Madrid, 19 del 06 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Género y teoría sexual*
Christophe Dejours

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Introducción

El interés de Jean Laplanche por la cuestión del género es antiguo. En 1973 la evoca por primera vez  en  sus Problemáticas, a propósito de su análisis sobre el origen de la angustia. Ahí hace una crítica de la prioridad otorgada por un gran número de teóricos a la angustia de castración. Según éstos últimos, la angustia de castración sería la fuente fundamental a la que podrían remitirse todas las angustias psico-neuróticas. Por el contrario, Laplanche muestra que la angustia de castración es secundaria y se inscribe en un movimiento que consiste precisamente en limitar la angustia, gracias a una ligazón en un escenario que toma la forma de «complejo de castración». El complejo de castración sería una manera particular que  el niño tiene de ligar la angustia provocada por la percepción de la diferencia de sexos. Pero esta construcción de la angustia de castración es tardía, pues la diferencia de sexos no se reconoce hasta una etapa relativamente avanzada del desarrollo del niño.

Ahora bien, mucho antes de este reconocimiento, el niño ya tiene un conocimiento de la diferencia  masculino-femenino. Incluso ya tiene, al respecto, una «teoría sexual infantil», para retomar la terminología freudiana. Una teoría que, precisamente, no otorga lugar alguno a la castración. «En una etapa pre-castrativa, escribe Laplanche, hay un reconocimiento de una distinción de géneros que precede a la diferencia de los sexos»[2]. Más adelante cita a Freud: « La primera de estas teorías [sexuales infantiles] se anuda al descuido de las diferencias entre los sexos, que al comienzo de estas consideraciones destacamos como característico del niño. Ella consiste en atribuir a todos los seres humanos, aun a las mujeres, un pene como el que el varoncito conoce en su cuerpo propio». Y Laplanche precisa: « Los dos géneros (denominémoslos así y no todavía «sexos») son admitidos, pero su distinción no pasa por la diferencia sexuada»[3].

 

Para introducir el género…

Así, la problemática de la diferencia entre sexo y género ya está claramente situada por Laplanche. La retoma casi treinta años más tarde (el artículo «El género, el sexo, lo sexual» se publicó por primera vez en 2003), en una época en la que los gender studies casi no se conocen en Francia. Coincidiendo con muchas publicaciones feministas, Laplanche rechaza el esencialismo y el binarismo macho/hembra, masculino/femenino. En efecto, se puede pensar en un número mucho mayor de géneros, como ocurre en el caso de numerosas lenguas en todo el mundo, donde los géneros varían entre dos y veinte. La referencia a la lingüística es importante porque muestra que la atribución de géneros es diferente en cada lengua. De modo que la atribución del género es arbitraria y dependiente del contexto cultural y lingüístico. Es por eso que Laplanche admite, como los teóricos de los gender studies,  que el género procede de una construcción social y que es necesario distinguirlo de la diferencia de sexos que, por su parte, se refiere a la anatomía. Señalemos que la oposición binaria de los sexos: macho-hembra, considerada incuestionable, está siendo a su vez cuestionada en debates contemporáneos que Laplanche no llegó a conocer. Ciertas publicaciones abogan por el reconocimiento de cinco sexos[4]. De forma bastante excepcional, se ve admitida la posibilidad social de formas intermedias, como los berdaches en los amerindios, o los rêrê en Tahití. ¿Se trata entonces de un tercer género, como lo sostienen ciertos autores comentados por Rommel Mendès-Leite[5]? Aquí tenemos un punto de discusión.

Si el género es ante todo una construcción social, jurídica y lingüística, Laplanche comenzará por entablar el debate con los teóricos de la sociedad. El camino que lo lleva a introducir el género en la teoría sexual  en realidad corresponde a su propio punto de vista crítico respecto a los gender studies, en la perspectiva precisa de una argumentación centrada en la antropología. Para Laplanche el psicoanálisis  no es solamente una práctica sino también una teoría del ser humano, una antropología psicoanalítica que conviene hacer debatir con otras antropologías: sociológica, feminista, filosófica; un debate que constituye el principio que sustenta su defensa del psicoanálisis en la universidad. La cuestión que plantea es, pues, la siguiente: si la identidad de género es una construcción social, ¿cómo es que se transmite de generación en generación de forma binaria, con tanta regularidad a través de la historia de las civilizaciones? ¿Y por qué en ciertos casos, ciertamente excepcionales,  da lugar a anomalías conocidas con el nombre de intersexualidad, de transgénero o  transexualidad? En efecto, el género no es solamente un conocimiento intelectual. También, y sobre todo, se concretiza como un sentimiento, una vivencia, una convicción o una evidencia para la mayoría de seres humanos, por lo que cada individuo se experimenta necesariamente como perteneciendo a uno de los dos géneros, masculino o femenino. Pero si el género es una construcción social, ¿cómo puede convertirse en una identidad?

Para formularlo en otros términos: ¿cómo una construcción social puede llegar a instalarse en la «vida anímica», inscribiéndose en ella por un lado como característica fundamental e irreversible de la identidad y, por otro lado, como fuerza , como empuje interno capaz de organizar la orientación sexual de una vida entera? O para decirlo de manera más concisa: si el género no resulta del sexo biológico sino de una construcción social, ¿cómo llegamos a sentirnos o a creernos indiscutiblemente del género masculino o del género femenino?

Una cuestión anexa, pero de considerable importancia para Laplanche, es la siguiente: si el número de géneros posible es ampliamente superior a dos (por ejemplo, en francés existen tres), ¿por qué, socialmente e históricamente, los seres humanos se perciben siempre como divididos únicamente en dos géneros: masculino o femenino? Según la antropología social y la mayor parte de los teóricos, el sexo «anatomo-biológico» es anterior al género «social». Y la identidad de género, secundaria,  resultaría de un condicionamiento  o de una interiorización de la coacción social que obliga a cada individuo a hacer corresponder su habitus a su sexo anatomo-biológico.

Pero lo que muestra Freud, por el contrario, es que el género es reconocido antes que el sexo. Laplanche retoma, pues, la vía abierta por Freud, oponiendo a la teoría social lo que en su opinión constituye la tesis fundamental según la cual la transmisión social pasa por un eslabón intermedio irreductible: la relación adulto-niño, que teorizó con el nombre de situación antropológica fundamental (SAF). Todo lo que llega al niño procedente del mundo social pasa primero por mensajes dirigidos por el adulto[6] al niño. Ahora bien, los mensajes de género comienzan desde el nacimiento: asignación de un nombre, partida de nacimiento, ropa de bebé, juguetes, colores, etc.

Cantidad de mensajes que conservan su poder de excitación o de captura sobre el niño por su contaminación por los fantasmas sexuales del adulto. Mensajes enigmáticos que exigen del niño, en contrapartida, una traducción.

Sin duda lo más importante es que, en la comunicación adulto- infante, el adulto implanta en el infante contenidos sexuales que él mismo ignora, por el hecho de que, precisamente, proceden de su inconsciente. Cuando un adulto le comunica a un infante que es una niña, ¿sabe al menos lo que le transmite? ¿Qué significa: «eres una niña», «te convertirás en mujer, hija mía», «¡pero si ya tienes actitudes femeninas, mi amor!»? ¿Qué es ser una niña, ser una mujer, ser femenina? Estas declaraciones del adulto están cubiertas de todo tipo de ambigüedades -de placer y de ambivalencia, de aversión, de duda o de angustia-, todas de origen fantasmático, afectadas por el sello del inconsciente sexual del adulto. La carga inconsciente, masivamente investida por el adulto en esos mensajes, les confiere una textura mixta: el género transmitido no solo tiene una textura socio-histórica, pues su trama está contaminada por contenidos sexuales inconscientes que tienen un poder de excitación-seducción sobre el niño. La traducción que el niño hace de ellos se organiza en las teorías sexuales infantiles. Lo que queda sin ser traducido se sedimenta en forma del inconsciente sexual. Desde entonces, el género existe bajo dos modalidades en la vida anímica: en el sistema preconsciente-consciente, en forma de teorías sexuales infantiles, y en el sistema inconsciente, en forma de mociones pulsionales.

Pero la traducción que hace el niño depende fundamentalmente de su propia disposición y capacidad. Lo que  entiende acerca del género y lo que experimenta como su propia identidad de género  es impredecible. Entre el mensaje y la traducción aparece una infinidad de posibles divergencias. En ciertos casos la distancia es tal que,  en definitiva,  el niño se siente del género opuesto al que le fue transmitido formalmente en los mensajes de género que recibió del adulto. En lo que respecta a la clínica, nos remitiremos al libro de Marie Édith Cypris, Mémoires d’une transsexuelle ou la belle au moi-dormant[7] [Memorias de un transexual o la bella durmiente en ], donde el transexualismo encuentra, con la teoría de la seducción generalizada, una explicación que Laplanche opondrá a la de Stoller, cuyas debilidades, contradicciones y aporías critica de forma sistemática. Dicho esto, sabemos que en los transexuales también encontramos la oposición masculino/femenino, es decir, un modo de reducción binaria que sigue siendo un problema. A pesar de la infinidad de traducciones que puede hacer el niño de los mensajes de género, la pareja masculino-femenino perdura. ¿Por qué?

Responder a esta pregunta, que por lo demás también obsesiona a la teoría social, supone apelar a otro elemento de la teoría de la seducción generalizada, a saber, el código. Hace ya mucho tiempo que Laplanche habló del «código» de traducción del que se sirve el niño. Haciendo referencia a Jakobson,  intentó identificar la naturaleza de ese código no sin múltiples reveses. A partir de 2003 adopta  la idea de «ayuda a la traducción», propuesta por Francis Martens: «Confrontado a mensajes comprometidos por el inconsciente del adulto –por lo tanto a mensajes enigmáticos, intraducibles mediante los simples códigos relacionales que tiene a su disposición (códigos «autoconservativos»)-, el infans debe echar mano de nuevos códigos. Pero no los inventa de la nada. Gracias a su ambiente cultural general (y no sólo familiar), desde muy pronto tiene a su alcance códigos, esquemas narrativos preformados. Se podría hablar de una verdadera «ayuda a la traducción» propuesta por la cultura ambiente»[8].

Esta «ayuda» puede tomar toda clase de formas, no solamente la del relato o la del cuento de hadas sino también la de la violencia social. Josiane Roiland escribe: «Michel Foucault cuenta el caso de Antide Collas, denunciada como hermafrodita en Dôle, 1599. Los médicos la examinaron para concluir que si poseía dos sexos, ello solo podía deberse a que había tenido “un comercio infame con los demonios”: esas relaciones con Satán habrían añadido a su sexo primitivo un segundo sexo. Al ser interrogada, terminó confesando sus relaciones con Satán; fue quemada y sus cenizas se lanzaron al viento »[9].

En ese texto sobre las «Tres acepciones de la palabra “inconsciente”», Laplanche también escribe: «Es aquí donde interviene  lo que llamaremos  el universo de lo «mito-simbólico», que incluye tanto a aquellos códigos  (clásicos) del «complejo de Edipo», la «muerte del padre» o el «complejo de castración», como esquemas narrativos más modernos, en parte emparentados a los precedentes pero en parte novedosos»[10]. Más adelante precisa: « En contra de la opinión tan generalmente admitida, que es también la de Freud cuando ve en la relación edípica el «núcleo» mismo del inconsciente, debemos situar esas estructuras no del lado de lo reprimido sino del lado de lo represor;  no del lado de lo sexual primario sino de lo que viene a ponerlo en orden y finalmente a desexualizarlo, en nombre de leyes de alianza, de procreación, etc.»[11].

En su texto sobre el género, Laplanche escribe: «La diferencia anatómica perceptiva, ¿es un lenguaje, un código? Seguramente no un código completo pero sí al menos lo que estructura un código, y un código de los más rígidos, estructurado precisamente por la ley del tercero excluido, por la presencia/ausencia. Es más bien el esqueleto de un código, pero de un código lógico; lo que hace ya tiempo designé como «lógica fálica». Lógica de la presencia/ausencia, del cero y el uno»[12].

Así, es por medio de la traducción que el binarismo instala su marca en el género, haciendo perdurar en él la oposición entre dos categorías- masculino/femenino – en detrimento de todas las otras posibles variantes  del género. Es por eso que Laplanche insiste, para terminar, en esta importante conclusión: mientras que para la mayoría de teóricos sociales el sexo precede al género y el género interpreta culturalmente al sexo, el psicoanálisis muestra con Freud, al contrario, que en el niño el género precede al sexo. Y el sexo, la diferencia entre los sexos percibida más tardíamente por el niño, sirve de punto de apoyo a una teorización sexual infantil que viene a ordenar, y en cierta medida a desexualizar, la carga erótica que acompaña al enigma del género, utilizando la oposición binaria fálico/castrado. De modo que es el sexo lo que organiza el género y no el género lo que organiza el sexo. Así, la regularidad de la reproducción social de las relaciones de género no puede explicarse solo desde la teoría social. Entre la sociedad y su reproducción, es necesario considerar a la relación adulto-niño y a la teoría de la sexualidad. Como escribe Laplanche: «no es la sociedad la que asigna»[13] (se entiende: son los adultos con quienes el niño se relaciona, que es algo muy distinto a la sociedad concebida como una entidad).

Asignación

El término es, pues, pronunciado: «asignación». Un término utilizado por   Stoller, quien a su vez lo toma de trabajos anteriores de pediatras, endocrinólogos y psicólogos que se ocupaban de niños portadores de ambigüedades sexuales anatómicas, endocrinas y genéticas, a quienes  había que asignar una identidad masculina o femenina  incluso al precio de tratamientos endocrinos y quirúrgicos. El concepto de asignación en Laplanche abarca el conjunto de los mensajes recibidos por el niño sobre su identidad de género, mensajes transmitidos por los adultos y, en un sentido más general, por el socius. Desde el punto de vista metapsicológico, la introducción del concepto de asignación conduce a Laplanche a la problemática de la identificación. La identidad de género no tendría su origen en una identificación al adulto. La asignación propone un viraje teórico que «cambia completamente el vector de la identificación»[14]. «Simplemente planteo esta cuestión –escribe- ¿No sería, más que una «identificación a», una «identificación por»? En otros términos, yo diría: «identificación primitiva por el socius de la prehistoria personal» [y no “identificación primitiva al padre de la prehistoria personal”, noción bastante enigmática utilizada por Freud y de la cual Laplanche hizo la exégesis crítica]»[15].

Más allá de esta observación metapsicológica, Laplanche propone la siguiente definición de asignación, que también es una forma de recapitulación de su recorrido: « La asignación es un conjunto complejo de actos que incluye el lenguaje y los comportamientos significativos del entorno. Podríamos hablar de una asignación continua o de una verdadera prescripción, en el sentido en que hablamos de mensajes llamados «prescriptivos»; del orden del mensaje, entonces, incluso del bombardeo de mensajes »[16].

¡Sea! Pero esta definición deja en suspenso un cierto número de cuestiones, ligadas a dimensiones de género que Laplanche no consideró. Esas cuestiones conciernen tanto al concepto de género como al de asignación. Los feminist and gender studies insisten esencialmente en el hecho de que el género no consiste solamente en una división binaria masulino/femenino, sino también, y sobre todo, en el establecimiento de una relación de desigualdad entre lo masculino y lo femenino, de tal suerte que entre ambos se establece una relación que es siempre la de una dominación de los hombres sobre las mujeres. ¿El psicoanálisis tiene algo que decir sobre la prescripción de las posiciones respectivas de los hombres y las mujeres en las relaciones de dominación/servidumbre y sobre su permanencia a través de los tiempos y de las culturas en todo el mundo? Las investigaciones de las feministas francesas insisten, más que las de las anglosajonas, en el lugar que ocupa el trabajo en la definición del género[17]. No me detendré en ellas; las menciono porque ha llegado a Francia una nueva ola de investigaciones procedentes, una vez más, de teóricas anglosajonas que Laplanche no llegó a conocer, a saber, las teorías del care. Esas investigaciones sociológicas y filosóficas, que tienen repercusiones importantes en la teorización del género y del trabajo, podrían ser de interés para el psicoanálisis y la teoría sexual en la medida en que pueden llevar a modificaciones sustanciales en la noción de asignación. Si, como admite Laplanche, el género es en efecto una construcción social, habría que examinar las congruencias y distancias entre las definiciones de género en psicoanálisis  y en otros campos.

La otra cuestión se refiere al concepto de asignación. ¿Cuál es su campo de aplicación? Sabemos que comienza en el nacimiento con la atribución de un nombre y un género, pero ¿dónde se detiene? Si la asignación es hecha por el socius, y  no solo por el adulto, ¿qué extensión se le debe otorgar y cómo integrarla en la concepción de la situación antropológica fundamental? La asignación, la «identificación por», ¿concierne únicamente al género, o también se  debe dar su lugar a la asignación de otras dimensiones? Por ejemplo, al lado del género, ¿se debe dar un lugar a la raza? Valérie Ganem retoma el concepto laplanchiano para dar cuenta de la asignación del color de la piel por el socius familiar en Guadalupe[18]. Es raro que todos los miembros de una fratría tengan el mismo color de piel. Algunos son muy negros, otros son «marrones» y otros más blancos. Y, dentro de una misma familia, no son criados de la misma manera en ningún registro: ropa, juegos, repartición de tareas domésticas, violencia y malos tratos. Una niña marrón y una niña negra, en una misma fratría, no reciben los mismos mensajes de asignación. ¿Debemos ver ahí una extensión de la multiplicidad del género?

No soy capaz de responder a todas estas preguntas, pero ciertamente merecen investigaciones clínicas y teóricas. Uno puede hacerse una idea bastante buena de las cuestiones clínicas apoyándose en un libro de Lionel Shriver, We need to talk about Kevin, publicado en 2003. La novela, seguida de un film de Lynn Ramsay inspirado en ella -que apareció en 2011 y contó con la actuación de Tilda Swinton en el papel principal-, tuvo una repercusión bastante importante en el público. Pero también desencadenó acalorados debates entre teóricos de la sociología, la antropología,  la filosofía y los estudios literarios. Se trata de las dificultades que vive una madre con su hijo Kevin desde su nacimiento hasta la edad de 16 años. La historia termina cuando el chico asesina a nueve alumnos de su colegio, a su padre y a su hermana. El libro adopta la forma de una auto-etnografía y  una confesión de la madre, que permite pensar los vínculos entre trabajo y mothering;  y el mothering como trabajo indisociable del trabajo profesional. En un artículo titulado «Reconceptualizing Maternal Work»[19], Jane Messer examina el mothering o maternal work. «Ocuparse de un niño y criarlo es algo dinámico e impredecible. Exige que la madre movilice su inteligencia y su empatía para predecir, desviar, alentar o resolver los problemas y  desafíos del niño». Citando a Sara Ruddick, autora de una tesis sobre el «pensar maternal»[20], escribe: «los actos maternales son actos complicados que seres sociales realizan sobre seres biológicos cuya existencia es inseparable de las interpretaciones sociales»[21]. Pero, añade, «identificar una virtud no es poseerla, y el mothering puede incluir fracasos cotidianos en el logro de los ideales o las metas de preservación, de crecimiento y de ajuste social». Jane Messer insiste muy particularmente en las distancias entre los sentimientos que una madre desearía experimentar en el curso del trabajo maternal, los que debería experimentar y los que intenta experimentar. La madre de Kevin se siente contra-natura porque mientras desempeña sus tareas no consigue acceder a las emociones asignadas socialmente como las correspondientes a esas tareas, emociones que crean significados y están ligadas a la auto-realización. La madre escribe en una carta: «Sólo te pido que entiendas lo mucho que he intentado ser una buena madre. Pero tratar de ser una buena madre y serlo pueden distar tanto como tratar de pasar un buen momento y disfrutarlo verdaderamente».

«Desde que Eva decide tener un hijo,  es consciente de que su rol de madre es el de civilizar y socializar al niño para que se convierta en un ciudadano útil y digno, inculcándole los valores sociales y culturales apropiados. Los cuidados maternos incluyen la socialización del niño, su inserción en la sociedad y en la comunidad. […] We need to talk about Kevin revela las infinitas fracturas entre lo que es y lo que debería ser el trabajo del cuidado maternal ».

En esta clínica «extramuros» aparece claramente que la asignación del género femenino no solo concierne al binarismo de las costumbres, la vestimenta, el peinado y los signos exteriores de la feminidad transmitidos al infante, sino ciertamente también a las prescripciones, para acceder a la feminidad, relativas a la maternidad o al trabajo maternal, e incluso a los sentimientos que conviene experimentar con un hijo cuando una se convierte en madre.

Esos mensajes de asignación relativos a las actitudes maternales a menudo son pronunciados muy precozmente, por ejemplo con los juegos de muñecas para niñas. Pero, ¿la asignación llega a detenerse algún día? La teoría de la seducción generalizada  se refiere ante todo a la represión primaria en el infans. Pero el proceso continúa a través de las innumerables transferencias que movilizan la represión secundaria.

Así, Teresa de Lauretis[22]  escribe: «Siguiendo a Laplanche, que reformula al otro como sede de mensajes enigmáticos que el trabajo de análisis permite detraducir y retraducir, podemos representarnos la subjetividad como un trabajo de auto-análisis, un proceso continuo de traducción,  detraducción y  retraducción, no solo de los significantes enigmáticos siempre presentes en el inconsciente individual, sino también de los mensajes enigmáticos que nos interpelan desde el lugar de la cultura ». Luego cita a Laplanche: «Puede ser, sugiere Laplanche, que antes del análisis, por fuera del análisis, después del análisis, el lugar principal de la transferencia, la transferencia “ordinaria”,  se deba situar en la relación multipolar con lo cultural, con los “mensajes intrusivos, incitadores y sexuales” que no dejan de invadir al hombre mientras vive, reconduciendo el aspecto traumático del enigma infantil y alimentando la pulsión a traducir»[23].

Estas indicaciones, sobre las dudas de Eva –madre de Kevin- respecto a su feminidad cuando ésta pasa por la prueba del mothering  y  sobre las etapas posteriores de traducción de la asignación de género que continúan por «la relación multipolar con lo cultural», de las que habla T. de Lauretis, solo se evocan, aquí, para esbozar nuevas vías que se abren a la investigación psicoanalítica después de la introducción del género en la teoría sexual por Laplanche. La extensión del campo de los mensajes de asignación parece bastante amplia. ¿Dónde comienza y dónde termina? Responder a esta pregunta es complicado. Además, la extensión del campo constituido por el género tampoco es fácil de determinar, pero parece evidente que, más allá del binarismo masculino-femenino, el género vehiculiza una serie muy importante de contenidos relativos a la sociedad y a su organización. Continuar el proyecto de Laplanche es captar la importancia del concepto de asignación para la metapsicología. La asignación podría constituir, de algún modo, la vía regia por la cual lo social llega a establecer su residencia en el inconsciente reprimido. Es por eso que la teoría sexual enriquecida con la noción de asignación de género constituye sin duda, por sí sola, una nueva forma de comprender las relaciones entre el  individuo y la sociedad, tal vez más freudiana, a fin de cuentas, que la teoría social construida por Freud.

 

[1] * « Genre et théorie sexuelle », Annuel de l’APF 2015/1 (Annuel 2015), p. 159-170, PUF, 2015. Traducción : Deborah Golergant

[2]  Problemáticas II: Castración.  Simbolizaciones (1980), Amorrortu, 1988, p. 43.

[3]  Ibid., p. 46.

[4] A. Fausto-Sterling, « The Five Sexes, Revisited », Sciences (New York), vol. 40, n°4, 2000, p. 18-23; trad. fr. Les cinq Sexes, Paris, Payot & Rivages, 2013.

[5] R. Mendès-Leite, «Inconstance des sexes et des genres dans les sociétés non occidentales», in Différenciation sexuelle et identités, J.-Y. Tamet [éd.], Paris, In Press, 2012, p. 111-132.

[6] O los adultos, incluso el socius, es decir el medio social próximo al niño: padres, hermanos y hermanas, tíos y tías, cuidadoras…

[7] M. É. Cypris, Mémoires d’une transsexuelle ou la belle au moi-dormant, Paris, Puf, 2012.

[8] « Trois acceptions du mot « inconscient » dans le cadre de la théorie de la séduction généralisée », Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, p. 208. [«Tres acepciones de la palabra inconsciente en el marco de la teoría de la seducción generalizada», en Alter. Revista de psicoanálisis, nº 4, 2009, p. 8].

[9] J. Rolland, « Rédemption ou malédiction ? Destins de l’hermaphrodisme », in différenciation sexuelle et identités, op. cit., p. 77-91.

[10] « Trois acceptions du mot “inconscient” dans le cadre de la théorie de la séduction généralisée », art. cit., p. 209. [«Tres acepciones de la palabra “inconsciente” en el marco de la teoría de la seducción generalizada», art. cit., p.8].

[11] Ibid., p. 212. [p. 10].

[12] «Le genre, le sexe, le sexual», in Sur la théorie de la séduction, Association Libres Cahiers pour la psychanalyse [dir.], Paris, In Press, 2003, p. 85. [« El género, el sexo, lo sexual » (2003), en Alter. Revista de psicoanálisis, nº2, 2006, p.11].

[13] Ibid., p. 81. [p.9].

[14] Ibid.

[15] Véase Problématiques I (1980) [Problemáticas I, Buenos Aires, Amorrortu, 1988, p.317-320].

[16] « El género, el sexo, lo sexual », art. cit., p. 8.

[17] D. Kergoat, Se battre, disent-elles…, Paris, La Dispute, 2012.

[18] V. Ganem, La désobéissance à l’autorité. L’énigme de la Guadeloupe, Paris, Puf, 2012.

[19] J. Messer, « Reconceptualizing Maternal Work: Dejours, Ruddick and Lionel Shriver’s We need to talk about Kevin », Women’s Studies International Forum, n°38, 2013, p. 11-20.

[20]  S. Ruddick, Maternal thinking: towards a politics of peace, London, The Women’s Press, 1990, p. 14.

[21]  « Reconceptualizing Maternal Work… »,  art. cit.

[22] T. de Lauretis, Pulsions freudiennes. Psychanalyse, littérature et cinéma, Paris, Puf, 2010, p. 16.

[23] T. de Lauretis cita a J. Laplanche, Le primat de l’autre en psychanalyse, p. 426-428. [La prioridad del otro en psicoanálisis, p. 176-179].

 

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