Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

El apuntalamiento*
Christophe Dejours

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Intentaré discutir la relación entre apuntalamiento y cuerpo erógeno.

El punto de partida de la teoría sexual de Freud  está vinculado a la noción de apuntalamiento. El término es empleado por Freud primero en 1915; luego, introducido a posteriori en los Tres ensayos, pero abandonado en la continuación de su obra. Es elevado al estatuto de concepto  por Jean Laplanche,  pero éste último tiende, a su vez, a criticarlo y a minimizar su importancia. Por mi parte, yo considero el apuntalamiento como una noción muy importante.

El apuntalamiento, es el apuntalamiento de la pulsión en la función. Con el apuntalamiento se propone una teoría de la pulsión, es decir, de la forma en que las mociones sexuales humanas se distinguen de los instintos animales. Después de Lacan, y en cierta medida de Laplanche, son sobre todo los autores franceses quienes distinguen de forma radical a la pulsión del instinto.

Mientras que los anglosajones siguen refiriéndose a ambas nociones con  el término instinct, incluso cuando alguna vez utilizan el término drive, en alemán encontramos Instinkt y Trieb. La discusión terminológica es importante, aunque sería demasiado larga. A menudo Freud emplea el término alemán y el término de raíz latina sin distinguirlos claramente. Sin embargo, la arqueología del texto nos permite detectar una diferencia indiscutible entre ambas significaciones.

El apuntalamiento, en Freud, no es el apuntalamiento de la pulsión en el instinto, sino en la función. Se diría que el instinto no tiene ningún rol particular en la teoría de la pulsión. El instinto no nos sirve para discutir la formación de la pulsión. La función, por el contrario, es capital. Por funciones entendemos las grandes funciones vitales en el sentido fisiológico, en el sentido bernardiano[1] de la vida: la nutrición, la respiración, la función renal, las funciones endocrinas o metabólicas.

Debido a la extraordinaria inmadurez de la cría humana, que llamamos neotenia,  el neonato se encuentra en una dependencia extrema respecto del adulto para asegurar su equilibrio interno. Así, las funciones biológicas ponen inmediatamente al niño en relación con el adulto. Ante las necesidades fisiológicas del niño, el adulto responde proporcionándole alimento, meciéndolo,  aportándole calor y todo tipo de cuidados corporales. Si tomamos como ejemplo la función de nutrición, el niño descubre bastante rápido que puede jugar con el cuerpo del adulto y con su propio cuerpo. Jugar y frustrar, porque también puede tomarse su tiempo, rechazar el pecho o el biberón, reclamar el pecho para chuparlo o mordisquearlo pero sin mamar, hacer durar la lactancia y el placer, pero también hacer enfadar al adulto hasta el agotamiento. Puede llorar para reclamar aún más. Desde el comienzo se instauran relaciones bastante complejas en las que todo ocurre como si el niño afirmara progresivamente, tanto al adulto como a sí mismo, que su boca y sus labios ya no le sirven solamente para la función de nutrición, sino también para jugar, para chupar, para mordisquear y hasta para morder. Por lo tanto, en cierto modo, para jugar.

Entre la función fisiológica y la relación con la madre, un órgano –la boca- sirvió de pivote para subvertir las necesidades fisiológicas. Gracias al placer que experimenta al jugar con su cuerpo, el niño afirma que puede aplazar la satisfacción de sus necesidades. Freud denominó zona erógena a ese órgano que sirvió de pivote a la subversión. Más tarde, a medida que van madurando  sus funciones fisiológicas, el niño va descubriendo el placer de jugar con su boca o sus esfínteres, zonas privilegiadas de juegos sutiles gracias a los cuales aprende a manipular a los adultos. Pero ello también vale para su piel y para todas las zonas implicadas en los cuidados corporales. Progresivamente, todas las partes del cuerpo implicadas en la relación con el otro se ponen al servicio de juegos cada vez más complejos con el adulto. Así, poco a poco se construye el cuerpo de la relación con el otro, el cuerpo de los juegos eróticos y sexuales, el cuerpo de la excitación y del deseo. Se trata de un segundo cuerpo, también llamado cuerpo erógeno. Este segundo cuerpo es muy diferente del cuerpo fisiológico: no es ni innato ni natural. Es el cuerpo del apuntalamiento y del intercambio, que servirá tanto para manipular la relación con el otro como para todos los juegos de la sexualidad, que aportan a la relación adulta su dimensión propiamente erótica.

Se puede proponer, para este vasto movimiento de constitución del cuerpo erótico por desvío de las funciones fisiológicas, el nombre de subversión libidinal de las leyes biológicas. En efecto, gracias a este proceso el cuerpo se inscribe en un nuevo orden por relación al anterior; subversión porque, mediante este proceso, el sujeto humano se emancipa de los ritmos endocrino-metabólicos de su arraigo en la naturaleza. Así, la mujer puede sentir deseos y tener relaciones sexuales que ya no están pautadas por el ciclo menstrual, deseos y relaciones que pueden perdurar después de la menopausia, lo que constituye una libertad extraordinaria por relación a la mayor parte del resto de mamíferos y, con más razón, de otros animales más rudimentarios en el orden de la evolución. Así, el advenimiento de lo sexual y, más precisamente, del cuerpo erótico, es, en el ser humano, la condición de posibilidad de la libertad, o al menos de cierta autonomía por relación a las leyes naturales. Evidentemente lo que acabamos de decir sobre la mujer también vale para el hombre: a diferencia del toro y del caballo, el hombre deja de estar regulado por el ciclo menstrual de la hembra.

Esos deseos y esos intereses  que nacen de las zonas erógenas y del cuerpo erótico atañen propiamente a la pulsión, y no tienen prácticamente ninguna relación con los montajes instintivos innatos. La sexualidad del hombre es pulsional y fantasmática, no instintiva. Sin embargo -y es un punto crucial- toma al cuerpo como punto de partida, pero con la diferencia de que esta vez se tratará del cuerpo erógeno y no del cuerpo biológico. En otros términos, tenemos dos cuerpos: el cuerpo fisiológico y el cuerpo erótico, estando constituido el segundo por la subversión del primero. Para decirlo de otro modo, no hay cuerpo erótico sin un cuerpo biológico que lo preexista, aun siendo ciertamente inmaduro. Dos cuerpos que en alemán se denominan, respectivamente, Körper y Lieb.

Laplanche critica su propia teoría del apuntalamiento, tomada de Freud, porque, según él, insiste demasiado en la naturaleza endógena de ese largo desarrollo sexual. En efecto, para que ocurra todo ese proceso el niño necesita un compañero que acepte jugar con él. Lo que finalmente aparece como determinante es la forma en que el adulto actúa y reacciona. Es lo que Jean Laplanche denomina la prioridad del otro, pues el adulto no siempre acepta de buen grado jugar a esos juegos a los que el niño lo invita. Puede resistirse a ellos, no entenderlos, rechazarlos, enfadarse, a veces pegar al niño o sentir odio hacia él. Esas reacciones del adulto no son inocentes. La experiencia de la cura analítica con padres sugiere que todas las reacciones de los padres,   sean ajustadas o desequilibradas, están fundamentalmente vinculadas a la libertad con que el adulto disfruta de las excitaciones, ellas también eróticas, que despiertan en él las relaciones con el cuerpo del niño, a quien no solo debe aportar los cuidados necesarios para su autoconservación sino, también,  aceptar acompañarlo en el descubrimiento de los juegos eróticos. Como sabemos, en las diferentes etapas de este itinerario del cuerpo se instalan numerosos escenarios más o menos dramáticos y patógenos que, en última instancia, dependen de los impases neuróticos del adulto y de su propia sexualidad.

Así, ciertas zonas del cuerpo y ciertos juegos son electivamente bloqueados por el pánico, la cólera o la frialdad del adulto, de suerte que el niño no siempre llega a habitar la totalidad de su cuerpo. Ciertas funciones son excluidas de la subversión libidinal a la que me he referido, constituyendo puntos de fragilidad que luego se descubrirán en la sexualidad del niño, así como  zonas donde no se consiguió la emancipación y perdura la dependencia, el temor. Esto se manifestará en la vida erótica como ciertas imposibilidades de jugar con el propio cuerpo y con el cuerpo del otro, obstaculizando el encuentro erótico y ocasionando dificultades de todo tipo: frigidez, impotencia, etc.

En la reorganización teórica que Laplanche realiza, defiende la idea capital según la cual todos los intercambios entre el niño y el adulto, que se dan alrededor del cuerpo del niño,  son la ocasión de una trasmisión de mensajes  del adulto al niño. Mensajes más o menos equívocos acerca de la sexualidad, en este caso la sexualidad del adulto, de los padres. Por lo tanto, esos mensajes no acompañan rigurosamente las invitaciones del niño sino que dicen algo sobre el cuerpo del adulto: sobre su sensibilidad, su excitabilidad o su frigidez, y sobre todo el mundo fantasmático con que se confronta el adulto. Mundo fantasmático y sexual de los adultos que deforma el contenido de los intercambios intersubjetivos con el niño y que éste último solo comprende imperfectamente, de donde resulta, para él, una suerte de exigencia, de curiosidad, de esfuerzo por comprender. Este esfuerzo del niño tomaría la forma fundamental de una traducción -traducción de mensajes que le transmite nolens volens el adulto- en función de los medios que tiene a su disposición para pensar; no solo los medios instrumentales del pensamiento sino también los recursos de su experiencia, en particular de la experiencia y el conocimiento que tenga de su propio cuerpo, así como del cuerpo de otros niños y adultos de su ambiente. Conocimiento adquirido por ese trabajo de experimentación y de exploración que realiza asiduamente,  a veces apasionadamente, al ritmo de su curiosidad y de su propio desarrollo sexual. Así, para Laplanche lo sexual es fundamentalmente implantado por el adulto en el niño, lo quieran o no (ese adulto y, a fortiori, el niño). Y en esta intervención efectuada por el adulto, Laplanche descubre una verdadera operación de seducción, en la medida en que el adulto no puede dejar de atraer y orientar la curiosidad del niño, excitándolo con los contenidos sexuales inconscientes del mundo de los adultos. El niño es un hermeneuta y los adultos son seductores.

De lo que se trata aquí es de la condición humana. En ese proceso, el devenir del niño no depende solo de la naturaleza de los mensajes inconscientemente transmitidos por el adulto, no depende solo de la forma de la seducción. El devenir del niño es fundamentalmente un producto de las traducciones que él  realiza de esos mensajes. Y esas traducciones son extraordinarias, necesariamente individuales e irreductibles a las de cualquier otro.

En esta teoría, que Laplanche llama «teoría de la seducción generalizada», el punto de partida de lo sexual está del lado del adulto, no del niño. Es lo que llama  la inversión copernicana o, también, la prioridad del otro en la formación de la pulsión sexual. El objeto es al mismo tiempo la fuente de la pulsión, de donde surge el concepto de objeto-fuente. Se trata de un giro por relación a la concepción de la sexualidad que él califica de ptolemaica, que se instala en Freud a partir del momento en que renuncia a la teoría de la seducción para dar cuenta de la etiología de las neurosis. Sabemos que después de haber encontrado escenas de seducción efectivamente puestas en acto por adultos en la infancia de muchas histéricas, Freud debe admitir que en ciertos casos este origen histórico no puede ser encontrado. Entonces plantea la hipótesis de que el fantasma de seducción puede jugar el mismo rol que la seducción real.

En este punto sigue existiendo compatibilidad entre Freud y Laplanche. Queda sin resolver la cuestión del origen de esos fantasmas de seducción, si ellos no son los avatares de una seducción real. Freud se embarca en una construcción teórica complicada en la que asigna ese fantasma, calificado como originario, a huellas depositadas en la evolución filogenética, en virtud de una transmisión de caracteres adquiridos de tipo lamarckiano. Hay tres fantasmas originarios: fantasma de seducción, de castración y de escena primitiva.

Jean Laplanche toma sus distancias por relación a esta teoría, que él interpreta más bien como una racionalización mito-simbólica  -presente en  Totem y tabú y otros textos- que pasa por la idea de un pasado que vendría a asentarse en forma filogenética. Laplanche sostiene que la seducción por el adulto es totalmente real, pero no pasa necesariamente por la relación sexual con el cuerpo del niño. La conjunción entre la relación con el cuerpo del niño y el mensaje enigmático que el adulto le envía, así sea contra su voluntad,  suscita inevitablemente la excitación del niño, incluso un desbordamiento de excitación.

Planteo un punto suplementario: a pesar de sus esfuerzos de traducción, el niño no comprende la totalidad de los mensajes enviados por el adulto. Él siente la excitación y la interpreta con sus propios medios. De modo que se forma un resto no traducido, tal vez intraducible, cuyo contenido es, por definición, también sexual. Ese «resto» va a desempeñar un  rol decisivo: es el que se capitaliza para formar el inconsciente del niño. Inconsciente que es, entonces, sexual, reprimido por la insuficiencia y la inadecuación de la traducción. Esos contenidos no traducidos e inconscientes conservan íntegramente su poder de excitación sobre el psiquismo del niño y forman la base de las pulsiones y de los fantasmas sexuales inconscientes que acosarán al sujeto durante toda su vida. Desde entonces, el acoso vendrá del interior. En efecto, la parte que es traducida y pensada puede ser modificada, pero la parte que es reprimida en esa misma ocasión, el «resto», adquiere un estatuto aparte, convirtiéndose ella misma en fuente de excitación.

Notas

* «L’étayage», « Psychanalyse et morale sexuelle»,  S. Bateman, La morale sexuelle, Actes du séminaire du CERSES-CNRS, vol. 2, Paris, 2001 (Extrait). Traducción: Deborah Golergant

[1] Claude Bernard (1813-1878) fue un biólogo teórico, médico y fisiólogo francés.

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