Madrid, 19 del 08 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

La anatomía imaginaria es el destino*
Jacques André

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No hay sexualidad natural ni contra-natura. La sexualidad humana está desnaturalizada. Si no desde siempre, al menos desde hace aproximadamente 500.000 años, cuando el desarrollo de la posición erguida y el crecimiento cerebral  permiten la adquisición del lenguaje articulado y el desarrollo de la actividad simbólica. En esos tiempos remotos, el hombre comienza a enterrar a los muertos y a copular en cualquier momento y lugar. Entre los mamíferos, la hembra humana es la única que se presta al acto sexual estando fuera del periodo de celo.

Lo que  la desnaturalización comenzó, lo acabó la invención freudiana. Lo que se disocia en la naturaleza es el vínculo entre sexualidad e instinto, entre  sexo y  reproducción;  esto ocurre desde hace 500.000 años: aunque fue facilitado por la píldora, de ningún modo empezó con ella. Si bien ese vínculo sexualidad/reproducción no está disuelto, ha perdido su carácter necesario. El infantilismo de la sexualidad descubierto por Freud lleva más lejos la deconstrucción al distinguir lo sexual de lo genital, al disociar sexualidad y vida sexual post-puberal. Sin embargo, en ciertos momentos Freud mismo retrocede ante la incomodidad de su propio descubrimiento y restablece un «primado de lo genital», encargado de restaurar una tranquilizadora complementariedad de los sexos que la clínica no deja de desmentir.

El carácter polimorfo de lo sexual infantil, que busca la excitación y el placer a cualquier precio, tiene una doble consecuencia: en primer lugar, somete al conjunto del cuerpo y sus actividades a la exigencia pulsional. Al dejar de contar con la definición por el instinto y la localización por lo genital, ya no se sabe lo que «sexual» quiere decir. En segundo lugar, los destinos de este carácter polimorfo, en función de la vida singular de cada uno, llevan a inmovilizar el sexo en lugares improbables: la boca de la anoréxica, el ano del obsesivo -cuando no su actividad de pensamiento-, el dedo gordo del fetichista –salvo que prefiera la cola de caballo o un brillante en la nariz, etc-. Los más afortunados escapan a esta restricción territorial y muestran, a través de las felices coreografías preliminares, que no han perdido toda la plasticidad y la polimorfia de sus primeros años.

Ante una tal fantasía, que hace del fantasma el elemento más original de la sexualidad humana y la fuente de la pulsión, ¿por qué sorprendernos del catálogo de nuevas sexualidades que promueven los Gender Studies, o de la realidad de los comportamientos sexuales de hoy, o incluso de la transformación de la ley -ayer en Argentina, hoy en México- para permitir cambiar de identidad sexual como de camisa? Gail Rubin, figura feminista, lesbiana y S/M de los Gender Studies, escribe: «El sueño más fascinante me parece el de una sociedad andrógina y sin género (pero no sin sexo) donde la anatomía sexual no tenga nada que ver con lo que uno es, con lo que uno hace o con quién hace el amor» (Rubin, Butler, 2001). Si tuviese que escoger un solo ejemplo, extraído de mi clínica actual, de estas nuevas sexualidades, sería el de hombres para quienes el sexo opuesto constituye el núcleo de su elección de objeto pero que, en ocasiones, se permiten un momento sexual con otro hombre, sin que se trate nunca de una relación sino del cumplimiento de un fantasma, casi siempre pasivo y femenino. El escenario parecería adecuarse perfectamente  a la más general de las degradaciones, si no fuera porque ellos son quienes ocupan la posición degradada.

Una consecuencia colateral de este desplazamiento de la línea de demarcación de la represión colectiva es que me parece imposible repetir, con Freud, que el rechazo de la pasividad en ambos sexos constituye el obstáculo por excelencia a la terminación de la cura. No porque este obstáculo ya no se presente, sino porque su generalización convierte en una regla lo que sin duda era, en primer lugar, la resistencia contra-transferencial de Freud a la pasividad que le era dirigida.

El debate del psicoanálisis con los estudios de género es necesario, aunque habría que evitar que caiga en la caricatura. Si lo único que los psicoanalistas tienen por decir es que «el destino es la anatomía», si solo pueden remitir a la roca biológica de la sexuación… o reducir al adversario a la negación de la diferencia de los sexos sin si quiera preguntarse lo que  entiende por esta última expresión, resulta poco esperanzador  considerando que se trata de quienes supuestamente tienen por método la atención o la escucha en igual suspenso. Varias tomas de posición pública de psicoanalistas muestran su evidente caída en la trampa que se les tendió -la de un enfrentamiento ideológico-, casi siempre en-nombre-del-Padre, armados de una visión normativa de la triangulación edípica. Aquí, con la asimilación del inconsciente a un orden simbólico, la confusión es total. No se puede sostener, con Freud, que el inconsciente ignora la negación y, a la vez, pretender que se organiza alrededor de ciertas diferencias fundadoras. Al complejo de Edipo -el de la violencia edípica (incesto y muerte) y no el del psicoanálisis educativo- le trae sin cuidado la diferencia de los sexos y de las generaciones: Yocasta se acuesta con Edipo, Layo seduce al niño Crisipo. Solo el hecho de salir de él, la Katastrophe que pone fin al momento complejo, permite que el mundo recupere su orden y que las diferencias simbólicas y organizadoras distingan lo obligado, lo permitido y lo prohibido.

Una frase añadida por Freud en 1915 a los Tres ensayos (1905) reconoce la importancia de esta apertura de posibilidades inconscientes inherente a la psicosexualidad humana: « En el sentido del psicoanálisis, entonces, ni siquiera el interés sexual exclusivo del hombre por la mujer es algo obvio, sino un problema que requiere esclarecimiento» (Freud, OC VII, p.132). Después de todo, ¿por qué la heterosexualidad? Lo que permite sostener su privilegio no es el psicoanálisis. Esa frase de Freud no escapó a Judith Butler y a sus colegas. Aquí comienza el malentendido e incluso el contrasentido. Freud critica la supuesta naturalidad de la elección de objeto pero, a la vez, sostiene firmemente su determinismo. Aunque la palabra «elección» es ambigua, de ningún modo consiste en una libre disposición ofrecida al sujeto. A pesar de todas las concesiones que hace Judith Butler al determinismo inconsciente, al peso de la historia,  al arraigo de los destinos psicosexuales en la primera infancia, ello no le impide seguir soñando con una libertad conquistada que permitiría una emancipación respecto de la primera asignación de género.

Sin embargo, esta crítica de la asignación no deja de ser la mejor parte de los Gender Studies. El primer enunciado: «¡Es una niña! ¡Es un niño!», va mucho más allá de una simple constatación, trae consigo un montón de representaciones en rosa o azul que a veces preceden en algunos siglos, incluso algunos milenios, al niño que acaba de nacer, trazándole, en las sociedades más tradicionales, un destino social al que no podrá dejar de  someterse. Toda cultura, por más democrática que sea, contribuye a determinar la vida del niño que nace en función de su sexo. La asignación de género no se contenta con constatar; ella «performa», hace existir lo que nombra. El género es un «efecto de lenguaje». El combate político contra la jerarquía de los sexos o de las elecciones sexuales debería dirigirse primero contra el lenguaje. El pasaje al neutro de las guarderías suecas es un ejemplo, entre varios otros, de una tendencia que hoy se expande en el mundo occidental. En rigor, lo que habría que poder impedir es la primera palabra, «niño» o «niña». Monique Wittig, pionera de los estudios de género, lo había sugerido. El infante que nace escogerá más adelante su género, y hasta su sexo.

Hasta aquí no he dicho ni una palabra sobre la intervención del inconsciente de los padres en la asignación de género, lo que supone considerar el objeto mismo del psicoanálisis. Si el deseo inconsciente de uno o de ambos padres de tener una niña no cede a pesar de haber tenido un niño, el sexo psíquico prevalecerá sobre el sexo anatómico en la vida psicosexual del sujeto, sin que tome necesariamente la forma de una homosexualidad. Nacer chica no implica necesariamente llegar a convertirse en una chica. La anatomía imaginaria es el destino. El determinismo psíquico es bastante menos plástico y desplazable que el determinismo social, incluso si la existencia del psicoanálisis -y la esperanza de cambio sobre la que reposa- deja abierto un margen de negociación.

El inconsciente no se contenta con oponer su conservadurismo a la libertad de género; también es políticamente incorrecto. ¿Cuántos defensores de las grandes causas ponen una buena parte de su energía en formaciones reactivas? El defensor de los animales fue antaño un niño que arrancaba  alas de mariposas. El inconsciente del vegetariano tiene el sabor y el color de un filete poco hecho. No hay ninguna posibilidad de encontrar en el inconsciente una igualdad entre los sexos o las orientaciones sexuales. Se puede ser una mujer feminista intransigente y sólo obtener el máximo placer sexual cuando el acto tiene  lugar en un hotel lúgubre. El fantasma no se deja educar.

En su faceta más débil, la oposición entre sexo y género es reducida a la pareja naturaleza/cultura. Es en este punto donde encontramos las defensas psicoanalíticas más rudimentarias, entre anatomía y roca biológica. Judith Butler tiene mucha razón en señalar que el sexo no es una pieza de naturaleza original cuya traducción cultural sería el género. Claro que el cuerpo existe, pero él mismo es  «producto de una historia social incorporada». El género es la construcción social del sexo, y es imposible acceder a éste último sin pasar por el primero. ¿Podemos quedarnos únicamente al interior de lenguaje y pasar por alto el acontecimiento de la primera percepción, la que provoca el enunciado «niña/niño»? Aquí es donde el psicoanálisis se distancia  de los estudios de género.

Merleau-Ponty, y muchos otros antes que él, han mostrado la imposibilidad de aislar el acontecimiento de la percepción de la experiencia humana en la que se  inserta. No hay percepción natural o ingenua  [naïve], no hay “ver” que no esté informado por un mundo simbólico que lo precede. La serpiente y la medusa están ahí mucho antes de la percepción del sexo del niño que acaba de nacer. ¿Aquello que se ve debe ser circuncidado, extirpado, acariciado?, ¿debe prohibirse tocarlo?, ¿debe mostrarse, esconderse?  Y quien ve nada cuando ve una vulva no es precisamente un miope, sino un hombre cegado por  la angustia de castración.

Hasta aquí podemos conceder al constructivismo de las teorías de género que el cuerpo, el sexo, no escapa a la actividad simbólica, y que no podemos acceder a él al margen del orden de la representación. El momento delicado ocurre cuando la teoría se vuelve ideología, cuando uno termina   por convencerse de la magia del poder del performativo y de que en el mundo no hay más que lenguaje. La asignación de género nunca podrá abolir el hecho de lo que ha sido visto. Paradójicamente, los padres del niño hermafrodita se llenan de angustia cuando no pueden decidirse sobre lo que ven: no es un niño ni una niña, lo que indica, en negativo, la deuda psíquica definitiva a la dimensión propiamente visual de la percepción. La cosa vista puede ser reconocida, rechazada o desmentida;  su impacto ciertamente no es menor cuando el tratamiento psíquico es más alucinatorio que perceptivo. Y si hay alguien que se somete en cuerpo y alma a la «realidad» de la percepción hasta operar su negación, es sin duda el transexual.

La anatomía imaginaria es el destino, pero así como el fantasma toma de la realidad los ingredientes que lo componen, así como el sueño se construye a partir de restos diurnos, lo imaginario que diseña nuestra anatomía también es heredero de una percepción. «Es un niño; es una niña…», no hay un tercer enunciado posible.

Bibliografía

Freud S. (1905), «Tres ensayos de teoria sexual», O.C, v. VII, Amorrortu.

Rubin G. S., Butler J. (2001), Marché au sexe, Paris, EEPEL, 2001.

Notas

* «L’anatomie imaginaire, c’est le destin», in  Revue française de psychanalyse 2015/5 (Vol. 79), p. 1713-1717, PUF, 2015. Traducción : Deborah Golergant.

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