Madrid, 19 del 08 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

La atribución (asignación) del sexo/género como mensaje enigmático*
Ilka Quindeau

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El 10 de mayo de 2014, Conchita Wurst  ganó el 59º concurso de la canción de Eurovisión en Copenhague con la canción «Rise Like a Phoenix». Fue elegida por un jurado y por alrededor de 120 millones de espectadores de 26 países. El austriaco Thomas Neuwirth desarrolló la personalidad artística de «Conchita Wurst». El sustantivo alemán «Wurst» significa «salchicha» y existe la expresión coloquial: «das ist mir Wurst», que significa «no me importa», «me es indiferente» o «me da igual». Usar el nombre artístico «Conchita Wurst» indica que el sexo/género (o Geschlecht, véase más adelante) es indiferente[2].

Lo que me parece interesante de su auto-presentación es que no se trata simplemente de una drag queen, que reemplaza su masculinidad por feminidad, sino que los elementos colaboran para crear una personalidad artística que mezcla lo masculino y lo femenino[3], como puede verse claramente en el hecho de que luce una barba tupida a la vez que lleva puesto un vestido largo. Tener barba, nos dice, es una forma de expresar que se puede lograr cualquier cosa, sin importar quién seas o la apariencia que tengas[4].

La puesta en escena de Conchita Wurst cuestiona los hábitos familiares de percepción visual, y puede interpretarse como una crítica de la hetero-normatividad. Freud ya lo  enfatizaba: « Masculino y femenino es la primera diferencia que ustedes hacen cuando se encuentran con otro ser humano, y están habituados a establecerla con resuelta certidumbre»[5].

Freud notó, además, que los estudios de anatomía solo en parte apoyaban esta «resuelta certidumbre», pues elementos del sexo masculino forman parte del cuerpo femenino y viceversa, « como si el individuo no fuera varón o mujer, sino ambas cosas en cada caso, sólo que más lo uno que lo otro»[6].

Sin embargo, la noción freudiana de bisexualidad constitucional no fue apoyada por un psicoanálisis dominante, que pronto comenzó a suponer que la identidad de sexo/género era inequívoca (entre paréntesis, «identidad» es un término que se busca en vano en los trabajos de Freud). Jean Laplanche ha cuestionado este supuesto, particularmente en su artículo «El género, el sexo, lo sexual». Ahí señala que casi todos los estudios de casos conocidos en psicoanálisis comienzan con una afirmación inequívoca: «Un hombre de 30 años» o «una mujer de 25 años se queja de…». Asombrado, Laplanche se pregunta, « ¿el género es realmente a-conflictual, hasta el punto de asumirse como algo que se da por sentado desde el comienzo?»[7].

Quisiera ocuparme de este punto y cuestionar lo que está implícito en este orden dicotómico del sexo/género en psicoanálisis. Con su insistencia en la prioridad del otro, la teoría de la seducción generalizada ofrece una excelente oportunidad para superar el rígido dualismo de los sexos/géneros. Sin embargo, hablar en una conferencia internacional sobre sexo y género no resulta simple si  se procede de un ambiente germanófono, pues el alemán no distingue entre «sexo» y «género» sino que posee un solo término para ambos: Geschlecht.

Por consiguiente, aunque me referiré por separado al sexo y al género,  cuando aluda a ellos en su sentido fusionado utilizaré el término Geschlecht. Hasta donde entiendo, el francés carece de un concepto separado para «género» y, en su lugar, usa sexe para referirse tanto al «sexo» como al «género». Sin embargo, en alemán está presente la idea de un sexo corporal, de una dimensión biológica que se distingue de una dimensión psicológica o comportamental, a saber, la de la identidad de género o el rol de género. Por lo tanto, la distinción sexo versus género ha ingresado en el pensamiento alemán, aunque ciertamente éste no era el caso en la época de Freud. En mi opinión, estas cuestiones lingüísticas son una fuente considerable de malentendidos y confusión en el discurso psicoanalítico.

No se trata en absoluto de temas marginales. Las cuestiones del sexo y el género tocan la cuestión psicoanalítica fundamental de lo sexual, de la sexualidad infantil o «lo sexual», como lo llama Laplanche. Me gustaría tratar de aportar algo de luz sobre esta maraña terminológica y desenredar estas dimensiones del Geschlecht -sexo y género-, y  lo sexual. Comenzando por el concepto freudiano de una bisexualidad constitucional, quisiera reconsiderar de manera crítica una teoría propuesta por Robert Stoller, que viene siendo dominante en psicoanálisis durante ya más de 40 años. Siguiendo a Laplanche y a Reimut Reiche, deseo esbozar argumentos para una teoría psicoanalítica del Geschlecht que pueda hacernos avanzar un paso más, una teoría que no suponga una dicotomización reduccionista y normativa sino que cree un espacio para la diversidad y la variedad en el sexo y el género.

1.- Bisexualidad Constitucional

Puede decirse que los señalamientos de Freud sobre la masculinidad y la feminidad están entre los más controvertidos de sus escritos. Su monismo fálico –su énfasis paradigmático sobre el desarrollo sexual masculino- ha sido merecidamente rechazado. Pero su noción de una «bisexualidad constitucional» puede considerarse como un hito en la teoría psicoanalítica. Freud escribió:

« Esta observación muestra que en el caso de los seres humanos no hallamos una virilidad o una feminidad puras en sentido psicológico ni en sentido biológico. Más bien, todo individuo exhibe una mezcla de su carácter sexual biológico[8] con rasgos biológicos del otro sexo»[9].

Esta comprensión me sigue impresionando como fundamental. La masculinidad y la feminidad son ubicadas en un único continuum  y no se distinguen nítidamente una de otra. También me parece clave que Freud ubique la disposición bisexual directamente en el cuerpo físico. Esta bisexualidad biológica debe distinguirse de la bisexualidad psicológica, que surge de la existencia de características masculinas y femeninas en la madre y el padre con quienes el niño se identifica. Al mismo tiempo, la bisexualidad se refleja en el deseo de un objeto sexual que «reúne los caracteres de ambos sexos, acaso como un compromiso entre una moción que aspira al hombre y otra que aspira a la mujer»[10]. Aunque Freud siempre enfatizó la importancia de la bisexualidad, nunca ofreció una exposición sistemática del concepto. Muchos de sus sucesores directos – Melanie Klein, Karen Horney, Ernest Jones- abandonaron la noción de bisexualidad en favor de una identidad sexual unívoca, que suele considerarse innata. Así, quedó planteado un importante programa para la futura construcción de la teoría psicoanalítica, como se pone de manifiesto en el psicoanálisis kleiniano, en  la psicología del yo y del self, y en ciertas partes de la teoría de las relaciones objetales. Se trata de una tendencia que no ha estado a la altura de otros logros psicoanalíticos importantes.

2.- Sexo y género. La teoría de Robert Stoller sobre el sexo y el género

Después de la segunda guerra mundial, las teorías psicoanalíticas sobre el desarrollo del Geschlecht  estaban fuertemente influenciadas por el discurso del mundo anglófono, donde la distinción entre «sexo» y «género» es central. Sus orígenes se encuentran en una diferenciación hecha por el sexólogo americano John Money[11], quien intentaba describir cómo  las personas intersexuales  eran capaces de desarrollar una clara identidad de género a pesar de su sexo  incierto o contradictorio. La distinción fue introducida en  psicoanálisis por Robert Stoller[12]. Su investigación sobre transexuales, realizada en la década de 1960, continúa ejerciendo una poderosa influencia  en la forma de pensar la adquisición de la identidad de género.

Stoller formuló la noción de una «identidad nuclear de género» para describir la convicción temprana que adquiere el niño « de que se pertenece a un sexo y no al otro»[13] . Pero mientras que en 1968 se refería al «sexo», cerca de 30 años más tarde, en su libro  Presentations of Gender[14], Stoller introdujo un cambio importante en su teoría y comenzó a hablar de «género»: la creencia o el sentimiento de que se pertenece a uno de los dos géneros.  Esto supone una diferencia importante, particularmente en lo que respecta a las personas  transgénero.

Esta convicción está fuertemente influenciada por las expectativas y las actitudes de los padres. Aproximadamente a los 18 meses de edad, el/la niño/a (por lo general) es capaz de reconocerse como un chico o como una chica, de acuerdo con sus genitales. Según Stoller, la identidad nuclear de género se desarrolla esencialmente de manera inadvertida y libre de conflicto. En las niñas, «naturalmente» implica la identificación primaria con la madre; en los niños, en cambio, requiere un proceso de «desidentificación»[15]. Para adquirir  una identidad masculina, el niño debe distanciarse de su madre de manera clara y vehemente. ¿Pero la identidad nuclear realmente se establece sin conflicto (como lo sostiene Stoller)?

Posteriormente, Ethel Person y Lionel Ovesey[16]  añadieron al concepto de identidad nuclear de género la idea de una identidad de rol de género[17] para incluir las expectativas y normas sociales en lo que respecta a la auto-imagen de género. La idea de Stoller de una identidad nuclear de género ha sido  acertadamente ilustrada y ampliada por Reimut Reiche[18] en un modelo de tres niveles, con dos círculos concéntricos rodeando a la identidad nuclear.  El núcleo interior consiste en la dimensión física (sexo). En contraste con la comprensión corriente, este núcleo no es monolítico sino que más bien se construye a partir de varios factores o características de la anatomía, la morfología y la endocrinología. Rodeando este núcleo encontramos otro nivel, que puede ser o no ser isomórfico -lo que significa que puede no corresponder a los genitales-,  un nivel que, a su vez, se convierte en núcleo, a saber, el de la identidad nuclear de género.  Finalmente, este núcleo está rodeado por la identidad del rol de género,  que abarca las diversas auto-representaciones y representaciones de objeto relativas al género, así como las normas y convicciones sociales.

El modelo de Stoller ha ejercido gran influencia en la comprensión psicoanalítica de (el desarrollo de)  la identidad de género por cerca de cuarenta años, de modo que merece un examen crítico. El punto de partida del desarrollo de la identidad nuclear es lo que Stoller asume como un  estado inicial de feminidad primaria en ambos sexos, una hipótesis similar a las de Ernest Jones y Melanie Klein[19]. Sin embargo, esta hipótesis es tan cuestionable como la visión androcéntrica de Freud. Stoller también se apoya en procesos biológicos y asume que la identidad nuclear de género es «grabada» por una suerte de «fuerza biológica». Podemos coincidir sin reservas con Person y Ovesy en que una teoría psicoanalítica del Geschlecht  no necesita apoyarse en una «impronta»: conceptos genuinamente analíticos como identificación o introyección son más adecuados para describir el desarrollo de la identidad sexual y de género. Sin embargo, siguiendo a Laplanche debemos señalar  que la identificación no parte del niño sino más bien de los adultos: no se trata de una «identificación con» sino más bien de una «identificación por».

3.- El Geschlecht como atribución (asignación): la prioridad del otro en la teoría de la seducción generalizada

En alemán, el solo –y monolítico- término Geschlecht  abarca dimensiones somáticas, psíquicas y sociales. En inglés, la diferenciación entre «sexo» y «género» llama la atención sobre la posibilidad de que estas tres dimensiones no necesariamente tienen que coincidir. En efecto, su separación es evidente  para las personas  transgénero o para aquéllas con disforia de género. No obstante, el predominio de lo biológico en nuestra manera de pensar corriente nos lleva a otorgar la mayor importancia al cuerpo, a lo somático, aunque ni los cromosomas sexuales ni los genitales per se son decisivos para el Geschlecht de una persona.

 A partir de una lectura crítica de Stoller,  Reiche[20] llega a una visión diferente sobre el desarrollo de la identidad de Geschlecht: su tesis se apoya en la teoría de la seducción generalizada de Jean Laplanche[21]. Al igual que Person y Ovesey, Reiche critica la aproximación «biológica» de Stoller, pero, yendo más lejos, también cuestiona el supuesto -que Person y Ovesey encontraban convincente- de que la identidad nuclear de género se adquiere de una manera a-conflictual. El ejemplo de la gente transexual e intersexual muestra lo conflictivo que puede resultar el establecimiento de la identidad de Geschlecht, pero a menudo aparecen conflictos similares en análisis de individuos que poseen una identidad de Geschlecht indudable y «discreta». La gran diferencia es que normalmente los pacientes  no son conscientes de ello. Sin embargo, también se enfrentan a la tarea de integrar los aspectos «masculinos» y «femeninos» de sí mismos,   enlazándolos entre sí para formar una identidad personal consistente y coherente.

Estas observaciones clínicas llevan a Reiche a hipotetizar la existencia de una «ambigüedad nuclear de género inconsciente y universal»[22]. En lugar del proceso de «impronta» biológica postulado por Stoller, Reiche considera la génesis de la identidad de Geschlecht como ocurriendo en el contexto de la situación de seducción adulto/niño[23]. Al exclamar «¡es un niño!» o «¡es una niña!», se atribuye inmediatamente un  Geschlecht  al infante, y hoy en día eso ocurre incluso prenatalmente. A eso se le puede llamar  «asignación/atribución de sexo y género» -para mí es importante incluir ambas dimensiones-, pero también se puede entender una tal asignación/atribución como un «mensaje enigmático», que va mucho más allá de una afirmación objetiva. Su significado y contenido inconsciente abarca todo un conglomerado de auto-representaciones y de representaciones de objeto relativas al género, que el niño/a inevitablemente introyecta cuando uno se refiere a él o a ella como niño o niña. Estos mensajes dejan huellas que no pueden ser asimiladas o traducidas y que, en su calidad de «objetos inconscientes» -como los llama Reiche-, organizan la identidad de Geschlecht.

Desde este punto de vista, el objeto primario «graba» la identidad nuclear de género; Reiche usa los términos «impronta» [imprinting] (Prägung) y  «núcleo» [core] como metáforas. Conceptualizar la asignación de género como mensaje enigmático me parece sumamente útil. Como Laplanche[24], Reiche también usó la noción stolleriana de asignación, pues ella subraya la prioridad del otro. Sin embargo, la presentación de Reiche contiene un grado de determinismo problemático: lo que falta en su aproximación es el trabajo psíquico del propio niño a partir de la asignación, es decir, sus intentos de traducir los «mensajes enigmáticos». En ese sentido, podría argumentarse que el «género», entendido aquí como la convicción  de  pertenecer a uno de los dos sexos, es resultado de traducciones.

Pero permítanme volver a Reimut Reiche. Su idea de una ambigüedad en el centro de la identidad nuclear de género me parece una contribución de amplio alcance al discurso de género. Ella evoca el concepto freudiano de «bisexualidad constitucional». El predominio actual del concepto de «género» hace que se descuide fácilmente la dimensión corporal o somática (sexo), así que me gustaría volver a enfatizar que la atribución del Geschlecht, en el contexto de la situación de seducción  adulto/ niño, se inscribe directamente en el cuerpo. Como lo deja claro el aspecto de la «asignación del sexo», la atribución del sexo anatómico del niño se transmite a través de los «mensajes enigmáticos» de los padres. Es así como se constituyen los aspectos anatómicos del Geschlecht (Geschlechtskörper) del niño.

Tal como  lo entiendo,  en el momento mismo en que el infante es identificado como niño o niña, se ve confrontado con todo lo que significa ser un niño o una niña – o con todo lo que significa no ser un niño o no ser una niña- para sus padres, tanto consciente como inconscientemente (y también con lo que ello  significa en un momento particular de la historia en una cultura dada). Esto constituye una prueba de la importancia central del Geschlecht  como estructura y  principio organizador en las sociedades Occidentales.

Podemos encontrar ejemplos de cómo los padres transmiten sus mensajes enigmáticos en los nombres que eligen para sus hijos. A menudo los nombres contienen mensajes interesantes sobre el significado del Geschlecht. En análisis, muchas veces me ha sorprendido hasta qué punto el nombre es también un Anspruch parental. En alemán, el término Anspruch  tiene el doble significado de «modo de dirigirse a alguien» [mode of address] y de «demanda/afirmación» [claim][25]. Así, nombres como Chris o Kim -que,  al no señalar claramente el sexo/género, son usados tanto por mujeres como por hombres- a veces pueden reflejar deseos andróginos, o una intención de dejar abierta la identidad de género. Sin embargo, esos mensajes no tienen un efecto determinista sino que son procesados y traducidos por el/la  niño/a.

Es importante tener claro que estos mensajes inconscientes relativos al género, en la medida en que proceden de (al menos) dos adultos, presuntamente no son  idénticos, ni necesariamente corresponden a los genitales del infante. Más bien se diría que el contenido y significado de los «mensajes enigmáticos» es como un cuerpo extraño (Fremdkörper) en el aparato psíquico del infante. El término «trabajo psíquico» se refiere a la definición que hace Freud de la pulsión  «como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal»[26].

Las huellas de la atribución del Geschlecht, con todas sus implicaciones, están sujetas a un proceso continuo de retranscripción. En este proceso, la Nachträglichkeit –el après-coup[27]– desempeña un rol constitutivo. Dependiendo del desarrollo cognitivo, social o afectivo en un momento determinado, el  Geschlecht adquiere un nuevo significado y se realizan esfuerzos inconscientes para decodificar los mensajes enigmáticos que se reciben de los padres.

Al usar este modelo, de «mensajes enigmáticos» que son inscritos y luego reinscritos en el Geschlecht somático del infante, se abren perspectivas sobre la diversidad del sexo y el género, que no puede reducirse a la oposición binaria de lo «masculino» y lo «femenino».

Ahora bien, en «El género, el sexo, lo sexual», Laplanche aclara que, en su teoría de la seducción generalizada, él nunca habló de mensajes inconscientes  de los adultos sino que se trata más bien de «mensajes conscientes/preconscientes, y que el inconsciente parental es como el “ruido” –en el sentido de la teoría de la comunicación- que viene a perturbar y a comprometer el mensaje consciente/preconsciente»[28].  Por mucho que aprecie esta idea, la referencia a la teoría de la comunicación me parece inapropiada, pues implica erróneamente que podría haber mensajes sin «ruido». En cambio, me siento más persuadida por el argumento presentado por el fenomenólogo alemán Bernhard Waldenfels, quien ha estudiado  profundamente a Laplanche.

Waldenfels[29] hace la interesante sugerencia de reemplazar la idea de «mensaje» por el término Anspruch. Como señalé anteriormente, en alemán éste tiene un doble significado, y tanto en su sentido de «apelar a» [«make an appeal»]» como en el de «afirmar» [«make a claim»]» me parece una forma más exacta de describir la situación originaria de seducción. Como sostiene el propio Waldenfels, cada vez que me dirijo a alguien, inevitablemente también sostengo afirmaciones a las que la otra persona debe reaccionar. Así que el hecho de hablarle al niño -un acto comprometido por los deseos inconscientes del adulto-  también evoca un  Anspruch, esa mezcla de apelación y afirmación. Para un padre o una madre,  decir «tú eres Pedro, eres un chico» es una declaración que contiene afirmaciones conscientes e inconscientes sobre cómo debe actuar ese chico y, en particular, sobre cómo debe amar. La hetero-normatividad se inscribe  en el  curso de la situación originaria de seducción.

El ejemplo de la atribución del Geschlecht permite, además, reconocer la segunda dimensión de la situación originaria de seducción que describe Laplanche, pues no se trata  solo de la prioridad del otro en la constitución de lo sexual y del inconsciente, sino también de la inscripción de la dimensión social en el aparato psíquico del niño. En ese contexto, tal vez puede decirse que el «género»  refleja un código social que ayuda a traducir los mensajes enigmáticos. Esta noción del género como una ayuda para la traducción permite conceptualizar la relación entre lo sexual y el Geschlecht, particularmente en lo que respecta a su génesis. En su artículo sobre género, Laplanche lanza esta pregunta provocadora: « Introducir el género en psicoanálisis, ¿es pactar con quienes quisieran banalizar el descubrimiento freudiano [Laplanche se refiere a lo sexual, a la sexualidad infantil] o, paradójicamente, sería más bien un medio para reafirmar al enemigo íntimo del género, lo sexual? »[30].

Esta expresión enfática, del género como enemigo de lo sexual,  resuena en su tesis de que el «género» (como término) se presenta como a-conflictual y de que el sexo y el género se alían contra lo sexual[31]. Sin embargo, tal relación antagónica ya puede encontrarse en Freud, quien sostuvo que en el inconsciente no había diferenciación entre lo masculino y lo femenino y que, por esa razón,  «lo sexual» – al parecer paradójicamente-  básicamente no tenía sexo (o que lo sexual es «asexuado»). Los puntos de vista difieren drásticamente en el significado que esto tiene para la génesis del sexo y el género (o del Geschlecht). Freud piensa que lo sexual es anterior a las diferencias que se establecen entre los sexos: lo sexual precede al Geschlecht (o al género). En cambio, Person y Ovesey defienden el punto de vista exactamente inverso, y cito: «podemos decir que el género precede y organiza a la sexualidad, y  no lo inverso»[32].

Actualmente, esta idea de una sexualidad organizada por el género se considera la posición dominante en la teoría psicoanalítica, aunque se opone diametralmente  a la noción  freudiana de lo sexual. Según la teoría de la seducción generalizada,  lo sexual se produce (o se constituye) como resultado del encuentro del niño con los adultos. En el inicio mismo de la vida, este encuentro se produce a través de las atenciones y los cuidados  comprometidos por el inconsciente o por lo sexual del adulto, y no  supone la percepción de una diferencia entre los sexos.

Es por eso que Laplanche dice que « la pareja género/sexo es a su vez una máquina mucho más temible contra el descubrimiento freudiano»[33]. Para sortear esta dificultad, Laplanche  reemplaza el término «sexualidad», tal como lo usan Person y Ovesey, por el término «sexo»: « Por mi parte,  yo diré que el género precede al sexo», y añade:  «pero, lejos de organizarlo, es organizado por él»[34].

Así, desde la perspectiva de Laplanche el género precede al sexo y, más aún,  el género es organizado por el sexo. ¿Qué puede significar aquí el término «sexo»? Una lectura puede encontrarse en las Conferencias de introducción al psicoanálisis, donde Freud define «masculino» y «femenino» en términos de su relación con la reproducción: «Masculino es el producto genésico masculino, el espermatozoide, y su portador; femenino, el óvulo y el organismo que lo alberga»[35] Sin embargo, para dejar claro que lo que define la masculinidad y la feminidad  de ningún modo se limita a la anatomía, continúa diciendo: «Pero como, a pesar de ello y prescindiendo de casos rarísimos, en una persona está presente sólo una clase de productos genésicos -óvulos o células de semen-, no podrán ustedes menos que desconcertarse en cuanto al valor decisorio de estos elementos y extraer la conclusión de que aquello que constituye la masculinidad o la feminidad es un carácter desconocido que la anatomía no puede aprehender»[36].

Es por ello que una segunda lectura, basada en lo que Laplanche denomina «el sexo fantasmático» podría resultar más interesante. Ésta se opone a esa  interpretación apresurada del género como «sexo psicológico» y el sexo como «sexo biológico», que implica aceptar la oposición problemática «cultura versus naturaleza», o «sociología versus biología» y otras similares. En vez de ello, Laplanche intenta mostrar que el «sexo» que forma parte de la relación simbólica no es el sexo biológico sino más bien, en gran medida,   « el sexo de una anatomía fantasmática, profundamente marcada por la condición del animal humano»[37].

 Pienso que esta idea de un «sexo» fantasmático es una manera sumamente fecunda de seguir impulsando el discurso psicoanalítico sobre el género, o el  Geschlecht. Permite volver sobre las teorías de la sexualidad infantil que se han centrado en la diferencia y que dejan su impacto, nachträglich, en el inconsciente,  así como en la vida sexual de los adultos. Una fantasía sexual infantil central es, por ejemplo, el desconocimiento de las diferencias entre los sexos y la tendencia a asumir que todos poseen un pene[38]. En el análisis estamos familiarizados con esas construcciones fantasmáticas,  tal como aparecen en los sueños de pacientes hombres. Lo que me pregunto, en el contexto del indiscutible entusiasmo de millones de personas por Conchita Wurst  -para volver a mi introducción-, es si este juego con la fantasía ocurre gracias al conocimiento  de que en realidad se trata solo de un disfraz. Es fácil asumir  que una artista mujer que lleve barba no tendría ni cercanamente tanto éxito, y que más bien generaría  [engender] – en este contexto es interesante poder usar este término en inglés- hostilidad.

  1. El Geschlecht como  mixtura (Mischungsverhältnis)

Freud da cuenta de la multiplicidad de las corrientes «masculina» y «femenina» en todo individuo a través de su concepto de bisexualidad, formulado con un grado notable de distinción. Derriba las certezas convencionales y deja claro que el Geschlecht  es mucho menos monolítico de lo que parece. Aunque Freud no sostuvo esta idea en sus conceptualizaciones posteriores, donde reitera la ideología convencional de la diferencia de sexo/género, sus formulaciones sobre la bisexualidad ofrecen una indicación posible desde la cual enriquecer el pensamiento psicoanalítico sobre estas cuestiones. Así, él no fija o adjudica los términos «masculino» o «femenino» a individuos específicos, sino que más bien los formula en términos de «posiciones»  que son ocupadas.  En el centro de esta concepción encontramos la idea de bisexualidad y la consecuente multiplicidad de identificaciones de Geschlecht, así como de disposiciones psíquicas y somáticas.

Sin embargo, al basarse en la ausencia de ambigüedad, la idea de una identidad de género no armoniza con esta multiplicidad. Según Erik Erikson,  la identidad es considerada como un proceso dialéctico permanente. Esto significa que la identidad no «se adquiere  en un momento particular del desarrollo sino que más bien es […] un proceso»[39]. Si se aplica este razonamiento al desarrollo de la identidad de género y si se enfatiza el trabajo psíquico (identidad), puede concluirse que la identidad de género, tanto en hombres como en mujeres, se constituye en un proceso dialéctico permanente que se mueve entre los polos de la masculinidad y la feminidad. Por lo tanto, la identidad de género no es una «formación de carácter estable» sino que más bien se reinscribe continuamente a lo largo de la vida. La atribución  de la identidad de género, que ocurre a más tardar en el nacimiento, no debería entenderse como un paquete finalizado (completo) entregado a un individuo que debe apropiárselo.

Si se intenta formular esto como un modelo, entonces la metáfora de las tres capas del modelo de Stoller debe ser  radicalmente transformado y ampliado. Estas «capas» dan la impresión equivocada de que las capas individuales  del  Geschlecht  somático, psíquico y social existen una junto a otra y son independientes entre sí. En ese modelo es difícil mostrar las interrelaciones entre esos tres niveles y no se aprecia, por ejemplo, que las experiencias relacionales están inscritas en el cuerpo o, a la inversa, que las experiencias del cuerpo se ven reflejadas en las experiencias relacionales.

Para mostrar tales interrelaciones, basándome en el concepto freudiano de bisexualidad constitucional y en la noción laplanchiana del sexo y el género, me gustaría sugerir lo siguiente: Dentro, y entre, cada uno de esos tres niveles, uno no encuentra aspectos masculinos o  aspectos femeninos, sino más bien aspectos tanto masculinos como femeninos, que coexisten en diversas combinaciones. Por lo tanto, en el nivel somático, el Geschlecht  consta de varias características anatómicas, morfológicas y endocrinológicas,  que de ningún modo son uniformemente «masculinas» o «femeninas» sino que contienen elementos de ambas. La variedad en el Geschlecht se aprecia en todo individuo, no solo a nivel de las características comportamentales «masculinas» o «femeninas» que coexisten, sino también en mezclas hormonales específicas o en aspectos de la estructura corporal que, por supuesto, pueden atribuirse al otro sexo de manera reduccionista. Así, encontramos mujeres con una cantidad considerable de bello facial y con altos niveles de testosterona, así como hombres  con caderas amplias y voces agudas.

En este sentido, no me parece muy razonable esperar una ausencia de ambigüedad cuando se trata del Geschlecht. En vez de ello, sería mucho más convincente pensar en mezclas polimorfas existentes en y entre los niveles. De esta forma, la noción de  Geschlechtervielfalt – diversidad sexual o diversidad de género- podría ganar terreno, no en tanto categoría «idealista», como a menudo se critica, sino más bien de un modo específico, material, que incluye al cuerpo mismo.

En lugar de usar el modelo stolleriano de la identidad de sexo/género –  que utiliza la metáfora de un núcleo-, pienso que una comprensión psicoanalítica más apropiada de la identidad de Geschlecht  podría servirse de la metáfora de  un recipiente o contenedor que almacena los más variados aspectos conscientes e inconscientes de la masculinidad y la feminidad. Éstos se presentan en proporciones y combinaciones individuales y constan de diferentes dimensiones somáticas, psíquicas y sociales. Así, en culturas Occidentales, donde el género se construye de manera dicotómica, encontramos solo dos tipos de recipientes o contenedores: sostienen cosas que son iguales o parecidas. Sin embargo, la metáfora del recipiente o contenedor deja claro que, en lo que respecta a la identidad sexual y a la identidad de género, no estamos ante algo uniforme o monolítico. Por el contrario, esta identidad está formada por varios aspectos individuales tanto masculinos como femeninos, algunos de los cuales se encuentran en contradicción o son irreconciliables.

Con esta metáfora, defiendo una visión de la identidad de género diferente  a la de Robert Stoller, cuya noción de identidad de género se ha sostenido más o menos explícitamente en el centro del discurso psicoanalítico durante cerca de 40 años.  Invierto la perspectiva de Stoller, que parte de un núcleo como estructura interna y se centra en las capas alrededor de este núcleo. Yo más bien parto de la superficie visible exterior y dirijo mi atención a los diversos aspectos que se encuentran debajo. Mientras que el recipiente cumple una función central en el orden social, y su codificación binaria es presentada como indispensable para las sociedades modernas, en el contexto psicoanalítico considero mucho más interesante pensar en términos de la variedad de los contenidos  del recipiente. Por lo tanto, y en colaboración con la ya mencionada diferenciación freudiana, deseo argumentar que, en el pensamiento psicoanalítico, la diversidad en el Geschlecht debería reemplazar a una dicotomía fijada culturalmente.

Notas

*«The ascription (assignment) of sex/gender as enigmatic message», en Christophe Dejours y Felipe Votadoro (dir.) La séduction à l’origine. L’œuvre de Jean Laplanche, PUF, 2016. Texto escrito originalmente en alemán. Traducción (de la versión en inglés): Deborah Golergant.

[2] Entrevistador:  Wie bist du auf den Namen Conchita Wurst gekommen?

C.W.: Conchita wurde ich von einer kubanischen Freundin getauft und den Nachnamen, weil es eben “wurst” ist, woher man kommt und wie man aussieht. Fuente: http://derstandard.at/1397521434127/Chat-mit-Conchita-Wurst, consulted on 26 June 2014.

[3]  La aparentemente inocente explicación de Thomas Neuwirth sobre su nombre artístico puede ser deliberadamente confusa.  Aunque, en español, Conchita  se usa como nombre, en jerga significa «coñito», y el sustantivo alemán Wurst  significa «salchicha»,  un símbolo fálico. Así interpretado, Conchita Wurst  es un nombre bisexual, que mezcla las referencias en jerga tanto para el órgano sexual femenino como para el masculino. [Nota del traductor al inglés].

[4]http://uk.reuters.com/article/2014/04/28/uk-austria-eurovision-drag idUKKBN0DE06O20140428, consulted on 26 June 2014.

[5] S. Freud (1933),  «Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis», O.C.v. XXII, Buenos Aires, Amorrortu.

[6] Ibid.

[7] J. Laplanche (2003), Freud and the sexual. Essays 2000-2006 (tr. John Fletcher, Jonathan House, Nicholas Ray)New York, International Psychoanalytic Books, 2011, p. 169.

[8] Aquí la traducción es inexacta: el término freudiano Geschletscharacter significa la conexión entre los niveles biológico y psicológico, que no es lo mismo que “carácter sexual biológico”.

[9] S. Freud, «Tres ensayos de teoría sexual», O.C. v. VII, Amorrortu, p. 200.

[10] Ibid., p. 131.

[11] J. Money (1955), «Hermaphroditism, gender and precocity in hyperadrenocorticism: psychological findings», Bull. John Hopkings Hospital, vol. VII, nº6.

[12] R. Stoller (1968), Sex and gender: On the Development of Masculinity and Femininity, New York, Science House.

[13] Ibid., p. 10.

[14] R. Stoller (1985), Presentations of Gender, New Heaven, Yale University Press.

[15] R. Greenson (1968), «Dis-identifying from mother: its special importance for the boy», Int. J. of Psycho-Analysis, nº49.

[16] E. Person y L. Ovesey (1983), «Psychoanalytic theories of gender identity», in E. Person, The Sexual Century, New Haven, Yale University Press, 1999.

[17] Money (1994) también  pretende  haber  propuesto el término  «identidad de rol de género».

[18] R. Reiche (1997), «Gender ohne Sex. Geschichte, Funktion und Funktionswandel des Begriffs Gender», Psyche, nº51, vol. 9-10.

[19] La noción de una «feminidad primaria» puede remontarse a Ernest Jones («The early development of female sexuality», Int. J. of Psycho-Analysis, 1927, nº8, p. 459-472), quien rechazó la noción freudiana de bisexualidad y, en su lugar, asumió  una feminidad innata. Melanie Klein («Early stages of the Oedipus conflict», Int. J. of Psycho-Analysis, 1928, nº9) también propuso una «fase de feminización» temprana en ambos sexos, que consistía en una identificación temprana con la madre.

[20] «Gender ohne Sex. Geschichte, Funktion und Funktionswandel des Begriffs Gender», op. cit.

[21] J. Laplanche (1987), Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Amorrortu, 1989. Laplanche regresó a la teoría de la seducción que el propio Freud había desechado equivocadamente y, con su ayuda, no solo buscó explicar la etiología de la histeria sino la  génesis del aparato psíquico, en particular la del propio inconsciente. Lo central en esta teoría es la prioridad del otro, que llevó a Laplanche a superar la orientación auto-centrada del sujeto presente en la mayor parte de las corrientes del pensamiento psicoanalítico. La «seducción originaria» es considerada como la situación antropológica fundamental en la que el infante se halla confrontado con el mundo de los adultos y, sobre todo, con los deseos inconscientes de esos adultos.  Pero dado que las posibilidades somáticas, cognitivas, afectivas y comportamentales del infante son aún  rudimentarias,  su capacidad de procesar esos deseos es muy pobre. La confrontación con los «mensajes enigmáticos» de los adultos se inscribe en el aparato psíquico en vías de constitución del niño formando el núcleo de su inconsciente.

[22] R. Reiche, op. cit., p. 933.

[23] Aquí debemos enfatizar que esta seducción de ningún modo se refiere a atentados sexuales sino más bien a deseos, demandas y fantasías inconscientes de los adultos que son inaccesibles para ellos mismos.

[24] J. Laplanche (2003), «Le genre, le sexe le sexual», in Sexual. La sexualité élargie au sens freudien (2000-2006), PUF, 2007

[25] Como sustantivo, « claim » significa también  « reclamo », y como « verbo », además de « demandar » y « reclamar»,  « solicitar », « afirmar » y « reivindicar ».  N. de T.

[26] S. Freud (1915), «Pulsiones y destinos de pulsión», O.C.v. XIV, Amorrortu, p. 117.

[27] Traducimos este término en ingles por afterwardness, en lugar de usar la traducción errónea de Strachey por «defered action»- la atribución de significado en el sentido de inscripción.

[28] J. Laplanche, op. cit, p. 169.

[29] B. Waldenfels (2011), Phenomenology of the Alien: Basic Concepts, Northwestern University Press.

[30] J. Laplanche, «Le genre, le sexe, le sexual», op. cit, p. 161.

[31] Ibid., p. 158-159.

[32] Peron y Obesey, «Psychoanalytic theories of gender identity», op. cit., p. 70.

[33] J. Laplanche, «Le genre, le sexe, le sexual», op. cit., p. 159.

[34] Ibid., p. 169.

[35] S. Freud (1933), «Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis», O.C. v. XXII, Buenos Aires, Amorrortu.

[36] Ibid.

[37] J. Laplanche, «Le genre, le sexe, le sexual», op. cit., p. 161.

[38] S. Freud (1908), «Über infantile Sexualtheorien», GW, t. VII, p. 178.

[39] M.L-Bohleber Psychoanalysen Im Ruckblick, Paperback, 1997, p. 112.

   

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