Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

El impase de lo femenino: ¿una herencia paterna?
Mi-Kyung Yi

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Resumen: En  este texto abordaremos la cuestión de lo femenino, que será examinada desde una triple perspectiva: la identidad sexual, la filiación padre-hijo y, finalmente, la alteridad. Se prestará una atención particular al lugar de lo femenino en el desarrollo psicosexual del niño de sexo masculino y a las incidencias que la relación padre-hijo puede producir en él. El examen de este impase que constituye lo femenino -y que, de padre a hijo, es objeto de una repetición transgeneracional-  podría ayudar a esclarecer la naturaleza de lo que Freud llamó el «continente negro».

Palabras clave: feminidad, identidad sexual, paternal, pasividad, repetición transgeneracional, masoquismo.

Plan: 

-« Hijo mío, no debes ser como una  chica »

-El rechazo de lo femenino, sus fuentes y representaciones

-Padre, ¿qué quieres decir (me)? Lo paternal y lo femenino

Teme que la vergüenza le sobreviva.

Franz Kafka, Carta al padre.

  ¡Eras, ciertamente, un niño inocente, pero mucho más cierto es que eras un ser diabólico! Y por eso, tienes que saber: ¡yo te condeno a morir ahogado!

 Franz Kafka, La condena.

Un debate televisivo consagrado a la evolución de la formación de la pareja reúne en el plató algunas formas representativas de la unión moderna entre dos personas, desde la pareja más tradicional, surgida de la nobleza católica, a la pareja homosexual, pasando por las parejas mixtas. El presentador le pregunta no sin malicia al joven esposo católico lo que piensa sobre la unión homosexual. «No es un tema que me concierna», responde el joven noble con una elegancia evasiva. El presentador no cede al decoro e insiste: «Reflexione bien, podría ocurrir más tarde… ¿cómo reaccionaría si le concerniera a uno de sus hijos?».

Más tarde… El nacimiento de un hijo constituye uno de los momentos de la vida adulta que se prestan a la resignificación de los deseos de la sexualidad infantil de los padres.  La felicidad que puede representar se acompaña de una inevitable agitación de las investiduras libidinales y del movimiento identificatorio. La relación con el niño y la confrontación a sus deseos sexuales nacientes reactivan en cada uno de los padres una gran parte de su historia infantil. Puesto que el niño representa la dialéctica del otro y el mismo, la relación padre-o-madre/niño apela particularmente al movimiento narcísico, como prueba la expresión «su majestad el bebé». Así, para algunos, la llegada al mundo de un niño del mismo sexo o del sexo opuesto puede  aparecer como la hora de la verdad que moviliza una serie de disposiciones psíquicas defensivas conscientes  o inconscientes.

En  este texto trataremos la cuestión de lo femenino, que será examinada desde una triple perspectiva: la identidad sexual, la filiación padre-hijo y, finalmente, la alteridad. Se prestará una atención particular al lugar de lo femenino en el desarrollo psicosexual del niño de sexo masculino y a las incidencias que la relación padre-hijo puede producir en él. No es raro que la relación padre-hijo se trabe de forma conflictiva en un punto de fijación neurálgica, que es lo femenino.

Aunque lo esencial de esta elaboración se debe a la historia singular de un paciente, seguida  en el marco de una psicoterapia analítica descrita más adelante, creemos que una aproximación a lo femenino a través de la relación padre-hijo podría aportar una luz adicional sobre la naturaleza de lo que Freud llamó el «continente negro».

«Oscura y enigmática», la feminidad parece apelar a lo negativo, a la falta, a lo que se sustrae al intento de comprensión. Si en Freud hay enigma, es un enigma del devenir –al menos para la niña –pues el sexo de referencia es el sexo masculino. Todo ser humano, cualquiera que sea su sexo anatómico y socialmente prescrito, es primero un hombrecito, nos dice. Considerada desde el punto de vista de la primacía del falo, la evolución de la masculinidad parece toparse con lo femenino como su devenir en negativo, donde el poder de la amenaza y la fuerza de la turbación son determinantes para la salida del drama edípico. El horror de lo femenino expresa lo inaceptable del riesgo al que se expone  el niño que atraviesa  los tormentos edípicos.

En lo que respecta a la angustia de castración, se esperaría que el infante de sexo femenino sea quien despierte la angustia de castración paterna. Pero, como ocurre a menudo, el inconsciente ignora el efecto lógico de la operación aditiva. Convertirse en  padre de un niño no parece preservar contra el miedo a lo femenino sino que, por el contrario, puede redoblar la angustia subyacente. La importancia del movimiento proyectivo del que el niño se vuelve soporte interroga el punto neurálgico que constituye la cuestión de lo femenino en el cruce de las generaciones.

 «Hijo mío, no debes ser como una niña»

«Nunca fui hijo de mi padre. ¿Cómo podría llegar a ser padre ?». Así expresa  el paciente que llamaré M.S su desarraigo y su dolor por no poder comportarse como un padre. Es padre de dos niños pequeños y quiere ser ese «buen padre» que no tuvo y que sigue sufriendo por no tener. Sin embargo, el deseo le parecía realizable –se dedicó con amor a la mayor parte de los cuidados de su hija- hasta el nacimiento de su segundo hijo: un niño. Con éste último se siente como bloqueado y hasta agresivo. A lo largo de las sesiones se instala un largo silencio lleno de palabras, cargado de imágenes sofocadas, entrecortado únicamente por su tos nerviosa. Le tomará mucho tiempo poder hablar del miedo que guarda secretamente a que ese mismo amor, que no tenía ninguna dificultad de entregar a su hija, condene a su hijo al mismo temor que  no dejó de  atormentarlo desde su más tierna infancia: el de volverse como una niña.

Un temor heredado de su padre que, sin embargo, no fue heredado por haber sido demasiado amado por él. El padre de M.S no soportaba el menor signo femenino que creyera descubrir en sus hijos y les prohibía cualquier actividad que, a sus ojos, pareciera relacionarse con tareas de mujer. Por ejemplo, un chico nunca debía quedarse en casa sino que debía salir; tampoco debía dedicarse a la música ni a la lectura. Cualquier trasgresión de estas prohibiciones daba lugar a castigos corporales cuya violencia  era proporcional a la cólera que había provocado en el padre. Por haber osado jugar a las muñecas, M.S, que entonces tenía 5 o 6 años, había sido literalmente lanzado contra la pared.

«Yo debí nacer niña», repite M.S.  Después de un primer niño, su madre embarazada esperaba que fuese niña. Absolutamente convencida de que sería esa niña tan deseada, solo escogió un nombre de niña, que en realidad es la versión femenina del nombre del padre. El niño que nació llevaría ese nombre con una modificación en la última letra. Para sus propios hijos, M.S y su mujer inventaron nombres exóticos, como procedentes de otro lugar. Para su hijo quería también un nombre que «suene duro».

A pesar de su edad (tiene treinta años), M.S tiene una apariencia juvenil, acentuada por su silueta frágil y su actitud bastante reservada. Su hijo tenía dos meses cuando decidió comenzar una psicoterapia. El motivo planteado eran sus crisis de angustia y algunos síntomas de apariencia fóbica (fobia al transporte público, en particular el metro, y miedo de sentirse indispuesto en público). Esos síntomas también le habían hecho alejarse de su medio profesional durante un largo periodo. Más adelante me enteré de la existencia de otra dificultad que contribuía  a su aislamiento profesional: las relaciones entre los hombres -especialmente sus superiores- donde la seducción fruto del deseo de venganza alternaba con la sumisión arrepentida.

«Me hubiera gustado ser padre sin ser hombre». Ése era el deseo de M.S, que hablaba de su impresión de volverse distinto en cada relación sexual,  trabajosa, con su mujer. Alguien distinto, extraño e inquietante, como ese diablo, objeto de las pesadillas de su infancia, del que da una descripción que muestra cierta imagen de virilidad masculina: fuerte, velludo, monstruoso, violento hasta el límite de lo sádico. Esta representación de lo masculino era también la que tenía de su padre « asfixiante »: no podía concebir las relaciones entre sus padres sino como una violación de la madre por el padre, mientras que la imagen materna era la de  una mujer sumisa, maltratada, golpeada y deprimida. Le gustaba pensar que su verdadero padre estaba en otra parte, inmaterial e intocable, como esa imago materna idealizada –santa en su posición sacrificial- inaccesible y distante. Durante toda su adolescencia, M.S trató de proteger a su madre de la violencia diaria e intempestiva de su padre, arriesgándose a recibir algunos golpes en su lugar. «Anhelaba verla defenderse», dice. Frase que también puede ilustrar su propia relación con su padre, hecha de una ambivalencia explosiva que hoy, a su pesar, ve reflejada en la relación con su hijo. El acceso a la filiación padre-hijo parece tropezar una vez más con el mismo impase: el rechazo y el temor de lo femenino. Al preguntarle, en nuestras primeras entrevistas, sobre el tipo de trabajo que deseaba emprender –recostado o cara a cara-, lanza una mirada furtiva al diván, a la vez curiosa e inquieta, y responde sacudiendo la cabeza: ah no, ¡eso no!

El rechazo de lo femenino, sus fuentes y sus figuras

En un pasaje muy conocido[2], Freud plantea el rechazo (Ablehnung) de lo femenino como uno de los mayores obstáculos en la dinámica de la cura. Pero la modalidad del rechazo no es, nos dice, idéntica en los dos sexos: en la mujer se manifiesta como «envidia del pene» y en el hombre como la «revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre». La tesis falocéntrica hace de la mujer la figura negativa de la masculinidad. Es por una carencia que la feminidad inspira miedo y rechazo: ella reactiva en el hombre la angustia de castración y reaviva en la mujer la «herida narcisista» de haber sido privada del pene. Notemos que la figura femenina movilizadora de la rebelión del hombre en su relación con otro hombre se encuentra mediada por el elemento de la pasividad. Ese vínculo entre pasividad y feminidad es tanto más notable cuanto que la teoría freudiana de la sexualidad femenina lo relega a segundo plano en beneficio del deseo del falo-niño.

En efecto, según esa teoría de la feminidad centrada en la envidia del pene, ésta última debería gobernar de cabo a rabo la sexualidad femenina. Al seguir la trayectoria de la niña, que, como portadora de sustitutos del órgano codiciado, se desliza del pene al niño a lo largo de la cadena simbólica, la feminidad lograda se parecería a un desvío secreto hacia la masculinidad originalmente soñada pero negada; la feminidad se presenta entonces, en su esencia misma, como una mascarada del antiguo deseo masculino de posesión del pene. Es mujer porque no lo tiene, y se vuelve mujer porque desea tenerlo[3]. El enunciado de Lacan –La mujer no existe- tiene el mérito de resumir la última consecuencia de esta teoría freudiana, que él prolonga y acentúa.

De modo que fuera de la lógica fálica, simplemente no hay mujer. Más precisamente, no hay cuerpo femenino. Claro que está ese cuerpo mutilado con el  que la teoría fálica identifica al sexo femenino y que, a imagen de la «cabeza de Medusa», invade de espanto a quienes se atreven a mirarlo de frente.  Pero ese cuerpo del que la mirada petrificada no puede desviarse es un cuerpo herido… superficialmente, pues la herida se considera consecuencia del corte. Pese a todo, el terror que inspira se deja representar: «Todo cuadro es una cabeza de Medusa. Se puede vencer el terror por la imagen del terror. Toda pintura es Perseo»[4], decía Caravaggio.  Ahora bien, el cuerpo femenino adulto es un cuerpo que se abre tanto desde dentro como desde fuera[5]. Invisible e interno, suscita angustias difíciles  de circunscribir.

Siguiendo a K. Abraham, K. Horney, M. Klein y E. Jones coinciden en la existencia  de una fase femenina constitutiva de la emergencia del mundo interno, y caracterizada por las angustias ligadas a los ataques al cuerpo interno. La angustia asociada a esta feminidad infantil sobrepasa a la angustia de castración, que «no es más que un aspecto, sin duda muy importante, de una angustia relativa al cuerpo mismo »[6]. Para el niño, la omnipotencia fálica representa un medio eficaz –ampliamente favorecido por la dimensión externa y visible del pene- de desplazamiento hacia el exterior de peligros internos, y contribuye a que asuma su identidad sexuada. «Esa concentración fálica de la omnipotencia sádica es de capital importancia para adoptar una posición masculina»[7]. Desde este punto de vista, el narcisismo y la masculinidad están relacionados entre sí; se comprende fácilmente que uno no puede tambalearse sin amenazar al otro.

La idea de una feminidad primitiva confiere toda su complejidad a la angustia de castración, que no podría delimitarse en el proceso intrapsíquico. Por lo demás, es interesante notar cómo la cuestión de la feminidad abre la vía del punto de vista intersubjetivo, raramente presente -como sabemos- en el pensamiento freudiano.  Al final de su texto sobre las diferentes facetas del complejo de castración en la mujer, K. Abraham aporta dos consideraciones que prolongan la idea freudiana de la ambivalencia femenina frente al sexo masculino[8]. La primera se refiere a cómo puede influir el complejo de castración materno sobre el complejo de castración del niño, en particular la importancia de una figura materna tras la cual se esconde de forma compleja la mujer castradora: la madre anal. La sobreinvestidura del erotismo anal por esa madre solo puede equipararse a su actitud de marcado rechazo al sexo masculino: su desmedido interés por la región anal y la defecación contrasta con una evitación de tocar y de nombrar el órgano genital. Según Abraham, en la génesis de la angustia de castración, esta «influencia crónica» del complejo de castración de la madre es más determinante que las «ocasionales» amenazas de castración. La misoginia de ciertos hombres – su disposición a criticar a ultranza las «debilidades de las mujeres»-  tiene su origen en el narcisismo masculino doblemente obstaculizado: por el control materno sobre las funciones corporales y por la contrainvestidura materna del erotismo genital infantil.

La segunda consideración de K. Abraham se refiere a la existencia de un «intenso deseo femenino pasivo», frecuentemente disimulado tras una necesidad de sobrecompensación narcisista observable en ambos sexos. Sugiere que, al profundizar en las diversas manifestaciones del fantasma de castración -especialmente la de mordedura-, es necesario reconocerlas como indicadores tanto de la satisfacción regresiva de la meta femenina –«aceptación  ardientemente deseada» del órgano masculino- como de la envidia castradora. Aunque no se precisa ni la naturaleza ni la fuente de esta moción femenina pasiva,  lo que  resulta es la idea de una feminidad  tan deseada como aborrecida.

Curiosamente, es en el marco de la evolución sexual masculina que  Freud se ve confrontado a una ilustración importante de la figura de una feminidad deseada, que la elaboración de la castración no llega a contener: el análisis del Hombre de los lobos. A primera vista, el amor homosexual de ese «pequeño desviado» hacia el padre parece chocar con la libido narcisista, que entra en conflicto con la meta sexual pasiva: si quieres ser satisfecho por el padre debes pasar, como la madre, por la castración. Pero Freud dice que, si  observamos más de cerca,  la masculinidad narcisista no es el único motivo de represión: « La actitud homosexual […] es tan intensa que el yo de nuestro hombrecito falla en dominarla y se defiende de ella mediante el proceso de la represión. Como auxiliar para este propósito es convocada su opuesta, la masculinidad narcisista del genital ».[9] Así, la meta femenina se desprende de la represión de la pasividad pulsional que desborda al yo. La « corriente sexual más profunda, ya precipitada como homosexualidad inconsciente»[10] es entonces perpetrada en la sintomatología intestinal. Secreta y regresiva, esta identificación con la madre de la escena primitiva es mantenida al precio de ser una « mujer enferma » que, al igual que la figura materna,  « no puede seguir viviendo así ».

La idea de un vínculo estrecho entre pasividad y feminidad atraviesa el conjunto del corpus freudiano como una tensión, aunque permaneciendo en estado fragmentario. Por ejemplo, un pasaje de «Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci» señala que la seducción materna «sustrae al niño, por una maduración demasiado precoz de su erotismo, una parte de su masculinidad». Siguiendo esta intuición freudiana, que permanece al margen de la teoría falocéntrica, y retomándola a la luz de la «teoría de la seducción generalizada» de J. Laplanche[11], J. André  sostiene la complicidad entre la posición de pasividad originaria del niño ante el mundo adulto y la posición genital femenina[12].

Por encontrarse en un estado de impotencia física y psíquica, el niño está sometido a la intrusión de lo sexual inconsciente del adulto, que parasita los gestos de cuidado. Puesto que esas primeras experiencias sexuales desbordan fundamentalmente su capacidad de elaboración psíquica, ellas son experimentadas pasivamente y comportan una dimensión de excitación efractante, inevitablemente traumática. Por conjugar goce y penetración, la posición genital femenina constituye una primera representación privilegiada de la pasividad orginaria: «La intrusión de lo sexual en el psique-soma del niño se sirve fácilmente de las vías orificiales (boca, ano) en ambos sexos. Esta intrusión encuentra, en cierto modo, una confirmación après-coup en la representación genital femenina (o en la identificación anal en el hombre). En la mujer, la penetración de su cuerpo hace eco de las intromisiones de la infancia, renovando, según las historias singulares, el placer o el traumatismo»[13]. Para mantener una tal afinidad natural con las modalidades originarias de satisfacción libidinal, la meta pulsional femenina también se somete a la más profunda represión. Al ser una suerte de representación-límite,  no solo puede resultar incompatible con la masculinidad narcisista sino que también puede exceder las capacidades de ligazón del yo, en la medida en que la base narcisista esté en vías de constitución o perdiendo solidez. Así, un paciente atormentado por un dolor invasivo, con el cuerpo gravemente enfermo y sin poder evitar dejar escapar gemidos,  expresa su sentimiento de vergüenza: « porque solo ustedes, las mujeres,  pueden sufrir con dignidad». 

Sin duda el caso Schreber  es el que aporta el aspecto más dramático de esta doble cara de la feminidad arcaica, a la vez ligadora a minima  y  exasperante por  su  íntima relación   con el cuerpo libidinal. Su  feminidad «resplandeciente»  es la versión  narcisista  delirante  de la  feminidad- «podredumbre». Ésta es «contraria al orden del mundo» no solamente porque implica la castración, sino sobre todo porque remite a la pasividad anal masoquista. Como observa J. Chasseguet-Smirgel[14],  en el universo schreberiano ser mujer es ser una mierda, pues el delirio de Schreber multiplica, en su versión hipocondriaca inicial, las referencias a la fecalización del cuerpo asociada al sentimiento de un desamparo extremo[15]. Muchos autores postfreudianos coinciden en entender el delirio de feminización como un intento de elaborar esa experiencia del cuerpo interno amenazado de destrucción, pero  la reconstrucción delirante, que atañe a la posición femenina por relación al padre, señala su impotencia frente a la desmesura de la persecución sádico-anal.

En el Hombre de los lobos, la integración de la moción femenina se realiza al precio de convertirse en una «mujer enferma» o «mujer maltratada» que, al igual que un fantasma de paliza, condensa deseo y punición; en Schreber la integración de esa moción exige un precio más elevado: el de ser una «mujer delirante». Tiene que ser la «mujer de Dios» para que surja la nueva raza de la humanidad.

Más allá de su imposibilidad continuamente renovada, lo que destaca en la identificación femenina -puesta en evidencia tanto en el caso Schreber como en el del Hombre de los lobos- es una fuerte fijación a la figura paterna seductora, sádica y hasta persecutoria, que se superpone a la del padre interdictor. La figura materna solo parece estar presente en calidad de objeto pasivo con el que el niño se identifica, y no como objeto de amor edípico ni como objeto de vínculo primario. La fuerza libidinal responsable de la posición femenina solo se compara a la resistencia que opone la fijación al padre de la escena primitiva al trabajo de su resolución identificatoria. De ese vínculo homosexual al padre, ¿qué es lo que se resiste a la elaboración transformadora del tener al  ser-como?

Como sabemos, la identificación del niño con el padre edípico lleva, entre otras cosas, a la asunción del sexo socialmente prescrito. Por lo demás, lo que lleva a Freud a admitir la posición femenina del niño respecto del padre como una parte integrante del Edipo es la necesidad lógica de la identificación, según la cual solo nos identificamos con el objeto de amor[16].

¿Ello significaría que el refuerzo de la masculinidad del niño resultaría solo de la identificación con el objeto de su deseo femenino? Al insistir en la feminidad infantil, correlativa y elaborativa de la pasividad originaria, ¿no llegaremos a sustentar toda la evolución psicosexual del niño en una formación reactiva por relación a esta moción femenina pasiva? Al respecto, notemos que  el caso del Hombre de los lobos muestra bien la rigidez y la fragilidad de la identificación con el padre, heredera exclusiva del deseo femenino pasivo por el padre y reactiva a la angustia de castración. En el paciente de Freud, la identificación femenina y la identificación masculina – que según Freud alcanzan una armonía al final del conflicto edípico- tienden a anularse la una a la otra.

Al observar, en ciertas evoluciones psicosexuales masculinas, una fijación a la figura paterna tan cargada de ambivalencia y una fijación a la figura materna considerada únicamente en su posición pasiva, podemos preguntarnos si el vínculo homosexual pasivo con el padre no se inscribe tanto en el tiempo anterior al Edipo  como en el de la problemática edípica. Podría decirse que si hay Edipo, se trata tanto de entrar en él como de salir. Dicho de otro modo, ¿no será que la relación con el objeto primario se reproduce y se reelabora en torno a la aspiración femenina pasiva por el padre? ¿No será que lo que busca conjurar una fijación intensa a la figura paterna sádica e intrusiva es la sombra de la imago materna fálica-activa? No es raro que el volverse padre de un hijo constituya un après-coup que reactiva esa imago materna disimulada tras una madre idealizada.

 Padre, ¿qué quieres decir (me)? Lo paterno y lo femenino

«Yo nunca fui el hijo de mi padre. ¿Cómo podría llegar a ser padre ?». M.S pudo haberle prestado esta idea obsesiva a su propio padre: nacido después de la desaparición brutal de su padre, fue criado por una madre que M.S describe como una mujer ruda y autoritaria. Las circunstancias de la muerte del abuelo paterno de M.S han sido desde siempre un tema tabú, como un secreto vergonzoso impenetrable. «Desapareció así, sin dejar ningún rastro. Ni siquiera una tumba», dice M.S sobrecogido por el miedo de correr la misma suerte. Este miedo está asociado a la figura de su abuela temida, a quien su padre mostraba una gran sumisión.

Freud dice que el pasaje de la madre al padre señala el triunfo de la «vida del alma», de la «deducción» por oposición al  «testimonio de los sentidos», que corresponde a la maternidad[17]. La hipótesis de una feminidad infantil, correlativa y elaborativa de la pasividad originaria, nos lleva a resaltar el vínculo homosexual pasivo con el padre, pues ese vínculo representa una vía de liberación/reanudación del vínculo con el objeto primario o, más precisamente, con la figura temida y excitante de los «padre combinados».

Es posible que, sin sostenerse en la dinámica edípica, el padre venga simplemente a remplazar a la madre y que el vínculo homosexual que une al hijo con el padre se constituya como heredero de los fantasmas masoquistas primarios, a riesgo de una confusión de las imagos materna y paterna. Una actitud paterna masivamente intrusiva y persecutoria puede obstaculizar la elaboración identificatoria/filial de los componentes homosexuales pasivos: tiende a exacerbar la ambivalencia del niño y a hacer que éste quede fijado en una posición masoquista,  o bien, en un nivel psicotizante, en una posición de «doble narcisista». En este último caso, el niño es tomado a la vez por campo de batalla y caballo de batalla, como lo prueba la posición mortífera del presidente Schreber, asignada por su padre.

Numerosos estudios se han interesado en la relación entre la figura de Schreber padre- ilustre médico-pedagogo- y el delirio de feminización del hijo. De ellos se deduce una figura paterna marcada por una duplicidad que conjuga, en grado extremo, seducción y persecución. El presidente Schreber creció en un clima educativo dominado por el culto de la virilidad sistematizada y caricaturezca, que el padre imponía a sus hijos a través de castigos físicos y morales. Los procedimientos educativos de Schreber padre se caracterizan tanto por su severidad penetrante como por su arbitrariedad, y su forma paradójica destruye el efecto estructurante inherente a la prohibición. Como sabemos,  esos procedimientos llevaron a Schreber a adoptar una actitud femenina-masoquista hacia el padre,  actitud que, sin embargo, se proponían erradicar.

El dominio de Schreber padre se extiende a todas las áreas y a todos los instantes de la alimentación y la educación de los niños, al punto que ciertos autores llegan a  hablar de una «usurpación de los poderes maternos» o un «secuestro» de la función materna[18]. Esta intromisión paterna en la relación madre-hijo es una muestra incontestable de la patología de Schreber padre. Pero lo que busca combatir puede dar lugar a una estrategia inversa, a saber: una huida fóbica frente a la relación madre-niño, e incluso frente a una futura maternidad. Huida o intromisión, se trata de respuestas defensivas radicales contra una serie de mociones más o menos profundas que pueden ser despertadas por la confrontación paterna a la pareja madre-hijo. En particular, podemos intentar considerarlas desde el punto de vista de las incidencias que esas mociones producirán en la relación padre-hijo.

En el nivel edípico se trata de los celos por el rival, reactivados por el privilegio que tiene el hijo –sobre todo el niño- en el psiquismo de la madre. Por un mecanismo proyectivo, esas hostilidades edípicas reactivadas pueden hacer temer las represalias por parte del hijo.

En un nivel más arcaico, el acceso a la paternidad reactualiza los complejos desafíos que  giran en torno a la cuestión de la feminidad. Freud siempre consideró el fantasma de embarazo en el varón como heredero del deseo homosexual pasivo por el padre: recibir un hijo es la consecuencia de ser penetrado por el padre[19]. De ahí que, para el hombre, el tiempo del embarazo de su pareja constituye uno de los momentos de reapertura de la problemática de la feminidad. Como observa Bydlowsky: «Esta faceta femenina y homosexual, deseo de hijo o deseo de fecundación imaginaria por el propio padre, es un secreto paterno enterrado en el cuerpo de la mujer que el hombre fecunda»[20]. El fantasma de embarazo masculino puede traducirse por problemas psicosomáticos que afectan especialmente a las zonas gastrointestinales.

Los estudios antropológicos sobre el ritual de Couvade  esclarecen la importancia de un punto que nos parece capital para la asunción de la paternidad: según ese ritual, el padre se acuesta al lado de su hijo y recibe los cumplidos de las visitas; así el padre sustituye a la madre y al niño para conjurar su hostilidad inconsciente hacia la diada recientemente formada[21]. ¿Por qué la relación madre-hijo provoca esta hostilidad paterna? Sin duda  la reactivación del conflicto edípico explica el rito. Pero ¿ése sería su único resorte inconsciente? Insistiendo solamente en el Edipo dejaríamos de ver que la relación madre-hijo, y especialmente su prototipo –que es la relación de lactancia-, comporta una dimensión excitante y hasta inquietante[22].

Volvamos un momento al padre Esfinge por excelencia que es Schreber padre. Los conocimientos de sus disposiciones educativas autorizan hipótesis interesantes relativas a la ambivalencia paterna frente a la pareja madre-hijo. El Dr. Schreber parecía sentir una envidia secreta y, a la vez, un temor poderoso hacia el pecho materno, lo que generaba su deseo de control sádico sobre la lactancia y la alimentación de sus hijos. Él habría percibido- observa Lanouzière[23]– que el pecho materno, como órgano nutriente, también es  un órgano corruptor. Creemos que, más que  de una  « percepción»,  se trata de un sentimiento complejo reactivado por el espectáculo de la madre que da de lactar y que cuida. Lanouzière[24] señala el doble efecto que produce la observación de la escena de  lactancia en el niño espectador, en este caso Schreber hijo: como algo que se deja ver, el espectáculo de una madre que brinda sus cuidados o su pecho a otro provoca una excitación parecida a la generada por el contacto y la ruptura con el cuerpo materno; así mismo, por el desdoblamiento identificatorio que ofrece, tiene un efecto organizador après-coup de contenidos fragmentarios que se originan en la primera relación de cuidados sufrida pasivamente. Pero antes de Schreber hijo, fascinado por esta escena de lactancia observada, está Schreber padre, confrontado a esa relación dual asimétrica que reactualiza a la figura materna activa y pasivizante.

Cuando la cuestión de la feminidad moviliza, en el padre, una sobreinvestidura narcisista reactiva, la reactualización de la figura materna activa y pasivizante puede exacerbar la proyección de todo deseo femenino. Dado que el deseo femenino se ve reforzado por una identificación a la posición pasiva del niño, en particular el varón, no es raro que el niño en cuestión se convierta en el soporte de la proyección paterna; así, encerrado por el padre en su posición de objeto fobígeno, el niño corre el riesgo de caer bajo el dominio paterno. Pero éste se descubre como huella de la identificación a una imago materna sádica-anal y contribuye a la confusión de las imagos materna y paterna, unidas en su aspecto penetrante.

La consecuencia es una posición homosexual pasiva sobre-excitada, alimentada por la actitud paterna que ordena el odio a toda pasividad y a todo lo que es susceptible de evocarla. Como objeto paradójico de la investidura paterna, lo femenino en el hijo puede volverse entonces difícilmente negociable, excepto por una fijación masoquista y/o por la proyección, que alimentan una resuelta repetición transgeneracional.  

 

 Notas

 

*« L’impasse du féminin : un héritage paternel ?  » (https://www.cairn.info/revue-recherches-en-psychanalyse-2012-2-page-127.htm, Recherches en psychanalyse (http://repsy.org/index.php/repsy), 2012/2 (n° 14), p. 127-136. Traducción : Deborah Golergant

[2] Freud, S. (1937). «Análisis terminable e interminable», OC, v.XXIII,  Amorrortu, p. 252.

[3] «Así, el antiguo deseo masculino de poseer el pene sigue trasluciéndose a través de la feminidad consumada. Pero quizá debiéramos ver en este deseo del pene, más bien, un deseo femenino por excelencia», S. Freud (1932), «Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis». OC, v. XXII, Buenos Aires, Amorrortu.  

[4] Cita tomada de Quignard, P. (1994), Le sexe et l’effroi. Paris: Gallimard, coll. Folio, p. 118. 

[5] La sanción de la sexualidad femenina bajo esa forma particularmente atroz que es  la infibulación,  practicada en ciertas tribus africanas,  parece encontrar su origen en esta problemática de una doble apertura del sexo femenino. Cito un caso del que me informa un colega que trabajó con pacientes africanos: una chica joven, víctima de esta costumbre de sutura se encuentra afectada de una anorexia grave y encerrada en un silencio impenetrable. Resultó que a pesar de estar « cosida », « rematada » – según la expresión local– no fue protegida de una violación por vía anal cometida por un tío y, más aún, contrajo el sida. Tan violentamente efractados, el cuerpo y la psique parecen refugiarse en la condena de toda abertura: que no entre ni salga nada… 

[6] Klein, M. (1959). Le retentissement des premières situations anxiogènes sur le développement sexuel du garçon. La psychanalyse des enfants (1932). Paris : PUF, p. 262.   

[7] Ibid ., p. 255

[8] Abraham, K. (1965). Manifestation du complexe de castration chez la femme (1921). Œuvres complètes, II. Paris : Payot.

[9] Freud, S. (1918), «De la historia de una neurosis infantil»,  OC v. XVII, Amorrortu, p. 101. 

[10] Ibid., p. 105.

[11] Laplanche, J. (1987). Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1989. 

[12] André, J. (1995). Los orígenes femeninos de la sexualidad,  Madrid, Síntesis, 2002  

[13] Ibid., p. 129.

[14] Chasseguet-Smirguel, J. (1975), «À propos du délire transsexuel du président Schreber», Rev. Fr. Psychanal., 5- 6, XXXIX, p. 1018.

[15] «…y en cuanto a mi cuerpo, mudado en un cuerpo de mujer…, sería entregado así al hombre en cuestión para que cometiera abuso sexual y luego, simplemente, lo “dejarían yacer”, vale decir, sin duda, lo abandonarían a la putrefacción». S. Freud (1911), «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente». OC. v. XII,  X, Buenos Aires, Amorrortu.

[16] S. Freud (1923) «El yo y el ello». OC v. Amorrortu, p. 33-35.

[17] S. Freud (1939), «Moisés y la religión monoteísta», O.C. v.XXIII,   Amorrortu,  p. 110.

[18]  White, R. B. (1961), «The mother-Conflict in Schreber’s psychosis», Int. J. Psychoananl ., 42, p. 55-73 (trad. fr.). In (1979). Le cas Schreber. Contribution psychanalytique de langue anglaise. Paris : PUF ; Dupeu, J.-M. (1994). «Le père- Maître : de J.-J. Rousseau à Schreber»,  Psychanalyse à l’université, 10, 75, p. 72. 

[19] «De lo que el psicoanálisis ha pesquisado en la vida anímica del niño, nada sonará tan chocante e increíble al adulto normal como la actitud femenina hacia el padre y la  fantasía de embarazo del varoncito, que es su consecuencia. Sólo ahora […] podemos hablar de ella sin temor y sin que precisemos disculparnos ». S. Freud (1923), «Una neurosis demoniaca del siglo XVII»,  OC, v. XIX. Notemos también que, según Freud, el deseo de hijo en la mujer es heredero del deseo de poseer el pene faltante, ¡y no del deseo de ser penetrada! 

[20] Bydlowski, M. (1997),  La dette de vie. Paris : PUF, coll. Le fil rouge, p. 103.

[21]  Ibid., p. 104. 

[22] Según un estudio conjunto de R. J. Stoller et G. H. Herdt, los tabús post-partum en los Sambia -una tribu de Nueva-Guinea- que prohíben todo contacto físico y visual del padre con la madre y el bebé, responden en parte al miedo a la excitación sexual que resulta de la visión de la lactancia. «Développement de la masculinité : une contribution transculturelle». In Robert J. Stoller (1989). Masculin ou féminin (1985). Paris : PUF, coll. Le fil rouge, p. 317. 

[23] Lanouzière (1990). «Schreber et le sein»,  Psychanalyse à l’université. Paris : PUF, 15, 57, p. 43.

[24] Ibid., p. 43-44. 

Apres-coup

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