Madrid, 19 del 06 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Para introducir el concepto de venganza en psicoanálisis *
Jean-Marc Dupeu

 

Venguémonos, lo consiento,

                                                                                         pero por otros caminos.

                                      Seamos sus enemigos y no sus asesinos.

                                                                          Jean Racine, Andrómaca 

                                                                       

 

Prólogo: El paradigma del juego de la bobina

La presente contribución merece ser introducida por las circunstancias que precedieron su redacción, pues tocan el meollo de las fecundas controversias que provoca el tema de este dossier sobre la noción de consuelo. En efecto, quienes lo sugirieron me invitaron a participar después de conocer el uso que había hecho del famoso «Juego de la bobina» freudiano en publicaciones anteriores (Dupeu, 2009, p. 88-108), donde proponía reparar en el «eslabón faltante de la doctrina freudiana del sueño». Una propuesta que ellos reformularon en sus propios términos: «Si el juego de la bobina puede aparecer como un auto-consuelo, trampolín para otros desarrollos psíquicos, nos resultaría muy interesante conocer lo que piensa sobre este tema».

Ahora bien, en las publicaciones que acabo de mencionar, yo no interpretaba la observación freudiana del juego de la bobina como un auto-consuelo sino más bien, prolongando los propios términos del análisis freudiano, como el cumplimiento fantasmático de un deseo de venganza: «… arrojar el objeto para que «se vaya» acaso era la satisfacción de un impulso, sofocado por el niño en su conducta, a vengarse de la madre por su partida… » (Freud, [1920] OC. v. XVIII, p. 16).

Interpretación tanto más valiosa en la medida en que, desde el párrafo siguiente, Freud propone extenderla al juego de los niños en general, poniendo en correlación el impulso de venganza con «el deseo dominante en la etapa en que ellos se encuentran: el de ser grandes y poder obrar como los mayores». Así, lejos de ofrecer una representación del niño reducida a un repliegue pasivo y a una búsqueda de seguridad y consuelo, Freud vincula la superación de micro-traumatismos acumulativos de la vida diurna mediante el juego, a un impulso de venganza frente a los adultos cuidadores que estarían en su origen:

«Si el doctor examina la garganta del niño o lo somete a una pequeña operación, con toda certeza esta vivencia espantable pasará a ser el contenido del próximo juego. Pero la ganancia de placer que proviene de otra fuente es palmaria aquí. En cuanto el niño trueca la pasividad del vivenciar por la actividad del jugar, inflige a un compañero de juegos lo desagradable que a él mismo le ocurrió y así se venga en la persona de este sosias» (Ibid., p. 16-17).

Esta extensión del paradigma del juego de la bobina a los innumerables micro-traumatismos que tienen como vector potencial a la situación de pasividad originaria del niño frente al mundo de los adultos, nos introduce incidentalmente -más allá del tema central de la inversión de la pasividad (experimentada) en actividad vindicativa- en un rasgo esencial de la dramaturgia de la venganza: el de su propensión al desplazamiento transferencial sobre un sustituto. El autor del traumatismo originario puede, en efecto, ser inalcanzable debido a su ausencia o a su desaparición, pero más generalmente se encuentra –salvo grave patología «anti-social»- «protegido» por la fuerza de la prohibición superyoica.

Los deseos de venganza en los sueños

Esas son las primeras fuentes que llamaron mi atención sobre el «pre-concepto» de venganza en el seno del pensamiento freudiano. Mi propia contribución habrá consistido en hacer notar que el análisis freudiano del juego de la bobina (y por extensión, de todo juego simbolizante del niño) hubiera podido constituir el «eslabón faltante» de la doctrina freudiana del sueño. En efecto, la observación del juego de la bobina viene a intercalarse con un giro crucial de los inconvenientes freudianos concernientes a su teoría del sueño. Muy precisamente cuando, a la mitad del segundo capítulo de Más allá del principio de placer (Freud, 1920),  se ve confrontado al «tema sombrío y oscuro de la neurosis traumática», que inflige una estrepitosa desmentida a la «ley», hasta entonces incontestable, según la cual todo sueño podía reducirse, después de un completo análisis, a un cumplimiento de deseo. Ahora bien, los sueños repetitivos -fuente de horror- característicos de las neurosis traumáticas, evidentemente no permitían mantener la universalidad de esa explicación. Y sin embargo, como hacía notar, Freud no explota más su descubrimiento, pues no transfiere los resultados de su análisis del juego de los niños al dosier de la función del sueño. Se contenta con indicar la vía, que tomará Ferenczi para describir la función traumatolítica del sueño (Ferenczi, 1934), que hubiera podido llevarlo –al menos ésa era mi propuesta- a completar su doctrina del sueño precisando que, «después de un completo análisis», todo sueño bien podría aparecer como un intento de cumplimiento de deseo… de venganza (o de revancha[1]), con mayor o menor éxito según las circunstancias.

Estas primeras observaciones me llevaron a un examen retrospectivo más minucioso de las etapas de la constitución de la doctrina freudiana del sueño. Y lo cierto es que la problemática del deseo de venganza como inversión, en el curso del trabajo del sueño, de los micro-traumatismos constituidos por los restos diurnos no deja de aflorar a lo largo de la descripción freudiana, sin que Freud piense en dedicarle un capítulo particular. Sin embargo, la demostración es particularmente convincente cuando se trata del sueño de la Inyección de Irma, sueño prototípico cuyo análisis detallado ocupa la mayor parte del capítulo II -consagrado al método freudiano de interpretación- y conduce al enunciado de la «ley» general del sueño como cumplimiento de deseo. Ahora bien, es significativo que los deseos puestos en evidencia en ese sueño emblemático son deseos de venganza de Freud para con tres de sus prójimos: su paciente Irma, el Doctor M (inicial tras la cual Freud esconde a su amigo y maestro Breuer) y finalmente el «amigo» Otto (un colega pediatra a quien le opone una rivalidad profesional):

«El resultado del sueño, en efecto, es que no soy yo el culpable de que persistan los padecimientos de Irma, sino Otto; éste, con su observación acerca de la incompleta curación de Irma, me ha irritado, y el sueño me venga de él devolviéndole ese reproche. […] No sólo me vengo de Otto por haber tomado partido contra mí a la ligera atribuyéndole un acto médico hecho a la ligera (la inyección), sino también por el pésimo licor que hedía a aguardiente amílico […] Todavía no satisfecho con eso, prosigo mi venganza contraponiéndolo a su competidor más confiable […] También me vengo de la paciente indócil, permutándola por otra más inteligente y obediente». (Freud, [1900a] OC. v. IV, p. 139).

En menos de una página, las palabras “venganza” o “vengo” aparecen ¡al menos cinco veces!

Una tal redundancia está muy lejos de ser la única en la obra freudiana. Más allá de su lugar eminente en el trabajo del sueño, se encontrarán sus prolongaciones en las principales provincias de la obra: en la teoría de las neurosis, en las psicopatologías narcisistas –que para Freud son la melancolía y la psicosis paranoica-, en la concepción freudiana de la feminidad (Freud, 1918, 1931 y 1933), así como en numerosos ensayos de antropología psicoanalítica. Por lo tanto, podemos preguntarnos por qué motivos una temática tan insistente fue relegada a ese nivel infraliminar o, si se quiere, pre-conceptual.

La teoría etiológica de la seducción: ¿abandonada o reprimida?

Mi respuesta a esta pegunta se inscribe en la prolongación de la relectura crítica del pensamiento freudiano formulada por Jean Laplanche. De modo que aquí necesitaré resumir algunas propuestas útiles a mi propósito. Un examen prolijo y riguroso del conjunto de la obra freudiana permitió a Laplanche argumentar minuciosamente la tesis según la cual la teoría etiológica de la seducción en realidad no había sido abandonada por su fundador sino, propiamente hablando, reprimida, debido a las aporías a las que conducía su primera versión “restringida”, que obligaba a suponer abusos sexuales médico-legales pedófilos en el origen de toda neurosis. Una tesis evidentemente imposible de sostener en su generalidad, como Freud nota en la famosa «carta del equinoccio» (Freud, [21 de septiembre de 1897], OC. v. I, p. 301). Pero no hemos subrayado lo suficiente que esa renuncia a la teoría traumática en nombre de la primacía del fantasma dejaba sin responder la cuestión de la génesis de la actividad fantasmática misma, salvo que se aceptara la hipótesis – a la que Freud se vería necesariamente conducido- de una transmisión filogenética, es decir hereditaria, de los fantasmas originarios. Los fantasmas individuales encontrados en la clínica se “deducirían” de éstos según vías que siguen siendo bastante misteriosas (Laplanche, 1996). Desde entonces, Freud se encuentra dividido entre una concepción hereditaria de la génesis del fantasma -cada vez más cerca de una teoría endógena del desarrollo- y las aporías e impases a los que se exponía la teoría debido a la renuncia integral a los factores traumáticos. La tesis de Laplanche consiste en mostrar que una versión alternativa y más sutil de la teoría traumática, que otorga su lugar a la intrusión de la realidad psíquica de los adultos tanto en ocasión de los cuidados maternos como durante todo el proceso educativo, se prolonga subterráneamente a lo largo de toda la obra freudiana a través de verdaderos «retornos de lo reprimido» de la teoría de la seducción, que sin embargo no llegan a organizarse, en Freud, en un todo coherente: desde entonces la teoría «oficial» (esencialmente filogenética y del desarrollo), organizada alrededor del núcleo constituido por el complejo de Edipo supuestamente endógeno, se elabora sin llegar a integrar de manera satisfactoria los numerosos «retornos de lo reprimido», impuestos por la clínica, de la teoría traumática pretendidamente abandonada.

La teoría de la seducción generalizada (Laplanche, 1987) no es más que el intento de aportar a estas dos corrientes que se desarrollan en paralelo -la segunda amparada por una represión parcial-, una coherencia que permite dar cuenta a la vez de las influencias psíquicas indiscutibles de la realidad psíquica de los adultos tutelares, que se expresa a través de mensajes dirigidos al niño, y del trabajo de elaboración o de metabolización que hace el niño a partir de esos mensajes cargados de un sentido sexual al que en un primer momento no tiene acceso, lo que marca su dimensión traumática. Vemos que ya no se trata, como en la versión escolar de la teoría que perdura en demasiadas publicaciones, de oponer en una alternativa categórica la «realidad» (exterior) al «fantasma» (que supuestamente solo tiene relación con la realidad psíquica… ¡de quien tratamos!), sino de pensar en toda su complejidad la realidad psíquica del individuo como el resultado de intentos (más o menos exitosos) de metabolización, o incluso de «traducción», de la realidad psíquica de los adultos tutelares, implantada en él a través de «mensajes», tanto verbales como comportamentales, cuyos contenidos son extremadamente variables de una historia familiar a otra. Desde esta perspectiva, hasta las propias figuras del «complejo de Edipo» pueden entenderse como productos de ese trabajo de metabolización psíquica. Una concepción que tiene la ventaja considerable de prescindir de la hipótesis freudiana de la transmisión filogenética de este complejo, la misma que tanto debe, como ahora vemos mejor, al abandono de la teoría de la seducción. La hipótesis que subyace a la presente contribución es que el «preconcepto» de venganza, que vemos asomarse periódicamente a lo largo de toda la obra de Freud, constituye uno de esos retornos de lo reprimido de la teoría traumática. Después de su aparición en la teoría del sueño, esta temática regresa aún más explícita en el caso Dora, primera gran monografía clínica publicada después del «abandono-represión» de la teoría de la seducción.

El momento Dora

Cuando en los últimos meses de 1900 Freud recibía a Dora, llevada por segunda vez por su padre, hacía ya tres años que había renunciado a su teoría etiológica exogenista de las neurosis en beneficio de la primacía de los fantasmas infantiles. La imputación de seducción por parte del niño hacia los adultos tutelares parecía haber encontrado «su justo lugar», en tanto manifestación defensiva -por proyección- de los fantasmas incestuosos y parricidas ¡del propio niño! Esto tiene una consecuencia de peso respecto a los objetivos de la cura analítica. Desde entonces ya no se trata de superar las consecuencias psíquicas (en particular represoras) de una situación o acontecimiento traumático, como desenlace de una investigación anamnésica minuciosa, sino de reconocer en uno mismo la universalidad de los fantasmas, de los deseos inconscientes incestuosos y parricidas que ahora pueden pensarse como ¡ampliamente independientes de la dinámica concreta de cada historia familiar!

Ahora bien, las particularidades de la configuración familiar descrita desde el comienzo por el padre de Dora y, luego,  la versión de esta última en el curso del análisis, colocan a Freud en una situación paradójica (Freud, 1905). Por un lado no queda duda del «idilio edípico», evidentemente marcado de ambivalencia, que une a Dora con su padre. Por otro lado, después de haber escuchado a las dos partes[2], Freud no tarda en convencerse de que la versión que corresponde a la verdad es la de Dora, a saber: la relación adúltera entre su padre y una amiga de la familia (Sra. K), pero también la construcción de la joven según la cual el rechazo de su padre a creer en su denuncia de los avances del Sr. K. apuntaba a preservar su relación con la mujer del seductor, que él insiste en negar. 

Y sin embargo la actitud de Freud, a primera vista equilibrada, no llega a reconocer a Dora en la pertinencia de su construcción, que la describe como una suerte de objeto de intercambio entre los dos hombres. Suponiendo que se trate de un fantasma, es ante todo el que comparten tácitamente éstos últimos, no el de Dora. Pero pese a la sutileza del análisis que hace Dora y aunque Freud le rinde homenaje al dirigirse a sus lectores, en la conducción de la cura escoge privilegiar interpretaciones donde los «auto-reproches» inconscientes que atribuye a la joven son imputados a sus propios celos edípicos. La denuncia que hace Dora de las «artimañas» de los dos hombres, de su hipocresía, que motivan su sed de venganza, solo es tomada por Freud como una «fachada» defensiva de sus fantasmas edípicos. Poco importan las fallas reales del padre -parece pensar Freud-, pues reconocer que la joven paciente tiene razón sería seguir el juego de su resistencia a admitir su propia implicación subjetiva en el escenario del cual se queja: su complacencia inicial (por identificación con su padre) en favorecer los amores culpables de éste y luego sus celos (también edípicos, cuando pasa a identificarse con la mujer engañada).

Freud no deja de interpretar el segundo sueño de Dora –que anuncia la ruptura inminente de la relación analítica- como una satisfacción de la «sed de venganza» de ésta hacia su padre; pero en esa sed de venganza no quiere ver más que una «fachada[3]» (el término se repite varias veces) que apunta a disimular sus sentimientos edípicos inconfesables. Sin darse cuenta de que esa estrategia, consistente en «cerrar los ojos» ante la hipocresía de los dos hombres, ¡lo convertía en su cómplice! Esto no tarda en provocar la transferencia sobre Freud de los deseos de venganza de Dora, manifestándose en los días siguientes por la ruptura de la relación analítica.

Octave Mannoni, en un análisis crítico muy sutil de la contratransferencia y de las elecciones técnicas de Freud – análisis que atribuye a Dora-, llama nuestra atención sobre las consecuencias que tuvo para el desenlace de la cura el que Freud se negara a «reconocer» la construcción de Dora. Después de la aparición de la monografía de Freud, Dora, que supuestamente escribe a la Sra. K., hace el siguiente comentario:

«No dijo nada cuando le conté que me trataban como un objeto de trueque, como moneda de cambio, que me entregarían a él [aquí Dora habla del Sr. K, el seductor], aunque podía haber sido a cualquier otro. No dijo absolutamente nada. Si hubiera dicho firmemente, con convicción, tan solo la palabra «sí», lo que no es difícil, yo hubiera podido esperar que fuese un aliado, tal vez un cómplice. Pero no tardé en comprender que era un delegado del ejército enemigo» (Mannoni, 1978, p. 13).

Tras la reconstrucción ficcional, O. Mannoni toca aquí una cuestión esencial. En efecto, muestra que entre las consecuencias psíquicas de los mensajes vinculados a los intereses sexuales de los adultos -frente a los que Dora conserva un fantasma de venganza y una demanda de reparación- y los supuestos «autoreproches» inconscientes ligados a la problemática edípica, el psicoanalista, cegado por su identificación complaciente al padre seductor, no es realmente neutro. Su exigencia psicoanalítica de verdad (Dora debe reconocer su propia identificación edípica inconsciente detrás de la «fachada» de los reproches dirigidos a su padre) no incluye reconocer la pertinencia de la construcción de su paciente. Es cierto que, más allá de la ceguera contra-transferencial, se puede entender los motivos técnicos susceptibles de justificar esa elección: no avalar un «argumento de realidad» en la medida en que podría servir como resistencia a tomar en cuenta un fantasma de deseo reprimido. Pero lo que muestra finamente O. Mannoni es que aquí pasa exactamente lo contrario: la necesidad de Dora de que se reconozca (por un simple «sí») el abuso de poder del padre tácitamente cómplice del seductor (el fantasma de prostitución no está lejos, ¡aun cuando evidentemente no se trata de un abuso médico-legal!) era más bien, con toda probabilidad, la condición previa para establecer una alianza de trabajo que le hubiera permitido reconocer -y superar- su propia implicación subjetiva (consciente e inconsciente) en el escenario. Y la negativa de Freud a reconocer la violencia simbólica ejercida sobre su joven paciente, cuyo resorte es la pasión sexual de los adultos, era lo que aseguraba la resistencia de transferencia. El conjunto del escenario constituye una perfecta ilustración de lo que Laplanche describe como un «compromiso» por lo sexual de los mensajes que, sin saberlo y –por qué no decirlo- con la mejor intención, los adultos dirigen a los niños y a los adolescentes.

Ahora bien, el hecho de que Freud, aun habiéndose procurado los medios para reunir todas las piezas del “dosier”, haya faltado a la neutralidad analítica, parece estar totalmente ligado, aquí, a su insistencia en hacer prevalecer la doctrina edípica endogenista, de la que esta ilustración emblemática nos muestra que su función inconfesable apunta a disculpar a priori a los adultos tutelares. En el presente caso –pero es casi siempre la regla en clínica infanto-juvenil- el adulto tutelar es además quien busca (y quien paga) el análisis. Como lo hace notar con humor sarcástico la Dora imaginada por O. Mannoni: «Era papá quien le pagaba por ese trabajo sucio. Nunca supe cuánto. Espero que le haya costado caro». De hecho es bastante fácil captar el beneficio que el padre esperaba del análisis de su hija, pues ésta ponía la ruptura de la relación de su padre con su amante (con quien ella misma tenía una relación “ginecófila”) ¡como condición de su curación!  Así, le suelta a Freud : «Procure usted ahora ponerla en buen camino».

En tales circunstancias, no es sorprendente que el fantasma de venganza que ocupa al analizando sea transferido sobre el propio analista, como Freud comprende demasiado tarde -en su Epílogo-, pero sin evaluar hasta qué punto él participó en dicha resistencia de transferencia al negarse a reconocer la legitimidad de la sed de venganza de Dora.  Muy distinta hubiera sido una estrategia que apunte a mostrarle cómo su impulso a asumir una postura victimaria y reivindicativa la encerraba en la trampa de la neurosis; cómo para ella era preferible perennizar el sufrimiento neurótico que renunciar al fantasma de venganza, que comenzaba a realizarse por el sufrimiento infligido al padre.  Chantaje que Freud llegó a comprender, aunque un poco tarde: negarse a curarse la vengaba conjuntamente del padre –herido en su afecto y secretamente culpabilizado a pesar de sus denegaciones- y del psicoanalista, herido en su amor propio de terapeuta. Herida que evidentemente él mismo busca vengar transformando su fracaso terapéutico en fanfarronada científica: la redacción de la observación no le toma más de quince días luego de la partida de la joven paciente que lo despidió… ¡como a un criado! Así, en su prefacio Freud se deshace un poco rápidamente, en nombre de la ciencia, de sus deberes de confidencialidad para con Dora y su familia; pero no sin un malestar perceptible que lo lleva a multiplicar sus racionalizaciones y denegaciones.

Figuras psicopatológicas de la venganza

Los límites de esta contribución no me permiten desarrollar como lo hubiera deseado la psicopatología de las figuras de venganza, que me parece poder deducirse de lo anterior; ésta se encontraría apoyada por numerosas fuentes en el Freud «subterráneo» que, en la prolongación del pensamiento de Laplanche, intenté mostrar más claramente a mi lector. De modo que me conformaré con tres breves indicaciones, a título de «comunicación preliminar», con la idea de volver próximamente sobre el tema.

Además de la psicopatología de la histeria, que constituiría un capítulo esencial (la ilustración emblemática del caso Dora no agota la riqueza del tema), un tal trabajo nos llevaría a echar otro vistazo a la psicopatología del acceso a la feminidad, donde Freud hace un uso excesivo de esta temática.  En primer lugar es el caso del ensayo sobre el Tabú de la virginidad (Freud, 1918), así como el de las contribuciones, de 1931 y 1932, dedicadas respectivamente a la Sexualidad femenina y a la Feminidad. Éstas revisan radicalmente la concepción freudiana del complejo de Edipo en la niña desde la perspectiva de su deseo de venganza de …la madre, por haber hecho de ella un ser castrado. Episodio que nos regresa al que se describía en el caso Dora. Durante esa etapa anterior, el amor edípico por el padre se describe como el «refugio» donde la niña puede vengarse de la humillación que imputa a su madre. El momento dialéctico descrito en el caso Dora se sitúa (crono) lógicamente después, cuando el problema de la joven es el de la «salida» de ese idilio compensador, a riesgo de verse forzada a hacer una regresión táctica a la relación «pre-edípica» y «ginecófila» ¡con la madre o alguno de sus sustitutos! Esta vez se trata de vengarse de la traición del padre. Tales inversiones de alianza, que marcan las alternancias de seducción y de traición imputadas sucesivamente a cada uno de los progenitores, son el elemento común a todo análisis de histeria (Dupeu, 1992). La patología de la melancolía (y, más ampliamente, de los duelos patológicos) sería una buena ocasión para describir una nueva variante del tema, bastante paradójica para quien viene de releer el caso Dora. En efecto, Freud propone ver detrás de los auto-reproches que se dirige el melancólico «reproches contra un objeto de amor que han pasado a dirigirse sobre el propio yo» (Freud [1915], OC. v. XIV) y que «constituyen la venganza del yo sobre éste (el objeto)» (Freud [1921], OC. v. XVIII,). En un caso los reproches referidos al objeto supuestamente servían de «fachada» a los auto-reproches inconscientes; en el otro, son los auto-reproches manifiestos del cuadro melancólico los que se explican por una vuelta sobre el propio yo del odio reprimido dirigido al objeto perdido. Aquí captamos mejor por qué la fórmula que evocamos ritualmente para describir el trabajo de duelo, «la pérdida del objeto amado», olvida este dato de la experiencia clínica que muestra que los duelos más difíciles de superar no son los que responden a la pérdida de una persona tiernamente amada, sino los que siguen a la pérdida de un objeto odiado que, al retirarse, frustra la venganza del sujeto. Es lo que prueba la patología de las rupturas amorosas y de los divorcios, saturada de resentimientos: en tales circunstancias no se trata tanto de consolarse de una pérdida «objetiva» como de vengarse de una humillación narcisista, activamente infligida por el objeto[4].

Finalmente, en la psicopatología de la paranoia, otra neurosis narcisista que tiene afinidades electivas con la precedente, no sería difícil captar, en la transferencia sobre el perseguidor, el retorno de una rabia impotente frente a la tiranía de un adulto que abusa de su poder, « «retorsión» infantil -devolver intacto al emisor un reproche recibido-…» (Freud [1911], OC. v. XII). Como lo prueba una nota a pie de página, el tema de la «retorsión» es, en Freud, una de las expresiones gráficas de la revancha frente al perseguidor adulto.

La revancha como sublimación del fantasma de venganza

La superación del fantasma de venganza, en lo que puede tener de alienante al hacer correr al sujeto el riesgo de repliegue en una defensa victimaria insuperable, debería encontrarse -desde la perspectiva que aquí privilegiamos- no tanto en una oferta de consuelo incondicional susceptible de alentar la regresión infantil y avalar un pedido de reparación interminable, sino en «una nueva acción psíquica» que constituiría su sublimación exitosa. Una tal sublimación del fantasma de venganza podría observarse en la capacidad adquirida por el sujeto (dentro o fuera del análisis) de «tomar su revancha», en la realidad, respecto al objeto que está en el origen del resentimiento.

Un análisis profundo de este tema probablemente mostraría todas las afinidades que mantiene con la noción de resiliencia, cuyo descubrimiento (Cyrulnik, 2002) está ligado, como sabemos, a las inversiones que ciertos sujetos fueron capaces de operar frente a experiencias de traumatismo extremo, ahorrándose la defensa victimaria. En esta sublimación de la sed de venganza fantasmática por la revancha exitosa tal vez encontremos uno de los resortes inconscientes de lo que Freud describió, a propósito del destino de Moisés, como un progreso en la vida del alma (Freud, 1939 [2010], p. 75): ya no se trata de vengarse de los sufrimientos padecidos como meta suprema (pero estéril) asignada a la propia existencia, sino de cobrarse la revancha [se revancher] (el verbo, que se encuentra en el Robert desde el siglo XIII, sigue siendo de uso frecuente en el siglo XIX), lo que supone hacerlo mejor y llegar a ser mejor que ése (ésos) que originó (originaron) el traumatismo.

¿Es que tal superación supone el rechazo de toda deuda, de toda transmisión, en la línea de ciertas lógicas revolucionarias radicales que prescriben «hacer tabula rasa del pasado»? La clínica muestra que se trata de una tentación que a menudo constituye una etapa inevitable del análisis. Sin embargo, parece que la lógica del pasaje de la venganza alienante a la revancha liberadora supone como condición necesaria que, junto o paralelamente a los efectos del traumatismo, el sujeto haya podido beneficiarse de otros «nebenmensch» tranquilizadores y que sea capaz de reconocer su deuda para con ellos, en la medida en que ellos le habrían ayudado precisamente a superar el riesgo de encerrarse en el resentimiento y el fantasma de venganza. En algunas circunstancias clínicas particularmente graves, el encuentro con el analista puede constituir una experiencia inaugural de este punto de vista, que permitirá al paciente sentir gratitud como una experiencia liberadora.

Ocurre que el término “revancha” justamente forma parte de esas «palabras originarias» que llamaron la atención de Freud (Freud, 1910) puesto que parecen contener simultáneamente sentidos opuestos. En efecto, la idea de revancha se sitúa en la interfaz de la dramaturgia de la venganza y de la lógica de la deuda. Uno no solo «se revancha» de sufrimientos y humillaciones sino también de beneficios y regalos, como lo prueba la expresión francesa aún en uso: «¡me debes la revancha!», empleada por quien otorga un servicio u ofrece una invitación para atenuar de antemano el peso de la deuda en quien deviene provisionalmente su «deudor».

Entre el vínculo, a veces pesado, constituido por una deuda impagable, y el encierro victimario en una sed de venganza insuperable; entre la inhibición paralizante ligada al deber de fidelidad y el desafío megalómano de la “tabula rasa” inspirado por un deseo de revancha, una práctica abierta del psicoanálisis –así como el estudio de la gran historia- nos permite aprehender innumerables variaciones y formas de pasaje que son muestra de la inventiva de la psique humana.

Notas

* «Pour introduire le concept de vengeance en psychanalyse», Revue française de psychanalyse 2015/2 (Vol. 79), p. 368-380. Traducción : Deborah Golergant

[1] Freud emplea, según las circunstancias, los dos términos (die Rache o Revanche), sin tematizar más a fondo su diferencia. Al final de esta contribución examinaré la importante distinción, sugerida por la clínica, entre estas dos nociones.

[2]  Pero señalemos de paso que no son tres partes, pues Freud no juzga que la madre sea digna de ser escuchada y rápidamente establece su diagnóstico a partir de lo que dice su marido: «psicosis de ama de casa» en una mujer por lo demás «carente de inteligencia». 

[3] «¿Nos equivocamos si suponemos que la situación que constituye la fachada del sueño corresponde a una fantasía de venganza contra el padre? […] Anotemos la manía de venganza como un nuevo elemento para una posterior síntesis de los pensamientos oníricos» (OC. v. VII, p. 86). Las ideas « venganza » o « vengarse » no aparecen menos de diez veces solo en el capítulo III del ensayo, consagrado al análisis del segundo sueño.

[4] Esta última observación permite reanudar con el juego de la bobina que nos sirvió de prólogo. Hoy sabemos que el niño de ese juego era el nieto de Freud. Esta circunstancia auto-biográfica le permitía añadir en una nota, inmediatamente después de su genial interpretación del juego, un breve epílogo donde vinculaba explícitamente el tema de un duelo (difícil) al del impulso de venganza frente al objeto: «Teniendo el niño cinco años y nueve meses, murió la madre. Ahora que realmente «se fue» (o-o-o), el muchachito no mostró duelo alguno por ella. Es verdad que entretanto había nacido un segundo niño, que despertó sus más fuertes celos» (op. cit., p. 16, nota 7).

Referencias bibliográficas

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