Madrid, 19 del 08 de 2018
Síguenos en
Revista de Psicoanálisis

Interpretación, ¿dicho de otro modo?
Problemas de la cuestión hermenéutica en psicoanálisis*
Mi-Kyung Yi

 

Descargar pdf

 

Para mí es una gran emoción encontrarme en Cerisy en este coloquio de debate-homenaje al pensamiento y la obra de Jean Laplanche, pues es también a Laplanche a quien debo mi primera visita a este lugar histórico. Fue exactamente hace 20 años -en 1994- en ocasión de un coloquio consagrado al tema «Herméneutique, textes, sciences» al que Laplanche me propuso asistir en su compañía. Aquí es donde le escuché pronunciar su conferencia «El psicoanálisis como anti-hermenéutica»(1). Recuerdo haberme estremecido al verle soltar tranquilamente su bomba anti-hermenéutica en medio de un auditorio completamente partidario de la causa del adversario, sin dudar al enunciar al final de su texto: «manos quietas en la cura a la hermenéutica, ¡a nuestra hermenéutica!». Creo que su conferencia generó mucha confusión en buena parte del auditorio, compuesto por filósofos y literatos, por cuestionar lo que la mayoría consideraba evidente: el psicoanálisis es una hermenéutica. Y para mi gran tranquilidad, más que pensar en replicar, ¡muchos querían comprender! Era la época en que hacía mi investigación doctoral bajo la dirección de Laplanche, precisamente sobre la relación entre hermenéutica y psicoanálisis. Confieso que no se podía esperar una mejor formación para el combate que se trataba de librar, en defensa de la vitalidad de la experiencia  analítica, contra la dulce sirena de la hermenéutica. Y hoy  estoy nuevamente aquí; esta vez en un terreno si no fiel, al menos más sensible a la posición que sostiene Laplanche sobre el tema. En su ausencia, hablar de sus trabajos sobre la cuestión de la hermenéutica  es, para mí, una forma de continuar de otro modo el diálogo y el debate con él.

Tengo otro recuerdo que merece ser contado pues, más allá de su valor afectivo y personal, también es significativo por lo que suponen los importantes aportes del pensamiento de Laplanche. Quisiera evocar mi encuentro con su obra. Fue en París cuando, rondando las librerías durante mi primer año de estudios franceses en un día de invierno de 1990,   casualmente me topé con un libro cuyo título me despertó gran curiosidad: Vida y muerte en psicoanálisis de Jean Laplanche,  un autor casi desconocido para mí. Puedo evaluar la conmoción que produjo en mí porque pude seguir sus doscientas páginas pese a mi dominio relativamente incierto del francés en aquella época. No se trata de que la lectura de esa obra me haya hecho descubrir el psicoanálisis, pues la doctrina freudiana no me era desconocida. Más bien diría que me hizo re-descubrirlo a despecho de mis conocimientos psicoanalíticos sumarios de entonces, que funcionaban más como barrera que como pasaje a la psicología de las profundidades. En ésta última yo no veía nada más que una corriente de la psicología, una modalidad de psicoterapia entre tantas otras o, peor aún, una visión del mundo, una teoría por lo demás bastante reduccionista. Ahora bien, ese libro de Laplanche, encontrado en un paseo casual por las librerías, no solo me ofrecía una visión del psicoanálisis más rica, compleja y rigurosa, sino también los medios para desmontar, para de-construir el sistema de comprensión entonces vigente. En otras palabras, ahí descubrí el psicoanálisis actuando en el corazón mismo del estudio crítico de la evolución de la teoría freudiana. Leer a Freud no consiste simplemente en volver a la obra freudiana para tomar de ella cierta  propuesta teórica  o cierta construcción clínica, sino en volver a las fuentes de la invención freudiana siguiendo el propio método freudiano, tras la huella de lo que dicta y orienta la evolución del pensamiento del fundador del psicoanálisis. No se trata de exhumar las fuentes -un “primer ilusorio”-, sino de rencontrar lo que constituye la fuente y se ve constantemente recubierto: la «exigencia del objeto». En efecto, por su rigor analítico, que hace chirriar el “sistema” teórico, por su atención obstinada a elementos que el bello orden teórico tiende a hacer pasar por detalles sin importancia, el trabajo de pensamiento de Laplanche era, para mí, la ilustración misma del trabajo analítico puesto al servicio de la obra de Freud. Un trabajo analítico de recuperación de las fuentes de la invención freudiana, la lectura del pensamiento de Freud instruida por la experiencia del método psicoanalítico. Esa aproximación al movimiento de la teoría freudiana como lugar de experiencia analítica -«experiencia en contacto con el movimiento del objeto», impulsada por lo que pretende delimitar y entender- es lo que Laplanche llama «interpretar [con] Freud», como descubriría más tarde. Así, el encuentro con la obra de Laplanche me permitió reconocer en el psicoanálisis una oportunidad de apertura y movimiento del trabajo de pensamiento. Todo lo contrario de lo que me habían enseñado hasta entonces: un sistema teórico sujetado por el peso de su propia masa, un sistema de interpretación.

«Pasión por los fundamentos», «pasión por las fuentes»; así podría formularse lo que me parecía constituir la originalidad y la profundidad de su obra y lo que siempre consideré la lección fundamental de su enseñanza psicoanalítica: una triple interrogación que recae sobre lo originario o, más exactamente, sobre lo que lo funda o lo hace advenir (2): ¿Cuáles son las fuentes de la invención freudiana? ¿Qué es lo que funda la situación analítica y pone en marcha su proceso? ¿Cómo dar cuenta de la emergencia o el surgimiento de la sexualidad infantil? Señalar la solidaridad de estas tres cuestiones, que atraviesan constantemente toda la obra de Laplanche, es destacar la identidad de lo que las anima: la exigencia del trabajo de lo infantil, de lo sexual inconsciente. Lo sexual infantil es a la vez el objeto y el motor de la experiencia analítica, tanto en práctica como en teoría, en la misma medida en que es fuente y objeto – «objeto-fuente»- de la vida pulsional. La teoría en psicoanálisis no es un simple discurso sobre el objeto, que ella aprehendería desde una posición distante o de experto exterior, sino que, en lo esencial, se construye y desarrolla por relación al movimiento que traza su objeto. Así, puede constituir un lugar de experiencia analítica de pleno derecho. Esta especificidad del movimiento teórico también obedece al hecho de que el investigador alberga en sí a un ser humano auto-teorizante, a imagen del niño que forja teorías sexuales infantiles para su uso personal. Esta singularidad del enfoque epistemológico del psicoanálisis conlleva que, en nuestra disciplina, la práctica, la investigación teórica y la vida psíquica se encuentren íntimamente ligadas. En este sentido,  Laplanche decía que «toda verdadera teorización es una experiencia que necesariamente compromete al investigador». Para reformularlo en términos de transmisión, diría que toda verdadera transmisión es una experiencia fundamentalmente encarnada y, en ese sentido, generosa. Generosa en tanto portadora de ideas y cuestionamientos que nos invitan a pensar, como ocurre con la cuestión de la hermenéutica.

Desde el análisis de los sueños hasta el del discurso y la historia del paciente, pasando por la historia de los síntomas, el psicoanálisis recurre a la práctica interpretativa. Ahora bien, la interpretación como método, práctica y teoría preexiste a la invención freudiana: se trata de la hermenéutica. Como arte de interpretar, como disciplina que busca aportar un conjunto de reglas rigurosas a la actividad interpretativa, la hermenéutica tiene una tradición secular. Su resorte es lo extraño, lo incomprensible que busca volver familiar, inteligible. «La interpretación sería imposible si las manifestaciones vitales fueran completamente extrañas, y sería superflua si no hubiera nada extraño en ellas. Así, [la hermenéutica] se sitúa entre esos dos polos extremos. Es necesaria siempre que exista algo extraño que el arte de la comprensión deba asimilar» (3).

Esos dos polos parecerían trazar el  campo  donde se mueve y se despliega el psicoanálisis. ¿Qué hay más extraño y extranjero que las “formaciones del inconsciente”? ¿El psicoanálisis no apunta justamente a volver consciente lo inconsciente? Para describir el método analítico, Freud habla a veces de “traducción”: « […] así, podemos decir que las interpretaciones del psicoanálisis son ante todo la traducción de una modalidad de expresión que nos es extraña en una forma de expresión familiar de nuestro pensamiento».

Son varias las voces que, seguras por el desarrollo y la apertura de la hermenéutica a lo largo de los dos últimos siglos, defienden la idea de una hermenéutica psicoanalítica. Algunos incluso proclaman el «giro hermenéutico»  como una opción saludable e indispensable  frente a la crisis que afecta al psicoanálisis  desde que su pretensión científica  fue cuestionada por el «juicio epistemológico».

Se supone que el hermeneutic turn (4) aportaría, retrospectivamente,  respuestas a ciertas críticas radicales dirigidas a la metapsicología freudiana. Salvo error, la expresión aparece por primera vez en la obra de H. Thomä y H. Kächele –publicada en 1985 y traducida al inglés- para designar ese movimiento iniciado a comienzos de la década de 1970 en el curso del debate sobre el estatuto científico del psicoanálisis. Según estos autores, la hermenéutica representa una oportunidad de renacimiento para el psicoanálisis, confrontado a una crisis teórica desde que su aspiración al rango de disciplina científica tuvo que ceder ante el resultado del «juicio epistemológico» que tuvo lugar a fines  de la década de 1950 en los países anglosajones. Desde entonces, las posiciones hermenéuticas en psicoanálisis se caracterizan particularmente por su oposición al enfoque científico del psicoanálisis. Lo importante del debate se refiere a la cuestión de saber si el psicoanálisis es una ciencia explicativa o una disciplina interpretativa. La hermenéutica es exaltada por sus defensores como una solución epistemológica al creciente malestar en torno al estatuto científico del psicoanálisis, mientras que es fuertemente criticada por sus detractores, que la consideran una puerta abierta a lo arbitrario subjetivo. Cosa curiosa: a veces el psicoanálisis encuentra defensores inesperados. A. Grünbaum, a quien el psicoanálisis debe una de las más violentas críticas de su fundamento científico, no fue menos virulento contra la sirena hermenéutica: para la doctrina psicoanalítica, ¡ésta  significaría «el beso de la muerte»!

¿Comprender o explicar? El psicoanálisis – tanto su método como su teoría- se encuentra atrapado entre dos fuegos. Pero al interior de la posición hermenéutica puede notarse una divergencia. Ciertos autores, como Roy Schafer o Donald Spence, rechazan radicalmente toda dimensión explicativa del método freudiano, mientras otros, como H. Thomä, H Kachele, J. Habermas y Paul Ricœur, intentan conjugar comprensión y explicación, dispuestos a revisar la noción de causalidad psíquica por la toma en consideración de la intencionalidad del sujeto. No obstante, todos estos autores coinciden en la esencia hermenéutica del psicoanálisis: una práctica interpretativa centrada en el sentido. De ahí la reivindicación de un lenguaje teórico basado en la intencionalidad del sujeto.

Así, vemos a la metapsicología freudiana presa de un cruce de tiros: especulativa para unos, falsamente explicativa para otros. En mi opinión, ese rechazo radical del fundamento mismo de la metapsicología comporta una consecuencia capital, que intenté mostrar en toda la gran conmoción que representa para el psicoanálisis: se trata del cuestionamiento del estatuto y de la función de la teoría en psicoanálisis. La metapsicología, incriminada por haber abierto una brecha entre teoría y clínica, debe ceder el lugar a una «teoría clínica» cercana de lo que se produce en la práctica. La profesión de fe de la llamada teoría clínica es aportar a la clínica un conjunto de coordenadas, un pattern maker. A mayor necesidad de una teoría abstracta y pretendidamente científica, mayor será la necesidad de una teoría para explicar la teoría, mayor será la necesidad de una meta-teoría: ¡nos basta con la teoría clínica!

Paradójicamente, esta disminución forzada de todo peso metapsicológico  -los analistas americanos hablan de una teoría soft– trae consigo o, peor aún, justifica una sobrecarga de la práctica analítica por las teorías. La proliferación de teorías que se pretenden generales, masivamente presentes en su divergencia en el corazón de la clínica, alcanza un grado tal que el psicoanálisis, víctima de su propia evolución, parece exponerse a un riesgo de implosión. Ahora se ve bajo la amenaza del «conflicto de interpretaciones», para retomar la expresión de Paul Ricœur. Tanto así que la unidad de la disciplina analítica es el blanco de una interrogación apremiante: «One psychoanalysis or many?».

Algunos trabajos pretenden ver en esta multiplicación de teorías divergentes y hasta en conflicto una confirmación de la naturaleza hermenéutica del psicoanálisis: si es inevitable que el psicoanálisis genere  una multitud de teorías es porque se trata de una hermenéutica. O también, ante la diversidad teórica proliferante, se busca el interés de la visión hermenéutica en su virtud antidogmática, en el hecho de que en la construcción teórica el pensamiento hermenéutico otorgaría una importancia particular a los contextos personales y culturales, invitando al diálogo entre diferentes corrientes del pensamiento psicoanalítico.

Pero en realidad los debates, muy sumariamente resumidos, presentan una diversidad en sus formas de manifestación y en las problemáticas que plantean. Una diversidad  que debería identificarse y situarse en la medida en que parece articularse, en parte, con las diferencias en la cultura psicoanalítica. Durante mi conferencia sobre este tema en el coloquio «Psychanalyse et récit» [«Psicoanálisis y relato»], presentada en Besançon en 1998, Julia Kristeva hizo la siguiente observación: este debate concierne esencialmente a la historia del psicoanálisis americano y deja indiferente a la cultura psicoanalítica francesa -basada en aportes freudianos y lacanianos-, cuya sólida tradición la preserva de este tipo de crisis epistemológica; a lo sumo podría producirse de manera indirecta. En efecto, a primera vista los hechos parecen apoyar esta idea de la «excepción francesa»: observen el uso de la palabra “herméneutique”, tan poco corriente en comparación con su proliferación en los psicoanalistas del otro lado del Atlántico. Por supuesto que recordamos los trabajos de Paul Ricœur, pero digamos que ahí se trataba de un filósofo interesado en la doctrina freudiana con cuestionamientos propios a su filosofía y, por lo tanto, exteriores a la práctica analítica. En suma, una peripecia  ya muy lejana que habría finalizado gracias al conjunto de las diferentes contribuciones realizadas en respuesta a la incursión del filósofo en el campo analítico.  Pero nada es menos seguro.

Piénsese por ejemplo en dos textos de Laplanche, uno de los pocos analistas que abordan frontal y constantemente la cuestión de la hermenéutica: «Interpretar [con] Freud» y «La interpretación entre determinismo y hermenéutica».  Se podría afirmar apresuradamente que el primero se inscribe justamente en la polémica suscitada por el libro de Ricœur, mientras que el segundo reacciona al debate epistemológico reintroducido por la corriente narrativista del psicoanálisis americano. Pero en Francia tenemos la discusión apasionada que se produjo en torno a los escritos y a la tesis de Serge Viderman en la década de 1970, identificada por Laplanche a justo título como una posición «hermenéutica creativa». Es verdad que el debate francés no se produjo exactamente en torno a la cuestión de la hermenéutica sino a propósito de la pareja construcción/reconstrucción. Pero, dicho esto y viéndolo más de cerca, aunque nunca se haya mencionado explícitamente, ahí encontramos el eco de lo que está en juego en el «giro hermenéutico»: la oposición entre comprender y explicar, entre sentido y causa. Por ejemplo encontramos un incremento del aspecto narrativo -del rol  del relato en psicoanálisis-, que se apoya en la dimensión lenguajera de la comprensión humana y en el papel crítico de la inteligibilidad narrativa en la construcción de la capacidad de auto-comprensión del sujeto. La consecuencia de este incremento es que la puesta en sentido, la meaning connection, es ubicada en el centro del trabajo analítico como alternativa al sueño imposible de reconstruir el pasado objetivo: se ganaría en creatividad lo que se pierde en objetividad. La verdad psicoanalítica ya no sería científica sino narrativa, semejante a la de un relato bien construido como un todo coherente. El psicoanálisis consistiría en construir una historia significativa, un relato inteligible al servicio de la auto-comprehensión del sujeto.

Una constatación: tanto en Francia como en el extranjero, los debates en torno a la hermenéutica por lo general se focalizan en el terreno epistemológico. La posición de Laplanche sigue siendo relativamente singular, sino única, en el sentido de que no pretende superar el debate en curso sino desplazarlo. Entre determinismo y hermenéutica: no se trata simplemente de rechazar las dos posiciones antagónicas, ni menos aún de buscar una posición conciliatoria y ecléctica; se trata esencialmente de buscar una vía de pasaje entre ambas, una tercera vía acorde a la naturaleza del método analítico de interpretación. Una tercera vía que no es una vía intermedia, en la medida en que para despejarla es necesario salir del debate, proceder a una interrogación crítica de los fundamentos de las posiciones enfrentadas. Ésa es la intención de la crítica que Laplanche formula a la vez a la acepción causalista del determinismo inconsciente y a la interpretación como atribución de sentido. Pero es necesario constatar que su posición, aunque parece indicar posibles aperturas para que la confrontación se entable de un modo distinto, permanece al margen del debate. Ocurre que el debate en torno a la hermenéutica parece convulsionado por esta  oposición epistemológica prínceps: ciencia o hermenéutica. Las contribuciones originales de Laplanche justamente permiten poner en evidencia que el dualismo epistemológico –reconstruir o construir, explicar o comprender, causa o sentido- se traduce en un debate distorsionado que deja el campo libre a la hermenéutica, pero además permiten revelar los problemas disimulados por ese dualismo epistemológico.

Empecemos por una afirmación que puede sorprender. Laplanche y los defensores de la hermenéutica psicoanalítica coinciden al menos en un punto: en psicoanálisis, el método y la teoría son fundamentalmente solidarios. La posición respecto al método determina la posición  respecto a la teoría y viceversa. Pero hay que notar una diferencia radical, por no decir abismal: se trata de la respuesta  a la cuestión de saber si la prioridad recae sobre el método o sobre la teoría. Para los hermeneutas el método está subordinado a la teoría, en el sentido en que esa relación inseparable entre teoría y método se explica por lo que  denominan “el círculo hermenéutico de la parte y el todo”. Así como no hay comprensión sin pre-comprensión, así como no hay aprehensión objetiva de la realidad y solo existen hechos interpretados, el método interpretativo implica la subjetividad del analista y sus preconcepciones teóricas. Por lo tanto, el método se basa en la teoría, de la que se espera que aporte un conjunto de elementos significativos y narrativos que permitan una puesta en relato coherente e inteligible hacia la cual tiende la interpretación. Roy Schafer se pregunta qué hay de  específicamente psicoanalítico en el psicoanálisis y responde que el modelo teórico, en la medida en que se trata de una “historia de vida” relacionada a la evolución de la vida humana en general. De modo que ese modelo le  sirve al psicoanalista como punto de referencia para su comprensión del diálogo analítico, es decir, como lo que aporta “códigos interpretativos”. Es comprensible que dos concepciones freudianas de la práctica resulten sospechosas de llevar la marca de la posición cientificista. La primera es la prioridad otorgada al método; la segunda, la insistencia en la distancia indispensable entre método/práctica y teoría. Según la lectura de los hermeneutas, tanto la atención igualmente flotante como la exigencia de neutralidad intentan responder al ideal del procedimiento científico exento de todo prejuicio teórico, creando así el impase relativo al fundamento epistemológico en el que se basa toda disciplina interpretativa  que  trate de la historia del sujeto: el impase de la relación circular entre teoría y método.

Como vemos, esa prioridad otorgada a la teoría – a la que el método estaría subordinado- implica una concepción muy determinada de la función y el estatuto de la teoría en psicoanálisis. La teoría es considerada como un sistema que guía la lectura, un “conjunto de metáforas” centradas en ciertos temas  o un “metalenguaje” que aporta las “estructuras narrativas directrices” del relato de vida en el diálogo analítico. En cuanto a las fuentes de esas construcciones teóricas, no es necesario evocar la alerta roja del reino de lo arbitrario subjetivo. El examen incluso muestra que se asigna a las teorías una función aceptablemente codificada, si no normativa.  Porque,  sin dejar de valorar la creatividad de una construcción subjetiva, los hermeneutas analíticos se preocupan por otorgar a su práctica interpretativa una cierta objetividad o, al menos, una intersubjetividad: se apela a una suerte de “comunidad del sentido”  que supuestamente determinaría la  comprensión intra- e inter-subjetiva y, por consiguiente, sostendría la práctica de puesta en sentido que caracterizaría al psicoanálisis. Así, los hermeneutas no dejan de apoyarse en  descubrimientos freudianos como el simbolismo, los grandes complejos y los escenarios fantasmáticos llamados originarios. De esos datos y descubrimientos de la experiencia analítica retienen especialmente la proximidad con producciones del pensamiento mito-simbólico, forjado en el campo cultural, y son esas producciones las que consideran dignas de ser elevadas al rango de teorías y extrapolables a la cura. De ahí la impresión de una intención normativa de la interpretación basada en esas teorías utilizadas como mitos estructurantes: los hermeneutas  se defienden de pensar que esa interpretación mito-simbólica se propone como definitiva, pero dan a entender, por la lógica de su propia argumentación, que al menos se impone como vía fundamental.

Pero la cuestión más espinosa planteada por la intrusión masiva de las teorías en la cura no atañe en primer lugar a la ética sino al método. Esa es precisamente la cuestión que olvidan o ignoran  los defensores de la hermenéutica, que tienden a ahogar el resplandor de la invención freudiana en la oposición entre explicar y comprender. La forma en que los hermeneutas abordan la cuestión de la neutralidad analítica es instructiva. Es curioso que se empeñen en considerarla únicamente como la huella de la actitud objetivante. Por supuesto que el modelo fisicalista del receptor telefónico pasivo o la metáfora de la pantalla blanca abogan en favor de esa lectura. Pero basta con examinar el argumento de Freud  para evaluar su falsedad. Su propuesta de captar el inconsciente del analizando con su propio inconsciente apunta sobre todo a evitar la trampa de una comprensión interpretante centrada en las articulaciones manifiestas del discurso racional: «Simplemente quiero decir –responde a Binswanger- que debemos liberarnos de la intensificación consciente de ciertas expectativas para así crear en nosotros el mismo estado que el  exigido al analizando» (5). La exigencia de rehusarse a cualquier formación de expectativas o pre-disposición mental no se impone en nombre del ideal de objetivación científica, sino al mismo título que la exigencia hecha al paciente de relajar la censura consciente, es decir, en beneficio del objetivo del trabajo analítico, que es la desligazón, la descomposición. Freud insiste en ello hasta el punto de desaconsejar cualquier elaboración científica de un caso mientras dure el tratamiento: «…el éxito […] se asegura mejor cuando uno procede como al azar, se deja sorprender por sus virajes, abordándolos cada vez con ingenuidad y sin premisas» (6). La neutralidad sirve fundamentalmente al objetivo analítico, no al interés científico, aunque éste último pueda ser una de sus consecuencias.

Los debates en torno a la hermenéutica que se desarrollan en el terreno epistemológico terminan por revelar el desconocimiento o el olvido del método freudiano, de lo que tiene de específico como trabajo de desligazón, de descomposición.  Pero un olvido puede esconder otro: ésa es la cuestión planteada por la posición de Laplanche a propósito del problema de la hermenéutica. En efecto, la cuestión de la alteridad, radicalizada por el descubrimiento del inconsciente freudiano e inseparable de la invención del método analítico, se encuentra fuera de la controversia. Fundadora de la situación analítica, la alteridad es también constitutiva del psiquismo humano, volcado incesantemente a un trabajo de puesta en sentido. Esa dialéctica entre la «otra cosa en nosotros» y la «causa del sentido» es justamente la que se encuentra olvidada, si no deformada, por el movimiento hermenéutico bajo pretexto del dualismo epistemológico. Lo que le falta a la oposición simple entre explicación y comprensión es nada menos que el descubrimiento freudiano, fundador incluso del método analítico: el inconsciente sexual dinámico que actúa tanto en la psique como en la cura.

La obra de Laplanche –la teoría de la seducción generalizada y el modelo traductivo- no solo permite esclarecer esas zonas oscuras del debate sino también, sobre todo, volver a desplegar la confrontación entre psicoanálisis y hermenéutica. Recuerdo los dos puntos esenciales e íntimamente ligados que nutren su reflexión. Por un lado, el carácter indisociable de la relación entre objeto, método y teoría, pero en un sentido muy distinto del que proponen los hermeneutas: tanto el método como la teoría están imantados por el objeto que buscan describir y conocer, y solo pueden identificarlo y aproximarse a él sometiéndose al movimiento del inconsciente. Por otro lado, más que una solución, la hermenéutica es una tentación defensiva inseparable del descubrimiento del inconsciente  y de la invención del método freudiano, de modo que la cuestión de la hermenéutica implica inseparablemente un doble movimiento de recuperación de la situación originaria de todo ser humano y de la vitalidad del psicoanálisis naciente.

Así, Laplanche muestra lo que marca un cierto retorno a la hermenéutica en el pensamiento del propio padre fundador del psicoanálisis. Ese retorno toma principalmente dos vías. La primera es trazada por la creciente importancia otorgada al pensamiento mito-simbólico, que incluye el simbolismo, los sueños llamados típicos y los grandes complejos; esta restructuración teórica se traduce, concomitantemente, en el lugar creciente otorgado a la  llamada interpretación simbólica,  en detrimento del método asociativo-disociativo. La segunda, más disimulada y aparentemente menos ligada a la hermenéutica, se perfila a través de una buena parte del pensamiento freudiano que lleva a borrar o a atenuar la alteridad radical del inconsciente: la concepción endógena del inconsciente basada en los fantasmas originarios supuestamente transmitidos filogenéticamente, o considerados como esquemas estructurales. Laplanche muestra el vínculo entre, por un lado, esas restructuraciones conjuntas de la teoría y el método en el pensamiento freudiano y, por otro, el abandono de la teoría de la seducción. Porque no se puede ceder respecto a la práctica y  la teoría sin ceder respecto a la cosa. Por mi parte, ahora quisiera volver sobre dos consecuencias importantes de la hermeneutización del psicoanálisis.

 

La talking cure como «story telling cure» y la relación de comprehensión

Un punto de debate que evidencia el olvido del método merece una atención particular: el idealismo lingüístico esgrimido por la posición narrativista, que se apoya ampliamente en la fórmula consagrada de la talking cure. Es innegable que la regla de decirlo todo sin omitir nada intenta desplegar toda la eficacia de la palabra, crucial en el proceso de simbolización. No hacer nada más que decirlo todo: la regla fundamental del análisis intenta liberar a la palabra de todo lo que obstaculiza su  pleno despliegue, y el análisis espera las virtudes esclarecedoras y emancipadoras  de esa palabra plenamente liberada. Se espera, como decía el niño en la oscuridad, que haya más luz cuando alguien habla. Pero esta libertad de la palabra que se busca con un objetivo terapéutico, ¿significaría, como pretenden los hermeneutas, la confianza en el poder creador del lenguaje en beneficio de la historización? ¿Estaría simplemente dictada por la idea de una subordinación de los fenómenos psíquicos, incluidos los inconscientes, al lenguaje, que determinaría su expresión o su representación y hasta su existencia, en el sentido de que no existe experiencia que no esté mediatizada, expresada y, dicho brevemente, creada por el lenguaje?

Estas cuestiones imponen un examen del lugar contradictorio del lenguaje en el proceso analítico, de la relación tensa, paradójica o conflictual -es decir, dinámica- entre lenguaje e inconsciente. La palabra que el psicoanálisis busca volver tan dinámica como el proceso inconsciente podría encontrar una ilustración en la imagen del jinete del domingo mencionado por Freud. A la pregunta: “¿A dónde vas?”, responde: “No lo sé. Pregúntale a mi caballo”.  Evidentemente resulta  una meta imposible de alcanzar. No se trata solo de que, en su  realidad, la palabra no puede gozar de la libertad que se le otorga; la imposibilidad se inscribe en la prescripción analítica misma: se espera que la palabra se deshaga de cualquier cadena, evidentemente las que obstaculizan su movilidad pero también las que contribuyen a conectar y regular sus movimientos. Desagradables, ridículas, desprovistas de interés, irrelevantes… esos pensamientos y juicios que el analista invita al paciente a no tomar en consideración obedecen a la lógica del proceso secundario, que regula la propia actividad del habla. Ahora bien, hablar libremente es des-ligar la lengua hasta romper las conexiones que constituyen el habla y el pensamiento. La invitación a la libre asociación empuja a la palabra a liberarse de sí misma, de lo que la sostiene, hasta convertirse en algo distinto. La apuesta analítica es que, liberada de su lastre habitual, la palabra permita que surja otra realidad, otra atadura a la que está sometida: aquélla del proceso primario, del deseo inconsciente. Libertad obligada, en cierto modo. El análisis incita a que la palabra se vuelva complaciente (entgegenkommend) respecto al proceso inconsciente, como el cuerpo viene al encuentro del deseo en el síntoma histérico. En la angustia excitante del riesgo de lograrlo por completo.

Estas consideraciones tienden a señalar la articulación esencial entre palabra y transferencia. Es imposible que la exigencia analítica se realice plenamente pues lleva en su principio mismo la fuente de movimientos inconciliables, conflictuales. Lo paradójico es que la dinámica del proceso analítico se vincula a esa imposibilidad. Al menos es lo que la regla fundamental espera provocar: que mediante la invitación seductora a decirlo todo, la palabra se abra a lo desconocido que surge  sin previo aviso; que sacudida por esa puesta a prueba de su voluntad de significación, se movilice, se ponga en movimiento; que excedida por lo que libera, impulsada por lo que la desborda, dirigida al destinatario indeterminado, la palabra fluya en función de lo que ocurre. Como señala J.B. Pontalis, en psicoanálisis el lenguaje está desligado de toda función, hasta el punto que ya no se sabe lo que significa hablar: «Está transportado fuera de sí, es transferencia» (7).

La palabra como transporte, como transferencia, como “puente verbal” según la expresión freudiana: así, en análisis el lenguaje sirve para pasar incesantemente a otra cosa que sí mismo. Por lo tanto, decirlo todo no apunta a restituir la plenitud de la palabra en su función de expresión. Lo que se busca no es que las palabras “expresen”,  ni que el pasado infantil se refleje en el espejo de las palabras liberadas de obstáculos comunicacionales, sino que el inconsciente sexual se apropie incidentalmente  de lo que viene al pensamiento y, más fundamentalmente, que se apropie de la palabra misma para convertirla en el resorte, en el motor del movimiento y  la apertura.

La conveniente acotación sobre la función de transporte de la palabra en análisis apunta a contrabalancear el acento que los hermeneutas ponen exclusivamente en la función de simbolización del lenguaje, dispuestos a hacer de la talking cure una story telling cure. El levantamiento de la represión, en tanto meta analítica, puede entenderse como una mejor integración en la vida psíquica de los elementos excluidos y atrapados en un funcionamiento en circuito cerrado; como una construcción, una reagrupación de elementos psíquicos más vasta, más abierta, más flexible. Una simbolización menos rígida, menos repetitiva o apremiante, que permita a la actividad psíquica una mayor libertad de movimiento y una mayor orientación a la apertura significante. Esta meta implica la toma en consideración de dos datos de la experiencia analítica que están esencialmente ligados. Por un lado, el doble cierre del psiquismo: el del inconsciente –la otra cosa en nosotros no es comunicación sino empuje de coacción (Zwang)- y el del sistema narcisista, es decir, el yo y sus construcciones. Y, por otro lado, la relación dialéctica entre lo reprimido inconsciente –el motor inmóvil-  y el camino del yo al sentido, a la “bella totalidad” significante. Dicho de otro modo, una mejor construcción psíquica solo puede alcanzarse al precio del trabajo de de-construcción que es precisamente el análisis. Una mejor ligazón no puede lograrse sin un trabajo de des-ligazón, que utiliza el antagonismo dialéctico entre esos dos sistemas psíquicos: el “cuerpo extraño interno” y el trabajo de puesta en sentido. Lo que los hermeneutas desconocen o esconden bajo el debate-pantalla en torno a la oposición entre construcción y reconstrucción, o entre comprensión y explicación, es esta dinámica psíquica en lo que tiene de fundadora y también de problemática para el proceso analítico.

Es necesario constatar que el olvido del método está dictado por otro olvido: el de la singularidad de su objeto -la alteridad del inconsciente- cuya valencia traumática el psicoanálisis intenta moderar poniéndola al servicio de una reorientación del proceso de simbolización  rígido y repetitivo. Lejos de indicar un simple malentendido técnico, este olvido equivale a la represión de lo sustancial de la invención freudiana. Para convencerse de ello basta con observar dos efectos importantes de la hermeneutización. Uno concierne a la reintroducción masiva de teorías en forma de esquemas narrativos, que inevitablemente trae consigo la reducción del psicoanálisis a un conjunto de códigos de interpretación. Al pretender fundarse en una comprensión compartida del sentido de los fenómenos psíquicos, la hermenéutica en psicoanálisis implica la apelación a lo que puede llamarse una «comunidad de sentido» extrapolada del campo cultural. Así como la metapsicología es radicalmente rechazada so pretexto de su naturaleza inútilmente abstracta, toda teoría coronada con la bendición del campo mito-simbólico se impone en el corazón de la cura a título de pre-comprensión directriz e infranqueable, a título de «signos mediadores». Cogerse de lo que pasa por ser el denominador común del proceso de comprensión y de la práctica interpretativa exime al enfoque hermenéutico de responder una cuestión que, sin embargo, es esencial: ¿a qué  se intenta otorgar sentido a través de esos «signos mediadores»? En el fondo, más que  eludida, la cuestión se ve diluida –reprimida- en la oposición realidad histórica/ sentido subjetivo, como si el objeto del proceso de simbolización pudiera reducirse a lo acontencial bruto o a lo imaginario puramente subjetivo. Ahora bien, lo que resulta cuestionable de esta intrusión de teorías en la cura analítica es constatar que se trata de una posición que se ajusta al propio movimiento de represión. En el momento en que se introducen las teorías, el inconsciente ya no puede surgir, así como las «construcciones» simbolizantes –a imagen de las teorías sexuales infantiles forjadas como respuesta a enigmas sexuales- apuntan siempre a tapar la brecha del retorno de lo reprimido, dándole forma y sentido. Es en ese sentido que conviene entender la insistencia freudiana en la necesaria distancia entre método/práctica y teoría. La prioridad otorgada al método responde a la exigencia de desligazón, y no a requisitos científicos.

La segunda consecuencia del giro hermenéutico atañe a lo que caracteriza a la relación analítica: la asimetría instituida y favorecida por el uso des-concertante de la palabra y por la escucha de-centrada y des-ligante de la comprensión, a la vez tan solicitada. Se espera que esta singular situación  de comunicación inter-humana actúe como una provocación de la reactivación de la dinámica intra-psíquica en el paciente. Pondré un ejemplo, cuya fuente es extra-muros, de esta lucha viva.  La historia ocurre en Alger, en la época del Frente popular. Quienes se manifestaban no siempre comprendían bien el sentido de sus manifestaciones. Los iletrados, a quienes se había dado la consigna de gritar: «Les Soviets partout» [«Los Soviets en todas partes»], gritaban: «Des souliers pour tous» [«Zapatos para todos»]. Así como el oído militante, que debe su fuerza movilizadora del movimiento a su capacidad de prestar atención a cómo comprende, uno de los signos de la vitalidad indispensable del mejor enemigo del análisis es la manera en que el yo integra las llamadas reglas fundamentales. Mediante la exigencia de decirlo todo se espera que surja lo desconocido, de preferencia inadvertidamente. De ahí las diversas formas en que la exigencia analítica es (mal) entendida. Se podría hacer desfilar a las diferentes percepciones de esta exigencia en un inventario a la Prévert: inconveniente: «desnúdate», policial: «túmbate», religiosa: «Mea culpa», judicial: «decir la verdad y sólo la verdad», bélica: « ¡ríndete!», lógica:« ¡qué absurda demanda!», reivindicativa hasta la megalomanía: «tomar la palabra como se toma el poder», melancólica: «suelta las amarras y naufraga» y hasta abiertamente persecutoria: «hurgar en tus tripas».

Esta polisemia de la recepción de la prescripción analítica no solo muestra la dificultad del paciente para captar su sentido y admitir su principio sino que, sobre todo, es reveladora de la polimorfia del deseo así movilizado, indicando al mismo tiempo los recursos con los que cuenta el yo para responder a la fuerza de conmoción de esa invitación efractante: tan pronto como es seducido, traduce. Es posible que la propia expresión consagrada de talking cure  (que goza de una posteridad negada a otra expresión que también debemos a Anna O, chimney sweeping) lleve la marca de esta dinámica (traumatismo moderado/ renovación de la atribución de sentido): ante la propuesta que se le hace de dejar hablar a sus recuerdos y fantasmas, la joven histérica solo puede entregarse a ella tranquilizando a los dos protagonistas reunidos en esa escena analítica avant la lettre. Puede abrir la puerta de su «teatro privado» y dejar ver sus escenas íntimas; después de todo, lo que hacen ¿no es solo hablar? Se sabe cuál fue el resultado de esa ilusión de la palabra inocentemente exploradora: fecundadora y comadrona de un fantasma de embarazo que, puesto en acto en la relación con quien estaba persuadido de no hacer más que escuchar/mirar, terminó por provocar una IVT (interrupción voluntaria de la talking cure). El poder fundador de la regla fundamental reside en esa posibilidad conjunta de provocar lo sexual infantil inconsciente hasta la reviviscencia alucinatoria y de movilizar,  en el aquí y ahora, sus diferentes modos de tratamiento, entre ellos sus «estrategias narrativas».

Así, la extraña libertad de la palabra en psicoanálisis es fuente de una inquietante extrañeza (das Unheimliche) encarnada en, o al menos en resonancia con, la alteridad interna de la psique. Se trata, en suma, de una asimetría que apunta a la desligazón, que se pone al servicio del análisis. Es precisamente lo que oculta el enfoque hermenéutico al reducir la relación analítica al vínculo intersubjetivo fundado en la construcción conjunta de sentido. En ese caso el analista no es tanto el otro, el extraño que in-quieta y de-construye, sino otro sí-mismo que aclara y comprende. Entonces el encuentro analítico estaría llamado a producirse bajo el amparo de la alianza antes que bajo el signo de la asimetría. Un diálogo entre dos personas que ha dejado de lado la cuestión del otro, de la dirección transferencial. En el fondo se trataría de una cura sin transferencia, limitada a aportar el sentido necesario para la fundación convincente de una historia en detrimento de la apuesta fundadora del psicoanálisis, aquélla del malentendido fundamental.

Para concluir, plantearé dos cuestiones que tal vez no constituyen más que una: la primera trata de la necesaria distinción de niveles de la teorización, tal como Laplanche la puso en evidencia, y la segunda, de los modos de transmisión de los «pensamientos mito-simbólicos». Según el modelo traductivo que propone Laplanche, los «mensajes comprometidos»  del mundo adulto provocan en el pequeño un movimiento que tiende a aportar sentido y respuesta: los primeros «a traducir». El niño intenta ordenar el flujo de esos significantes excitantes y traumáticos mediante el «lenguaje»  que tiene a su disposición. Ese intento de traducción originaria instaura el proceso auto-teorizante: desemboca en ideologías, en «teorías» constitutivas del yo; sin embargo, al mismo tiempo deja necesariamente residuos no traducidos  que forman el núcleo del inconsciente. Esos restos de «significantes a»,  convertidos así en «significantes designificados» o, para retomar el término freudiano, en «representaciones-cosas», actúan como el verdadero motor inmóvil del proceso traductivo. Pero el mundo adulto no es solamente agente de transmisión de mensajes traumáticos sino también fuente de lo esencial de los modos de ligazón, comenzando por lo que sostiene la construcción de bases narcisistas: la investidura libidinal parental que permite la constitución del yo a su imagen como una totalidad o Gestalt. Así, apoyándose en  modos de ligazón aportados por el mundo cultural y en códigos más o menos elementales, el niño intenta ligar la excitación pulsional provocada por esos significantes implantados por el adulto (8). Laplanche sitúa a los grandes complejos del lado de esos intentos de traducción, especialmente al complejo de Edipo y las «teorías sexuales infantiles», cuya poderosa presencia en la vida psíquica ha podido ser explicitada por el psicoanálisis. Pero me pregunto si al insistir en la función «teorizante» y traductiva de esas construcciones no corremos el riesgo de pasar por alto su lado «sexual». Porque lo que ese calificativo designa no es solo aquello sobre lo que tratan esas teorías sino también lo que las transporta, el movimiento pulsional; las «teorías sexuales infantiles» son de naturaleza anfibia: a la vez una puesta en forma y una satisfacción pulsional que pasa inadvertida. De modo que se trata de un compromiso, aun cuando cada una de las partes de esas dos exigencias es variable y puede prevalecer una sobre la otra. Sin embargo, en la cura es difícil que la resistencia opuesta  por un «mito individual»  al trabajo de desligazón se reduzca simplemente a la defensa del yo. Sobre todo porque en ciertos casos, en función de sus modalidades de transmisión vía la relación adulto-niño, tal o cual «teoría» se muestra cargada de una excitación pulsional particularmente fuerte, como ocurre con el complejo de castración, cuya parte «angustia» puede llegar a exceder a la parte «teoría».

A la inversa, también podemos preguntarnos si la teoría psicoanalítica -en el sentido de un modelo distinto al de los pensamientos mito-simbólicos y susceptible de situar a las «teorías sexuales infantiles» dando cuenta de su función- está totalmente exenta de un uso indebido y contrario a la meta analítica. Por ejemplo, ¿a qué ecos procedentes del diván o del sillón podría volverme sorda la «teoría de la seducción generalizada», tan apreciada y fundamental en mi práctica de analista? Sobre todo porque si considero al pensamiento de Laplanche como un pensamiento vivo, es decir, siempre susceptible de continuar trabajándose, es debido a los necesarios interrogantes que suscita la lectura de su obra y al placer que aporta retomarlos.

 

Notas

* «Interprétation, autrement dit? Enjeux de la question herméneutique en psychanalyse», Christophe Dejours & Felipe Votadoro (dir.) La séduction à l’origine. L’œuvre de Jean Laplanche, PUF, 2016. Traducción: Deborah Golergant

(1) Artículo publicado en su libro Entre seducción e inspiración. El hombre, Amorrortu, 2001. N. de T.

(2) «Lo originario es algo que trasciende el tiempo pero que, a la vez, permanece ligado al tiempo». J. Laplanche, Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Amorrortu, 1989, p. 66.

(3) W. Dilthey, citado por J. Habermas, «L’autoréflexion des sciences morales: la critique historiste du sens», en Connaissance et intérêt, Paris, Gallimard, 1976, p. 199.

(4) Véase M-K Yi, Herméneutique  et psychanalyse. Si proches… si étrangères, Paris, PUF, coll. «Voix nouvelles en psychanalyse», 2000, p. 90-99.

(5) Sigmund Freud/Ludwig Binswanger, Correspondance (1908-1938), Paris. Calmann-Lévy, 1995, carta 148F.

(6) S. Freud «Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico» (1912), O.C. v. XII Buenos Aires, Amorrortu, p. 151.

(7) J.B. Pontalis, «La saison de la psychanalyse», in Ce temps qui ne passe pas, Paris, Gallimard, 1997, p. 28.

(8) J. Laplanche, «La psychanalyse: histoire ou archéologie?», in La révolution copernicienne inachevée, Paris, Aubier, 1992, p. 203 ; J. Laplanche, «La psychanalyse: mythes et théorie», in Entre séduction et inspiration: l’homme, Paris, PUF,coll. «Quadrige», 1999, p. 263-292.

 

Apres-coup

Deja tu comentario