Madrid, 24 del 10 de 2018
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Revista de Psicoanálisis

¿A dónde va el psicoanálisis?
Auditorium Dupréel
Bruselas, 2014

 Congreso_Appsy_-Bruselas-2014
Con ocasión  de su 25º aniversario y en homenaje a Jean Laplanche, la Association des Psychologues Praticiens d’Orientation Psychanalytique les propone un foro de reflexión sobre el futuro del psicoanálisis, así como una pieza de teatro
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Argumento: El psicoanálisis en debate, 1924-2014.  Perspectivas para el psicoanálisis

 

Ocultando otros terrores, un espectro nos acosa: el abuso sexual. Una nueva cruzada en expansión. Impetuosamente, los «especialistas» intentan separar lo que atañe a lo médico legal de lo que solo compete al fantasma. Así,  nos vemos reconducidos a nuestro pesar al lugar de donde partió Freud. El punto en el que inició un camino al mismo tiempo que se alejaba de un lugar fundador, dejándonos, en todo caso, múltiples direcciones por visitar.

¿Qué queda del psicoanálisis, más allá de su diseminación? ¿Las palabras indican algo más que profesiones de fe? ¿La cosa freudiana ha conservado algún núcleo duro? Sin ninguna duda. Pero no deja de ser urgente retirar al inconsciente, a lo sexual, a la realidad psíquica, de las encrucijadas que le sirven de compás. Es urgente confrontar nuevamente psicoanálisis y racionalidad. Urgente reabrir el debate, dejando de lado las hostilidades.

Relacionar  práctica y  teoría, exponer a ambas a la confrontación con otras disciplinas, es un riesgo necesario. En la época del rechazo del pensamiento, del auge de ideologías adaptativas, del triunfo de la gestión empresarial, ganamos mucho apostando por Freud contra el DSM,  o al menos contra el uso que se hace de él.

Es tiempo de dar su lugar a la argumentación, de favorecer la libre reflexión, de mirar más lejos que el Power Point, pero no al precio de una conciliación de fachada. Solo la diferencia puede marcar la identidad. Hacer dialogar al psicoanálisis con el entorno circundante pasa por un cuestionamiento de sus propias disonancias.

A partir de ahí, es evidente que el proyecto vale la pena. Un coloquio solo podrá aportar un pequeño paso. En el seno del espacio psíquico, el «centro» está radicalmente descentrado. El lugar del «otro» en nosotros cuestiona  el uso adecuado del otro dondequiera que esté.  Si la razón finalmente se pierde en oscuros parajes, solo hay discurso racional para cartografiar sus proximidades. El pensamiento no es compatible con el encantamiento.

Preservado de la moda, el psicoanálisis puede arriesgarse al rigor tanto como al diálogo. ¿Está a la altura de esta ambición? ¿Podrá constituir una alternativa? El porvenir lo dirá. Pero está claro que en tiempos tan poco luminosos el riesgo vale la pena. Un nuevo obscurantismo –más rico en tranquilizantes que en quema de libros- no deja de adormecernos. Pensar es ya resistir.

«Para decirlo francamente, los problemas terapéuticos no me interesan mucho. Actualmente soy mucho más impaciente. Sufro de un cierto número de hándicaps que me impiden ser un gran analista. Entre otros, me porto demasiado como un padre. Por otro lado, me ocupo en exceso de la teoría, aunque las ocasiones que se presentan me sirven más para trabajar mi propia teoría que para atender cuestiones relativas a la terapia. En tercer lugar, ya no tengo paciencia para ocuparme de la gente durante tiempos prolongados» S. Freud, 65 años, a A. Kardiner (su analizando y futuro analista, 1921).

«En Viena se sabía que Freud hablaba conmigo y ello suscitaba una cierta curiosidad, tanto así que un día tuve el honor de recibir una invitación de James Strachey y John Rickman para ir a tomar el té. (…) John Rickman me dijo “He oído decir que Freud habla contigo”. “Sí, repliqué, me habla todo el tiempo”. (…). Ambos dijeron « nunca dice ni una palabra ». Rickman añadió: «Yo supongo que está dormido. De hecho, sé que duerme, porque sé qué debo hacer para despertarlo » (…). No creo que en esta conversación hayamos llegado a gran cosa. Pero presumo que el comportamiento de Freud  hacia estos estudiantes británicos dio nacimiento a la escuela “inglesa” de psicoanálisis, según la cual el analista solo abre la boca para decir “buenos días” y “adiós”. Y eso puede durar cuatro, cinco, seis años. (Abram Kardiner, Mon analyse avec Freud (1977), Les Belles Lettres, Paris, 2013).

«Poco a poco he llegado a la conclusión de que los pacientes tienen una percepción muy fina de los deseos, tendencias, humores, simpatías y antipatías del analista, incluso cuando son totalmente inconscientes para sí mismo. En lugar de contradecir al analista, de acusarlo de debilidad o de cometer errores, los pacientes se identifican con él (…). La situación analítica -esa fría reserva-, la hipocresía profesional, la antipatía hacia el paciente que ella disimula y que el enfermo siente claramente, no difiere demasiado de la situación que antaño -es decir, en la infancia- lo hizo enfermar (…). Tenemos una tendencia excesiva a perseverar en ciertas construcciones teóricas y a dejar de lado hechos que hacen tambalear nuestras certezas y nuestra autoridad » (Sandor Ferenczi, «Confusión de lenguas entre los adultos y el niño» (1932) ).

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