanda como lesbiana. De forma muy poco analítica le había generado la impresión de que aprobaba que sea homosexual, lo que comprometía su libertad de búsqueda. Había consentido colocarme en el plano adaptativo y respondí positivamente a la condición que me había planteado respecto a su homosexualidad, lo que había generado –para permanecer en la terminología de Laplanche- una simetría momentánea que había perturbado la dinámica del análisis. El concepto de asimetría, central en Laplanche, no implica la oposición entre un nivel superior (el analista) y un nivel inferior (el analizando), entre alguien que sabe y alguien que no sabe, sino el hecho de que el analista y el analizando se encuentran en planos y en posiciones diferentes.

Esta asimetría radical se manifiesta en el espacio físico por tres aspectos que es importante diferenciar: por un lado, se trata de la distinción entre la posición horizontal y vertical del analizando, que indica si éste se encuentra al interior o al exterior de la cubeta, si está o no en análisis; por otro lado, de una cierta forma de comunicar que excluye la percepción visual y por lo tanto se despliega necesariamente en el plano puramente verbal; finalmente, de la diferencia de posiciones entre el analizando, que se encuentra acostado y dentro del campo visual del analista, y el analista, que se encuentra sentado y fuera del campo visual del analizando (Laplanche, 1990, p. 187).

En lo que respecta a la situación de transferencia, yo había asegurado mi primera función, de “garante de la constancia”, pero no la segunda, de “piloto del método” (al dejarme influir por el estilo directo de la analizanda), lo que perturbaba mi tercera función de “provocadora de la transferencia”, que ya no controlaba.

Por mi parte, mi primera reacción –precipitada- había sido seguir adelante para mantener a distancia mi propio malestar. Con el tiempo, reconozco que fue una evidente reacción defensiva contra mis propias pulsiones, que paralizó el proceso analítico.

Al analizar la transferencia, al apartar el mundo de las pulsiones, había abandonado mi hueco y, por lo mismo, había eliminado el deseo. Si examinamos la transferencia que entonces tuvo lugar a través de los conceptos de Laplanche, podemos reconocer que en ese momento no había ningún espacio para una transferencia en hueco, o en todo caso era muy rudimentario, pues yo no soportaba el contacto con mi propia alteridad a través de la alteridad del otro. En otros términos, tanto la analizanda como la analista nos rebelábamos ante el hecho de que el trabajo en la transferencia (transferencia en hueco) no fuera idéntico al proceso secundario, a sus interpretaciones, al trabajo de la transferencia (transferencia en pleno).

La situación solo comenzó a relajarse cuando tomé conciencia de mis propias defensas y conseguí retomar mi posición asimétrica después de ese breve periodo de simetría. Por lo demás, ello ocurrió sin que me diera cuenta verdaderamente de lo que me había pasado. Yo tengo, en efecto, una relación distendida con la homosexualidad, lo que está lejos de significar que ese tema no me genere ningún conflicto intrapsíquico. En el fondo, responder a la analizanda que el hecho de que sea lesbiana no me suponía ningún problema era una forma de idealización que equivalía a alejar el miedo o la pulsión (Flaake, 1995). Dicho de otro modo,  si bien negándome a que nos tuteáramos había comenzado por establecer con la analizanda una distancia o una diferencia, que justamente le aportaba la seguridad necesaria para poder comenzar un análisis conmigo, al mismo tiempo había suprimido esa distancia aceptando su homesexualidad sin ponerla en tela de juicio. Había pasado al nivel adaptativo, de modo que se había instalado una proximidad simbiótica, desexualizada y marcada por el hastío: la diferencia de potencial se había reducido a cero. Había volcado la cubeta. No había soportado la diferencia o, justamente, la asimetría que implica el mensaje enigmático, la propia alteridad: ¡Yo no soy tú y tú no eres yo! ¡Yo no sé quién eres tú y tampoco puedo decirte quién soy yo!

Después de largos meses, finalmente era capaz de decirle a la analizanda: «el hecho de que seas o no lesbiana no hace ninguna diferencia. Lo que hacemos es un análisis y cualquier resultado es posible». Esas palabras crearon el espacio donde podía desarrollarse lo sexual, lo pulsional. Ante sus reproches virulentos, que siguieron inmediatamente, pude hacerle un señalamiento sobre la manera en que las mujeres heterosexuales, como yo precisamente, desprecian según ella a las lesbianas. Pero gracias a esa intervención previa ambas habíamos superado nuestra estupefacción y recuperado la palabra.

Esta historia de transferencia podría resumirse así: analizar es dar espacio a todo lo que no se comprende y aceptar que una buena parte permanece in(dis)soluble. En efecto, esos mensajes sexuales, enigmáticos e indescifrables dan forma a nuestras fantasías, que son la condición previa del pensamiento, la búsqueda, la exploración y el deseo de saber que nos constituye.

Mientras tanto, ¡Anna también había perdido su cubeta! En aquel entonces esta experiencia me expulsó de mi asiento de análisis, así como Senna fue expulsado de su cabina de piloto hace cuatro años.

 

Notas

*«Le baquet et autres notions de Laplanche sur le transfert», en Revue française depsychanalyse, 2014/1 Vol. 78, p. 205-222.  [Traducido del alemán por Claire Naveau]. Traducción: Deborah Golergant.

[1] Por una curiosa casualidad, este artículo apareció el último día de los «Encuentros Laplanche», bianuales, que tuvieron lugar del 7 al 9 de julio de 2010 en Borgoña.

[2] Marcel Bénabou y otros compilaron, a partir de las Obras Completas de Lacan, 789 neologismos de Jacques Lacan (Édition EPEL).

[3] Animal en el sentido de estar relacionado a un organismo vivo, humano. El propio Mesmer hablaba de « magnetismo animal » para distinguirlo del magnetismo mineral. Véase también: http://www.fr.wikipedia.org/wiki/Magnétisme_animal. 

[4] Disfemismo de “fallecer” o “morir” [N. de T.]

[5] Extracto de la definición de Potentialdifferenz en Wikipedia.

[6] Ejemplo aportado por Pierre Passett en el curso del seminario Wartegg en 2007.

[7] Cursivas en el original.

[8]  « Es un título en suspenso, enigmático para ustedes quizá, pero también para mí; tengo alguna idea de lo que quiero decir con él, pero intentaremos ceñirlo juntos, si acaso se puede ceñir una trascendencia » (ibidem, p. 209).

[9] Véase http://fr.wikipedia.org/wiki/Transcendance.

[10] El diccionario Wahrig de la lengua alemana define “transzendent” como: « aquello que sobrepasa los límites de la experiencia y de la percepción sensorial ».

[11] Transcripción original de la entrevista publicada en alemán por Koellreuter, A. (2004).

[12] Tanto en Alemania como en Francia, el tuteo solo es usado en el trato entre amigos cercanos.

 Referencias bibliográficas

Fink B., A Clinical Introduction to Lacanien Psychoanalysis. Theory and Technique, Londres, Harvard University Press, 1997; Eine klinische Einführung in die Lacansche Psychoanalyse. Theorie und Technik, Turia & Kant, Auflage, 2005.

Flaake K., Zwischen Idealisierung und Entwertung. Probleme der Perspektiven theo- retischer Analysen zu weiblicher Homo- und Heterosexualität, Psyche, 1995, 9/10, pp. 867-885.

Freud, S. (1920 g), «Jenseits des Lustprinzips», gw, XIII, Francfort-sur-le-Main, Fischer Verlag, 1947, pp. 1-69.

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Koellreuter, A., Das Tabu des Begehrens. Zur Verflüchtigung des Sexuellen in Theorie und Praxis der Feministischen Psychoanalyse, Gießen, PsV, 2000.

Koellreuter, A., Gespräch mit Nadine und Jean Laplanche, Werkblatt. Zeitschrift für Psychoanalyse und Gesellschaftskritik, 2004, Nr. 52, « Festschrift für Jean Laplanche », pp. 11-32.

Laplanche, J. (1987), P. V. La cubeta. Trascendencia de la transferencia, Buenos Aires: Amorrortu, 1990.

 Laplanche J. (1988), «El muro y la arcada», en La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1998a, pp.45-64.

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Laplanche J. (1987) Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Amorrortu: Buenos Aires, 1989.

Laplanche J. (1994), «El psicoanálisis como anti-hermenéutica», en Entre seducción e inspiración: el hombre, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.

Tausk V. (1919), L’« Appareil à influencer » des schizophrènes, Paris, Payot, « Petite Bibliothèque Payot », 2010.

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