Madrid, 21 del 04 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Cuestiones epistemológicas en psicoanálisis: la necesidad de una elección*
Hélène Tessier

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Mi intervención constituye a la vez un intento de respuesta a la pregunta-tema del coloquio «Où va la psychanalyse?» [¿A dónde va el psicoanálisis?] y un intento de modificarla un poco, de transformarla en algo que se parecería más a: «¿A dónde debería ir? … y  ¿por qué?».

Mi comunicación se titula «Cuestiones epistemológicas en psicoanálisis: la necesidad de una elección». Evidentemente no tengo la pretensión de hablar del conjunto de los problemas epistemológicos que se plantean actualmente en psicoanálisis. La aproximación que les propongo surge de ciertos interrogantes que suscita la posición epistemológica de la teoría de la seducción generalizada -y más generalmente del pensamiento de Laplanche- respecto a la definición de los principales conceptos del psicoanálisis, especialmente la definición de sexualidad y de inconsciente sexual. En esta comunicación me limitaré sobre todo a esas dos nociones.

Dividiré mi intervención en cuatro partes:

1. Algunas observaciones preliminares, que tratarán sobre la importancia concreta de las consideraciones epistemológicas en psicoanálisis;

2. la teoría de la seducción generalizada y su dimensión polémica, que encontramos especialmente en su crítica del extravío biologizante de la sexualidad en psicoanálisis;

3. las concepciones del inconsciente sexual en las grandes corrientes del psicoanálisis contemporáneo, que pondré a debatir con la teoría de la seducción generalizada;

4. una conclusión que tratará sobre la necesidad de elegir entre diferentes teorías. ¿Según qué criterios podemos evaluarlas? ¿En qué criterios puede basarse esa elección?

 

1.Observaciones preliminares: la importancia concreta de las cuestiones epistemológicas en psicoanálisis

Aunque el psicoanálisis contemporáneo todavía se presenta como  disciplina unificada, consta de una gran variedad de teorías a menudo incompatibles entre sí. Actualmente se encuentra tan diversificado que es difícil sostener que conceptos como inconsciente, pulsión, sexualidad y hasta psicoanálisis remiten a una realidad común. Sin embargo, fuera de los círculos psicoanalíticos se supone que el término «psicoanálisis» se refiere a una realidad relativamente precisa. En la cultura popular suele evocar una forma de psicología centrada en la primacía de la infancia y teñida de una cierta normatividad estructurada por la diferencia de sexos y los conceptos ligados a la filogénesis, como por ejemplo el Edipo. Esta doble situación es problemática, particularmente en lo que respecta a las relaciones entre el psicoanálisis y otras disciplinas.

En los medios psicoanalíticos se cultiva la ilusión de la existencia de un lenguaje común, en el cual podrían coexistir las definiciones más diversas aun cuando describen realidades que se oponen. Ello constituye un obstáculo importante a las posibles contribuciones del psicoanálisis en los campos clínico y  social. En efecto, esa falsa fachada impide toda verdadera crítica epistemológica del psicoanálisis. Las divergencias casi nunca son auténticamente asumidas como tales y la incompatibilidad radical de ciertas posiciones es sistemáticamente ocultada. En estas condiciones, entre los psicoanalistas se mantiene artificialmente la idea de que no es necesario  efectuar una elección entre diferentes teorías y que resulta inútil posicionarse a favor de una opción teórica.

¿Por qué? Las razones de tal actitud merecen ser estudiadas, lo que ciertamente pasa por un análisis tanto de las relaciones sociales de trabajo como del dominio ejercido por un «antirracionalismo militante» (Rastier) que se  impuso por las vías, a menudo combinadas, del neopragmatismo y la deconstrucción. Aquí no podemos abordar este análisis. Solo señalaré  que la irritación expresada a propósito de la teoría, cuando resiste a su reducción tecnicista y reivindica una dimensión científica, constituye un fenómeno inquietante. En su obra, Laplanche denunció en varias ocasiones esta tendencia en psicoanálisis. En un texto sobre la sublimación, que se remonta a fines de los años 90, lamenta que en los círculos psicoanalíticos «la discusión generalmente tenga lugar con “teoría de seda”  (como se dice, “con guante de seda”) [“à fleuret moucheté”] ».  «¿Se trata de cortesía?» -escribe- « ¿de una “actitud analítica” trasladada a la discusión entre colegas, o de escepticismo frente a toda teoría?». Esta última posibilidad sería la más alarmante si tenemos en cuenta, como nos enseña la historia, el terreno fértil que el descrédito de la teoría ofrece a las derivas obscurantistas, sea que ese descrédito pase por el empirismo y el pragmatismo, sea que pase por el vitalismo expresado en un estetismo aforístico. Aunque probablemente no conviene adoptar una posición demasiado alarmista, lo cierto es que en psicoanálisis la discusión sobre la posibilidad de referirse a una realidad común, al menos en lo que atañe a la delimitación de su campo epistemológico y la definición de su objeto, constituye una condición necesaria para que puedan producirse verdaderos debates. Por lo tanto, desde esta perspectiva retomaré un interrogante que Laplanche formulaba en el artículo al que acabo de referirme: ¿En psicoanálisis es posible «discutir sobre casos o sobre varias otras cosas que no son casos, por ejemplo ciertos fenómenos culturales, sin preguntarnos si existe entre nosotros un mínimo acuerdo sobre lo que mueve fundamentalmente a los seres humanos?».

 

2. La teoría de Laplanche y su dimensión polémica

Más allá del interés que posee en sí misma, la teoría de Laplanche se revela como un objeto perfectamente adecuado para estudiar los problemas epistemológicos que enfrenta el psicoanálisis. Ante todo conviene situar esta teoría. Por un lado, se trata de una teoría psicoanalítica. Desde este punto de vista, se basa en el descubrimiento freudiano del inconsciente y el reconocimiento del carácter central de la sexualidad como factores determinantes de los pensamientos y conductas humanas. Por otro lado, se trata de una teoría original que cuestiona varios aspectos de la teoría freudiana y, en varios puntos, se sitúa en oposición a las corrientes dominantes del psicoanálisis contemporáneo. Sin embargo, no consta únicamente de elementos críticos. Propone unos «nuevos fundamentos para el psicoanálisis» que se articulan alrededor de dos conceptos: la situación antropológica fundamental y la hipótesis traductiva de la represión.

Aquí no haré una exposición de la teoría de la seducción generalizada; me contentaré con recordar lo que la distingue de las concepciones más corrientes y lo que hace que nos obligue a tomar posición. Con este propósito, abordaré tres puntos de distinta extensión:

1)La exigencia de verdad en la elaboración metapsicológica de Laplanche.

2) La descripción de algunos postulados en los que se basa la teoría de la seducción generalizada.

3) La crítica del extravío biologizante de la sexualidad, sobre la que se apoya mi argumento de la necesidad de una elección.

1)La exigencia de verdad

Solo diré unas palabras sobre esta cuestión que constituye un rasgo distintivo del pensamiento de Laplanche, especialmente en las condiciones culturales actuales. Laplanche se sitúa « a contra-corriente» (para retomar el título de uno de sus artículos incluido en su libro Sexual. La sexualité élargie au sens freudien) de la epistemología post-moderna. Debido a esta exigencia de verdad, su teoría difícilmente puede yuxtaponerse a otras posiciones que le son incompatibles, al menos en lo que atañe al origen y la naturaleza del inconsciente sexual. Esta exigencia plantea directamente la cuestión de la necesidad de una elección.

En efecto, la cuestión de la verdad se encuentra en el centro del pensamiento de Laplanche. En su opinión ella se plantea de entrada en la investigación científica, tanto en ciencias humanas como en psicoanálisis: «La afirmación de verdad o falsedad –escribe- no es susceptible de inconsistencia» (1). Un paradigma científico, agrega, no debería considerarse  como algo «a elegir arbitrariamente entre todo un abanico de posibilidades» (2).

2) Algunos postulados de la teoría de la seducción generalizada

La concepción del inconsciente sexual que encontramos en la teoría de la seducción se desprende de cierto número de postulados, que le otorgan su especificidad.

a) La teoría psicoanalítica –la metapsicología- y la invención de la cura psicoanalítica están indisociablemente ligadas. Así, la metapsicología debe poder dar cuenta no solo de la vida del alma y sus elementos determinantes, sino también de la acción de la cura psicoanalítica

b) El psicoanálisis es una antropología: busca categorías universales «del ser humano y del devenir humano» (3). Según Laplanche, la represión originaria y el proceso de sexualización que desencadena –sexualización y no sexuación- marca el comienzo del proceso de humanización.

c) El objeto del psicoanálisis, que desde esta perspectiva es el inconsciente sexual, forma parte de esas categorías universales del devenir humano. No es un invento del psicoanálisis; existe independientemente de él y su acción, que es invasiva, se manifiesta en el conjunto de las actividades humanas.

d) El campo epistemológico del psicoanálisis está determinado por la línea que separa lo humano de lo vivo y está delimitado por la frontera entre la sexualidad y la auto-conservación. Esta posición supone un cierto número de corolarios: I) La sexualidad que atañe al psicoanálisis es la sexualidad infantil, autoerótica, cuya fuente es el fantasma. Se trata de una sexualidad que no está ligada a la procreación ni a la diferencia de sexos, ni siquiera a la diferencia de géneros. II) Desde esta perspectiva, la «fantasía, en su vínculo original con la excitación, constituye el dominio propio, no especulativo del psicoanálisis» (1997). III) Una fantasía se define por un contenido, por más fragmentario que éste sea. El contenido compete al orden del pensamiento y no al orden material. IV) Como atributo humano, el inconsciente sexual proviene de una modalidad de relaciones entre humanos. Debemos dar cuenta de su origen y del origen de los contenidos fantasmáticos de manera histórica.

e) Si el trabajo analítico es susceptible de modificar las fuerzas presentes en el conflicto psíquico, es decir, la relación de fuerza entre el inconsciente sexual y los otros componentes del alma, es porque reinstaura una «situación antropológica fundamental» n el origen de la constitución de ese inconsciente sexual.

3) La crítica del extravío biologizante de la sexualidad

La crítica de lo que Laplanche llamó el «extravío biologizante de la sexualidad» en psicoanálisis se basa en la concepción de la situación antropológica fundamental. Sobre este tema conviene insistir en los siguientes puntos: I) La presencia simultánea de un adulto – o de un niño mayor- provisto de inconsciente sexual y de un infante que, en ese momento, todavía carece de uno, constituye la condición necesaria para que se produzca esa situación antropológica fundamental y universal que está en el origen de la represión originaria y de la constitución del inconsciente. Esta situación se caracteriza por la asimetría, que resulta de la presencia del inconsciente sexual en el adulto y de su ausencia en el niño. Tal asimetría es en sí misma constitutiva de la situación antropológica fundamental. II) La sexualidad no surge a partir de una actividad autoconservativa. La sexualidad del niño solo puede originarse a partir de un material que ya es sexual. III) Ese material es el fantasma sexual del adulto, entendiéndose sexual en el sentido psicoanalítico de sexualidad infantil, es decir, auto-erótica, perversa y polimorfa. Ese fantasma solo puede encontrarse en el adulto o en el niño mayor que cuida al infante, pues en ese momento éste último aún se encuentra desprovisto de inconsciente sexual. IV) El fantasma compromete los mensajes verbales y no verbales dirigidos al niño. Aquí insistimos en la categoría del mensaje dirigido al niño, es decir, en una dimensión que presenta un contenido comunicacional. Cualquiera que sea el modo mediante el cual ese contenido es comunicado –un acto, un gesto, una omisión, etc…- se trata de un contenido que atañe al orden de lo supra-sensible o, dicho de otro modo, al orden del pensamiento.

Estos elementos son incompatibles con las teorías que atribuyen al inconsciente una fuente endógena o hereditaria, reconociéndole una existencia o unos contenidos que preexistirían a lo reprimido individual (4). Así, sobre este punto Laplanche entabló una discusión tanto con las teorías de Freud como con el conjunto de las corrientes post-freudianas. En efecto, criticó las diversas formas que adoptaron, incluso en Freud, las hipótesis que implican la existencia de una fuente biológica o hereditaria del inconsciente o de sus contenidos, reagrupándolas con el nombre de «linaje genético». Éste, en lugar de otorgar «la prioridad al proceso de represión, por lo tanto a una creación del inconsciente en el curso de cada existencia individual», sitúa «el inconsciente en un linaje (…) donde se encuentra en posición de elemento primero, primordial» (5).

Según Laplanche, el linaje genético se presenta en cuatro formas. En primer lugar el linaje psicológico, según el cual «todo lo que es consciente fue primero inconsciente» (6). En este caso, el inconsciente correspondería a procesos primitivos de la mente a partir de los cuales emergerían los procesos conscientes. De modo que al comienzo el inconsciente no estaría reprimido y la represión intervendría secundariamente, como mecanismo de defensa. Este linaje constituye una referencia esencial de la ego-psychology hartmanniana que, al intentar hacer del psicoanálisis una psicología general, paradójicamente abrió camino a las escuelas relacionales contemporáneas. El linaje psicológico influye  significativamente en las orientaciones intersubjetivas, para las que el término inconsciente solo consta de una dimensión descriptiva y designa aquello de lo que no tenemos conciencia (unaware, non-awareness) (7). Así mismo,  se encuentra en las corrientes que integran psicoanálisis y ciencias cognitivas en la definición del inconsciente (8).     

La segunda manifestación corresponde al linaje de la biología individual, según el cual el ello constituye la parte no reprimida del inconsciente y el gran reservorio de las pulsiones, estando directamente abierta sobre el cuerpo. Esta hipótesis se sitúa en el fundamento de la orientación kleiniana, según la cual la pulsión de muerte (death instinct) existiría desde el origen. No solo  el ello estaría presente de entrada sino también el yo, es decir, el aparato psíquico en el sentido psicoanalítico del término. Por lo tanto, la represión no sería necesaria para la formación del alma humana: ésta encontraría su fuente en procesos biológicos.

La tercera manifestación del linaje genético se encuentra en la filogénesis y adopta la forma de fantasmas originarios que supuestamente constituirían el núcleo del inconsciente. Este linaje es particularmente importante en el psicoanálisis francés pero se lo encuentra, de forma general, en el psicoanálisis clásico. Los fantasmas originarios corresponden a los grandes complejos del psicoanálisis, especialmente el Edipo, la castración, la escena primitiva… El linaje filogenético no plantea la hipótesis de un inconsciente presente desde el origen y reconoce la necesidad de la represión para la formación del inconsciente; sin embargo, considera  sus contenidos como universales. Al ser independientes de la historia singular, estarían predeterminados y serían hereditarios.

La cuarta manifestación del linaje genético se encuentra en el pensamiento «metabiológico y metacosmológico» de Freud (Más allá del principio de placer, 1920) «que reduce el inconsciente a algo atávico inmemorial» (9). En esta corriente de pensamiento, que corresponde al segundo dualismo pulsional de Freud –la oposición Eros/ Tánatos-, el inconsciente sexual no es producto de la represión. Sin embargo, notemos que aunque Laplanche ha criticado sistemáticamente la noción de pulsión de muerte, considerándola una especulación metabiológica, nunca ha rechazado la idea de una pulsión sexual de muerte, que corresponde a la pulsión sexual en sus aspectos más desligados.

 

3. Las cuestiones epistemológicas en el psicoanálisis contemporáneo en función de la definición de inconsciente

La mayoría de las concepciones del inconsciente sexual que encontramos en las orientaciones actuales más influyentes se relacionan al linaje genético en una de sus cuatro formas. La expresión que utilizo, «orientaciones actuales en psicoanálisis», está voluntariamente poco definida. Puesto que aquí se trata de situar las concepciones del inconsciente sexual que encontramos en psicoanálisis sobre los planos epistemológico y filosófico, el objetivo no es  resaltar sus matices sino, por el contrario, agruparlas en función de sus puntos comunes. Dicho esto,  se puede observar dos grandes tendencias en el psicoanálisis actual. Por un lado están las corrientes que llamaré “corrientes anglosajonas” y, por otro, las corrientes relacionadas a una tendencia  que llamaré “tradicional” o “clásica”. Los calificativos que he elegido para distinguir las dos corrientes no son del todo precisos pero, en mi opinión, poseen un valor heurístico. Llamo “corrientes anglosajonas” a aquéllas donde la orientación relacional se ha vuelto muy importante; las que consideran al inconsciente sexual como una realidad psicológica subjetiva, originada en esquemas relacionales precoces, a la que la relación analítica busca encontrar sentido. Estas corrientes se vinculan a la vez a los linajes psicológico y biológico descritos por Laplanche. Llamo “corriente  tradicional o clásica” a una tendencia  considerada generalmente como más freudiana, que permanece cercana al linaje filogenético. La tendencia tradicional, en el sentido en que utilizo esta expresión, abarca un conjunto de corrientes en las que el inconsciente y la pulsión se definen en relación a la diferencia de sexos, a los fantasmas originarios y a entidades mito-simbólicas. Una precisión importante: la tendencia relacional y la tradicional no son mutuamente excluyentes. En el psicoanálisis contemporáneo los juramentos de fidelidad teóricos ya no constituyen tabiques herméticos. Así, en la tendencia relacional encontramos referencias al Edipo, a la castración y, de forma general, a la antropología freudiana. Del mismo modo, los representantes de la corriente tradicional también se refieren a teorías relacionales. Sin embargo hay que notar que no siempre fue así.

Como pueden constatar, aquí utilizo la expresión corrientes anglosajonas de manera amplia, agrupando las escuelas de las relaciones de objeto británicas y americanas en sus versiones actuales, las corrientes intersubjetivas y las teorías socio-constructivistas. En otros términos, puesto que en esta demostración me concentro en la definición del inconsciente sexual, agrupo bajo la rúbrica de «corrientes anglosajonas»  las teorías a las que la corriente tradicional reprocha, o ha reprochado, el haber desexualizado, y en cierto modo «higienizado», el psicoanálisis. Este reproche debe examinarse más de cerca. En efecto, Laplanche formula una crítica semejante dirigida a la propia corriente tradicional. Para él, recentrar al sujeto en su origen biológico y en su psicología personal íntima e ignorada, o recentrarlo en fantasmas originarios que se presentan en una forma ya ligada, siendo transmitidos de modo transgeneracional, constituyen, en ambos casos, maneras de dejar de lado los aspectos perversos, polimorfos y desligados de la sexualidad infantil, al mismo tiempo que la alteridad demoniaca de lo sexual en el alma humana. En el plano epistemológico, los dos modos de recentramiento que caracterizan a la corriente anglosajona y a la corriente tradicional, ambas ligadas al romanticismo, se vinculan a dos formas diferentes de la tradición irracionalista: por un lado, la apología de la subjetividad psicológica y del subjetivismo del conocimiento y, por otro lado, la teoría mito-simbólica.

1)La corriente anglosajona

La corriente anglosajona contemporánea pone énfasis en la subjetividad y en la relación intersubjetiva que caracteriza tanto la relación analítica como la formación de la vida psíquica. Por lo demás, el término “relación de objeto” remite a una relación sujeto/objeto donde el sujeto construye su objeto en gran medida por proyección. A pesar del carácter preeminente que atribuyen a las relaciones precoces, estas teorías siguen diferenciándose de la teoría de Laplanche. Ésta última no se refiere a la relación entre dos sujetos, sino a la formación del inconsciente sexual del niño a partir del inconsciente sexual del adulto en el marco de la asimetría de la situación originaria adulto/niño. Esta asimetría no se explica por el estado de dependencia del niño –aunque éste sea incontestable- sino que consiste, como dijimos, en el hecho de que el niño, que aún no tiene un inconsciente sexual, se encuentra en presencia de un adulto cuyo inconsciente sexual existe y actúa. Por lo demás, en la corriente anglosajona contemporánea la oposición amor/odio ha reemplazado al dualismo sexualidad/autoconservación y la metapsicología no ocupa mucho espacio. El self, que en la teoría freudiana corresponde a una función del yo (10), se considera una instancia de la tópica. En esta corriente, el inconsciente generalmente remite a los afectos ignorados, desviados de su primer destino, reprimidos u ocultos en lo más íntimo del sí mismo (self).     

Las corrientes anglosajonas contemporáneas derivan de varias fuentes filosóficas. Así, las escuelas socio-constructivistas -que criticaron los cánones interpretativos del psicoanálisis tradicional, su simbolismo filogenético y la reificación de conceptos metapsicológicos- se vinculan principalmente a la fenomenología,  enfatizando la intencionalidad de los actos psíquicos y el rol del intérprete en la construcción de sentido. Las corrientes actuales se han vuelto más eclécticas e insisten más en la intersubjetividad como condición necesaria del nacimiento del sujeto. En ellas encontramos la concepción, que también evoca a la fenomenología, según la cual el nosotros precede al yo. Esta concepción resulta problemática en psicoanálisis. Por un lado, el término “intersubjetivo” supone la presencia simultánea de dos sujetos, cuando la noción de sujeto es precisamente lo que el psicoanálisis contribuyó a  hacer estallar. Por otro lado, esa concepción no permite preguntarse por el origen de los dos sujetos que constituyen la primera relación intersubjetiva. Las corrientes relacionales le atribuyen fácilmente un origen que escapa al campo específico del psicoanálisis, origen cuyo sustrato sería biológico o neurofisiológico. Desde esta perspectiva, se sitúan en las antípodas de la concepción de Laplanche. En la teoría de la seducción generalizada el inconsciente sexual se caracteriza por su carácter de cosa, por su alteridad radical: representa «lo menos subjetivo que hay en nosotros» (Sexual. La sexualité élargie au sens freudien).

Por otro lado, además de referirse a las relaciones precoces del lactante, las escuelas anglosajonas enfatizan la relación intersubjetiva que constituye la relación analítica, así como la experiencia afectiva vivida en sesión y la elaboración del sentido de esa experiencia. Por lo tanto, prestan una atención sostenida a las sensaciones y  sentimientos de los participantes, así como al rol preponderante de la subjetividad -definida esencialmente como una subjetividad psicológica-, a la vez fuente de conocimiento y herramienta de creación narrativa. Por lo demás, la propia interpretación representa una comunicación interpersonal que procura una nueva ocasión de contactos afectivos que apuntarían a favorecer una narratividad más rica. En consecuencia, constituye una actividad hermenéutica que no se basa en un simbolismo preexistente sino en la integración del sentimiento subjetivo en un proceso de auto-teorización y de auto-historización. Sin poner en duda su pertinencia terapéutica, una tal perspectiva es difícilmente conciliable con la concepción de un inconsciente sexual que resistiría a toda lógica comunicativa, en particular a las lógicas del sentido y de la significación. En efecto, la hermenéutica es una herramienta de ligazón: provenga del paciente o del analista, en el plano epistemológico la hermenéutica está al servicio de la represión (de hecho en ciertos casos favorece la sublimación, pero habría que desarrollar este aspecto a profundidad).

La corriente intersubjetiva contemporánea acepta bastante fácilmente la hipótesis de que el origen de la vida psíquica estaría sobredeterminado  por  estructuras psicológicas precoces y  factores relacionales. Las estructuras psicológicas precoces, en parte ligadas a factores ambientales y en parte a factores constitucionales, serían en primer lugar del orden de fenómenos cerebrales, anatómicos o fisiológicos. De modo que el psicoanálisis tendría una frontera común con la biología. Esta frontera, así como la concepción psicológica de la subjetividad y la importancia otorgada a la proyección como instrumento de aprehensión del mundo exterior, contribuyen a hacer del psicoanálisis una teoría de la conciencia, en la que se enfatizan los aspectos afectivos y proyectivos en la creación de una realidad subjetiva. Así, el psicoanálisis descubre puntos de conexión con la psicología cognitiva y las neurociencias, por lo que esas disciplinas pueden explorar pistas de validación mutua.

En cuanto a las tradiciones filosóficas, incluso si en ciertos representantes de la corriente anglosajona puede reconocerse la influencia del trascendentalismo y el romanticismo, esta corriente se encuentra marcada sobre todo por el pragmatismo, que ejerció una influencia decisiva en la psicología norteamericana de comienzos del siglo XX (Tessier, 2005). Por un lado,  ya señalamos que su concepción de subjetividad  corresponde  a algo experimentado de lo que se toma conciencia, en la línea del «stream of consciousness» de James (1892). Por otro lado, esta concepción de la subjetividad presenta aspectos funcionalistas, ellos mismos vinculados al pragmatismo: la conciencia tiene por función el conocimiento y, a su vez, este último deviene un atributo de la conciencia en tanto fenómeno de origen físico. Así, el conocimiento debe tratarse como un fenómeno de orden psicofísico y, por lo tanto, la teoría del conocimiento ya no debe ser algo que concierna a la filosofía sino a la psicología y a la neurofisiología. Por lo tanto, su componente crítico deja de ser un elemento pertinente.   

La naturalización de la epistemología es característica de las filosofías de la mente, ellas misma ligadas al pragmatismo. Esas teorías ejercen una influencia determinante en la cultura actual y, en particular, en psicoanálisis. Aunque en parte se inscriben en la continuidad del conductismo, las filosofías de la mente han criticado que el conductismo excluya del análisis de los determinantes del comportamiento aspectos relativos a los deseos y la intencionalidad. Las filosofías de la mente han rehabilitado esos factores y los consideran indispensables en una teoría de la mente. Esa posición permite comprender mejor que en la corriente anglosajona se aprecien estrechos vínculos entre, por un lado,  psicoanálisis y  teoría del conocimiento y, por otro lado,  teoría del conocimiento y teoría del pensamiento. Es por eso que el modelo del aprendizaje como factor de transformación terapéutica ocupa un lugar central en el psicoanálisis anglosajón. Se trata particularmente del aprendizaje en la esfera afectiva por exposición a nuevos modos relacionales. Esta experiencia sería favorable al desarrollo de una nueva red de creencias y representaciones que aumentarían las posibilidades del paciente de dar cuenta de su comportamiento y del comportamiento de otros (Fonagy).  

Existe una relación lógica entre el desinterés por el inconsciente sexual, o al menos por lo que Laplanche (1999, p.110) llama el «realismo del inconsciente» –su afirmación del inconsciente como realidad psíquica distinta- y la noseología donde se inscriben las concepciones clínicas de la corriente relacional contemporánea (11). En efecto, estas últimas ponen el acento en el carácter subjetivo de lo vivido, pero también del conocimiento. De hecho, sostienen que el individuo sólo puede conocer la realidad que él mismo ha construido o, más restrictivamente, que sólo lo real construido es significativo y resulta operativo para el individuo. Desde este punto de vista, se acercan de derecho -o al menos de hecho- al idealismo subjetivo, según el cual no existe una realidad independiente de nuestra conciencia. En estas condiciones es lógico que, en el plano teórico, la corriente relacional no acepte la hipótesis de una instancia que, aun sin ser material, posea la realidad de una cosa y que, aun escapando a la conciencia, posea una existencia independiente de ésta.   

Debemos recordar que en las escuelas socio-constructivistas americanas, el rechazo de la referencia al inconsciente sexual correspondía primero a una crítica epistemológica del psicoanálisis clásico, en particular de la noción de inconsciente pulsional ligado a los grandes complejos del psicoanálisis. Esas escuelas no aceptaban que éstos pudieran servir como fundamento objetivo de la interpretación psicoanalítica, cuestionando especialmente  su carácter falocéntrico y etnocéntrico. Esta tendencia sigue encontrándose en las escuelas norteamericanas. Sin embargo, es lamentable que los psicoanalistas que rechazaron el sexismo inherente a las descripciones clásicas del inconsciente originario se hayan sentido, al mismo tiempo, obligados a criticar la importancia de la referencia a la sexualidad en psicoanálisis. Además, muchas orientaciones post-freudianas del psicoanálisis anglosajón ya habían atenuado el rol del factor sexual en la teoría y la práctica psicoanalíticas por razones que no estaban necesariamente ligadas al falocentrismo de la teoría freudiana de las pulsiones.

Así, las teorías winnicottianas y neowinnicottianas, tan influyentes en el psicoanálisis contemporáneo, se apartaron progresivamente de toda referencia a la pulsión. A ello también contribuyen las teorías del apego, que a menudo se integran en el corpus teórico psicoanalítico. Ellas enfatizan la dimensión psicológica del traumatismo ligado a las modalidades patológicas de apego, así como sus consecuencias neurobiológicas. Así,  a menudo la pulsión se considera una noción que se ha vuelto obsoleta. Es cierto que algunos representantes de las escuelas relacionales, sensibles a los reproches de desexualización del psicoanálisis que se les ha dirigido,  desean recuperar la referencia a lo sexual. Pero es lamentable constatar que, al intentar restablecer lo «pulsional», los representantes de la corriente intersubjetiva asimilan la sexualidad a elementos ligados a la escena primitiva, al Edipo y a los estadios psicosexuales, demostrando así que las representaciones sociales relacionadas al simbolismo filogenético siguen influyendo sobre sus concepciones.

2) La corriente tradicional

La corriente clásica o tradicional constituye la otra corriente originada en la teoría freudiana. Esta corriente postula la existencia de un inconsciente originario constituido por fantasmas universales, fantasmas que se sitúan en la base de los grandes complejos del psicoanálisis, como el Edipo y la castración. La corriente tradicional atraviesa el conjunto del psicoanálisis clásico. Sin embargo, conserva un vigor particularmente importante en el psicoanálisis francés, aun cuando se encuentra cada vez más integrada en las orientaciones anglosajonas, en particular  la de Winnicott.

Esta corriente depende mucho más que la corriente anglosajona de la teoría filogenética de Freud, otorgando un rol preponderante al mito en la determinación de los contenidos del inconsciente sexual. Por lo tanto, las orientaciones contemporáneas ligadas a la corriente tradicional hacen referencia al Edipo, la castración, la muerte del padre, la escena primitiva, etc., sin que su relación con la teoría de las pulsiones sea muy  precisa. En la teoría filogenética, la relación entre el mito y el contenido del inconsciente sexual pasa por el concepto de representante-representación de la pulsión, y la disposición hereditaria postulada por Freud daría cuenta del contenido de los fantasmas originarios. Así, la teoría freudiana asigna dos tipos de base interna a la pulsión: una base somática, en la forma de zonas erógenas y de estadios del desarrollo psicosexual, y una base genética, en la forma de contenidos originarios de representantes-representación de la pulsión.

En la constitución del inconsciente sexual, la hipótesis filogenética pone el acento en el factor interno. Sin embargo, éste no es solamente de estirpe biológica: puede atribuirse a las fuentes hereditarias que encontrarían su origen en experiencias traumáticas vividas por la humanidad en un estadio originario. Así, los fantasmas de amenaza de castración o de seducción corresponderían a acontecimientos vividos por ancestros lejanos y su transmisión, aunque haga intervenir el elemento biológico –puesto que se trata de una transmisión hereditaria-, no resulta únicamente de una inscripción en el cuerpo. También necesita de la mediación simbólica del lenguaje, que asumiría el relevo de una generación a otra. En la teoría de Freud, la parte atribuida a la disposición filogenética y a los fantasmas hereditarios –especialmente los de castración y muerte del padre- finalmente se volvió preponderante (Grubrich-Simitis, 2007).

Los representantes de la corriente tradicional temen que el interés actual por los factores externos lleve a perder de vista el rol primordial del fantasma y del ataque pulsional en la formación de la vida psíquica. El hecho de atribuir al inconsciente contenidos originarios que coinciden con  contenidos de mitos, en particular el mito de Edipo, les permite dar cuenta del contenido del fantasma -que actúa como representante psíquico de la pulsión- sin necesidad de apelar a las relaciones con el objeto exterior. Así, la noción de contenidos originarios del inconsciente les sirve especialmente para recordar que, en psicoanálisis, el factor externo nunca debe considerarse independientemente del tratamiento fantasmático que le impone el sujeto.

Que esta última afirmación sea exacta no implica la existencia de contenidos originarios del inconsciente. Sin embargo, esa es la solución elegida en la hipótesis filogenética, donde el mito se sitúa en el origen de contenidos supuestamente universales. Esa solución, que se vincula a la tradición irracionalista, no deja de plantear problemas en el plano axiológico, en particular porque el mito niega el carácter histórico de la dominación. Sin embargo, precisemos que la referencia al mito en psicoanálisis no necesariamente supone una tendencia irracionalista. En efecto, el mito cumple una función que la metapsicología puede explicar. Por ejemplo, Laplanche sostiene que el mito sirve como código de traducción o, más precisamente, como medio para ligar la angustia que resulta del ataque pulsional, dándole una forma y una representación a las que asociarse. La cuestión se presenta de un modo distinto cuando el mito es considerado bien como un contenido a priori del inconsciente, bien como el equivalente psíquico del inconsciente sexual. Este punto de vista otorga al mito una posición originaria en la teoría. Ahora bien, el rol de la teoría consiste precisamente en deconstruir de forma crítica la descripción del mito en tanto fenómeno no histórico.

De modo que la corriente tradicional también supone una afiliación irracionalista, aunque de un linaje diferente al de la corriente anglosajona (por lo general más próxima del socio-constructivismo y del pragmatismo). En efecto, la idea de que podría existir un inconsciente originario, no histórico, cuyos contenidos serían independientes de lo reprimido individual, constituye una idea fuerte del irracionalismo romántico: piénsese por ejemplo en los temas de Wagner y en la pasión por lo originario, que no solo anima su música sino también los textos de sus óperas. Del mismo modo, el interés por el mito -incluido el mito originario-, la crítica del progreso, la cesura entre naturaleza y civilización, constituyen leitmotivs románticos que también encontramos en filosofía, por ejemplo en Nietzche o en Spengler (Lukacs, 1958. T. 2).

En efecto, la teoría filogenética se refiere a una prehistoria originaria que escapa a la esfera humana. Incluso si se toma distancia del mito original de la muerte del padre de la horda primitiva, el hecho de describir la situación edípica o la triangulación ligada a la familia tradicional como características fundadoras de la humanidad lleva a considerarlas como fenómenos naturales, independientes de la organización social, las relaciones de poder y, más particularmente, los aspectos históricos de la dominación de género. Tal tendencia ha empobrecido considerablemente la noción de sexualidad, que en la corriente clásica adoptó los aspectos normativos de la diferencia de sexos, la familia tradicional, el predominio del falo y el rol privilegiado de la función paterna (12) en la estructuración de la ley y el pensamiento formal. En esta corriente, las relaciones amorosas en su forma adulta y la sexualidad en el sentido popular del término (13) se han convertido, para todo fin práctico, en sinónimos de la sexualidad infantil en psicoanálisis.

La concepción mítica de la anatomía, de la diferencia de los sexos y de los roles parentales en la que se apoya la corriente tradicional, ha permitido que el psicoanálisis reciba reproches de sexismo y falocentrismo. Es por ello que, como mencioné antes, muchos representantes de la corriente anglosajona -influidos por las teorías culturalistas y el pensamiento feminista- rechazaron la referencia al inconsciente sexual al considerar que la definición de esa noción pasaba necesariamente por la normatividad de la corriente tradicional en materia familiar. Otros simplemente mezclaron las dos corrientes y combinaron una perspectiva relacional con interpretaciones de lo sexual inconsciente basadas en el Edipo y la diferencia de sexos, sin aclarar verdaderamente las contradicciones ligadas a su posición en el plano epistemológico.

La descripción de las diferencias entre las dos corrientes permite poner en evidencia en qué se distingue de ambas la teoría de Laplanche en lo relativo a su definición del inconsciente sexual,  y en qué sentido puede decirse que esta definición resulta incompatible con esas dos corrientes. A diferencia de la corriente anglosajona, la teoría de Laplanche insiste en el carácter central de la sexualidad en psicoanálisis. No pone el acento en el carácter relacional o intersubjetivo de las relaciones precoces del lactante con los adultos cuidadores, sino en los mensajes emitidos por esos adultos: mensajes comprometidos por su inconsciente sexual, es decir, por el fantasma sexual del adulto. Por otro lado, la teoría de Laplanche también se distingue de la corriente clásica al rechazar la idea de un inconsciente originario cuyos contenidos preexistirían a lo reprimido individual. Además, difiere de ambas corrientes al descartar la hipótesis de un inconsciente de origen endógeno, biológico, psicológico o hereditario, y al  adoptar una definición muy específica de la sexualidad infantil que no se basa ni en zonas erógenas específicas, ni en la sexualidad genital,  ni en la diferencia de sexos.

 

4. Conclusión: La necesidad de una elección. ¿Según qué criterios puede evaluarse una teoría?

Constatamos que la teoría de la seducción generalizada se inscribe en una tradición filosófica diferente de aquéllas que corresponden a las principales corrientes psicoanalíticas postfreudianas; por lo tanto, propone  fundamentos distintos para dar cuenta tanto de los conceptos del psicoanálisis  como de la práctica psicoanalítica y  su modo de acción.

Evidentemente, el hecho de ser diferente no lo es todo. Esta diferencia, en la medida en que corresponde a una incompatibilidad, exige una elección.  Y si es preciso elegir, no sólo hay que decidir sino también evaluar.

Mi objetivo de hoy no es proceder a esta evaluación sino mostrar que ella es necesaria. Aceptar la yuxtaposición de posiciones incompatibles no solo lleva a desacreditar la perspectiva científica sino el objetivo mismo del pensamiento crítico. Una verdad permanece indiscernible mientras no es asumida.

Como las otras disciplinas científicas, o por lo menos como las otras ciencias de la cultura, el psicoanálisis no solo trata de hechos sino también de valores. En su acepción más simple, el valor se define como el alcance que se atribuye a un contenido. Las elecciones epistemológicas siempre suponen una dimensión axiológica: implican -o deberían implicar- una evaluación. Los criterios sobre los que se basa la evaluación de una teoría sobrepasan el campo de su propia disciplina. Una teoría del conocimiento –y aquí cito a Christophe Dejours (Psychanalyse et politique: science, sexe et travail)- es también una teoría de la sociedad.

En la descripción que hice de las orientaciones en psicoanálisis contemporáneo insistí en varias características que las vinculan al irracionalismo. Por el contrario, la teoría de la seducción generalizada se vincula firmemente a la tradición racionalista; incluso puede decirse que se construyó combatiendo las manifestaciones del irracionalismo en psicoanálisis. En lo que a mí respecta, éste es el aspecto sobre el que basé mi elección. Sostengo que el vínculo de la teoría de Laplanche a la tradición racionalista constituye un criterio importante para apreciar su valor. No puedo exponer mis argumentos ahora, pues ello supondría una nueva comunicación (14). Tendría que precisar la definición de racionalismo a la que me refiero, los vínculos entre racionalismo y democracia, y el rol del racionalismo como escudo contra el obscurantismo del que se nutren los totalitarismos. También tendría que mostrar cómo ese vínculo con el racionalismo se traduce en la teoría de la seducción generalizada. 

Solo me permitiré presentar un par de ideas sobre mi argumentación. Para tomar posición a favor del racionalismo como criterio de evaluación de una teoría psicoanalítica, invocaré dos razones: 1)  sostengo que el racionalismo –tal como lo defino- protege  al psicoanálisis contra varias tentaciones a las que ha cedido a menudo, especialmente la normatividad, el apego a los roles parentales tradicionales, los estereotipos de género o, también, la alianza con un vitalismo capaz de nutrir el descrédito por el pensamiento crítico y la búsqueda de la verdad. 2) El racionalismo implica una concepción del alma compatible con el objetivo de emancipación del psicoanálisis. La tradición racionalista siempre se esforzó por develar que, en las cuestiones humanas y sociales, detrás de lo que se presenta como leyes naturales o divinas se perfilan modalidades de relaciones entre humanos. Ahora bien, lo que es construido por los humanos no es innato, ni natural, ni sobrenatural, ni tampoco inefable. Las relaciones entre humanos, así como sus efectos, son históricas: por lo tanto son transformables.

Pero, como dije, la meta de mi comunicación no era abogar en favor del racionalismo, sino suscitar una reflexión sobre la necesidad de una elección a propósito de las posiciones epistemológicas en el psicoanálisis contemporáneo. A este respecto, terminaré recordando un comentario de Laplanche que se encuentra en su texto titulado «A contre-courant» (15). Refiriéndose al hecho de que a menudo nos lamentamos por la fragmentación del psicoanálisis contemporáneo, señala que, pese a todo, para remediarla casi nunca proponemos algo que no sea una yuxtaposición de posiciones. Y añade: « (…) tendremos que ir más lejos si no queremos que el psicoanálisis muera. Es urgente restaurar el debate entre aquéllos que quieren debatir: es tiempo de que los textos y las tesis se respondan con un rigor que, sin embargo, no excluya la tolerancia. Rigor en las ideas, tolerancia para con los otros. ¿No suele ser al revés: laxismo en el pensamiento pero polémica intransigente y narcisista frente a las personas?».    

 

Notas

[1]* «Questions épistémologiques en psychanalyse : la nécessité d’un choix», presentado en el Congreso  Où va la psychanalyse ? , Bruxelles, 9 février 2014. Traducción : Deborah Golergant.

(1) Entre séduction et inspiration : l’homme, Paris, PUF, p.177  [Entre seducción e inspiración : el hombre, AE, 2001]

(2) Ibid., p. 305.

(3) Le primat de l’autre en psychanalyse, Paris, PUF, 1997, p. 332 [La prioridad del otro en psicoanálisis, AE, 1996].

(4) Laplanche  también identifica un inconsciente no reprimido, « el inconsciente enclavado», pero se trata de un inconsciente no sexual cuya fuente también se encuentra en el mensaje del adulto. No se trata de un inconsciente biológico o hereditario que pre-existiría a la represión originaria y del que eventualmente emergería el inconsciente sexual.

(5) Entre séduction et inspiration : l’homme, op. cit., p. 68.

(6) S. Freud, El yo y el ello,  en O.C v.XIX, AE.

(7) H. Tessier, La psychanalyse américaine. PUF, 2005, Coll. Que sais-je ?; H. Tessier, «Jean Laplanche in Rational Perspective : Translation as a Basic Anthropological Situation in Psychoanalysis», Revue canadienne de psychanalyse, 2010.

(8) Cf. por ejemplo las posiciones de P. Fonagy.

(9) J. Laplanche, Entre séduction et inspiration : l’homme, op. cit, p. 69.

(10) Su aspecto identificatorio o irracional.

(11) Se trata de orientaciones dominantes en el eclectisismo de la corriente  contemporánea. Históricamente habría que hacer varias distinciones, por ejemplo en lo que concierne a la teoría kleiniana, pero hay una fuerte tendencia en dirección a un psicoanálisis que se acerca cada vez más a una psicoterapia psicológica.

(12) Aunque la corriente tradicional insiste cada vez más en la bisexualidad psíquica y en la ausencia de relación real entre el término falo con el pene o del término paterno con el sexo biológico del padre, hay que reconocer que el apego a esta terminología macada por el falocentrismo no es fortuito.

(13) Lo que también denota la expresión «bisexualidad psíquica».

(14) Para una exposición exhaustiva sobre este tema, véase  el libro de Hélène Tessier, publicado un año después de esta conferencia, Rationalisme et émancipation en psychanalyse: l’œuvre de Jean Laplanche, PUF, 2014. N. de T.]

(15) En Sexual. La sexualité élargie au sens freudien (2000-2006), PUF, 2007.

 

Apres-coup

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