Madrid, 21 del 01 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

Actualidad de la seducción*
Dominique Scarfone

 

La inmensa contribución de Jean Laplanche al psicoanálisis se despliega a lo largo de tres ejes. En efecto,  nos legó ante todo un método de lectura crítica de la obra de Freud; en segundo lugar, un trabajo esencial de traducción de los escritos freudianos; finalmente, una teoría de la seducción generalizada.

No es necesario escoger entre estas tres contribuciones y se observará fácilmente la solidaridad entre ellas. Pero, puesto que se me invitó a hablar de la teoría de la seducción generalizada, comenzaré diciendo que este tercer componente me parece ser un momento particular del primero, es decir, una consecuencia de lo que habrá sido la actividad fundamental de Laplanche: la de hacer trabajar a Freud.

De modo que si me viera forzado a elegir entre esos tres Laplanche –el lector de Freud, su traductor y el autor de la teoría de la seducción generalizada-, escogería sin dudarlo al primero, con la seguridad de que a través de él terminaría por encontrar a los otros dos.

El método elaborado por Laplanche es importante porque obliga a la teoría freudiana a aclararse  a sí  misma, en cierto modo a auto-teorizarse. Deriva del método inventado por Freud y ello es una muestra de que el cuchillo (o el pico) que Laplanche a menudo dijo que debía clavarse en el texto freudiano no es mortal; más bien  demuestra  la admiración y la confianza que le inspira la obra freudiana cuando se la hace trabajar. Aquí no retomaré todo lo que Laplanche pudo decir por ejemplo sobre los extravíos freudianos, extravíos que no se trataba simplemente de refutar sino que había que tomar como indicadores y guías para detectar lo que demandaba un mayor trabajo de pensamiento.

¿Podré expresar hasta qué punto esa aproximación de Laplanche al texto y  la herencia freudiana fue lo que me atrajo, lo que me sedujo desde el comienzo? Conozco a pocos autores que hayan mostrado tanta transparencia en su proceso de teorización y que hayan sido capaces de trazar tan claramente su camino en el tupido bosque del pensamiento freudiano. De modo que leer a Laplanche no es recoger los frutos dogmáticos de su reflexión. En cada momento, Laplanche nos muestra el qué y el cómo, enseñándonos así, primero, a leer a Freud con Laplanche, pero finalmente a leer a Freud -y a Laplanche- por nosotros mismos.

Tal vez esto explica que a pesar de la importante difusión de su obra y su gran autoridad teórica, Laplanche no «hizo escuela», en el sentido de que no buscó reformar el psicoanálisis o iniciar un nuevo movimiento psicoanalítico. Sin embargo trabajó en los fundamentos, en los cimientos -como decía-, ahí donde tal vez se juega verdaderamente el destino de una disciplina.

II

En cuanto a la teoría de la seducción generalizada, diría que la considero como un momento particular de la actividad de fondo de Laplanche, que es la lectura crítica de Freud.  En efecto, me parece importante situar correctamente esta teoría. En mi opinión no se trata de una teoría más en el «concierto de teorías»; no es la tronera laplanchiana de la fortaleza psicoanalítica. Con esto quiero decir que Laplanche no desarrolló primero un método de lectura para luego intentar aplicarlo a tal o cual parte de la obra de Freud. La necesidad de retomar la teoría de la seducción resultó de la lectura crítica del conjunto de la obra freudiana. Lo que llevó a Laplanche a proponer unos nuevos fundamentos para el psicoanálisis, tomando como eje a la teoría de la seducción, fue identificar el abandono por Freud de su neurótica como el mayor cataclismo de la teorización freudiana.

La teoría de la seducción es aquélla donde confluyen o de donde emanan la mayoría de las cuestiones centrales en psicoanálisis: el origen del inconsciente y el yo (con el suplemento del narcisismo), la teoría de la represión y de las pulsiones, la teoría de la cura analítica y la transferencia, la teoría del traumatismo y del après-coup. Todo puede colocarse bajo un único encabezado desde el punto de vista meta-antropológico: la prioridad del otro en psicoanálisis.

Se habrá comprendido que este momento particular de la lectura de Freud por Laplanche abarca un largo periodo, cuyos principales hitos se denominan Vida y muerte en psicoanálisis y luego Nuevos fundamentos para el psicoanálisis. Ciertamente habría mucho que decir sobre todo el trabajo realizado por Laplanche alrededor de estos dos importantes referentes de su teorización. Pero tendré que contentarme con ir directamente a la meta, pues aquí no pretendemos hacer una exégesis de Laplanche sino, como lo indicaban las palabras introductorias a este coloquio, rendirle el mejor homenaje posible, es decir, hacer trabajar al propio Laplanche.

III

La elaboración de la teoría de la seducción generalizada se inicia pues en Vida y muerte en psicoanálisis, cuya redacción data de 1968. Ahí ya encontramos una exposición sobre la insuficiencia del apuntalamiento[1]. La crítica de esa teoría del apuntalamiento, que sin embargo Laplanche extrajo con Pontalis del texto freudiano, será un punto central que permitirá la apertura hacia los nuevos fundamentos. 

Se recordará que la teoría del apuntalamiento traza una línea de demarcación entre el plano de la auto-conservación y el plano sexual, con la co-excitación libidinal como protagonista. Así, de la auto-conservación debía emerger de algún modo lo sexual. Caricaturizando un poco, diríamos: como por simple frotamiento. La intervención del otro solo servía, por así decir, como instrumento, como indicador, lo que correspondía a la segunda forma de la seducción freudiana: la seducción involuntaria por el adulto que aporta sus cuidados al niño, seducción que podríamos llamar «mecánica».

Al plantear que la seducción es la verdad del apuntalamiento, Laplanche no solamente generalizó los hechos de seducción sino que también despojó a la seducción de su mecánica fisiológica. No se trata de negar la co-excitación libidinal, sino de situarla como uno de los posibles periplos de la seducción generalizada. Desde entonces, ésta se colocará bajo el estandarte del mensaje comprometido. Notemos que ello no significa que la auto-conservación deje de considerarse: los mensajes –por ejemplo de apego- pueden ser del orden del cuidado, relativamente bien adaptados a las necesidades del niño. Dependen, si no exclusivamente de la auto-conservación, al menos de la conservación, de lo vital. Lo que cambia es que no podríamos concebir una auto-conservación en estado puro: el niño en estado de desamparo está ya siempre envuelto, por así decir, por los cuidados de un adulto dotado de una sexualidad inconsciente. El aspecto «comprometido» -comprometido por lo sexual inconsciente- viaja como pasajero clandestino en mensajes por lo demás perfectamente adecuados. Si la línea divisoria entre la auto-conservación y lo sexual todavía existe, la novedad es que en lugar de pasar entre dos «hojas» de la vivencia del infans individual, comienza a manifestarse en tanto «ruido» en el canal de comunicación entre el adulto y el niño.

Puede decirse pues que la seducción así repensada absorbe en ella al antiguo apuntalamiento y lo recontextualiza como epifenómeno. La contradicción principal que pasaba entre lo vital y lo sexual ha sido desplazada: ahora persiste en el seno mismo de la relación, del intercambio adulto-niño.

IV

Cuando volví  a hacer rápidamente este recorrido,  que lleva del apuntalamiento a la teoría de la seducción generalizada, sonó una alarma: me di cuenta de que un lector no versado podría creer que describimos una situación empíricamente observable y observada, y que la teoría incluso podría terminar por parecerse a una secuencia del «desarrollo» que sería algo así: «un niño que carece de inconsciente, que aún no cuenta con instancias psíquicas diferenciadas, se ve confrontado al mensaje comprometido del  adulto y, por lo tanto, se ve forzado a un trabajo de traducción/represión que inicia una diferenciación psíquica entre un yo y un inconsciente, etc.».

Ahora bien, hasta donde sabemos, Laplanche no partió de la observación de infantes, como tampoco lo hizo Freud al escribir sus Tres ensayos. Por supuesto que la situación antropológica fundamental invocada por la teoría de la seducción generalizada concierne eminentemente a la relación adulto-niño, pero es muy conveniente recordar que esa relación precoz donde hacemos intervenir a la seducción, cualquiera que sea su grado de verdad, no es observada desde el exterior sino derivada de otra escena de seducción: la sesión de análisis, donde el analista-teórico es parte interesada y no un simple observador. Así, la escena adulto-niño es una escena construida a partir de lo que nos enseña la experiencia analítica.

Por lo tanto debe insistirse en esto: la teoría de la seducción generalizada  sería tan solo una hipótesis, una teoría más, si no nos diéramos cuenta de que no deriva de la observación de intercambios madre-niño sino de la sesión de análisis, es decir, del lugar donde opera plenamente el instrumento analítico inventado por Freud. La sesión de análisis es nuestro «terreno» esencial por potenciar, a la manera de un «acelerador de partículas» -que las lleva a altos niveles de intensidad- lo que sucede en toda relación inter-humana.  En este sentido, no es un simple lugar de observación y de descripción de un desarrollo psíquico, sino que instaura y amplifica eficazmente una relación con el otro que concierne a los humanos de cualquier edad. Lo que ocurre ahí es provocado por el método freudiano y por los rehusamientos del analista, que contribuyen a elevar el nivel de intensidad del encuentro y a la vez instauran el perímetro propicio para el análisis. Es el análisis, que entonces se vuelve posible, lo que pone en evidencia los factores sexuales en el sentido amplio, que en tiempo normal pasan desapercibidos, mezclados, irreconocibles en los intercambios «ordinarios». Como sabemos, este perímetro analítico procede de una exclusión de lo vital, de lo adaptativo o, como dice a veces Laplanche, del «horario de los trenes». De modo que lo sexual no es observado de manera naturalista, sino extraído de la envoltura relacional por un método apropiado.  La situación antropológica fundamental no es pues la base en la que nos apoyamos para derivar de ella a la seducción; se trata de una situación reconstruida, a partir de elementos disjuntos, por el método analítico freudiano. Este detalle epistemológico me parece tener cierta importancia.

V

La instauración de la situación analítica, su reinstauración en cada nueva sesión, es lo que permite poner de relieve precisamente los aspectos de la comunicación que apuntan más allá de la evidencia [«bien entendu»] adaptativa. Lo que podríamos llamar «malentendido» [«mal entendu»] en sesión, es lo que nos permite extrapolar las características propias de la seducción originaria a otras ocurrencias de la situación antropológica fundamental, a todo encuentro inter-humano y, en particular, a la situación adulto-infans.

En efecto, cuando el analizando se queda sin palabras, cuando su discurso -al comienzo más o menos bien formado- tropieza con una resistencia inopinada, sabemos que nos acercamos a la cosa inconsciente, al resto enigmático, no metabolizado, del mensaje del otro. A esta afasia transitoria podemos llamarla infantia: la palabra latina traduce perfectamente a la palabra griega aun cuando, evidentemente, el uso moderno de los términos los hace pertenecer a dominios muy distintos. Nos vemos llevados a preguntarnos si esta infantia, experimentada y observada en el curso del análisis, puede encontrarse mejor ilustrada en otro lugar. Entonces nos viene a la mente muy naturalmente la relación adulto-niño, que legitima la generalización, es decir la teorización, a partir de la situación analítica, de la situación del recién nacido inmerso en un mundo adulto donde lo sexual lo pre-existe.

Por lo tanto, no partimos de la situación naturalista del niño con el adulto cuidador para descubrir que ahí lo sexual se transfiere discretamente en tanto compromiso de los mensajes de apego. Partimos de lo sexual puesto en evidencia por las exclusiones propias de la situación analítica para inferir lo que ocurre en la relación adulto-niño.

Por lo demás, nada impide pensar que esta relación pueda someterse a una observación fina, que permita detectar en ella los índices de un sexual que se cuela en las comunicaciones del adulto al niño. Por otro lado, las escenas contadas por nuestros analizandos, que echan mano de su historia infantil, ¿no prueban indirectamente el hecho de que en la infancia actuaba una «realidad del mensaje»?

Pero sea en la situación analítica o en la situación adulto-niño, es decir en toda variante de la situación antropológica fundamental, es siempre el infans quien se ve convocado por la naturaleza enigmática del mensaje del otro y quien se ve obligado a traducir, a construir sentido[2], a simbolizar. Y la afasia fundadora de todas las formaciones psíquicas más o menos logradas resulta de la dificultad para metabolizar la parte extranjera del mensaje. Las menos logradas serán evidentemente las más frágiles, las más propicias a confrontar nuevamente al sujeto con el trauma del encuentro con la cosa inconsciente. Esta cosa inconsciente es sexual en el sentido psicoanalítico, pero conviene precisar inmediatamente  que la turbación que causa no proviene de su naturaleza sexual en el sentido corriente, sino de su estatuto de sexual infantil o, como Laplanche había comenzado a llamarlo en sus últimos escritos, de sexual[3].

VI

Me permito insistir en que el infans no es «el niño en el adulto». Existe «fans» e infans tanto en el niño como en el adulto. Tal vez hay que resignarse a dejar que persista la ambigüedad sobre este tema, en la medida en que cuando pensamos en el niño como desprovisto de la facultad del habla, lo hacemos con la visión de futuro que nos dice que si hoy no habla, algún día lo hará. Una vez construida esta escena originaria, pronto la tomamos como modelo invirtiendo la cronología. Un modelo cuya perspectiva de futuro se aplica, mutatis mutandis, al analizando en sesión. De él también esperamos que si hoy no dispone de la palabra que simbolice y permita un trabajo psíquico de duelo, el trabajo de análisis le hará adquirir algún día esa capacidad. Pero en nuestra teorización más rigurosa pienso que vale la pena plantear que infans e infantia no designan una época de la vida sino el bache de la palabra, un estado que nos expone,  siendo adultos o niños, mucho más fácilmente al trauma, pues esa palabra es nuestra mejor para-excitación. Lo que la palabra no recoge, no simboliza, no historiza, permanece en estado «actual», es decir como cuerpo extraño no metabolizado, que renueva desde el interior la presión ejercida desde el exterior por el encuentro con el otro. A partir de ahí no es difícil plantear que el «contaminante» del mensaje comprometido proviene de eso no metabolizado. Hay pues una suerte de trascendencia de lo actual, por la cual designo la transmisión infinita, de un humano a otro,  de un resto que habrá resistido a la simbolización[4]. Esta actualidad en la transmisión me parece un elemento constitutivo de la situación antropológica fundamental.

Aquí surge otra cuestión: eso sexual actual, eso no simbolizado, ese contaminante del mensaje del otro, ¿es necesariamente «inconsciente»?

Pienso que si se plantea como condición de la emisión del mensaje comprometido que siempre participe el inconsciente, en el sentido de lo reprimido, la teoría de la seducción generalizada se expone a otro peligro: el de remontarse al infinito. Si, en efecto, el inconsciente es una condición del mensaje comprometido, terminamos por atribuir la constitución de una represión originaria, y por lo tanto de un inconsciente, a un inconsciente sistémico que la preexiste. De modo que explicaríamos el inconsciente de uno por el inconsciente del otro. Desde un punto de vista práctico podemos pensar que así ocurre en la mayoría de casos, pero no podemos plantearlo como principio universal.

Laplanche se anticipó a la cuestión y la respondió diciendo que no hay necesidad de postular, en el emisor, un inconsciente en el sentido sistémico, reprimido; una simple «inconsciencia» bastaría para producir lo enigmático del mensaje, enigmático tanto para el emisor como para el receptor. Por otro lado, Laplanche también parece apoyarse en el hecho de que lo reprimido en el adulto no es un planteamiento hipotético sino una constatación empírica que resulta de la práctica analítica. Así, Laplanche no busca el origen último del inconsciente en la especie humana; se contenta con dar cuenta de su formación en cada caso individual.

Sin embargo, pienso que el problema se resolvería de manera más completa y coherente si no se planteara en absoluto la necesidad de un estatuto inconsciente, ni siquiera en el sentido descriptivo, de los factores que determinan el compromiso del mensaje, o bien, habría que especificar que por «inconsciente» no entendemos la ausencia de cualidad consciente –por lo tanto, no la simple «inconsciencia»- sino la sumisión a leyes distintas de las que rigen lo que es simbolizado. Cuando hablamos de «cosa inconsciente» lo más importante es la palabra cosa, el «cosismo» sobre el que Laplanche a menudo insistió. Porque si de lo que se trata es de la falta de consciencia, ¿cómo pensar la seducción francamente perversa, donde podría decirse que la represión (en el sentido de lo que priva de la cualidad consciente) brilla por su ausencia?

Sabemos que, en lo que respecta a este último caso, Laplanche propuso otro mecanismo, el de la intromisión como variante violenta de la implantación de lo sexual en la seducción «ordinaria». Pero esa naturaleza violenta de la intromisión  no necesariamente debe ser especificada como consciente o inconsciente. Me parece que la violencia de la intromisión apunta hacia otra cosa, es decir hacia el estado no simbolizado de la cosa inconsciente que navega, con intensidades diversas, del emisor al receptor. Ello señala que la cosa sexual puede encontrarse o bien atenuada y más o menos «cubierta» en la situación de seducción «soft», correspondiente a la implantación, o bien como «cosa» sin maquillaje y más brutalmente impuesta en la seducción perversa, correspondiente a la intromisión, entendiéndose que todos los grados entre ambas son posibles.

VII

Habiendo hecho, con Laplanche, la crítica del apuntalamiento, ya no nos preguntamos si el mensaje del otro es sobre todo del orden «vital» o, por el contrario, del orden «sexual». Gracias a la extracción que los rehusamientos del analista nos permiten hacer en sesión, sabemos que siempre hay un núcleo sexual en juego. Pero ahora propongo que no nos preguntemos si la cosa sexual es consciente o inconsciente, o, en todo caso, que precisemos el término «inconsciente», que por lo demás el propio Freud consideraba insatisfactorio. Lo que importa es la manera en que tanto el emisor como el receptor consiguen arreglárselas con lo sexual. Dicho de otro modo, ¿eso sexual está en un estado «actual» o constituye el objeto de una transformación, atenuación, simbolización, sublimación? Por supuesto, como dije antes, en toda comunicación que cuente habrá siempre algo de actual, en la medida en que algo de la excitación en el emisor no fue enteramente absorbido y sublimado por la simbolización, de modo que la cosa sexual se transmite al otro como excitante más o menos asimilable.

De este modo podemos prescindir por completo de la teoría del apuntalamiento, ya que la relación actual/psíquico concierne a lo sexual de un extremo a otro: sexual tierno del lado de lo que llamábamos «autoconservación» en el modelo antiguo, y sexual «pasional» del lado de lo que Laplanche quiso designar con el término alemán «sexual». Lo «sexual tierno» está por definición simbolizado, mientras que lo sexual infantil, lo sexual, es necesariamente actual.

Me parece que el propio Laplanche va en este sentido, aunque no lo diga exactamente en esos términos. En su artículo de 2003 titulado «El crimen sexual», se refiere al famoso texto de Ferenczi, «Confusión de lenguas entre los adultos y el niño», para buscar en el abuso sexual, sea o no incestuoso, no un acto prohibido porque infringiría alguna ley de parentalidad, sino a «alguien sometido a su propia sexualidad infantil»[5]. «Sometido», es decir, en la imposibilidad de simbolizar lo que lo agita en la actualidad de su pulsión, de modo que se ve empujado a actuar. 

En el párrafo anterior, Laplanche venía de señalar que pasar del abuso sexual en general al incesto y al complejo de Edipo «no es simplemente una forma de escapar al problema haciéndolo entrar en el carril más conocido del complejo de Edipo». Es también, añade, «un movimiento real de dominio y de simbolización»[6]. Dominio y simbolización tanto en la cultura como en la teoría psicoanalítica, pero tal vez también en la situación misma, donde la «pasión» del adulto perverso está parcialmente circunscrita por la coartada del amor por el niño; simbolización aún mejor lograda cuando esa pasión constituye el objeto de una inhibición «edípica» al transferirse al área del fantasma y sus derivados psiconeuróticos.

Yo mismo tuve ocasión de indicar que el texto de Ferenczi contenía un quiasma, porque lo sexual infantil actúa también del lado del adulto: lo infantil es lo que traumatiza al niño víctima de abuso[7].

Al final del texto citado, Laplanche habla de «dos imperativos mayores» en el estudio del crimen sexual:

« ˗Buscar lo infantil en la investigación analítica.

 ˗Buscar el mensaje, el residuo del mensaje y la comunicación, siempre presente incluso en el acto más crudo»[8].

Como vemos, el mensaje no es solo el vehículo de lo sexual como pasajero clandestino, según la definición tradicional de «mensaje comprometido». Aquí el propio mensaje debe buscarse en el acto, en el actuar provocado por lo sexual; y en ese acto, lo que debe buscarse en la investigación psicoanalítica es lo infantil. Pero si lo sexual infantil debe buscarse en el centro mismo de lo que ya es claramente sexual –sexual en el sentido freudiano- entonces no hay que exigir, del lado del adulto seductor perverso, la presencia de un reprimido en el sentido del devenir inconsciente, sino la de un actual que empuja al pasaje al acto. Acto que al no estar simbolizado requiere que uno se dedique a buscar en él el mensaje que está ahí escondido, en una situación aparentemente invertida respecto a la seducción «ordinaria». Inversión que nos reafirma en la idea de que, tanto en un caso como en el otro, se trata de la relación actual/simbolizado: los dos elementos cambian solamente sus roles específicos de continente y de contenido, según se trate de la seducción originaria (el mensaje simbolizado contiene lo actual sexual) o de la seducción perversa (el acto perverso no deja de contener un resto, un índice de mensaje).

VIII

Finalmente, conviene notar que en situaciones que no suponen un abuso flagrante, lo simbolizado por el emisor -que «cubre» siempre un núcleo actual- puede revelarse más o menos «actual» para el receptor dependiendo del grado de asimetría en la comunicación. Hace ya tiempo Lacan indicó que existe transferencia ahí donde existe «sujeto supuesto saber», y que ese sujeto supuesto saber aparece cuando hay demanda, es decir cuando los términos de la relación son desiguales. Es lo que suele ocurrir con la demanda dirigida al analista, y los rehusamientos de éste no hacen más que intensificar la asimetría, el intercambio desigual. Al analista le basta con funcionar como guardián del enigma, según la expresión de Laplanche, con rehusarse a saber, para que el analizando se vea confrontado a lo que se le presenta como un hiato en la simbolización, es decir como cosa sexual. Vemos, de paso, cómo puede encontrarse, al margen de todo apuntalamiento, ¡la neogénesis de lo sexual!

La asimetría instaurada en la sesión por el método es lo que provoca las producciones transferenciales, aquéllas a propósito de las cuales el analizando carece de palabras: afasia, infantia que permite la emergencia de lo actual del mensaje carente de simbolización. Transferencia en acto frente a la cual una palabra, sea del analizando o del analista, o incluso un acto «inhibido en cuanto a la meta» pueden dar inicio a dicha siimbolización, pueden comenzar a aportar un tejido epitelial que vuelva asimilable la «cosa» sexual actual. El yo del paciente ya no tendrá tanta necesidad de huir de esa cosa extranjera. Al estar menos paralizado frente a las incitaciones del resto por traducir, ese yo puede comenzar a tolerar que, como lo formuló Laplanche, «ahí donde estaba ello, estará por siempre jamás el otro»[9].

Notas

 * «Actualité de la séduction», Annuel de l’APF 2015/1 (Annuel 2015), p. 147-158. Traducción : Deborah Golergant

[1]  Véase mi Jean Laplanche, Paris, Puf, 1997, p. 28-31.

[2] Esta construcción de sentido a partir del «ruido» en la comunicación es, entonces, más que una traducción, una transducción.

[3] [La palabra sexual no existe en francés (que posee el término sexuel). Se trata de un neologismo creado por Laplanche para referirse a lo sexual ampliado, infantil, pre o para-genital. N. de T.].

[4] Véase D. Scarfone, «Sexuel et actuel. Remarques à l’adresse de Daniel Widlöcher», in D. Widlöcher et coll., Sexualité infantile et attachement, Paris, Puf, 2000. [Sexualidad infantil y apego, Siglo XXI, 2004].

[5] «Le crime sexuel» (2003), Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, p. 148.

[6] Ibidem.

[7] D. Scarfone, «Sexuel et actuel», art. cit., p. 152-155.

[8] «Le crime sexuel», art. cit., p. 150.

[9] «Ponctuation. La révolution copernicienne inachevée» (1992), Le primat de l’autre en psychanalyse, p. xxx. Trad. «La revolución copernicana inacabada», en La prioridad del otro en psicoanálisis.

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