Madrid, 19 del 11 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Fin del análisis: ¿fin del conflicto?*
Dominique Scarfone

 

 

En psicoanálisis[1] puede parecer que la noción de conflicto psíquico va de suyo. Los tres puntos de vista –tópico, dinámico y económico- que Freud reunió con el nombre de metapsicología y que están ligados a la primera tópica, se organizan en función de una psique esencialmente en conflicto. Así, para Freud no podría haber comprensión de los síntomas neuróticos sin la subdivisión de la psique en lugares separados, dotados de regímenes libidinales opuestos: libido ligada, por un lado; libre circulación, por otro. El principio de placer lo exige: para dar cuenta de la posibilidad de la represión es necesario que lo que representa displacer en un sistema, represente placer en el otro[2]. El conflicto se fundará en esa escisión. La tópica, la dinámica y la economía psíquicas están, pues, unidas por una solidaridad interna dictada por el principio de placer. Incluso antes de revestir formas elaboradas (como el conflicto edípico), el conflicto se centra en el problema del placer y el displacer y lo que está en juego son sus efectos ligadores o desligadores.

La introducción de la segunda tópica no modificó el punto de vista de Freud respecto a la importancia del conflicto. Por el contrario, desde entonces toda la psicopatología se verá caracterizada por el conflicto entre las instancias psíquicas recién definidas: conflicto yo/ello en las neurosis, yo/superyó en la melancolía, yo/realidad en la psicosis[3]. Sin embargo, esta aparente continuidad en el pensamiento de Freud es discutible cuando se observa desde más cerca la evolución de la teoría subyacente. En efecto, si hasta la «suma» metapsicológica de 1915 se puede asignar claramente al análisis un trabajo de «solución» de los conflictos neuróticos rígidos, la introducción del último dualismo pulsional (pulsiones vida / pulsiones de muerte) modifica considerablemente los factores. Desde entonces el acento se pone en la discordia esencial, en la desligazón obra de la pulsión de muerte. Desligazón que no es simplemente una tendencia simétrica a aquélla de la ligazón. Jean Laplanche ya ha mostrado la asimetría fundamental que existe entre estas dos tendencias. «La desligazón, escribe, tiene varias connotaciones, pero aquélla sobre la que deseo insistir […] es ese elemento de heterogeneidad radical que hace que lo no ligado no solo sea el enemigo de lo ligado, si se puede decir, sino también el enemigo de su propia ligazón con lo ligado»[4]. Entre las dos tendencias, añade, hay algo más que una simple diferencia; hay «una diferencia entre la diferencia y la no-diferencia[5]». Tomando el término de Lyotard,  seguramente podría decirse que ahí encontramos las condiciones de un différend[6],es decir de un disenso radical, un extraño «conflicto» cuyas dos partes no se sitúan en un mismo plano lógico y por lo tanto no pueden enfrentarse verdaderamente por sí mismas. Este carácter refractario, centrífugo de la desligazón, hace que la concepción del conflicto psíquico se torne problemática, pues se diría que la desligazón rechaza mantenerse en el terreno donde podría «enfrentar» a la ligazón. Es por eso que la idea de conflicto está ella misma en… conflicto con esta idea de tendencias disjuntas, que se evitan una a la otra.

Este estado de cosas no debería sorprendernos tanto, pues con el último dualismo pulsional propuesto por Freud en realidad asistimos a un salto, a un cambio de categorías lógicas. Aunque Freud utiliza la palabra «pulsión», añadiéndole «de vida» o «de muerte», en realidad no se trata de pulsiones en el sentido habitual sino de principios universales, de tendencias. De modo que no sorprende que, después de 1920, Freud no sólo no se refiere a la oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte en la descripción de casos clínicos, sino que más bien substituye esa oposición por el conflicto entre las instancias yo-ello-superyo (añadiendo también a la realidad). La ligazón y la desligazón, que corresponden a las dos grandes «pulsiones» de vida y de muerte, son, ellas también, no dos fuerzas en presencia sino «dos principios –tipos de proceso – modos de funcionamiento que actúan en todos los niveles tópicos»[7]. Añadiré que, así como lo observamos a propósito del primer modelo tópico, aquí ligazón y desligazón siguen siendo las apuestas económicas del conflicto. En otras palabras, la cuestión es saber si la estructura psíquica, que implica un mínimo de energía ligada, puede resistir a los efectos desligadores del aflujo pulsional.

Clínica de la indiferencia

La asimetría entre ligazón y desligazón no es en sí misma totalmente nueva en los escritos de Freud. Se la encuentra implícitamente en un texto de 1915, «Pulsiones y destinos de pulsión»[8], donde Freud describe tres series de oposiciones en las que se sitúa el amor: amor a sí mismo (o ser amado) / amor al otro, amor / odio y, finalmente, amor-odio / indiferencia. Se notará que las dos primeras oposiciones son del orden del conflicto en el sentido habitual: hay simetría entre amor a sí mismo y amor al otro, o entre amor y odio. Sin embargo, la oposición entre, por un lado, la pareja amor-odio y, por otro, la indiferencia, es de naturaleza muy distinta. Ahí no hay simetría sino distancia, divergencia, dispersión. En los dos primeros casos existe una relación con el objeto, ya sea positiva o negativa, mientras que, en la tercera oposición, la indiferencia abre hacia la desaparición del objeto. En efecto, la indiferencia es bastante más radical que el odio. Éste último sigue siendo una forma de mantener un vínculo, a veces incluso más duradero que el amor[9], mientras que la indiferencia opone una desmentida a la existencia del objeto. La afrenta más dolorosa a nuestro narcisismo no viene de un enemigo sino de alguien para quien ni siquiera parecemos existir.

En la oposición amor-odio / indiferencia no hay conflicto sino huida, evitación[10]. Esta suerte de «no conflicto» se encuentra sobre todo en la clínica de las psicosis y de las patologías límites graves. El autismo sería su forma más acabada. Más comúnmente, puede decirse que las defensas narcisistas tienen como objetivo principal el de intentar evitar los conflictos intrapsíquicos. En las patologías del narcisismo podemos encontrar que el esfuerzo de ligazón está presente y va incluso más allá de lo necesario; a primera vista no habría, pues, una tendencia a la evitación. Sin embargo, este esfuerzo extremo de ligazón indica la necesidad de controlar significativamente al objeto, de ejercer sobre él un dominio que lo vuelva previsible, que le impida sorprender, excitar. Salvo que, para ello, el yo gravemente narcisista debe operar también, a la inversa del exceso de ligazón, una desmentida y una indiferencia que equivalen al rechazo de todo vínculo con el objeto. Tanto en un caso como en el otro –dominio o indiferencia- el resultado es el mismo: una parálisis psíquica que desata el peligro de abrir la vía del caos; la atadura del objeto exige toda la energía del yo y al mismo tiempo lo inmoviliza. Al momificarse así, el yo termina por dejar el campo libre a lo pulsional y a sus efectos desligadores. «La extrema voluntad de ligazón puede tener como resultado a la desligazón extrema»[11].

Frente a estos extremos, el conflicto psíquico aparece entonces como mal menor, incluso como una conquista, un triunfo sobre el différend, sobre la discordia radical a la que me referí más arriba. Significa que de algún modo la psique logra mantener en presencia, la una de la otra, a las fuerzas de ligazón y desligazón. Lo que ya es una relativa victoria de la ligazón, pues «conflictualizar» ya es contener la tendencia a la desligazón. Esto nos obliga a preguntarnos –teniendo en cuenta la meta que espontáneamente atribuimos al análisis, es decir, la solución (-lyse, lösung) de los conflictos psíquicos – en qué medida esa solución conlleva el riesgo de liberar las tendencias opuestas que, en el conflicto, están atadas entre sí. ¿Haremos entonces el elogio del conflicto patógeno? Creo más bien que es posible situar, entre la rigidez del conflicto patógeno y la desligazón total, lo que yo llamaría la conflictualidad psíquica. Por un lado, esta noción de conflictualidad preserva la idea de que mantener en conflicto ya es ligar. Por otro lado, la idea de conflictualidad registra que no podría haber relación entre lo que de entrada tiende a evitarse sin que esa relación sea ella misma problemática, conflictual. Así, la división y el conflicto son reconocidos como inherentes a la estructuración psíquica, sin representar obligatoriamente estados patológicos.

 ♦

La conflictualidad y sus opuestos

Intentemos caracterizar mejor la conflictualidad con relación a los dos extremos entre los cuales se sitúa. La conflictualidad se distingue del conflicto patógeno porque no tendría la rigidez de éste. Encontramos esa rigidez en las formaciones de compromiso a las que el conflicto habrá dado lugar. (Por lo demás, Freud señala que lo que en definitiva caracteriza la neurosis es la lucha del yo contra los compromisos, es decir, contra los síntomas, y no directamente el conflicto mismo[12]). La rigidez será tanto más necesaria en la medida en que las soluciones de compromiso sean en realidad precarias, frágiles, expuestas en todo momento al riesgo de la evitación entre las tendencias. El yo debe redoblar constantemente las defensas para contener el empuje pulsional desligador que amenaza siempre. Así, podría considerarse el conflicto patógeno y los compromisos a los que conduce como un caso particular de la conflictualidad, un caso particular puesto que también es su fracaso relativo. La compulsión de repetición señala la lucha constante contra esa amenaza, que en definitiva no es más que la amenaza de una disolución psíquica, de una victoria de la tendencia a la desligazón, victoria que desligaría la conflictualidad misma.

¿Qué decir del origen de las fuerzas que tienden a la desligazón? Laplanche plantea que es la propia represión la que crea esas fuerzas pulsionales al romper los lazos entre los elementos del mensaje que viene del otro y, en particular, al deshacer el vínculo significante-significado. «Los contenidos inconscientes –escribe- son el residuo de ese extraño metabolismo que “trata” los mensajes del otro, pero que fracasa en “tratar” la extrañeza misma»[13]. La represión, obra del yo, aparece desde entonces como una operación paradójica que, defendiendo la estructura psíquica, crearía al mismo tiempo las fuerzas que la amenazan. Pero, en mi opinión, los términos «fuerzas pulsionales» y «residuos», empleados por Laplanche, permiten una comprensión diferente de ese proceso, a saber: que la represión no crea las fuerzas de desligazón, sino que fracasa en controlar totalmente esas fuerzas en el momento en que llegan del exterior, del otro o, más precisamente, de la parte extraña, inasimilable de su mensaje. La realidad de ese mensaje, o lo que Laplanche llama la instancia del otro, es lo que amenaza al yo no solamente en tanto que residuo de la represión (en este caso se trata, en efecto, de fuerzas pulsionales, internas), sino en tanto ataca al yo desde el exterior. Aquí hago eco de lo que Freud exploró en términos de dolor por oposición a la angustia.

En «La represión[14]», Freud estudió los posibles vínculos entre dolor y pulsión. Sin embargo, es ahí donde califica al dolor como «pseudo-pulsión». En efecto, al dolor le faltan características esenciales para ser plenamente equivalente a una pulsión. En particular, el dolor no es susceptible de represión, presentándose siempre como de origen externo por relación a la psique. Algo que resulta interesante mencionar aquí es que el dolor solo puede ser objeto de una evitación; siguiendo la lógica expuesta más arriba, no aparece, pues, en el dominio del conflicto. El dolor sería, por el contrario, un prototipo de la «disensión radical» sobre la que hablé. Se sitúa, parafraseando a Freud, «más allá – o del otro lado- del principio del conflicto». Mientras que, como vimos, el conflicto va de la mano del principio de placer, existe, más allá o del otro lado del conflicto, algo que debe ser llevado del lado de la conflictualidad, así como lo que pertenece al campo del dolor debe, para poder «tratarse» psíquicamente, ser transferido al dominio de la angustia[15]. La compulsión de repetición, que encontramos precisamente en «Más allá del principio de placer», bien podría ser considerada como el esfuerzo por introducir la angustia ahí donde el espanto o el terror causaron una brecha dolorosa del para-excitaciones. En efecto, Freud explica que la preparación por la angustia es esencial para permitir al yo ligar nuevas cantidades de excitación; por el contrario, la falta de preparación por la angustia expone a la neurosis traumática[16].

Para Freud, entonces, la parálisis del yo por el espanto o el terror equivale a su incapacidad de ligar. La desligazón, a la que en este caso solo enfrenta la compulsión de repetición, es cuestión de dolor. Así, en su relación con la alteridad, la constitución del régimen de la angustia contrastará de entrada con esa situación traumática. Será una constitución exitosa bajo la forma del conflicto o, como propongo aquí, de la conflictualidad.

Pero aunque el impacto doloroso del otro puede ser atenuado, no puede ser completamente evitado. Solo los procesos de seducción y de represión originaria que se ponen en marcha por ese impacto –el de su mensaje comprometido- metabolizarán sus efectos en un sentido estructurante. En el curso de esos procesos, algo de fuera es «implantado» para convertirse en un «objeto-fuente de la pulsión» interno[17]. Éste es contra-investido por el yo, contra-investidura que se opone a la brecha dolorosa y por lo mismo permite que el yo comience a constituirse como instancia. Esto, sin embargo, solo es posible en la medida en que el impacto del otro ya está atenuado por una inhibición interna al mensaje, inhibición que se debe al hecho de que ese mensaje ya está, en el otro –el emisor- comprometido, sometido a la represión[18]. Por otro lado, ese mismo otro ofrece al yo el lenguaje por el cual ese impacto podrá ser, après-coup, metabolizado[19], aportando también el ambiente seguro, el continente favorable a ese metabolismo. Este aporte contradictorio del otro contribuye así a la implementación, al establecimiento de tendencias encontradas, primera forma de conflictualidad psíquica.

La conflictualidad se crea, pues, en el proceso mismo de diferenciación psíquica. Los obstáculos a ese proceso –reflejos de una relativa preponderancia de los efectos desligadores-, según mantengan o no la conflictualidad, tendrán por resultado o bien el conflicto neurótico, o bien lo que ubicamos del lado de la evitación del conflicto, del lado de la indiferencia. El trabajo del análisis, que es esencialmente un trabajo de desligazón, no se aplicará entonces de la misma manera en estos dos grandes tipos de organizaciones psíquicas, según se trate de un conflicto neurótico o de otro tipo de patología donde el conflicto no sería central y donde primaría la evitación. Aquí no digo nada nuevo: una vasta literatura sobre las modificaciones del encuadre analítico trata desde hace mucho tiempo sobre este tipo de problemas. No obstante, lo que quisiera señalar es que, después de todo lo que acabamos de ver, el propio trabajo analítico aparece como un procedimiento paradójico, contradictorio, ya que para su funcionamiento óptimo necesita referirse a una situación conflictiva pero, por otro lado, pone en peligro, por sus efectos desligadores, esa misma conflictualidad. Esto genera ciertas consecuencias.

El otro en la situación analítica

Acabo de referirme a las transformaciones del encuadre analítico en función de las patologías no neuróticas, pero hay que añadir que, incluso en las indicaciones más clásicas, el trabajo de análisis llevado con la mayor fidelidad a la regla fundamental a menudo conduce a situaciones-límite donde la conflictualidad vacila y donde se presenta el miedo, o el riesgo real, de un desborde del lado del dolor y del traumatismo. Por otro lado, podemos convenir fácilmente que los efectos desligadores del análisis en general son contrabalanceados por el trabajo espontáneo de síntesis del yo y por el holding del psicoanalista tal como lo describe Winnicott. Sin embargo, debemos preguntarnos si nuestra gran familiaridad con esta noción de holding no nos lleva a banalizarla. En efecto, hay que recordar que la mayor parte del tiempo el holding va de suyo, que ni siquiera tiene sentido hablar de él. Por el contrario, pasa al primer plano en las situaciones donde se perfilan el miedo, el peligro o la experiencia efectiva de «caer como consecuencia de no ser sostenido»[20], o de ya haber caído. Esto coloca al analista ante el problema de tener que considerar lo que Winnicott no duda en llamar las necesidades del paciente, en contraste con sus deseos[21]. Este problema me parece estar estrictamente relacionado con el que examino aquí, pero quisiera agregarle un nuevo elemento.

Se ha vuelto cada vez menos raro invocar el rol del analista en la provocación de la transferencia[22]. Una consecuencia de pensar desde la teoría de la seducción generalizada es que resulta imposible aferrase a la tendencia solipsista del psicoanálisis, que atribuía únicamente al paciente no solo su transferencia hacia el analista sino también la contratransferencia de éste último, así como cualquier otro obstáculo al análisis. Así, la identificación proyectiva a veces se invocaba de manera tan amplia que explicaba todo lo que el analista pensaba o sentía durante la sesión.

La teoría de la seducción generalizada permite reconocer el rol desempeñado por el analista – especialmente por su propio enigma- en el análisis concebido como reapertura de una situación de seducción originaria. Lo que significa que el análisis es desligador no solamente por la aplicación del método de la interpretación, sino también porque el analista se coloca a sí mismo como otro, emisor de un mensaje enigmático cuyo impacto sobre el analizando no debe pasarse por alto. Desde esta perspectiva, como lo señaló hace tiempo Michel Neyraut, la contra-trasferencia es anterior a la transferencia[23]. Sin embargo, tal vez no hemos evaluado suficientemente las consecuencias de esta situación, sobre todo en relación con la emergencia de lo que Winnicott puso de manifiesto, o sea las necesidades del paciente. Esas necesidades son movilizadas por el trabajo del análisis y por el impacto del analista que, lo quiera o no, se introduce en el conflicto psíquico y lo desestabiliza. Pero, una vez más, si el conflicto es en sí mismo una adquisición por relación a la desligazón que ronda siempre como peligro, esa desestabilización por el análisis exige a cambio, por parte del analista, una cierta preocupación por el otro –por el paciente- que se ubica en el lado opuesto de la neutralidad benévola. Este «lado opuesto» no es accidental, pues lo que habrá llevado a ese tipo de situación es la aplicación misma de la regla de neutralidad, de la atención flotante y la asociación libre. Al analista le corresponde, entonces, saber encontrar una «respuesta» a las necesidades del paciente que no sea al mismo tiempo una satisfacción de sus deseos (los del paciente o los del analista). Aquí por «respuesta» no entiendo lo que se pretendería conforme a la necesidad o a la demanda, sino lo que favorecería la recuperación de la conflictualidad ahí donde la lyse de los compromisos patológicos fragilizó esa puesta en presencia de las tendencias psíquicas asimétricas de ligazón y desligazón. Sin embargo, la llamo «respuesta» en la medida en que contrasta con lo que de otro modo podría ser sentido, por el paciente que experimenta una necesidad, como la indiferencia del analista, indiferencia que, como vimos, constituye una grave herida narcisista para cualquiera que fuera, si se puede decir así, su víctima. El aporte narcisista de una tal «respuesta» es necesario justamente para favorecer la capacidad de ligazón amenazada, por un lado, en el curso del desarrollo, por la indiferencia del objeto que «dejó caer» y,  por otro lado, en el curso del análisis, por los efectos desligadores del propio análisis.

Una tal «respuesta» no siempre depende de un saber-hacer analítico que pueda enseñarse. Tal vez depende más bien de lo que en Winnicott, nuevamente, se encontrará bajo la expresión gesto espontáneo[24]. Para Winnicott, el gesto espontáneo es primero el del niño y exige, por parte de la madre, una capacidad de acogida de ese gesto que, en el analista, corresponde a una gran disponibilidad psíquica. Pero hay algo más: el estado de disponibilidad que se espera del analista es inseparable de su propia espontaneidad, incluso si la práctica que resulta de esa espontaneidad no es fácil de pensar racionalmente. Aquí la racionalidad deja lugar más bien a la creatividad del analista en la sesión, y para tratar adecuadamente este tema sería necesario otro artículo[25]. Por el momento me contentaré con citar una vez más a Winnicott: «El rol de la espontaneidad en la creatividad también es algo que los analistas tienden a permitirse mucho más en su práctica que en su teoría. Suelen teorizar sobre los efectos de un control demasiado rígido de la espontaneidad, impuesto por la necesidad de vivir en sociedad y por las convenciones (propriety). Lo que tanto ellos como los profesores no toman en cuenta en la misma medida es el efecto inhibidor (stultifying), para el espíritu creador, de la insistencia excesiva no solo en lo que es apropiado sino también en la objetividad. Esta insistencia en la objetividad no concierne únicamente a la percepción sino también a la acción, y la creatividad puede ser destruida insistiendo demasiado en la idea de que para actuar se debe saber de antemano lo que se hace»[26].

Lo expuesto a lo largo de este estudio podría resumirse en algunas frases. Vimos que el conflicto psíquico es en sí mismo una ganancia por relación a la divergencia esencial que reina entre las tendencias psíquicas fundamentales (ligazón y desligazón). El conflicto neurótico no sería sino un caso particular de la conflictualidad general; sería su forma rígida –y por eso patológica- por ser una forma que está siempre en peligro de desaparecer. La conflictualización representa la victoria de los procesos de ligazón sobre la desligazón; se pone en marcha a partir de la seducción y la represión originarias y supone que el impacto, esencialmente doloroso, de la extrañeza del mensaje del otro es atenuado por la represión del propio emisor. Por lo demás, el aporte narcísico de ese otro es igualmente esencial para el refuerzo de las capacidades de ligazón de la psique, y por lo tanto para el mantenimiento de la conflictualidad. En el análisis de un conflicto, el trabajo desligador no resuelve el conflicto mismo sino que a lo sumo puede «disolver» las formaciones de compromiso neuróticas a las que ese conflicto había dado lugar.

Por lo tanto, al final de un trabajo analítico el conflicto psíquico no está resuelto sino transformado. Idealmente se deshace de sus aspectos rígidos, repetitivos, improductivos. En contraste con esos aspectos patológicos del conflicto, la conflictualidad en sentido amplio, aunque necesariamente conlleva esa dimensión de incompatibilidad de las fuerzas en presencia, supone no obstante la capacidad de mantenerlas en relación, de imponerles un trabajo psíquico. De modo que la psique nunca alcanza algún tipo de nirvana; el conflicto será permanente pero el yo, capaz de ligar las «nuevas cantidades de excitación», tolerará las ambigüedades y las contradicciones. De hecho, la conflictualidad exige la contradicción. Como hemos visto, demasiada ligazón no es mejor que demasiada desligazón. La conflictualidad se opone, pues, a cualquier «solución final». El precio a pagar por ello será la angustia, y eso es lo que nos permite decir que en el fondo no existe la normalidad, que los más «normales» tienen, ellos también, sus pequeñas neurosis, sus pequeñas o  grandes angustias; sin embargo, en proporciones tolerables la angustia no es paralizante: más bien  incita al trabajo psíquico, es un aguijón. Ahora bien, la conflictualidad no es un estado que se adquiera de manera definitiva: la demanda permanente de trabajo psíquico planteada por las pulsiones expone siempre a la psique al riesgo de recaer en la repetición neurótica. Es un problema con el que Freud luchaba al final de su vida, en su texto sobre el análisis «terminable o interminable»[27].

Con la conflictualidad evitamos la visión idealizada de una psique que emerge del análisis libre de conflictos. Para defender la diferenciación, el yo siempre tendrá que mantener un gradiente, una diferencia energética entre sí mismo y las otras instancias; para poder defenderse debe conflictualizar. Pero la defensa no es, en este caso, una maniobra patógena; es la vida misma.

Por un lado, puede decirse que la palabra conflictualidad solo sirve para nombrar la capacidad de trabajo del yo (simbolización, sublimación). Por otro lado, la conflictualidad sería una condición de la capacidad de amar, que es la capacidad de integrar en el yo una parte del otro, de mantener un vínculo objetal durable a pesar de la extrañeza perturbadora, inasimilable, de un aspecto de ese otro. Esta conflictualización de la relación con el objeto total puede parecer sorprendente. Sin embargo, una relación con el otro, objeto de amor, que no fuera conflictual en absoluto (en el sentido de la conflictualidad general), ¿no significaría la negación total de uno mismo y/o del otro? Aceptar que el otro, el amado, existe independientemente de uno (lo que es indisociable del amor al otro en tanto que otro), significa tener que recrear constantemente el vínculo con ese otro, vínculo que se ve constantemente cuestionado sea por el empuje pulsional –por el cual el objeto es contingente-, sea por la excesiva voluntad de ligazón del yo mediante la cual intentaría protegerse contra la pérdida objetal, y hemos visto que el exceso de ligazón no es mucho mejor que su contrario. El gran desafío del objeto de amor, por contraste con el registro de las pulsiones, es el de mantenerse pese a la alteridad que reside en el corazón del objeto familiar.

Por cierto, la capacidad de amar y de trabajar es lo que Freud esperaba ver en sus pacientes al término de un análisis.

 

Notas

* «Fin d’analyse : fin du conflit», en Trans, nº5, 1995. Traducción: Deborah Golergant

[1]  Este texto es la versión, enteramente reescrita y considerablemente modificada, de una conferencia pronunciada en el segundo Coloquio Internacional «Jean Laplanche», que tuvo lugar en Londres y en Canterbury del 15 al 17 de julio de 1994. La versión original inglesa, «In praise of conflictuality», aparecerá en la revista New Formations.

[2] S. Freud, «Lo inconsciente», OC v. XV, Buenos Aires, Amorrortu.

[3] S. Freud, «Névrose et psychose» in OCFP, XIII, p.3-7. [«Neurosis y psicosis», OC. V. XIX, Buenos Aires, Amorrortu]

[4] J. Laplanche, Problématiques III. La sublimation, Paris, PUF, 1980, p. 147. [Problemáticas III. La sublimación, Buenos Aires, Amorrortu, 1987].

[5] Ibid.

[6] J-F. Lyotard, Le différend, Paris, Minuit, 1984. Examiné este problema desde otro ángulo, apoyándome en el concepto de différend de Lyotard, en «La plainte psychotique et sa modulation», Nouvelle revue de psychanalyse, nº47, «La plainte», printemps, 1993.

[7] J. Laplanche, Les forces en présence dans le conflit psychique, texto introductorio al Coloquio de Londres- Canterbury, no publicado. [«Las fuerzas en juego en el conflicto psíquico», en Entre seducción e inspiración: el hombre, Buenos Aires, Amorrortu, 2001].

[8] S. Freud, «Pulsions et destins de pulsions», in OCFP v.XIII, op.cit., p161-185 [«Pulsiones y destinos de pulsión», op. cit.]

[9] Véase al respecto el excelente número de la Nouvelle revue de psychanalyse titulado «L’amour de la haine» [«El amor del odio»], publicado en Printemps, 1986.

[10] Si no existiera el riesgo de complicar aún más la terminología, ya bastante sobrecargada, se podría denominar el conflicto de maneras diferentes según que predomine la ligazón, y en consecuencia las fuerzas se enfrenten, o que, arrastrado por la desligazón, las fuerzas se eviten.

[11] Jean Laplanche, op. cit.

[12] S. Freud, «Névrose et psychose», op. cit, p.4.

[13] Jean Laplanche, op. cit. 13.

[14] S. Freud, «La represión», OC v. XIV, Buenos Aires, Amorrortu.

[15] Véase, al respecto, Jean Cournut, «Les deux contre-investissements de l’excitation», Nouvelle revue de psychanalyse, nº39, printemps, 1989, y mi discusión de ese artículo retomada en «L’empreinte douloureuse», Trans, nº2, printemps, 1993, p. 13-26.

[16] S. Freud, «Más allá del principio de placer», en OC v.XVIII, Buenos Aires, Amorrortu.

[17] J. Laplanche (1987), Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1989.

[18] D. Scarfone, «Ma mère n’est pas elle. De la séduction à la négation», in J. Laplanche et. Coll, Colloque international de psychanalyse, Paris, PUF, 1994.

[19] He ahí uno de los sentidos de la «violencia de la interpretación» de la que habla Piera Aulagnier en La violencia de la interpretación (1975), Buenos Aires, Amorrortu, 1977.

[20] D.W. Winnicott, «Fear of Breakdown», in Psycho-analytic explorations, Editado por C. Winnicott, R Shepherd y M. Davis, Cambridge, Harvard University Press, 1989, p. 87-95 y «Psychology of madness: A contribution from Psycho-Analysis», Ibid, p. 119-129.

[21] D.W. Winnicott, Carta a W. Clifford Scott, in Lettres vives, Paris, Gallimard, 1989, p. 85-88.

[22] J. Laplanche (1992), «De la transferencia: su provocación por el analista», La prioridad del otro en psicoanálisis, Amorrortu, 1998.

[23] Michel Neyrault, Le transfert, Paris, PUF, coll. «Le fil rouge», 1976.

[24] The Spontaneous Gesture es el título inglés de una recopilación de cartas escogidas de Winnicott [Traducción al español: El gesto espontáneo. Cartas escogidas. Barcelona: Ed. Paidós, 1990]. Encontramos esta noción en uno de sus primeros textos («Observación de niños en una situación fija» (1941), en Estudios de pediatría y psicoanálisis, Ed. Laia) y luego en «Distorsión del yo en términos del self verdadero y falso» (1960), en Los procesos de maduración y el ambiente facilitador, Buenos Aires, Paidós, 1999), pero se puede decir que refleja una de las corrientes más importantes de todo el recorrido winnicottiano. Agradezco a Marcel Hudon por haberme ayudado, con su bien conocido entusiasmo por todo lo que concierne a Winnicott, a seguir la pista de esta noción.

[25] Aquí, una vez más Winnicott, puede ser útil cuando explora los orígenes de la creatividad en relación con el componente femenino, en Realidad y juego, Barcelona: Ed. Gedisa, 1982.

[26] El texto original es el siguiente: «…The role of spontaneity in creativeness is also something that analysts tend to allow far more in their practice than in their theory. They are well used to theorizing about the effects of too rigid control of spontaneity, imposed in the interests of social living and propriety. What they, and also other teachers, are less used to considering is the stultifying effect on the creative spirit of too great insistence not just on propriety but on objectivity. This insistence on objectivity concerns not only perceptions but also action, and creativity can be destroyed by too great insistence that in acting one must know beforehand what one is doing». D.W. Winnicott, «Critical Notice of On Not Being Able to Paint », in Psycho-analytic explorations, op. cit, p. 392.

[27] Freud S., «Análisis terminable e interminable», OC. v. XXIII, Buenos Aires, Amorrortu.

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