Madrid, 19 del 08 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Cinco consecuencias de la «fetalización» *
Francis Martens

 

Resumen:

La metapsicología freudiana (teoría del inconsciente individual sexual reprimido) es un modelo científico en el sentido de las ciencias humanas, comparable a la concepción de la sociedad como sistema de intercambios de Claude Lévi-Strauss. Ese modelo se basa en una constatación en el dominio de la antropología física: el ser humano es, por naturaleza, un animal que nace en un estado de prematuración tal que su supervivencia sería inviable si no se implementara una intensa cooperación entre los adultos de su grupo durante años. De esta situación de hecho se desprenden cinco características específicas de la especie humana, entre las que destacamos –muy particularmente- el desarrollo de una sexualidad que ya no guarda relación con lo que aún queda de instintivo y de programado biológicamente en el seno de la especie, la formación defensiva de un inconsciente sexual individual reprimido y la génesis transcultural de los comportamientos éticos.

Palabras clave:

Hilflosigkeit, prematuración, ética, inconsciente, lenguaje, plasticidad neuronal, sexualidad.

 

Hacia 1930, acentuando y aplicando al hombre el concepto de «neotenia[1]» del zoólogo alemán Julius Kolmann (1834-1918), el biólogo neerlandés Louis Bolk (1866-1930) constata que, durante su vida, contrariamente a los primates superiores, los miembros de la especie humana presentan las características de fetos que nunca alcanzaron la madurez, por ejemplo la ausencia de pelaje (principalmente en las hembras). Desde entonces Bolk califica a los humanos como «fetos de primates genéticamente estabilizados», aportando una descripción detallada de los rasgos de inmadurez física que acompañarán a los humanos durante toda su vida. Pero lo más sorprendente, en nuestra especie, es lo frágiles que se mantienen las crías durante tanto tiempo después del nacimiento; hasta el punto que la cría humana solo puede alcanzar la autonomía y la madurez procreativa al precio de una cooperación activa y constante, durante varios años, entre los adultos  que están a su cargo. Esto no tiene parangón en el reino animal. La incomparable fragilidad del pequeño mamífero humano al momento de nacer, así como su impotencia prolongada, deberían en principio llevarlo a la muerte antes de que sea capaz de reproducirse. Si no ocurre así es porque en el origen de la humanidad pudo desarrollarse una extraordinaria protección de las crías. Dicho de otro modo, solo los grupos extremadamente cooperativos pudieron asegurar su descendencia, asegurando las condiciones de supervivencia de los pequeños. Desde una perspectiva darwiniana de «selección natural», resulta claro que aquí la aptitud a la cooperación aparece como un rasgo pertinente mayor.

Pero en realidad, ¿de dónde vienen esa fragilidad excesiva al nacer y esa inmadurez prolongada? La respuesta es hipotética. Se trata bien de una mutación genética en el seno de la especie, que tendría que haber sido letal como la mayoría, o bien de la selección natural paradójica de un rasgo en principio muy desfavorable. Tal selección paradójica no sería la única. Conocemos, por ejemplo, la ventaja otorgada por una enfermedad genéticamente invalidante que afecta la hemoglobina –la anemia falciforme-, que, por otro lado, protege de los daños causados por el plasmodium (parásito responsable de la malaria). Aquí los portadores heterocigotos no afectados por la enfermedad se benefician particularmente, lo que explica la multiplicación de portadores del gen en las regiones infectadas por la malaria.

En el caso de nuestra especie, el factor seleccionado –en principio catastrófico- podría ser la estrechez de la pelvis, que solo permite a las hembras parir fetos muy pequeños, prematuros y extremadamente vulnerables, pero favorece una posición erguida y una motricidad bípeda que se vuelve vital cuando se modifican las condiciones de vida hace millones de años. En cualquier caso, el hecho es que un rasgo de fragilidad extrema resultó favorecido por la evolución humana en el seno de grupos particularmente capaces de cooperar.

Frued llamó al estado de impotencia de los recién nacidos «Hiflosigkeit», que Laplanche tradujo por «desayuda»: la incapacidad de auxiliarse por sí mismo. Esta situación de vulnerabilidad extrema no solo no fue eliminada por la evolución, como dijimos, sino que se mostró increíblemente ventajosa. En efecto, otorga una capacidad de adaptación y de receptividad mayor: la inmadurez neuro-cerebral en el nacimiento es un factor de plasticidad neuronal que permite, durante una veintena de años (periodo de crecimiento cerebral), una infinidad de conexiones cerebrales individualizadas bajo la influencia de las estimulaciones sociales y ambientales. En otras palabras, si la prematuración en el nacimiento parece haber privado al ser humano de esquemas comportamentales instintivos suficientemente desarrollados, lo ha dotado de una capacidad cerebral absolutamente incomparable para aprender de su medio y de sus experiencias. Dicho de otro modo, en lo que respecta a los comportamientos, la transmisión cultural pesa más que la transmisión genética. Por otro lado, esa prematuración prolongada favorece la expresión, o no, de ciertos genes según la influencia del medio y la historia individual del cuerpo (epigénesis).

Cuatro otras características humanas –la ética, la sexualidad, el inconsciente, el lenguaje- dependen directamente del estado de cosas evocado antes:

– Como lo notó Freud desde el comienzo de su obra[2], la Hiflosigkeit original favorece la emergencia y la selección en el seno de la especie de comportamientos de ayuda y de asistencia a los más necesitados. Ahí debemos ver el origen racional- por ser esencial para la supervivencia de la especie- del fondo transcultural de la ética: a saber, una práctica de la cooperación, del intercambio y de la reciprocidad que culmina en la solidaridad[3].

– La interacción intensa y sostenida entre el adulto y el niño (la «manipulación» que se impone a los pequeños debido a su inmadurez original) está también en la fuente de los focos pulsionales (vs. instintivos) propios de la sexualidad humana[4]. Participando de la erotización general de la existencia en consonancia con las relaciones precoces y favoreciendo la adicción al cuerpo del otro, lo sexual en el sentido freudiano solo tiene una relación anecdótica con la función genésica[5].

– En esta misma perspectiva, la incapacidad motriz de huir del exceso de estimulación y de efervescencia (inducida por las relaciones precoces) empuja al pequeño humano a «huir en su interior», eliminando así, en un lugar psíquico que escapa a la consciencia, un exceso de excitación que desde entonces ataca desde el interior. Así, a partir de esa represión, emerge poco a poco el inconsciente individual sexual reprimido, objeto específico de la metapsicología psicoanalítica.

– Finalmente, la impotencia motriz del bebé –nuestras facultades motoras están bastante rezagadas respecto a las perceptivas- lo deja a merced de la voluntad de personas tutelares cuyas idas y venidas salvadoras (alimentación, cuidados, mimos) escapan del todo a su control. Esta circunstancia de la presencia y de la ausencia en situación de impotencia y de necesidad unida a capacidades mnemónicas y asociativas excepcionales, permite evocar al objeto salvador y mapear su ausencia. Beneficiándose del espacio psíquico posibilitado por la represión, esta viva prueba de la ausencia crea condiciones propicias para la alucinación (percepción sin objeto) y luego para la simbolización. Así, permite la eclosión de la señal (estimulación/reacción) en signo (significado/representación/significación), en la modalidad del lenguaje simbólico doblemente articulado (articulación de sonidos, articulación de sentidos) y en la línea del «o-o-o-o» (fort [se fue]-da [ahí está]) del «niño de la bobina», el pequeño Ernst Freud, que entonces tenía 18 meses[6].

Desde la perspectiva precedente, el modelo científico[7] metapsicológico freudiano, que se prolonga en la teoría de la seducción generalizada de Laplanche, ofrece al modelo lévistraussiano de la sociedad como estructura de intercambio[8] un necesario complemento antropológico. Los sistemas simbólicos, tan importantes para la antropología social, se mantienen firmemente arraigados en la antropología física.

 

Notas

*«Cinq conséquences de la «fœtalisation»», Le Coq-héron 2016/1 (N° 224), p. 151-153. Traducción: Deborah Golergant.

[1] Característica de ciertos seres vivos (especialmente insectos), capaces de reproducirse antes de haber alcanzado su pleno desarrollo.

[2] S. Freud, Proyecto de psicología científica (1895-1896), O.C. v.I, Buenos Aires, AE.

[3] Cf. F. Martens, « Charité bien ordonnée », Revue de l’Université de Bruxelles, 2000/2.

[4] J. Laplanche (1987), «Teoría de la seducción generalizada», en Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, AE, 1989.

[5] J. Laplanche, Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, Paris, Puf, 2006.

[6] S. Freud, «Más allá del principio de placer» (1920), OC. v. XIX, Buenos Aires, A.E.

[7] Aunque Karl Popper haya tomado al marxismo y el psicoanálisis (del que en realidad no tenía noción) como perfectos ejemplos de teorías no científicas debido a su no-refutabilidad, el modelo metapsicológico freudo-laplanchiano aparece como virtualmente refutable en el sentido popperiano del término. Cf. F. Martens, « Sur le zinc avec Karl Popper, ou de l’inconvénient d’accommoder les fraises comme des échalotes », Psychiatrie française, vol. 37, n° 3, 2006. [Trad. «De tapas con Karl Popper o del inconveniente de mezclar fresas con chalotes», en Alter. Revista de psicoanálisis, nº3, 2007].

[8] C. Lévi-Strauss, Les structures élémentaires de la parenté (1949), Paris, Berlin, Mouton/De Gruyter, 2002.

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